Los días despejados

Tres bolsas llenas de papeles.

Esa fue la herencia de nuestro padre.

No tenía cuenta bancaria ni bienes materiales, más allá de algunos libros, un tapiz de la Polinesia y unas pocas prendas de ropa que usó por décadas —reacio a acumular, como era, casi asceta. Y ese montón de papeles: lo único que conservó con cierta voluntad o conciencia. O eso parece, porque tampoco recuerdo que hablara del tema ni encomendara a nadie el destino de esas bolsas suyas que, después de su muerte y algunas mudanzas de casa y de ciudad, encontré en el departamento de mi madre, en Santiago, en lo más recóndito de un cuarto repleto de trastos viejos.

Manuscritos de cuentos y obras de teatro, páginas originales —mecanografiadas o a mano, con anotaciones y flechas— de algunos libros que publicó, dibujos y bocetos, guiones y storyboards de escenas humorísticas, recortes de periódicos y revistas donde despachó artículos, crónicas de atletismo, historietas y relatos de ficción, además de recortes donde aparece él como sujeto noticioso: en la sección de deportes, cuando competía como atleta, o en las páginas de política y actualidad, cuando fue presidente de la línea aérea LAN Chile durante la Unidad Popular. O sea, hasta antes de que tuviera que irse del país. Todo eso hallé.

También di con pasaportes antiguos, cartas personales, escritos legales de casos donde actuó en calidad de abogado, invitaciones para oficiar de conferenciante como experto en derecho aeronáutico, fotos donde aparece actuando en el Teatro Municipal de Santiago o en el espectáculo Far West Town de Las Condes, para el que también escribía los libretos y dirigía… Todo un rompecabezas sobre una persona que, en muchos sentidos, había tenido múltiples vidas antes de que se le ocurriera ser padre otra vez (de mí o de un yo hipotético) a los 54 años, gracia que incluso repetiría cuatro años más tarde con mis hermanos menores.

Más de veinte años después de su muerte, entonces: las bolsas. Los papeles. Sus papeles. Las piezas del puzle que, justamente a través de lo que dejó escrito, he podido atisbar o imaginar, descubriendo en medio de la lectura que accedía a una parte de mi padre proveniente de un tiempo en el que aún no lo era. Una forma intemporal, algo fantasmal, de comunicación, supongo. Pero no solo he podido evocar a mi padre —o a versiones de él antes de conocernos—, sino también a una época y las circunstancias que le tocaron, sobre todo durante los años sesenta y setenta, que fue cuando acaso más escribió, dibujó y publicó en diarios y revistas.

En los textos aquí reunidos —artículos de prensa, ensayos humorísticos, cuentos— están los temas que atravesaron su vida, como los aviones, los viajes, la abogacía y el atletismo, pero también su interés por las ciudades —Santiago, en particular—, por las costumbres de los chilenos que, pese al tiempo transcurrido, no parecen haber cambiado tanto, y por cuestiones generales como el clima, las festividades locales o los gatos.

Y un dato insoslayable, quizás debería haber partido por esto: todos los relatos tienen al humor como eje gravitatorio, aunque algunos estén teñidos incluso de una ligera melancolía, hablen de la historia de la aviación o sobre la práctica del esquí.

Aliaga Straube apostó por el disparate, por la ética de hacer reír como primera y más importante meta. Huyó de la solemnidad y, ajeno a estilos y temas predominantes por esa época, abordó sus textos desde la ironía, la extrañeza, el juego y el absurdo, donde la guasa y la parodia operaban como válvulas de escape o amortiguadores en medio de entornos también bastante absurdos que, de paso, develaba, con una prosa “todo espectador”, provista de sorpresas y opiniones personales entre líneas.

En 1964, bajo el seudónimo de Nacho, como lo conocían sus amigos, presentó su primera novela, Colocarse cinturones, no fumar. En el diario El Mercurio publicaron a modo de adelanto los primeros capítulos del libro y destacaron su “estilo punzante, cargado de toques humorísticos, que mantiene al lector en alegre tensión”, además de adjudicarle al autor un rasgo que lo definía bien: “multifacético”.

“Con apenas 40 años de edad ha recorrido las más disímiles profesiones y vivido las más curiosas experiencias. Fue campeón de atletismo, en los 400 metros con vallas, desde 1945 a 1947, seleccionado nacional y participante en competencias continentales. Mientras tanto, estudiaba leyes hasta recibirse en la Universidad de Chile. Fue actor en el Teatro de Mimos de Alejandro Jodorowsky y artista de circo en Coney Island. Publicó cuentos y dibujos en la revista Pobre Diablo, hizo crónica para la revista de la U y fue caricaturista del diario PM. En 1953 ingresó a LAN como sobrecargo y cumplió cuatro millones de kilómetros de vuelo. Ha actuado en televisión en Estados Unidos y Puerto Rico, y ganó el tercer premio de pintura en el Salón de Arte de la Asociación de Abogados”.

Ese mismo año, Nacho terminó sus estudios de Leyes y fue promovido de sobrecargo a abogado del departamento jurídico de LAN Chile. Se había casado con su primera esposa y era padre de un niño y una niña. En paralelo, comenzó a publicar periódicamente en El Mercurio artículos humorísticos que hablaban con total libertad y desparpajo de adelantos científicos, campañas electorales o clásicos de la literatura universal, donde el foco estaba más puesto en los vastos y a veces estrafalarios intereses del autor antes que en la actualidad.

En 1970 fue designado presidente de la compañía aérea nacional por el recién electo presidente del país, Salvador Allende. Como tal, abrió varias rutas nacionales e internacionales (Nueva York, Río de Janeiro, Cali, Madrid, París, Frankfurt, Tahití…), y adquirió nuevos modelos de aviones para la línea aérea. Al cabo de un par de años, sin embargo, su vida daría un vuelco debido al tenso y cada vez más polarizado ambiente social y político que se vivía en Chile, previo al golpe de Estado del 73.

Pero la historia comienza antes. Porque, de alguna forma, su devenir en el mundo de la aeronáutica tanto como en el de las letras, se conecta, tiende lazos y echa raíces en sus —y en mis— antepasados. La historia, entonces, podría comenzar así:

Ignacio Aliaga Straube, mi padre, no llegó a conocer demasiado a Ignacio Aliaga González, su padre:

“Lo más que sé es que fue mi padre. Por certificados de matrimonio, de nacimiento, de vacunas, etcétera. Y porque hemos sido parecidos, salvo ciertas particularidades: él conservó sin esfuerzo hasta la totalidad de 47 años de vida, una frondosa cabellera ondulada y negra. En cambio, yo entre los 20 y los 30 fui perdiendo el pelo rubio ceniciento hasta alcanzar una brillante calvicie a los 50 años. Otro detalle: mi padre medía algo más de 1.90 metros, y yo apenas llegué, en mi época más descomunal, a 1.80. Pero en cuanto a rasgos y gestos faciales fuimos casi idénticos.

Eso sí, valga la salvedad, él tenía la cara partida. Una gran cicatriz le marcaba desde la proximidad del ojo y le terminaba en la mandíbula. Era el testimonio de uno de sus accidentes de aviación. Integró aquellos primeros grupos de pilotos de aeronaves de varillas y tela, provenientes de otras armas cuando todavía no existía plenamente la Fuerza Aérea de Chile. Él cambió el caballo por el avión, no obstante que por su altura apenas cabía con el paracaídas en dicho artilugio volante.

[…] Yo no fui testigo presencial, sino a través de fotografías. Lo vi muy pocas veces, casi siempre peleando”. 

El teniente coronel Aliaga González había realizado una carrera militar que lo llevó a ser nombrado jefe de la Línea Aérea Nacional por el prócer de la aviación chilena y fundador de la FACH, Artu- ro Merino Benítez. Pero tiempo después, llevado por su espíritu aventurero, se alistó como piloto voluntario/mercenario para combatir por Bolivia en la Guerra del Chaco contra Paraguay. Su participación duró poco. Producto de una accidentada maniobra en la pista, murió en 1935 en Santa Cruz, cuando su hijo —mi padre— tenía apenas 11 años. 

“Después que supe de su muerte (nunca me lo dijeron, la fui intuyendo en el entorno), se me hacía muy dolorosa su ausencia. Soñaba y cavilaba que no había muerto, que había caído prisionero, y que algún día volvía y nos encontrábamos al fin, como ocurre entre los padres y los hijos. Durante largo tiempo mantuve esta ilusión.

Ya sabía que él había sido un excelente instructor de vuelo, un jefe muy humano y apreciado, masón, mujeriego y fiestero. Me acostumbré a querer su recuerdo nebuloso”.

La madre de mi padre, Martha, era hija de Marion Edmonds, descendiente de ingleses, y de un capitán de barco importado de Alemania, Walterio Straube, amigo en Chile del escritor Salvador Reyes y autor de un único libro, La tragedia de La Flecha (Zig-Zag, 1940), crónica marítima con historias extraídas de “entre las hojas apergaminadas de mi cuaderno de bitácora”, según escribió Straube.

Mi padre leería ese libro, pero vio al autor —a su abuelo materno— tan solo una vez, ya que el capitán Straube se separó de Marion y se mandó a cambiar al poco tiempo después de que nació Martha. Entonces, apareció un joven llegado de Escocia, proveedor de barcos y también marino, William Campbell, que pronto formaría una nueva familia con Marion, en la que “Martha Straube era una verdadera hija para el escocés”.

Cuando Martha, estudiante de pintura, cumplió 19 años, se casó con el capitán de caballería Aliaga González, de 33, y tuvieron a su primer hijo en octubre de 1924, al que bautizaron igual que el padre, Ignacio, en un Iquique todavía cosmopolita, cuando la ciudad comenzaba a sufrir la decadencia de la industria salitrera y las oficinas cerraban sus puertas.

“Fui desarrollándome en un ambiente entretenido, a pesar de no tener hermanos ni amigos, a excepción de Georgie Staley, que venía a jugar conmigo todos los miércoles, desde las tres hasta las seis de la tarde. […] Hojeaba cuanto libro ilustrado caía en mis manos, afición que se transformó casi en vicio. Una vez me impresionó una lámina en la que aparecía un piel roja con todo su atuendo, y desde aquella vez hasta hoy he sido un fiel seguidor de la literatura, costumbres, leyendas, vestuario, etcétera, de los sioux, cherokee y más naciones y tribus del continente norteamericano”.

Cuando tenía 5 años, sus padres tuvieron otro hijo —un hermano para el pequeño Ignacio— que vivió tan solo 10 meses. “Su partida fue la primera gran pena que sufrí”. Y después del accidente aéreo que le costó la vida a su padre, su madre Martha también fallecería al cabo de unos años. Así que el muchacho creció bajo el amparo de su abuela Marion y el señor Campbell. Entrando en la adolescencia, se fue a vivir con ellos a Santiago y terminó sus estudios secundarios en el colegio Saint George. Se matriculó en Derecho en la Universidad de Chile y, alternando con los estudios, pronto comenzó a competir como atleta universitario, batiendo récords en su especialidad, las vallas, y llegando a ser parte de la selección chilena, hasta que contrajo tuberculosis, lo cual lo alejó de las pistas. Pero siguió escribiendo entusiastas crónicas sobre atletismo y organizando los espectáculos que abrían los clásicos de fútbol entre la Chile y la Universidad Católica, entre otras incursiones, como el teatro.

“Comencé a ir a clases de pantomima con Alejandro Jodorowsky. En la segunda oportunidad él me incorporó al elenco. Por esos años se juntaban distintos artistas en Santiago, entre ellos Enrique Lihn, Lafourcade, Jorge Edwards. Era la generación del 50, en ella existía una colectividad de intelectuales en donde cada uno hacía lo suyo. Además, entré a trabajar en un circo; en él hacía los papeles de piel roja y de payaso. Las funciones de ambas cosas me servían para ganar algo de dinero. En esos días me encontraba con mucho trabajo, además me gustaba demasiado lo que hacía, por lo que decidí congelar la carrera de Derecho”.

A los 26 años se casó con Julia, asistente social. Tuvieron a Ignacio y a Mariana. Para mantener a la familia, postuló a un cupo que había en LAN Chile para sobrecargo de vuelo. Lo entrevistó el mismísimo Arturo Merino Benítez, entonces vicepresidente de la compañía. Al saber que el postulante era hijo de su antiguo colaborador, le preguntó qué esperaba alcanzar en LAN:

—Un día estar sentado donde está usted —respondió el joven Aliaga, arrancándole una amplia sonrisa al comodoro.

Siete años más tarde, con millones de kilómetros aéreos en el cuerpo, retomó sus estudios de Derecho. Pero antes experimentó algo extraño para alguien poco dado a supersticiones como él, y de lo cual recuerdo que solo me habló en una ocasión: se comunicó con su padre a través de una sesión de espiritismo que hizo con un par de colegas sobrecargos. El malogrado piloto le habría dicho desde el más allá a su hijo, en un tablero ouija: “no seas tonto, recíbete”. Y por alguna razón, mi padre le hizo caso y canceló sus siguientes vuelos para retomar su tesis, que era lo único que le faltaba para recibirse. Uno de esos vuelos a los que no se subió iba a tener un accidente fatal.

Su tesis, Asignación familiar para obreros, se publicó en 1960.

Pasó a ser abogado de la compañía. Se afilió al Partido Socialista en 1964.

Para cuando era presidente de LAN Chile, comenzando la década de los setenta, había publicado su primer libro, Colocarse cinturones…, que fue éxito de ventas en aeropuertos y se agotó prontamente, y artículos en prensa y revistas durante años. Había definido —y defendido— un estilo humorístico que ya no abandonaría, pese a los reveses que iba a tener el país y él mismo. Acaso como escudo, o analgésico. Como salvavidas, como una forma de hacerle frente a lo que se avecinaba.

Había grupos radicalizados de derecha e izquierda en todo el país. Hacia 1972 ya se olía en el ambiente que podía desatarse una guerra civil. Para contrarrestar un más que posible golpe de Estado, algunos funcionarios en LAN, socialistas vinculados al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) o al Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), buscaron internar armamento a Chile desde Cuba y España en varias oportunidades, fallando en todas, pues Aliaga se convirtió en un obstáculo, investigando e incluso informando al Gobierno de estas maniobras de contrabando. “En vez de disfrutar de los favores del allendismo, cooperando con los extremistas o simulando ignorar sus actividades, no dudé en ser intransigente”.

Pese a su afinidad con el socialismo, supo que su misión en LAN era la de dirigir una línea aérea comercial, no armar a la población civil. Pero su postura le saldría cara: “… ataques en la empresa, se iniciaron las llamadas anónimas a mi domicilio, amenazas a mi familia y a mí, e incluso se asaltó mi casa con pretexto de incendio, cuando todos habían salido […]. Al dejar Los Cerrillos en dos ocasiones tuve fallas mecánicas en mi auto particular, un Fiat 600 de 1969, evidentemente preparadas”.

Pidió varias veces audiencia con Allende, sin conseguirlo.

“Según se afirmó, Aliaga […] fue llevado al Comité Central del Partido Socialista, en donde se le acusó de alta traición al partido. Posteriormente se le solicitó que tomara vacaciones, para luego pedirle que se alejara de sus funciones”, publicó un periódico local en mayo del 72. Y poco después, otro medio anunciaba la renuncia de Aliaga al cargo:

“Al éxodo de profesionales altamente calificados que tanto ha sido lamentado, ahora se agrega otro nombre. Se trata de nada menos que del expresidente de LAN Chile, abogado Ignacio Aliaga, uno de los pocos expertos que existen en el continente sobre derecho aeronáutico.

Desde su alejamiento de LAN, Aliaga ha recibido tentadoras ofertas para trabajar en Ecuador y otros países latinoamericanos. Sin embargo, se inclinó por un contrato que le ofreció la Universidad de Madrid, para ejercer la cátedra de Derecho Aeronáutico”.

A fines de ese año se había divorciado de Julia, su primera esposa, y se había casado con una funcionaria de Aerolíneas Argentinas llamada Estela. Y en julio de 1973, le preguntó a su hijo Ignacio si quería irse del país con ellos: “Y yo accedí. Solicitamos visa a varios países. Los primeros en contestar fueron Ecuador y España. Nos decidimos por España sin ninguna razón especial, tal vez porque estaba más lejos de Chile que Ecuador”.

Primero se fue Estela, la nueva esposa. Ella consiguió un departamento en la calle Puerto Rico de la capital española. Luego él, su hijo y una gata volaron en un avión vacío a Madrid. Un año más tarde, también llegó su hija Mariana. El matrimonio con la argentina se derrumbó prontamente, casi al mismo tiempo que el Gobierno de Allende, en Chile, era derrocado por los militares al mando de Pinochet en septiembre de 1973.

En Madrid fue profesor, dictó conferencias, trabajó como dibujante para una editorial, como escultor —junto a su hijo— de animales mecánicos para el parque de atracciones de Casa de Campo, y en 1974, en una fiesta dada por el hermano del pianista chileno Claudio Arrau en un piso cercano al Paseo de la Castellana, Ignacio, mi futuro padre, conoció a Silvia, mi futura madre, una dentista chilena quince años menor que él, que después de haber realizado un postgrado en Odontología, se había quedado trabajando en una clínica dental de la capital española.

Al año siguiente, y nuevamente firmando como Nacho, publicó su segundo libro, Pasajero de avión, en el cual vertió “todo lo mucho que sabe de la aviación comercial, escribiéndolo con soltura, con síntesis apretada […]. No en vano en el autor se reúnen experiencias dilatadísimas […], dotes literarias, fino humor y una agilísima plumilla de dibujante”, reseñó para una revista española el jurista malagueño Enrique Mapelli, también autor de varios libros y experto en derecho aeronáutico.

Hacia 1977, el romance entre Ignacio y Silvia derivó en que se casaron (¡tercer matrimonio de mi padre!) y tuvieron un niño (¡a mí!). Nos mudamos los tres, más una gata llamada Mona, a un departamento recién comprado en Fuenlabrada, a las afueras de Madrid. En España había muerto Franco hace un par de años y el país entraba en un período de transición hacia la democracia. Todo indicaba que nos quedaríamos allí, sin embargo, el convenio bilateral que le permitía a mi madre ejercer su profesión en España cambió y, de un día para otro, se vio imposibilitada para trabajar. Así que, conmigo en brazos, antes de cumplir yo un año, y con la Mona, nos subimos a un avión y viajamos a Chile. Mi padre se quedó todavía un año más vendiendo el departamento nuevo y preparando el terreno para volver a Santiago, lo cual resultaba un peligro, pues al haber sido cercano al socialismo y a Allende, estaba fichado por los militares que habían tomado el mando en Chile y que, a esas alturas, ya habían hecho desaparecer a más de mil personas. Mi padre tuvo que negociar su retorno. Se le concedió con la condición de nunca más estar envuelto en organizaciones políticas. Volvió a Chile y se reunió con mi madre, conmigo y con la Mona, y nos fuimos a vivir a un departamento en Ñuñoa. No tuvo mayores problemas con el régimen militar, pero estuvimos bajo escrutinio por varios años.

Luego, para cuando ya habían nacido Álvaro y Leonardo, mis hermanos menores, nos mudamos a una casa en la comuna de Peñalolén. Mi madre trabajaba y mi padre lo intentaba, pero sabía de antemano que tenía casi todas las puertas cerradas. El país al que había regresado era muy distinto al que era antes de irse. Su personalidad alegre, cha- cotera y vivaz, contrastaba con el ambiente parco que se vivía.

Ya de niño yo advertía que este señor flaco, poco convencional y al que confundían con mi abuelo, no se parecía a los apoderados de mis compañeros de colegio ni a los padres de mis vecinos. No solo por su edad, ni por las lúdicas prendas de vestir que usaba para ir a buscarme a la salida de clases —unas veces con regios sombreros de cowboy, otras con penachos de pluma sioux o sombreros de ala ancha—, sino porque mientras mi madre estaba en su consulta dental, mi padre estaba todo el día escribiendo en una vieja máquina verde, haciendo dibujos y rodeado de lápices, pinceles, papeles de distinto tamaño y grosor, hojas de calco, gomas de borrar, tinta y plumas, y estaba siempre en casa; y cuando no, se reunía con un grupo de amigas y amigos, tanto o más estrafalarios que él, a ensayar y grabar en video escenas humorísticas que él escribía. Las cosas a las cuales parecía dedicarse. Tampoco me lo cuestioné mucho cuando era niño.

Me contaba cuentos improvisados y con personajes a pedido antes de dormir. A veces ayudaba a amistades y conocidos en casos legales por los cuales no solía cobrar, como nulidades de matrimonio cuando no existía el divorcio en Chile, o choques de autos. La que llevaba las riendas del hogar era mi madre.

En 1985 publicó su tercer libro, Téngase presente, donde recogió anécdotas divertidas de su periodo como estudiante de Derecho, recordó a antiguos compañeros y amigos, y aprovechó de parodiar la profesión de abogado y su lenguaje técnico en varias páginas de ilustraciones. En Chile, sin embargo, el sentido del humor había mutado.

Un día vi a mi padre en el jardín delantero de casa, echado en el pasto y con la vista perdida en el cielo. Me tumbé junto a él, quise saber qué le pasaba, pero no le salió la voz. Tiempo después supe —supimos— que tenía depresión. Era la primera vez que escuchaba hablar de eso. No obstante, él continuó escribiendo guiones humorísticos que vendía a programas televisivos como De chincol a jote, y hasta publicó un nuevo libro, poco tiempo después de recobrada la democracia en el país, en 1992: En el avión también. Esta era una alocada novela —esta vez con un trasfondo romántico— donde retornó al mundo de los aviones y los viajes: “Uno no se da ni cuenta cómo va acostumbrándose, hasta que terminas tomándole cariño al avión, si casi pasa a ser un vicio. Volar es como soñar despierto, ver el mundo prosaico por allá abajo, lejos, con sus mezquindades y fruslerías, también para muchos es una forma de evasión, para otros una cómoda manera de llegar. Si miras hacia abajo durante el día te sientes grande; si es de noche, reconoces tu pequeñez en la oscuridad”, escribió en ese libro, que sería el último. Pero entonces, en Chile, tampoco estaban los ánimos para la risa.

Ese mismo año, nos mudamos a Antofagasta. Mi padre estaba por alcanzar los setenta años y, además de la depresión, una serie de patologías —como la enfermedad de Parkinson— lo fueron disminuyendo lentamente. No obstante, allí, en el norte, se las arregló para asistir a talleres de dramaturgia, escribió algunas obras de teatro —casi la única actividad cultural que por entonces tenía la ciudad— que fueron premiadas y representadas por la compañía Taquis, y publicó algunos artículos en El Mercurio de Antofagasta.

Murió en 2002. Tenía 78 años. Los últimos los había pasado mayormente en cama, semipostrado y cada vez más débil. Sin embargo, cuando me comunicaron que estaba internado en la clínica y en las últimas, no lo podía creer.

Dado que mi madre trabajaba a jornada completa, mis hermanos menores estudiaban en Santiago y mis hermanos mayores hace años que vivían en Estados Unidos, me tocó pasar bastante tiempo con él, sobre todo para auxiliarlo en sus tareas cotidianas, como levantarse de la cama o ir al baño, así como llevarlo a sesiones de fonoaudiología o gimnasia. Yo, en paralelo, cursaba estudios de Periodismo. Cuando terminé la carrera, pensé en hacer un posgrado en Literatura en Santiago, así que me subí a un bus y me presenté a los exámenes de ingreso. Si me aceptaban, tendría que mudarme a la capital, y ¿quién se haría cargo de mi padre? Supongo que me habré preguntado este tipo de cosas durante esos días. Por eso me sorprendió cuando me avisaron que debía volver a Antofagasta lo antes posible, que mi padre estaba hospitalizado, grave. Mis hermanos tomaron un avión enseguida. Yo había estado con él hace unos pocos días, no podía tratarse de algo tan urgente, así que solo adelanté mi regreso en bus, sin imaginar las infinitas horas que pasaría pegado a la ventana con los ojos fijos en la negrura del desierto.

Cuando llegué en el bus a Antofagasta, me fui directo al hospital donde agonizaba. Los únicos gestos de los que fue capaz al verme fue guiñarme un ojo y esbozar una sonrisa, o eso me pareció.

Crecí escuchando historias de mi padre. O del que fue antes de que se convirtiera en mi padre. Han pasado más de dos décadas desde que murió. Supongo que lo echaba de menos, así que encontrarme con estas bolsas llenas de papeles ha sido como encontrarme con él, pero con una versión suya más joven y jovial. Y sin tener que hacer espiritismo.

Al humor casi siempre lo han ubicado allí abajo en el escalafón literario, junto a géneros “menores” como el policial, la novela romántica y el terror. Qué importa. El humor responde, así como el miedo, a nuestros instintos primarios, solo que apela al ingenio.

Me he reído a carcajadas recopilando los textos que componen este Proyecto de ley sobre días nublados. Y mi padre, a lo mejor, tan solo aspiró a reírse y hacer reír, o al menos a demostrar que no todo en la vida es drama. No es poca cosa. Así que se me ocurrió que no podía dejar de compartir estas risas e historias con más lectores, pese a los tiempos que corren, donde acaso hay todavía menos razones para reír. O quizás sobre todo por eso. Para que las haya. Para despejar un poco los días.

3 comentarios en “Los días despejados”

  1. Elvira Montenegro Trejo

    Que bueno saber que hay compatriotas que hacen (a pesar de no estar)que los amemos más y queramos seguir siendo chilenos de punta a punta.Soy inmigrante en San Juan,Argentina hacen casi setenta y siete,me trajo mi madre detrás de su esposo,mi Padre con casi tres años y siempre en nuestra casa se acogió a los chilenos que venían buscando otro porvenir.
    Esto fue como hasta el sesenta y ocho en que el enfermo de hemiplejia.Me gusta escribir pero no he publicado nada aún,pero hoy leyendo a este gran narrador tomare las riendas de mi sulky.Gracias por tan buen reporte!

  2. Conocí a Nacho Aliaga en Madrid, trabajó como caricaturista en la empresa Didactronia, una editorial de libros de idiomas, época en que publicó su libro «Pasajero de avión». Fuimos buenos amigos, también conocí a su hijo del mismo nombre, Nacho. Nunca los he olvidado y aún conservo el ejemplar de su libro, el cual me obsequió.

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