Palestinos en Chile: La cultura como resistencia

Los abuelos de Elizabeth Vargas Barham llegaron a Chile desde Beit Jala en 1951. La guerra, como solían referirse a la nakba, los había hecho buscar una mejor vida en Latinoamérica. Dejaron Palestina y cruzaron el océano hasta llegar a Buenos Aires. Atravesaron la cordillera y encontraron un valle que prometía un parecido a su tierra, así les habían comentado los familiares que llegaron primero a Chile, los paisajes, el clima y la gente. Esas similitudes eran un bálsamo para esos migrantes que siempre añorarían con volver a su tierra. 

Cuando Wadia y Barhum se instalaron en el barrio Patronato, al norte de Santiago, pensaban que la estadía en Chile sería por un tiempo acotado, a pesar de que habían huido de la “guerra”, siempre pensarían en volver. Sin embargo, esas raíces fuertes que los conectaban a su tierra, les permitirían crecer  como un frondoso árbol trasplantado. El matrimonio llegó con tres hijos pequeños de cinco, tres y casi un año. Ya instalados en Chile sumarían dos más. La primera en nacer aquí fue Lucy, la mamá de Elizabeth, en 1954. Wadia y Barhum levantarían un taller de tejidos en el barrio que ya era una zona con abundante influencia árabe debido al asentamiento de familias de origen sirio, libanés y palestino desde finales del siglo XIX. 

Los primeros en llegar al país habían corrido la voz asegurando el parecido entre las tierras. Como un mensaje en una botella, la idea llegó a otros, como los cercanos a Barhum, hasta convertirse en la comunidad palestina más grande fuera de Palestina. La entonces llamada “colonia árabe” se desarrolló a lo largo de todo Chile. Así lo demuestra el documento más citado y más antiguo, el primer “censo” de la colectividad palestina llamado Guía Social de la colonia árabe en Chile, de 1941. 

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Los árabes se fueron arrastrando los unos a los otros, a las Américas y a Chile, en asombrosas cantidades; fundaron en cada punto del valle entre las cordilleras la leyenda de que la nueva tierra tenía un alma siria o libanesa o palestina que les permitiría imitar la vida tal y como era, como ya no sería nunca. Se convencieron de que esa era la única opción. Entre huertos de damascos y aceitunas y luego de paltas y berenjenas y zapallitos llamados italianos, y de tomates dulces a punto de estallar. En tardes protegidas por parrones cuyas hojas debían cosecharse a partir de septiembre y antes de que el otoño las volviera papel.

Palestina en pedazos, Lina Meruane.

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Elizabeth fue bautizada en la Catedral Ortodoxa de San Jorge ubicada en Santa Filomena, creció como testigo de ese comercio de telas y especias, del ritual de ahuecar vegetales para luego rellenarlos con arroz y carne adobada. Lo palestino era una cuestión natural, estaba en todo lo cotidiano. Recuerda a su abuela Wadiacomo quien unía a la familia, quien le enseñó las recetas palestinas que hoy adapta a su dieta vegetariana y quien nunca olvidó su lengua materna: “En mi familia, como en la mayoría de las familias palestinas, la cocina es el eje. Mi mamá se casó y no sabía hacer comida chilena porque en su casa se comía palestino, porque sus padres eran palestinos, no por discriminación. Su casa era una casa de Palestina en Chile. Y la comida pasó de generación en generación. Mi abuela, mi mamá, yo”. 

Entre las pruebas de su origen, Elizabeth atesora una foto con su abuelo Barhum. Ella y su hermana son dos pequeñas  de melena oscura y rizada. Él las abraza, arrodillado para estar a la altura, con su cabeza cubierta con un pañuelo blanco y un cordón que lo sujeta. Lleva anteojos de marco negro. Su nariz es prominente.      

Barhum murió cuando Elizabeth tenía cuatro años, de manera que esa foto es un ayuda memoria para evocar al ancestro. Wadia, en cambio, falleció en 2010 y pudo cumplir con mantener intactas sus costumbres palestinas y heredarlas a sus hijos, nietos y bisnietos. La comida fue lo principal, porque el idioma no lo aprendieron, a pesar de que ella siempre lo hablaba cuando llamaba a sus parientes en Beit Jala. Su acento de jota arrastrada se colaría siempre en el castellano chileno que debió aprender. “Murió queriendo volver”, asegura Elizabeth, mientras busca una foto de un vestido que Wadia le trajo a Lucy en su único viaje a Palestina y que ahora es suyo. De tela negra y flores coloridas, conserva su etiqueta donde se lee Ramallah, un equivalente al hecho en Palestina.

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En el actual contexto de genocidio, la nieta de Wadia y Barhum siente sus raíces más fuertes. Aunque se autodefine como chilena y palestina, la sangre de su familia materna la invita a la acción. La moviliza. Su kuffiyhe made in Palestine ha propiciado la conversación en su trabajo, por ejemplo. “Ya no solo es interés por la comida o el café. Hay más ganas de entender lo que está pasando”, dice mientras muestra su colgante con el mapa completo de Palestina y luego su tatuaje de una ramita de olivo. Lo mínimo que puede hacer, agrega, es preservar su cultura, las tradiciones de su familia, esas que peligran en manos de la apropiación cultural, y del proyecto genocida que amenaza a los palestinos de allá. 

En los últimos meses, ha participado de las marchas por Palestina, de actividades organizadas por la Embajada, de otras autogestionadas por palestinos de diversos lugares y clases sociales. Porque claro, ser una colectividad tan grande significa ser una comunidad diversa en lo religioso, lo económico y lo político. “Los palestinos estamos en todas partes, pero no todos fuimos al Colegio Árabe y muchos no conocemos Palestina. Hay de todo el espectro político, pero ante el genocidio estamos unidos, no hay diferencias”, explica.

Su vínculo con la tierra de sus antepasados es de siempre. Las costumbres estaban tan naturalizadas que no tomó nota ni le preguntó a Wadia de forma sistemática. Lo que sabe es producto de la vida diaria. Desde sacar las hojas de parra sin romperlas, hasta soñar con tierra palestina. “Lo he soñado, he estado ahí, siento los olores, veo la casa de mis abuelos y me siento feliz”, cuenta emocionada aunque también triste porque reconoce que quizás nunca pueda pisar Palestina. Lo que queda, dice Elizabeth, es resistir, contribuir a que sus sobrinos no se olviden de dónde vienen, aunque sus venas lleven menos sangre palestina y el apellido se haya perdido. Ella seguirá buscando las especias que daban ese olor inolvidable en la cocina de Wadia, esas hechas en Palestina, no en India. Y seguirá ocupando su mecuar hecho con una cañería de cobre para ahuecar zapallitos y papas. Aunque a veces compartir una foto de una hojita de parra le parezca inapropiado o contradictorio, sabe que también son un símbolo de resistencia.

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We have faced hunger before, but not like this

Mientras escribo este reportaje, la ONU declara hambruna en Gaza, una sentencia que retumba en el mundo como constatación de un fracaso que nos compete a todos y que, sin embargo, no nos sorprende. Para que la organización hiciera esta declaración  tenían que superarse tres umbrales críticos: privación extrema de alimentos, desnutrición aguda y muertes por inanición. 

El lenguaje hizo lo suyo. Ponerle nombre a lo que ya estábamos presenciando se convertía en verdad incluso para quienes se atrevieran a desmentirlo o relativizarlo: Israel usa el hambre como arma de guerra. Llevábamos meses viendo en vivo y en directo cómo los palestinos morían de inanición e incluso, en la hazaña de conseguir algo para llevar a sus casas. En estos días las portadas de revistas y periódicos de alcance internacional como TIME, The Guardian, Libération y The Daily Newsmostraban cuerpos de niños desnutridos, multitudes aplastadas esperando un poco de comida, poniendo el foco en la catástrofe humanitaria. Una de las portadas llevaba el título: We faced hunger, but not like this. Los palestinos sufren de la ocupación, el bloqueo y las escasez desde 1948, pero desde octubre de 2023, la barbarie ha superado. Fuera de la zona de ocupación, las imágenes causaban culpa y frustración entre quienes no tenemos poder ni tomamos decisiones. ¿Esta era la promesa del siglo XXI? 

Roberto Benigni, el actor italiano que protagonizó la Vida es bella (1997), increpaba al mundo gritando en un programa de televisión  que “cuando un niño es herido el juego se detiene”. Interpelando al mundo, a la H U M A N I D A D. “Si no sienten el dolor, no son hombres, no son seres humanos”, sentenciaba el actor mientras el algoritmo también replicaba un video con un grupo de colonos israelíes comiendo sandías y preparando un asado cerca de la frontera. 

Israel disparaba hambre, Palestina respondía con resistencia.

En ese contexto, aunque dé pudor hablar de comida en un contexto de hambruna, hacerlo es resistir.

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Fernanda Giacaman Heresi es fundadora de Cocina feliz. Es descendiente palestina-libanesa y en su página web como en su cuenta de Instagram abundan la comida árabe. En sus palabras, platos como el maqlubeh son una muestra de la resiliencia del pueblo palestino. Una receta en base de arroz y verduras, de preferencia coliflor o berenjenas. Aunque como dice Fernanda, la receta se ha ido adoptando a lo que encuentran los palestinos desplazados a otros lugares.

Su cocina muestra la conexión de las tradiciones con la resistencia. Ella hace activismo con el fuego de su cocina y  en cada clase que además de goce también es de información. En sus redes hay denuncia y también cariño por la tierra de sus antepasados, por las recetas a las que se aferra también ella. “Es fundamental que la gente entienda de donde vienen estas recetas. Las clases que hago han sido, de alguna manera, mi bandera de lucha, y me es muy importante mostrar la cocina palestina porque existe a pesar de toda la apropiación cultural y territorial”. Uno de sus reels la muestra de visita en casa de una familia palestina que se refugió en Chile en 2008. Allí, rodeada de otras mujeres palestinas preparan maqlubeh, shishbarak, tabbouleh. 

Entre los videos de coloridos platos, hay uno que más bien parece un vaso de agua fría en la cara del espectador. Fernanda y su mamá presentan animosas una olla en la que uno imagina se han cocinado decenas de hojitas de parra. Como es sabido, hay que dar vuelta la olla sobre un plato para que todas las hojitas se ordenen a su gusto en el plato. Cuando ellas dan vuelta la olla: Nada. La olla está vacía. 

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El proyecto Menú de Gaza permitió mostrar al mundo cómo resistía la familia de Kayed Hammad y cómo el hambre era un arma de guerra. Durante un año esta familia cocinó  sencillos platos con los que lograron sobrevivir. Arroz, garbanzos, judías, trigo de baja calidad eran los productos disponibles en el mercado y que Hammad podía conseguir. A pesar de lo poco, del hastío que le provocó el arroz, se sabe afortunado. Cocinaba con leña, fotografiaba el plato y comía para no morir. Cuando contaba con señal de internet enviaba la foto a su amigo periodista Mikel Ayestaran. El registro se transformó en una muestra de sencillez, esperanza y denuncia. Actualmente el proyecto recauda recursos para convertirse en un libro que en el futuro cuente cómo fue el genocidio en Gaza.

En la entrevista disponible en la revista 5W, un medio de periodismo narrativo, Hammad habla de cómo sobrevivió al infierno. Además de las dificultades para cocinar, habla de su decisión de no moverse desde el norte al sur de Gaza. De cómo vivió en casas que iban quedando desocupadas, donde muchas veces encontraban comida enlatada. 

En una de las fotos del Menú de Gaza, hay un plato con dawali, preparadas con  hojas de parra y rellenas de arroz. Sin carne. De todas maneras una pequeña victoria.

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Es octubre de 2025 y las banderitas palestinas flamean entre los cables y las ramas de árboles. En medio de los locales comerciales con moda china, los restoranes árabes defienden su antigüedad. Shawarmas, rellenos, dulces y café. La oferta es similar en los locales y creo que en todos, hay comensales disfrutando de la enjundia de esos platos tan familiares.

Me detengo en Santa Filomena, en la esquina con Manzano. Levanto la vista y veo que la calle se ha rebautizado como Palestina. Un gesto nacido desde la alcaldía de Recoleta, encabezada por Fares Jadue, otro paisano. Quiero celebrar ese pequeño gesto que acabo de notar e invito a mi hijo a comer algo. Vamos hacia Eusebio Lillo y me detengo porque he visto una cara conocida. Una mujer de ojos claros y pelo rojizo. Te conozco, le digo. Yo a ti, replica.

Se trata de Leyla Pichara. Una amiga de mis primas. Una vecina de Independencia de la que no tenía recuerdo claro, pero era parte del inventario de “vecinos turcos”. Esos que siempre estuvieron, que se dedicaban al comercio, que a la vez eran tan chilenos como nosotros, pero sabían cocinar esas delicias que tempranamente conocí, porque así como los Pichara, estaban también los parientes de mi bisabuela y otros vecinos del sector antiguo de Plaza Chacabuco.

Leyla es concejala por Independencia y desde ahí ha tratado de visibilizar la causa palestina. A pesar de que su familia paterna se instaló en San Javier y la distancia y el tiempo los alejaron, ella siempre quiso tirar de ese hilo fuerte que es la raíz. Indagó, compartió, estudió. Ahora, además del trabajo político, está a la cabeza de Leyla Shawarma, un restaurant en el corazón de Patronato. Lleno de banderas porque dice que es necesario tenerlas ahí. “No es un lugar genérico de comida árabe. Es comida palestina”, afirma. Para ella tener un negocio de comida es una forma de resistencia. “Somos lo que somos por la herencia. La comida es muy importante para nosotros. Además, hay apropiación de las recetas y no podemos permitirlo”.

Estar en Patronato es estar en un lugar familiar, porque sus padres ya casados se instalaron en Independencia, donde compraron una casa con parrón. Ese sería el símbolo inequívoco para que su papá  se asentara. De ese árbol, su madre, que no era palestina, había aprendido a sacar las hojas, ablandarlas y rellenarlas. Las mujeres de la familia Pichara le habían enseñado a hacer rellenitos con verduras que también ahuecarían con un mecuar hecho artesanalmente con cañería de cobre.

Si de alguna manera, la vida lejos de la familia paterna, le diezmó su herencia cultural, Leyla pudo volver a la comunidad por cuenta propia e interés genuino. “Casi todas las mañanas, pasa un anciano bendiciendo los locales palestinos y saludando a los primos”, independiente de las generaciones entre paisanos no hay distancias, él podría ser de la edad de mi abuelo y aun así llama al resto “primo”.

“Todos los migrantes llegaron en épocas muy difíciles. Entonces uno honra ese origen, sea lo que sea. Es natural honrar ese apego a las raíces”, dice Leyla mientras arregla su pin de bandera palestina.

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Una mujer aferrada a un árbol mitad naranjo mitad olivo. Madres e hijos. Recolectores de olivas. Cosechas. Jerusalem. Gaza. Sandías. Banderas palestinas. El arte de Sliman Mansour es protesta. El artista palestino dice: “es un arma que documenta la historia cuando las cámaras fallan”.

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A cargo del área cultural del Club Palestino está Omar Salame. Un joven abogado que dejó su trabajo formal para dedicarse a algo que pudiera ser un aporte. Estudió en el Colegio Árabe y como parte de esa educación visitó Palestina en su viaje de estudios.

Siendo un secundario se metió en la Unión General de Estudiantes Palestinos (UGEP), una instancia que siempre había existido a nivel universitario.

Tras lo político se volcó en la cultura. Conocía el dabke desde niño y lo entendía como la resistencia cultural. También perfeccionó el árabe, hizo pasantías y viajó otras veces.

Se quedaba en casa de “algún primo lejano” o se hospedaba de manera independiente para poder hacer todas las actividades sin alterar la intimidad de otros.

“Me sentía en casa, en parte porque hablo árabe, porque caminaba por donde caminaron mis ancestros. Nunca me sentí un extranjero…Lo del clima parecido, la gente cálida. Hay muchos paisajes parecidos a Chile y la hospitalidad de la gente. Como yo hablaba árabe iba a comprar algo y me quedaba dos horas conversando y tomando café con el dueño del lugar”.

Omar es consciente de sus posibilidades y sabe que los palestinos de las distintas clases sociales tienen un tema identitario muy fuerte que lo enorgullece. “Los palestinos somos arraigados a la tierra, es todo, no solo un pedazo de suelo. El palestino tiene una conexión con la tierra y con la naturaleza”.

Hace diez años dicta clases de dabke, abiertas para todos quienes quieran aprender ese baile que significa zapateo y significa tanto más. “Es la resistencia cultural, un testimonio vivo de lo que somos los palestinos, de nuestras creencias y que siempre hemos sido víctimas de una limpieza étnica por parte de una entidad ocupante que quiere borrarnos del mapa y justamente tradiciones como el dabke lo impiden”.

Omar piensa que la narrativa de occidente deshumaniza al palestino, lo muestra como si fuera bárbaro, pero con lo cultural piensa que se  demuestra que son un pueblo con costumbres y tradiciones muy ricas e históricas. “No somos bárbaros, cuesta que alguien quiera entenderlo, porque son situaciones lejanas, que no les tocan, y claro, la potencia ocupante, son colonos, europeos, gente blanca, siempre son las víctimas”, agrega. 

El dabke y la cultura palestina, en general, es su consuelo. “Es mi forma de aportar a trece mil kilómetros. Yo como individuo no puedo hacer nada materialmente, entonces mi misión es preservar nuestra cultura que está siendo amenazada, y enfocarme en las nuevas generaciones”. 

Para él la comunidad palestina ha hecho un gran trabajo en términos de comunicar lo que está ocurriendo, aportar datos, generar actividades, etcétera. La ceguera, dice, se debe a los medios: “Están controlados por ciertas élites. Hablan de que los palestinos “mueren”, como si fuera una catástrofe natural. Pero no, nos están matando”.

*FOTOGRAFÍAS DE JORGE PARRA | MIGRAR PHOTO PARA ABISMO

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