La barca

Fue una alerta que nadie vio: habían sido educadas para ser ¿juiciosas?, pero Roberta siempre fue dura de mollera. No quería estudiar y tampoco hacer ejercicio al aire libre. A veces, de solo mirarla jugar a lo bruto o subir una tapia altísima, su madre contemplaba la idea de regalarla. Pero en seguida las convenciones sociales y el cierto cariño que le tenía la hacían desistir. Amanda, en cambio, si bien no era brillante, era bastante dócil y eso la favorecía. La disponía a aprender cosas nuevas. 

Una tarde de verano intenso, su madre quiso mostrarles el río. No iban mucho porque la orilla del Paraná es peligrosa. No por el agua, sino por la gente. Llegaron a la costanera y Roberta quería tocarlo todo. Subirse a todo. Amanda observaba reflexiva, sus manos juntas sobre la falda almidonada formaban un corazón. La madre se dio vuelta para comprarles helado, un cariño fácil de dar. Fue cosa de un segundo: la niña huía y arrastraba a su hermana. Atrás quedó la señora gritando con la garganta embravecida para que volvieran. Los helados de agua le chorreaban los dedos y el antebrazo.

Encontraron la barca en el mejor momento, el escape. Roberta, la mala influencia, metió a su hermana adentro. Empuñaban torpemente los remos, uno cada una. Amanda se dejaba hacer. Roberta remaba salvajemente hacia la libertad. 

Flotaban a favor del viento y al poco andar llegaron a una cueva selvática. No sabían que estaba ahí, jamás habían llegado tan lejos. Las lianas les tocaban la cabeza al dejarlas atrás y las hojas flacas y gráciles de los sauces les acariciaban los hombros. Esto era la verdad, pensó Roberta. A esto se debe parecer el purgatorio, pensó Amanda.

Cuando termine el río, vamos a llegar al mar, le explicaba Roberta a su hermana. Allí, en la desembocadura, trabajaremos como niñas que limpian pescado y nos ganaremos la vida. Después, dos marineros condecorados se enamorarán de nosotras. Seremos felices y libres. La imaginación de los niños es maravillosa porque todo lo puede, lo arregla, lo parcha, lo ata con alambre. No saben que el futuro será negro, negro como el de la madre que las está buscando desesperada en el puerto, con las manos todas pegoteadas de helado derretido.

Otra cosa que las niñas no sabían era que, si hay mucha corriente, es seguro que más adelante está la cascada. Ahora van derecho a la muerte. Qué triste cuando mueren niños. Ellas habían visto bastantes dibujos animados y los imitaron metiendo los remos dentro del bote. Se sujetaron de la tabla que les servía de asiento. Se aferraron a la vida, porque sin vida no hay libertad. Por los gritos y las caras, pareciera que hasta disfrutaron la caída. Oh, sí. El agua les abofeteaba el rostro y el pecho. El viento se les enredaba en el pelo y se lo arrancaba.

Un ruido seco y el golpe brusco de las tablas en las frágiles espaldas les anunciaron que habían tocado fondo. Cuando uno termina de caer, no queda otra opción que seguir. El río hacía un codo en el remanso. Se dejaron llevar, las manos flácidas colgando por la borda. Las risas estruendosas, de esas que te dan cuando te sientes invencible.

Miraron el infinito de la pampa que se alargaba desde las márgenes hasta perderse en el horizonte. No había animales ni personas ni árboles. Nada. Luego del primer instante de felicidad, entendieron que no podían volver. Tenían hambre y la tardecita de otoño ya les hacía sentir el frío en las muñecas mojadas.

La risa mutó en llanto. Y esa madre tan terrible y castradora ahora era el único anhelo que les quedaba. Lo bueno es que estaban vivas. ¿O no? Roberta sugirió que, si se acercaban a la orilla, ella podría sin dudas hacer una lanza para pescar y comerían bien al anochecer. Amanda se negaba. Forcejearon un poco y al final primó la idea de seguir hasta encontrar un lugar habitado. La cordura sistémica triunfaba sobre la aventura improvisada.

Pero las horas pasaban, el río seguía su curso ondulante y a las niñas les ondulaban las tripas. La madre estaba lejos, desesperada y rodeada de inútiles oficiales empachados de pejerrey frito. Lloraban las tres unas lágrimas conectadas por el agua del Paraná. La selva las volvió a cobijar con sus ruidos de animales salvajes avisando que entraban en territorio con dueños. De nuevo, Roberta sugirió que fueran a la orilla para conseguir comida. De nuevo, Amanda quiso detenerla, estaba entrenada para tener esperanza. Pronto llegarían a un pueblo.

De los forcejeos pasaron a las cachetadas, a los tirones de pelo. Eran casi igual de fuertes y ninguna podía someter a la otra. Gritaban tanto que los animales de la selva se callaron de miedo. La perseverancia de Amanda, al final, pesó más que la fuerza descontrolada de Roberta. Con el remo que ella dominaba le dio de lleno en las costillas y la tiró de la barca. Se tambaleó, pero rápido se afirmó. Ciega de adrenalina, comenzó a remar haciendo chapotear las paletas contra el agua. Cla, cla, cla, cla. Incluso antes de ver si su hermana emergía o era comida por alguna alimaña, ya estaba a varios metros. ¡Cómo el instinto nos hace hacer aquellas cosas que la cordura nos impide! Ya repuesta, aunque con el fuelle agitado, Amanda siguió remando. No paró jamás. Notó que el río llevaba mucho tiempo encorvado. Como ella, encorvada por la culpa de haber abandonado a su hermana. A lo lejos, comenzó a escuchar gritos y a entrever antorchas prendidas. No se equivocaba, decían su nombre.

Desde la orilla, notaron el bulto que se acercaba. El oficial miró a la madre con aire de te lo dije. En el puerto de esa ciudad estaba el rulo del río, el cauce era como un perro que se busca la cola. Un fenómeno curioso que la gente visitaba en verano por hacer la gracia de dar toda la vuelta. La madre vio la barca, vio una sola cabeza. Vomitó descompensada. No se explicaba cómo su deseo se había hecho realidad.

*ILUSTRACIÓN DE PATO VERA

1 comentario en “La barca”

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