Una y mil noches atrás

Él se desvistió sin aspavientos y sin timidez, con la certeza de quien sabe que ya es como es.

La primera vez que yo me desnudé nerviosa frente a un hombre, ambos teníamos veinte años y estábamos recién casados. Eso fue entre risas, vértigo y juegos de amor. Transcurrieron alegrías, niños, el bullicio de un hogar y largos años de soledad, suspiros callados y a veces sollozos entre las sábanas; recuerdos nocturnos del único hombre que me amó. José murió cuando ambos bordeábamos los treinta y tres.

Desde que los hijos partieron, me gusta ir en invierno a pasar unos días a la casa de Mimma. Esta vez viajé sola a la parcela, en la tarde, caminé rodeada de tres perros; un pequeño quiltro, dos labradores hermosos y dos gatos grises que me infundieron un poco de temor, parecían gemelos y pérfidos. Paseé entre árboles de durazno y llegué hasta el viñedo. Junté boldo para llevar a Villarrica, para mi té de las tardes. Me entretuve componiendo ramos de azaleas de un rojo bermellón y hortensias azules como solo he visto en el sur de Chile, que coloqué en diferentes jarrones. Lejos de las vicisitudes de hijos y nietos, ya cansada, me senté bajo unos inmensos nogales cerca de la entrada de la casa, ahí donde intenté abrir una que otra nuez caída en el polvo, pero sin resultado, ya que la mayor parte de ellas estaba podrida.

En ocasiones, Mimma y Julio, su marido, me acompañaban y pasábamos tardes de naipes y chimenea. Era viernes por la noche y quería aprovechar todos los días del feriado, para volver recién el miércoles. Mis hermanos se turnarían para atender la pastelería en Villarrica, como tantas veces. Esa pastelería fundada por los abuelos que nos heredaron las recetas traídas del sur de Alemania, de donde vinieron sus ancestros. 

Recién en la mañana lo conocí. Al alba escuché voces cerca del establo. Allí, entre unos matorrales, David, cuya presencia en la casa ignoraba, estaba ayudando a parir a una vaquilla preñada, demasiado delgaducha y frágil. Héctor, el cuidador de estas tierras, comentó a mi llegada que esperaba un parto muy difícil, pues era una vaquilla joven.

Vi al recién llegado hablarle al oído con seguridad y acariciar el lomo del animal, hasta volverlo dócil. 

―Preciosa, todo va a salir bien. Cálmate ―le decía. 

Siguió susurrando, a la vez que la sujetó con fuerza; de pronto apareció un tímido pedazo de carne nueva por entre las patas de la madre. David se puso a forcejear junto con Héctor, mientras mantenía asida a la vaquilla.

―Ya, ya, tranquila ―decía David, rascándola entre las orejas, como si fuera un gato.

Sus manos, que fue lo primero que miré, eran fuertes y anchas; se veía una piel áspera y agrietada, sus brazos hundidos en el animal jalaban con firmeza la cabeza del ternero que ya sobresalía casi completo. Yo todavía estaba semidormida, envuelta en un chalón y desarreglada. Reaccioné y me arrodillé junto a él. Nuestras manos quedaron entrelazadas y llenas de sangre. Héctor la sujetó del cuello, por fin nació el ternero, mojado, temblaba y la madre extenuada pudo echarse a descansar. David la ayudó a limpiar a su retoño y lo obligó con energía a pararse, ya que apenas se sostenía en sus patas.

Nos miramos sucios y reímos. David me limpió las manos con un paño y ayudó a asir mi cabello, que había caído desordenado sobre el chal que me cubría los hombros, al deshacerse del precario moño que me había hecho la noche anterior. Él tenía el rostro surcado por el sol y por la edad, los ojos risueños y las comisuras de la boca marcadas por las huellas del tabaco. Se levantó pesadamente, tenía los jeans húmedos y manchados. David debía tener unos sesenta años, y el pelo largo entrecano.

Nos presentamos.

―David Vildósola, agricultor. Estoy acá por unos días, Julio me invitó. Busco otra parcela para comprar.

―Heilen Guells, me dicen Gringa ―dije mirando al suelo―. Yo también vine por unos días, soy amiga de Mimma.

Desayunamos juntos en la cocina. Más tarde intenté seguir con mi tejido y de reojo lo observé con los animales de la casa: les hablaba y los acariciaba, a la vez que con manos conocedoras los revisó, para asegurarse de que estuvieran libres de garrapatas y pulgas.

Esa fue nuestra rutina el sábado y el domingo; en las mañanas, cociné, acostumbrada a ser la dueña de casa; cazuela y pastel de choclo, mis dos mejores logros y, por supuesto, un kuchen con las frambuesas que había traído desde mi casa en Villarrica. 

David iba con don Héctor a recorrer parcelas, almorzábamos juntos y luego salíamos a caminar. El sábado lo acompañé a ver al ternero recién nacido para cerciorarnos de su estado, luego recorrimos el bosque de pinos que bordea el río Toltén. Desde ahí intenté ver el volcán Villarrica, que me ha acompañado toda la vida, pero una colina me lo impedía.

En las noches comíamos callados, escuchando el furor del viento que hacía cimbrearse los eucaliptos que rodeaban la casa. Así, adivinando casi nuestros rostros a la luz de la chimenea, sentía mi cara arder. Le pedí que no encendiera el generador para no romper el encanto del silencio. Lo miré juguetear con los gatos, les acarició el vientre y se durmieron ronroneando sobre sus rodillas. Ya no eran los pérfidos animales que yo había temido. David no me dirigía la vista. Sin embargo, sentía su mirada cada vez que me paraba a servir más café, o salía a la cocina. 

En la soledad de mi habitación, dormí con la nueva sensación de dejarme rozar las mejillas y el cuello por mi propio pelo, que siempre dejaba amarrado. En lugar de dormirme ovillada, como lo había hecho una gran parte de mi vida, me extendí abierta y desnuda sobre las sábanas heladas. Soñaba que oía pisadas y una puerta abrirse con cautela. El repentino calor de mi cuerpo me hacía olvidar el frío de la casa. 

El domingo por la noche, el viento parecía apaciguado y el aire más tibio. Estuvimos varias horas mirando las estrellas, sentados en una banqueta de madera, ambos envueltos en una misma frazada bajo el alero de la casona. Nuestras caderas se rozaron, sentí el contacto de su pierna y, en lugar de alejarme, me apegué aún más a su calor. Evoqué, solo evoqué lo que era dormir entre los brazos de un hombre, pegada entre sus piernas o abrazada a su espalda.

En el amplio baño de azulejos antiguos y gastados, con una bañera monumental, pude, por primera vez en mucho tiempo, observarme con lento placer frente al gran espejo central. Ya no era la jovencita delgada y firme, me pareció estar viendo de verdad a una mujer. Las canas le daban visos a mi pelo todavía de un rubio oscuro, las pequeñas arrugas en torno de mis ojos que me parecieron de un azul más profundo y sabio, el engrosamiento de mis muslos y las piernas fuertes y anchas. Y las caderas, cuyo contacto con otra piel recordé con David, mucho más amplias y acogedoras que en mi juventud.

El lunes, David me enseñó cómo hasta un toro puede parecer un cachorro al escuchar la voz y la mano firme de un hombre. David lo mantenía aferrado, quieto y sumiso. A la vez que lo sujetó con fuerza para no dejarlo ir, el toro se agitó e intentó rebelarse; al final de lo que pareció ser un largo juego etrusco, el toro cedió y acercó su inmensa cabeza a los hombros de David. 

Más tarde, ya en la cocina y solo alumbrados con velas, cenábamos. Yo me sentía mareada por los acontecimientos. Estaba torpe e insegura, se me enredaban incluso los pies al caminar. Al servir la sopa me quemé con la olla, solté un gritito ridículo, metí inmediatamente la mano al agua fría. Tenía el estómago revuelto, así que decidí comer poco y tomar agua de menta. 

La imagen de mis hermanos y de mis hijos, el almuerzo familiar de los domingos, mi habitación y mi cama pulcra, sagrada, ocupaban mis pensamientos.

Comimos casi en silencio, economizando palabras. Después de servirnos una compota de manzanas, que él pareció disfrutar, yo, sin mayores preámbulos, sin que ningún pensamiento se me atravesara, sin dudas ni titubeos, le pregunté:

 ―¿Puedo dormir contigo hoy? Me he sentido sola estas noches. 

Ya desvestido, ordenó con calma su ropa y paseó su desnudez ante mis ojos. Luego se estiró sobre la cama, mirándome de perfil. Por fin, gracias a su sonrisa dulce pude sentirme más segura, yo ni siquiera me había sacado los zapatos.

―Ven —me dijo—, métete a la cama antes de que se apague la vela.

Yo ya no lo escuchaba, ensimismada recorría su cuerpo. El pecho y el pubis cubierto de vellos entrecanos, el vientre delgado, con los pliegues del tiempo, los brazos fuertes con alguna flaccidez que les otorgaba suavidad. Supe que podía amarlo, amar para siempre cada uno de los surcos de su cara, de su piel ajada y de sus manos gruesas.

Ambos teníamos una vida, no era necesario hablar ni hacer falsas promesas. Yo quería recordar el idioma de los ojos y olvidar el cuerpo adolorido por la soledad.

Me desvestí sin miedo y cerré los ojos, dejé de pensar. Desnuda, deslicé mi cuerpo por entre las sábanas heladas y fui recibiendo la tibieza de otra carne que me envolvía, de unas manos que me daban calor y que, por una vez en muchos años, no eran las mías. Esas mismas que acariciaban vacas, limpiaban las patas adoloridas de los caballos, despulgaban perros y hacían ronronear a los gatos.

Esa única noche, en plena oscuridad, florecieron mi cuello, mis senos, mis caderas. Acarició mi espalda y bajó jugueteando sus dedos por mi columna. Me sentí elástica y libre, dejé atrás mil noches de pesadumbre. Había olvidado el cosquilleo de los pies que juguetean, se persiguen y entrecruzan, y el contacto de dos vientres húmedos y de un abrazo cálido. 

El martes llegaron los dueños de casa, encendieron el generador y cenamos todos juntos, jugamos naipes y bebimos el merlot que producían en ese campo. Ni siquiera me atrevía a mirar a David bajo esa nueva luz.

Al día siguiente yo debía partir, retomar mi puesto en la tienda familiar y cuidar a mis nietos en las tardes a la salida del colegio. Me despedí de todos. Me ayudaron a meter el bolso en el auto y me alejé, siempre mirando los eucaliptus de hojas plateadas que se mecían a la vera del camino.

*Este cuento es parte de la antología Las mujeres que me habitan, publicada por Ediciones de la Lumbre.

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