Mi opinión personal es que los relatos y los escritores no tienen ningún deber ético, ninguna función en la sociedad. La literatura no sirve para nada, las historias ficticias que vemos en la pantalla no producen cambios concretos en lo que entendemos por realidad. Escribir es una labor perdida en el ruido del tiempo, asfixiada por el devenir del mundo y por la temperatura del acontecer político.
Sin embargo, Homero (o el grupo de personas que entendemos hoy por Homero) fue por ahí, durante años, contando a viva voz los hechos ocurridos en Troya, y luego el mítico regreso de Ulises por tierras indómitas, salvajes, eludiendo el asedio de cíclopes, sirenas celosas y la ira de dioses con temperamentos excesivos. Esos acontecimientos y personajes inventados hoy persisten en nuestras bibliotecas, resignifican la relación que tenemos con nuestro entorno, con las personas que amamos, con nuestros adversarios, con esas voces descontroladas que suenan en nuestras conciencias, y que nos atormentan para tomar una u otra decisión.
Por otra parte, millones y millones de seres humanos depositan sus esperanzas y delimitan sus conductas a través de los textos de las grandes religiones antiguas: los Evangelios, el Corán, los cánticos narrativos del hinduismo, la Torá. No quiero ser malinterpretado: no estoy diciendo que estas escrituras sean ficticias, pero todas recurren a las herramientas de la estructura literaria para persuadir a las personas y moverlas a actuar bajo los parámetros de la fe. Las parábolas de Cristo, el carácter impetuoso y furibundo de Yavé, la compleja belleza de los versos revelados a Mahoma, las enseñadas de Buda; toda esta multiplicidad retórica es primero literatura, a mí parecer una forma fundacional de expresión a través de la palabra.
Podría extenderme largo, pero no estoy aquí para aburrir a nadie. Solo he querido expresar esta idea, que desde hace mucho tiempo me aflige, y que empezó a cobrar mayor peso mientras investigaba, y luego desarrollaba la historia que a partir de hoy ustedes pueden escuchar a través de diversos sistemas de streaming. La idea de utilizar la situación de los palestinos bajo el yugo sionista en el presente es, para decirlo en simple, palabras mayores. Contar algo que podemos ver a través de los teléfonos, en tiempo real, observando las imágenes de la devastación, de la muerte, de los infanticidios en masa, de la destrucción más absoluta, digo, contar todo aquello a lo cual tenemos acceso instantáneo, ¿tiene sentido? O más aún, ¿es posible? Son preguntas que no se pueden responder. Pero debemos ensayar tentativas. Es lo que hacen novelistas, cineastas y guionistas: aproximarse a lo imposible, decodificarlo y transformarlo en un dispositivo de narración.

Un posible camino para mí apareció con la investigación realizada. Fue un proceso con tintes demenciales debido a su intensidad, a su agilidad, a la cantidad de material bibliográfico y a la interacción con paisanos que nos regalaron su experiencia y sus emociones. Fue en el proceso de lectura que pude comprender algo que no es un descubrimiento en ningún caso, es una constatación concreta, y que está a disposición de cualquiera de nosotros a través de múltiples libros y reportajes. Mi anagnórisis (como se entiende el reconocimiento aristotélico en la tragedia) vino con la lectura de un volumen extraordinario y valiosísimo. Se trata del libro Cristo con un fusil al hombro, del mítico cronista viajero Ryszard Kapuscinski. Allí dedica los cuatro primeros textos a la situación de vida de la sociedad palestina bajo la ocupación de Israel. Todas estas crónicas narran los hechos desde los espacios donde se desarrollan las cosas: el campo de refugiados Rashidiya, en el Líbano; el río Jordán; los Altos del Golán; diversos barrios de Jerusalén, Cisjordania y Gaza. ¿Qué ocurre en estos reportajes escritos con pluma y ojos privilegiados? El asedio de Israel contra los palestinos, la muerte, éxodos forzados, sangre inocente, hombres y mujeres de Palestina obligados a defenderse y a resistir con lo mínimo, contra una potencia bélica apoyada por Estados Unidos y Europa. Si uno se deja llevar por la prosa ágil y profunda de Kapuscinski, ocurre algo sorprendente e irónicamente cruel: lo que se nos cuenta carece de distinción cronológica. Quiero decir que estas diversas tragedias poseen algo homogéneo, algo que las uniforma y que provocan la extraña percepción de que podrían ocurrir ahora o hace sesenta o setenta años. Los cuatro textos que menciono fueron reporteados y escritos entre fines de la década del sesenta y el comienzo de la década de los ochenta. Aunque ninguna tragedia es igual a otra, en el caso del tormento que sufren los palestinos a manos del sionismo, aparece una constante existencial, formas y estrategias de asedio, de negación del otro, de sadismo y de crueldad que persisten, como el breve y ominoso movimiento de piano en la película Ojos bien cerrados, de Stanley Kubrick. Esa fue mi anagnórisis, el cambio en el estado de las cosas en mi vida: entender la larga y persistente data del horror sionista, y sus formas mantenidas casi invariables en el tiempo. Y aunque muchos otros entienden este escenario, tengo la sensación de que a muchas personas, incluso a personas cultas, les ocurre ese desconocimiento sobre la situación de Palestina.
La idea de utilizar la situación de los palestinos bajo el yugo sionista en el presente es, para decirlo en simple, palabras mayores. Contar algo que podemos ver a través de los teléfonos, en tiempo real, observando las imágenes de la devastación, de la muerte, de los infanticidios en masa, de la destrucción más absoluta, digo, contar todo aquello a lo cual tenemos acceso instantáneo, ¿tiene sentido? O más aún, ¿es posible? Son preguntas que no se pueden responder. Pero debemos ensayar tentativas.
Quiero retomar el comienzo de esta breve elaboración reflexiva. Lo que hemos hecho con el equipo de El último palestino no va a disminuir un ápice la estrategia de aniquilación sionista. No tendría por qué provocar esa merma en la bestia negra, aunque nos gustaría que así fuera, por supuesto. La literatura, la narración de esta historia no va a cambiar el estado de las cosas, pero tal vez, y solo tal vez pueda interpelar a alguien, pueda animarlo a leer, a entender, a reflexionar y se entere que nosotros hemos utilizado la materia prima de la realidad para realizar esta historia de ficción.
Para terminar, me gustaría utilizar dos citas, a modo de manifiesto, o de declaración de principios. La primera pertenece a Edward Said, y está en un libro de dolorosa belleza, que ahora es fundamental para mí: La cuestión palestina, en la reedición de 1992. Dice: “En meros términos numéricos, en las crudas cifras de cuerpos y propiedades destruidas, no existe absolutamente comparación alguna entre lo que el sionismo ha hecho a los palestinos y lo que, en represalia, han hecho los palestinos a los sionistas. El casi constante ataque israelí a los campos de refugiados civiles palestinos en el Líbano y Jordania durante los últimos veinte años es solo un indicativo de ese historial completamente asimétrico de destrucción”. La segunda cita corresponde al reportaje “Vía Crucis”, del mencionado libro de Ryszard Kapuscinski, y que nunca más ha dejado de venir a mis recuerdos, por lo menos una vez por día. Dice: “Israel habría tenido una vida mucho más fácil si su adversario directo fuera otro. Pero ha topado con los palestinos”.

*Este texto fue leído durante el lanzamiento de la audioserie El último palestino -escrita y creada por Simón Soto, disponible en las plataformas Spotify y Apple Podcasts-, realizado en el auditorio del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.





