Drogas sintéticas en los campus universitarios: ¿Medidas insuficientes?

El consumo de drogas sintéticas entre estudiantes universitarios en Chile se ha convertido en una preocupación. Según la última encuesta del Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol (Senda) aplicada el 2021 en instituciones de educación superior y publicada el 2023, un 31,6 % de los jóvenes declaró haber consumido marihuana en el año previo al ser encuestados, mientras que sustancias emergentes como el éxtasis y la cocaína alcanzan un 2,9 % de uso cada una. Aunque estos porcentajes parecen menores frente al alcohol (60,8 %) o la marihuana, los datos de intoxicaciones hospitalarias y decomisos policiales reflejan una tendencia al alza, según los informes oficiales de Carabineros de Chile.

Joaquín A. es un universitario de 20 años. Probó las drogas sintéticas por primera vez a los 18 en una rave rodeado de amigos que ya estaban acostumbrados a consumir. Al principio pensó que sería algo ocasional, pero de a poco descubrió que en la universidad era igual de fácil acceder. Esto lo llevó a traspasar un límite. Ya no necesitaba la excusa de un evento masivo ni la compañía de sus amigos; podía consumir solo, en cualquier ocasión. 

“Desde esa instancia comencé a consumir habitualmente drogas sintéticas; casi perdí mi carrera y mi salud mental. Si bien la universidad no es responsable de esto, sí puede tomar un rol de prevención o acompañamiento, como lo hacen con las campañas de salud sexual. El consumo y la venta de drogas en la universidad es muy común”, afirma.

Antonia G tiene 24 años y también comenzó a consumir drogas sintéticas a los 19, en fiestas techno y raves, donde conoció personas que le ofrecieron pastillas y “polvo de hadas”. “Me terminó gustando y empecé a consumir casi todos los fines de semana”, recuerda. Al principio gastaba cerca de cincuenta mil pesos mensuales, con el tiempo, su mismo círculo comenzó a facilitarle las drogas, por lo que dejó de gastar dinero, pero no de consumir. Si bien la información preventiva no le llegó desde la universidad, reconoce que esta sí estuvo presente cuando su desempeño académico comenzó a decaer. “Cuando empecé a faltar y a bajar las notas, la universidad se dio cuenta. Pude acceder a información que, aunque ya no me servía para prevenir, me ayudó a entender lo que me estaba pasando”.

Historias como las de Joaquín y Antonia son cada vez más comunes. Con este fenómeno se abre una discusión necesaria sobre el rol de las casas de estudio. Si el consumo de drogas sintéticas se instala como parte del día a día de algunos estudiantes, ¿qué responsabilidad tienen las universidades en educar, prevenir y acompañar a su comunidad? ¿Basta con campañas informativas o se requieren políticas institucionales más profundas que aborden la salud mental, el bienestar y la integración social de sus estudiantes? 

Las estadísticas del 15º Estudio Nacional de Drogas en Población Escolar (ENPE) realizado por el Observatorio Chileno de Drogas el 2025, muestran que el consumo de sustancias psicoactivas entre jóvenes sigue en aumento. Si bien estos datos corresponden a estudiantes de enseñanza media, funcionan como guía de lo que ocurre cuando los jóvenes llegan a la universidad, pudiendo ser esta cifra más alta en espacios de educación superior donde es más accesible.

En la educación superior, la marihuana y el alcohol siguen liderando la lista de sustancias más consumidas, pero las drogas sintéticas comienzan a ocupar un lugar preocupante. De acuerdo con el último Informe Nacional de Drogas 2023, elaborado por el Senda, el consumo de nuevas sustancias psicoactivas ha crecido en un 15% desde el 2013, lo que coincide con el incremento de decomisos realizados por Carabineros y la PDI. Lo complicado de esto son las consecuencias para la salud: según los datos del Centro de Información Toxicológica y de Medicamentos (Cituc), existe un aumento significativo, aproximadamente del 8% de intoxicaciones por drogas de abuso como lo es marihuana, cocaína y un “aumento muy importante post pandemia” de nuevas drogas como 2C-B (tussi). 

Motivaciones y factores de riesgo: drogas como escape

¿Por qué los estudiantes universitarios consumen drogas sintéticas? Se apuntan a múltiples factores, debido a que la etapa universitaria coincide con un periodo de alta presión académica, búsqueda de identidad, independencia, económica limitada y en muchos casos problemas de salud mental no tratados. La pandemia agudizó este escenario. 

Según la Red de Salud Digital de Universidades del Estado (Rsdue) tras la pandemia los estudiantes universitarios han mantenido un aumento significativo en síntomas de ansiedad, depresión y estrés. Se reporta que alrededor del 37 al 40 por ciento en palabras de los jóvenes presentaron síntomas de depresión y ansiedad y un riesgo suicida que afecta cerca del 20 por ciento. Otros estudios de la Rsdue encuentran que hasta un 50 por ciento de los estudiantes de primer año experimentan síntomas ansiosos o depresivos. Aunque no todos estos estudios abordan directamente el consumo de drogas sintéticas, muestran un contexto de salud mental deteriorada que, según Sergio Fernandez Artamendi, doctor en Psicología experto en drogodependencia, “incrementan el riesgo de llevar a cabo conductas adictivas” ya que se utilizan como vía de escape o afrontamiento.

“Las drogas sintéticas son un fenómeno que no se limita solo al mundo universitario, pero sí vemos que en este grupo hay ciertas condiciones que pueden amplificar los riesgos. Hay prácticas que se han ido normalizando, como el uso de fármacos sin receta o el consumo en fiestas, o en momentos de alta presión académica”, asegura Paola Tassara, jefa del Departamento de Políticas Públicas y Estudios de Senda.

En ese contexto, las drogas sintéticas aparecen como un medio de escape. Muchos estudiantes reconocen que el consumo se relaciona con la necesidad de relajarse, el deseo de pertenencia en grupos sociales y la curiosidad por experimentar nuevas sensaciones. La percepción de riesgo, además, suele ser baja: mientras que con el tabaco y el alcohol existe conciencia de los daños a largo plazo, las drogas sintéticas son vistas, erróneamente, como menos peligrosas. No obstante, la realidad es distinta. La composición del 2C-B o del éxtasis puede variar enormemente de un preparado a otro: algunos contienen ketamina, cafeína, metanfetaminas o tranquilizantes en dosis imposibles de prever. Esa variabilidad aumenta el riesgo de sobredosis, daño neurológico y dependencia psicológica. A diferencia del alcohol o el cannabis, cuyos efectos y riesgos están más estudiados, las drogas sintéticas son un territorio mucho menos predecible.

Según Tassara:“Al tratar con jóvenes, lo que funciona es hablarles desde la realidad, de manera directa, sin juzgar y entregando información útil. Lo más efectivo ha sido el enfoque de reducción de riesgos. Ahí es donde campañas como “Esto es sin juzgar” o «El Otro Plan» han tenido muy buena recepción, porque respetan la autonomía y promueven el autocuidado”. El Otro Plan busca fomentar la prevención durante celebraciones, incentivando que las personas planifiquen con anticipación y eviten conductas de riesgo asociadas al consumo de alcohol y otras drogas, especialmente al conducir. Por su parte, Esto es sin juzgar apunta a reducir el estigma hacia quienes enfrentan un consumo problemático, promoviendo la empatía y difundiendo el Fono Drogas y Alcohol 1412, un canal gratuito y confidencial de orientación y apoyo. “Hoy más que nunca necesitamos avanzar hacia una comunicación del riesgo que sea creíble, sin estigmas y que haga sentido con la etapa de vida en la que está la juventud”, asegura  la jefa del Departamento de Políticas Públicas y Estudios de Senda.

Entre la prevención y la reacción

En este escenario, las universidades cumplen un rol fundamental. Por un lado, son el espacio donde se concentra gran parte del consumo juvenil; por otro, tienen la posibilidad de implementar programas de prevención, apoyo psicológico e intervención.

La Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, consciente de esta realidad, creó en 2024 el Centro de Estudios en Sustancias y Adicciones (CESA), cuyo objetivo es prevenir y tratar el consumo problemático de drogas en estudiantes. Además, instituciones como la Dirección de Salud Estudiantil (DSE) han impulsado talleres de prevención, consejerías psicológicas y encuestas periódicas para medir el fenómeno en la comunidad universitaria. En el caso de Joaquín, las instancias que se dieron dentro de la universidad fueron “superficiales y ocasionales”.

Sin embargo, no todas las universidades cuentan con recursos para implementar programas de esta envergadura. Muchas iniciativas quedan limitadas a charlas informativas o a la entrega de material preventivo, lo que suele tener poco impacto real. Otro problema es la baja participación estudiantil. El médico Carlos Ibáñez, director de la Clínica Psiquiátrica Universitaria, subraya que es importante no generalizar: “No son todos los estudiantes los que consumen, aunque quienes lo hacen suelen ser muy visibles”. 

Ibañez afirma que se trata de un “porcentaje menor”, pero que igualmente requiere atención. En su opinión, las universidades cumplen un rol adecuado en materia de prevención, pero no pueden ni deben asumir la responsabilidad del tratamiento de quienes desarrollan un consumo problemático. Por otro lado, advierte la existencia de un círculo vicioso: por un lado, los estigmas intimidan a los estudiantes que consumen y los alejan de pedir ayuda; por otro, la cultura universitaria y juvenil muchas veces seduce hacia el consumo por las vías de la imitación, la oferta directa y la necesidad de encajar. Entre las medidas que considera más eficaces destaca la aplicación de encuestas breves de caracterización, que permiten levantar información clave para diseñar intervenciones más pertinentes y ajustadas a la realidad de cada institución.

A nivel país, el Estado ha comenzado a reaccionar. El año pasado se lanzó la Estrategia Nacional de Drogas 2024–2030, que plantea la necesidad de fortalecer la capacitación del personal de salud primaria y de consolidar un sistema de alerta temprana con cobertura nacional, lo que evidencia brechas en recursos y formación. Para fortalecer la respuesta institucional, Senda implementó el Plan de Trabajo para el Abordaje de Drogas Sintéticas, presentado en noviembre de 2024, que contempla 36 medidas y 123 acciones prioritarias. Entre ellas destacan el fortalecimiento de la prevención en escuelas y barrios, y la creación de un sistema de alerta temprana para drogas emergentes. 

“Gracias a este plan, hoy contamos con una estructura más rápida y eficiente para identificar nuevas sustancias, emitir alertas públicas cuando corresponda, y entregar orientaciones claras a equipos de salud, educación y seguridad. Estamos trabajando en nuevos protocolos y herramientas para responder mejor en los territorios”, enuncia Paola Tassara.

Estas medidas, aunque relevantes, enfrentan obstáculos. Se reconoce que existe un conocimiento limitado sobre nuevas sustancias, lo que retrasa la capacidad de prevención y tratamiento, también se plantea consolidar un sistema de alerta temprana con cobertura nacional, lo que evidencia brechas en recursos y formación. Además, la cobertura sigue siendo limitada: el sistema de Garantías Explícitas en Salud (GES), por ejemplo, solo garantiza tratamiento para jóvenes menores de 20 años, dejando fuera a gran parte de la población universitaria, quienes son los que indican un índice alto de consumo problemático.

Universidades estatales en alerta

Desde el Senda se ha puesto especial foco en la educación superior porque es una etapa donde muchas veces se consolidan ciertos patrones de consumo. Por esto, se está levantando el Tercer Estudio de Consumo de Drogas en Educación Superior. Se ha desarrollado con el Consorcio de Universidades del Estado de Chile (Cuech) el Modelo de Culturas Preventivas, que busca instalar capacidades preventivas dentro de las comunidades universitarias, con capacitaciones a estudiantes y equipos de salud y bienestar. En paralelo, se lanzó la campaña ‘El Otro Plan’, con foco en gestión de riesgos, autocuidado y cuidado entre pares. 

En distintas universidades, estas estrategias comienzan a tomar forma a través de programas, centros y convenios que buscan dar respuesta a una realidad cada vez más visible.

En 2024 la Universidad de Chile inauguró el Centro de Estudios en Sustancias y Adicciones (CESA), un espacio destinado tanto a la investigación como a la prevención y tratamiento de las adicciones en su comunidad estudiantil. Este centro trabaja en coordinación con la Dirección de Salud Estudiantil (DSE), que ya venía impulsando talleres de prevención, consejerías psicológicas y campañas de sensibilización a través de redes sociales. Los programas se enfocan en abordar el consumo de sustancias desde una perspectiva integral, considerando no solo la droga en sí, sino también la salud mental, el bienestar y el entorno social del estudiante. La psicóloga y coordinadora del equipo de salud mental en la DSE, Yael Weinstein, enfatiza en que la principal dificultad se encuentra en problematizar el consumo en un momento en que el consumo está normalizado en la población universitaria, es por esto que las medidas principales que se han tomado se han enfocado en labores preventivas, desde la educación sobre la percepción de riesgo. 

En esa misma línea, otras instituciones del Estado han impulsado esfuerzos complementarios para fortalecer la prevención y el acompañamiento estudiantil.

La Universidad de Santiago de Chile (Usach) participó en la Encuesta Nacional de Drogas en Educación Superior de Senda, reafirmando su compromiso con la prevención y el bienestar estudiantil. Desde el Departamento de Promoción de la Vida Saludable (DPVS), a través de la Unidad de Bienestar Psicológico Estudiantil (BPE), se brinda atención clínica individual orientada a fortalecer el autocontrol y la adaptación a la vida universitaria, abordando también situaciones vinculadas al consumo de alcohol y drogas. En casos de riesgo, el equipo realiza intervenciones y deriva a los estudiantes a programas especializados de la red pública de salud, como CESFAM o COSAM, utilizando un catastro actualizado proporcionado por Senda. En los últimos años, la Usach ha colaborado activamente con este servicio en diversas iniciativas preventivas, como la Guía para una comunicación sin estigma, el programa Trabajar con Calidad de Vida y el Protocolo para la Prevención del Consumo de Sustancias y Detección Temprana de Conductas de Riesgo en Instituciones de Educación Superior.

Mientras tanto, otras universidades han optado por reforzar el trabajo desde la promoción de estilos de vida saludables y el fortalecimiento de factores protectores.

A nivel de promoción interna, la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM) ha realizado actividades como la feria “Vive UTEM Saludable”, organizada por el Plan de Apoyo Estudiantil en el marco del convenio Senda–CUECH. Sin embargo, la información reciente y sistematizada sobre programas permanentes de prevención o consejerías específicas en drogas es escasa en los sitios institucionales consultados. Desde la Unidad de Acompañamiento Estudiantil, la psicóloga Daniela Harris explica que la universidad aborda el consumo desde una mirada preventiva y multifactorial, enfocada más en la promoción de la salud mental, la gestión emocional y el acompañamiento educativo, que en el tratamiento directo. “No tenemos una unidad dedicada específicamente al consumo, porque se trata de una problemática compleja que requiere intervención especializada. Nuestro trabajo se centra en minimizar los riesgos y fortalecer factores protectores”, sostiene

Harris también advierte que uno de los principales desafíos es la falta de redes públicas de derivación y la baja percepción de riesgo entre los estudiantes, especialmente en el consumo de drogas sintéticas y en el policonsumo. “No podemos obviar que hay un cambio cultural profundo: hoy la conversación no puede centrarse solo en la droga, sino en cómo construimos una cultura preventiva y nos hacemos todos partícipes”, agrega.

En una línea similar, la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE) ha buscado instalar prácticas y normativas que integren la prevención dentro de su estructura institucional. Hha sostenido, al menos desde 2018, el curso e-learning “Prevención de Drogas y Proyecto de Vida” para estudiantes, desarrollado en convenio Senda–CUECH. En 2022, la universidad formalizó la actualización del Reglamento Interno de Orden, Higiene y Seguridad, instaló una mesa para una Universidad Libre de Humo y suscribió un convenio de colaboración con Senda para su implementación, según el Informe de Autoevaluación Institucional. Además, se registran actividades de promoción de entornos saludables en campus (stands DAE, Centro de Salud Estudiantil, “Hacia una Universidad Libre de Humo”), con colaboración de entidades externas como Senda, PUC y ACHS; no obstante, la disponibilidad pública de resultados y evaluación de impacto es limitada. Desde el Centro de Salud Estudiantil de la UMCE, nos imposibilitaron realizar una entrevista para poder conocer su programa.

En este contexto, las cifras y testimonios revelan un panorama desigual: las drogas sintéticas dejaron de ser una rareza y se consolidan como un problema real en la vida universitaria, mientras las respuestas institucionales avanzan a ritmos distintos. 

*Las identidades de Joaquín y Andrea se mantienen en reserva a su pedido. 

**Esta investigación fue realizada en el marco del curso Reportaje (Universidad de Chile), a cargo de la docente Ximena Poo. 

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