Paolo Bortolameolli: música para un rito colectivo

Tiene 42 años, menos de los que tenían sus pares cuando llegaron a la dirección de la Filarmónica de Santiago. Alto, esbelto y enérgico, dirige con una intensidad que compromete todo el cuerpo: un mechón de cabello ondulado le cae sobre la frente cuando se entrega a la batuta, mientras la barba y el bigote suavizan un rostro que se ve incluso más joven. Cuando la orquesta lo sigue sin fisuras, sonríe. Luego de la celebración del décimo séptimo aniversario de la Orquesta Filarmónica de Santiago del Teatro Municipal, los días 5 y 6 de diciembre, Paolo Bortolameolli se prepara para asumir en enero la dirección de este histórico cuerpo orquestal.

Sol Sol Sol, Mi bemol; Fa Fa Fa, Re… Así comienza el “Allegro con Brio en Do menor” de la famosa Quinta Sinfonía de Ludwig van Beethoven. Algunos la conocen como “tatata tan”, otros como “plata pa’ pan”. Una sinfonía cíclica que repite a lo largo de toda la obra esas cuatro notas; Sol, Mi bemol, Fa y Re. Sucede que esta sinfonía cambió la vida de Paolo Bortolameolli, el nuevo director titular de la Filarmónica de Santiago, cuerpo artístico histórico del Teatro Municipal, lugar donde él tuvo su primer click con la música.

Bortolameolli recuerda lúcidamente cuándo supo que la música iba a ser su vida. Tenía siete años y era su primera vez en el Teatro Municipal de Santiago. Venía el clímax de uno de los movimientos de la Sinfonía y tal como cuando “haces deporte y empiezas a identificar músculos que no sabías que estaban ahí” —como dijo a CNN Íntimo— Bortolameolli conoció una sensación que no sabía que su cuerpo podía experimentar y lloró, tal y como solía decir Beethoven, el compositor de la obra misma; que la música debe “hacer saltar fuego en el corazón” y “lágrimas en los ojos”.

Después de ese momento, no contuvo las ganas de ir al camarín del director argentino, Miguel Ángel Veltri. Fue con su padre Rodolfo, quien ya conocía a Veltri desde antes, y sin poder poner en palabras lo que sentía como niño de siete años, lloró nuevamente. En respuesta, Veltri se arrodilló conmovido, lo abrazó y le dijo: “Por esto hacemos lo que hacemos”.

Casi todas las semanas, religiosamente, iba con su padre al Municipal: “Antes que cualquier cosa, yo aprendí a amar a la música”, dice Bortolameolli, cuyos padres no eran más que melómanos: “Toda mi familia cercana, papá, mamá, abuelo, abuela, tía más joven, todos tenían un amor por la música”, dijo en la entrevista con CNN Íntimo.

Siete años —no exactos— después de ese episodio, dirigió por primera vez a la Orquesta Sinfónica. Tenía 14 años. Ese mismo joven socialmente retraído, que le costaba hacer amigos, encontró en la música una forma de devorarse al mundo entero. Estaba estudiando piano en el Conservatorio de la Pontificia Universidad Católica cuando se inscribió al programaEl niño director. El premio fue dirigir a la Orquesta Sinfónica Nacional en el Teatro Universidad de Chile por unos minutos mientras tocaban un extracto de la obertura “Guillermo Tell” de Gioacchino Rossini. 

En los registros de aquella jornada se ve a Bortolameolli sosteniendo la batuta, vestido de negro con un corte dosmilero parado frente a la Orquesta, delgado, alto y para nada retraído. Con ese temple dirigió a la Sinfónica como si fuera un veterano, tal y como hoy en día. Abriendo con violines, violas, cellos y flautas para luego indicar la entrada del resto. Corriendo la misma carrera que un caballo cuando suena la obertura de Guillermo Tell.

Así fue como lo vieron crecer en el Municipal, primero como público, cuando estaba desde el palco 12 mirando el escenario con su padre, hasta madurar en un músico: “Primero fui estudiante de piano, después pasé a ser becado de los Amigos del Teatro Municipal”, dijo en una entrevista para la revista Velvet. En 2011 se fue a estudiar a la Universidad de Yale en Estados Unidos, debutó como pianista y luego como director; así lo empezaron a invitar distintas orquestas como la Filarmónica de Los Ángeles o la Ópera de París. 

Su primera vez con la Filarmónica fue en 2013, el mismo año en que se tituló de Yale, celebró el centenario de la “Consagración de la Primavera”. Su dirección fue tan aclamada por la audiencia y la crítica que recibió el Premio Especial de la Crítica Asociación Chilena. Luego de eso, en 2017, gracias a una amiga que tenía en Estados Unidos que le insistió que postulara a la pasantía formativa con Gustavo Dudamel, asumió a finales de ese año el cargo de asistente de dirección de la Filarmónica de Los Ángeles, que de acuerdo a la revista de música uDiscoverMusic, está dentro de las diez mejores del mundo.

Ser dirigido por Bortolameolli

La primera estrofa de “Veni creator spiritus” lo transforma, deja de ser un director convencional, muta en alguien más, como si se encarnase en él Gustav Mahler. Con sus poleras gráficas de la Quinta Sinfonía de Mahler asiste a los ensayos en el Estudio 2 de Televisión Nacional (TVN), donde dirige a la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil (OSNJ) desde el año 2022. Es pleno verano y a pocas semanas de fin de año, están preparando el concierto más grande de la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles (FOJI) por su trigésimo aniversario, a lo que él llama “una declaración de amor a lo que se ha hecho estos treinta años”. 

Bortolameolli suda, lo que le encrespa más el pelo. Usa un micrófono para dar las instrucciones ya que el estudio es muy grande y los músicos de atrás no alcanzan a escucharlo,  incluso si la orquesta y el coro se quedaran en completo silencio, sin micrófono sería imposible. Dirige con fuerza a los seiscientos músicos y cantantes, pero cuando termina, se sienta rendido ante la grandeza de la Octava Sinfonía de Mahler, y es que esta sería dirigida por primera vez en Chile, por lo que la presión no es menor.

Su fuerza los desborda, a ratos agotando a los músicos. Se toman cinco minutos, la obra es difícil. Para uno de los contrabajistas de la orquesta juvenil de la FOJI, Bortolameolli es refrescante, maneja la agógica y rubatos con certeza, pero su energía puede resultar aplastante. Pese a ello, rescata el hecho de que cada segundo de ensayo se aprovecha para trabajar en la obra. 

Al final, en el Chorus Mysticus, los músicos deben seguir al director para no perder el pianissimo, él se agacha con evidencia para que no olviden tocar y cantar con poco volumen pero con un cuerpo místico. “Él es muy expresivo al dirigirte. Te transmite toda la emoción, casi que te está contando la historia de Mahler. Como si lo siente, como si lo vivió”, dice Belén, miembro del coro de niños que participó de la sinfonía.

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Sus compañeros de universidad lo recuerdan como alguien mateo, que entraba a estudiar a una sala y terminaba quedándose horas solfeando partituras o leyendo. No era muy sociable, y en eso concuerdan con Bortolameolli. Inventaba juegos para afinar el oído musicalmente, y siempre tuvo claro lo que quería hacer: dirigir y estudiar en el extranjero, y es que lo que se proponía Bortolameolli, lo lograba. Eso sigue muy presente en la actualidad. 

¿Quería democratizar la música? Allí está trabajando para el Ciclo Cĺasica No Convencional (CNC) como director titular. ¿Quería trabajar en el municipal? Nuevamente director titular, pero ahora de la Filarmónica. ¿Quería trabajar la pedagogía multimedial desde la música? Si uno busca “Ponle pausa” en YouTube, ahí se puede ver a Bortolameolli enseñando aspectos sobre la música, algo muy similar a lo que hace en sus redes sociales ahora, además de dirigir a la OSNJ, orquesta que según él es el semillero musical de los instrumentistas chilenos.

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Comunicar para Bortolameolli es clave, no percibe la creación de la música si no es a través de la comunicación. ¿Qué habrá querido comunicar quien compuso la obra? De eso se encarga el director, de descomponer ese mensaje musical y liderar a los músicos para lograr transmitir al público, “porque el director de orquesta no toca ni una sola nota: su rol es concertar todas estas notas”, dijo Bortolameolli a la periodista Macarena Pizarro en una entrevista.

Él habla de una comunicación de 180 grados, que es darle la espalda a la orquesta para hablar con el público, algo que se ha transformado en su sello por excelencia. Esta cábala del director nace cuando era pequeño y daba conciertos privados para su familia en la sala de su casa. Quien fuera su público, por más acotado que fuere, el pianista se daba vuelta y les hablaba a ellos de lo que iba a tocar, generando expectativas desde la narrativa, esto nace por su necesidad de conectar con las audiencias. No quiere dirigir un cuerpo orquestal contemplable, quiere inmersar al público en la experiencia, hacerlos parte y que sientan que lo que están haciendo allí al frente es más que tocar un instrumento, es transmitir la música, porque “la esencia más pura de lo que ocurre en un teatro tiene que ver con el rito colectivo”.

Por esto insiste vehemente en la necesidad de incluir la música clásica dentro de la pedagogía. Resulta que desde siempre ha estado imbricado con este rol educacional. No sólo el hecho de darse vuelta y anticiparle al público lo que están por vivir, sino que además es el director de la OSNJ, asimismo el hacer un trabajo constante en todos los aspectos de su carrera por aterrizar el lenguaje musical a todo su público, de ahí nace el proyecto del Ciclo  CNC, que se alinea con este ideal que persigue, democratizar un espacio que es comúnmente conocido como conservador y exclusivo.

Esa imagen canónica del traje de terno para tocar música clásica Bortolameolli la desestima, de hecho, todos los miembros del Ciclo CNC lo hacen. Tocan los instrumentos vistiendo jeans, zapatillas y poleras. Podría ser fácilmente un concierto de rock. Han tocado en galpones, circos, en museos abiertos, en un estacionamiento en el nivel menos seis y la última vez lo hicieron en una sala grande en el Mercado Urbano de Tobalaba (MUT), lugar que fue reconocido con un interesante galardón, el Americas Awards for Excellence 2025 otorgado por el Urban Land Institute debido a su impacto en la capital con contribuciones de diversa índole.

Los asistentes celebran cada concierto del Ciclo CNC, especialmente por la cercanía, la comunicación y la creatividad; nada de cielos altos ni de segundos pisos donde las personas tienen vistas parciales del escenario, ya que tampoco hay escenario, están ubicados de manera que puedan ser vistos de espaldas, de frente y de los costados. Asimismo nada de precios que excedan los 30 mil pesos, el fuerte de esta propuesta es la accesibilidad, de ahí viene esa sensación de cercanía. Porque ahí donde las palabras fallan o quedan obsoletas, es donde nace la música. Porque para Bortolameolli, como dijo a Velvet, “el arte es una expresión natural e inevitable de nuestra necesidad de comunicarnos de manera profunda”.

Dos Madama en su cuerpo

Después de años moviéndose entre salas, orquestas y proyectos educativos, el circuito de la ópera volvió a cruzarse con él. 

En diciembre del año pasado, el director ítalo-chileno dirigió por primera vez como titular la ópera “Madama Butterfly» de Giacomo Puccini en el Gran Teatro del Liceu de Barcelona. Resulta que gracias a su trabajo como ayudante del director venezolano, Gustavo Dudamel, en la Filarmónica de Los Ángeles, le ofrecieron dirigir su primera “Madama Butterfly». 

La crítica no demoró en aclamarlo por su batuta en cuanto a sus “detalles de clase en cuanto a color orquestal y flexibilidad en el manejo del tempo”, escribió Pablo L, Rodríguez, crítico de música clásica de El País. Asimismo, en la revista Backtrack fue reseñado positivamente por María Sánchez por ser “quien dirigió una Orquesta Sinfónica del Liceu en mayúsculas, revelando las contraposiciones escénicas con las emociones internas de la partitura”, recibiendo cuatro estrellas en su debut en el Liceu.

Más de seis meses después de aquella experiencia en Barcelona, la ópera volvió a convocarlo, esta vez desde un lugar distinto. No sólo porque era su segunda Madama Butterfly como director titular, sino porque el escenario era el de su propia historia: el Teatro Municipal de Santiago. Allí, junto a la soprano Verónica Villarroel como régisseur —amiga cercana de su padre—, Bortolameolli regresó a una obra que ya no dirigía como promesa internacional, sino como músico que vuelve a casa.

El 1 de julio, durante el ensayo general, apareció entre los cantantes vestido con jeans de mezclilla, polera negra y zapatillas. La escena contrastaba con la escenografía clásica de Puccini: cerezos en flor, estampados japoneses, una estética pensada para recrear la perfección ritual de las geishas. Ese cruce entre tradición y desmarque no era casual, sino una constante en su manera de habitar la música.

Esa misma lógica de cruces reapareció unos meses después, ya fuera del foso orquestal. En octubre, la nueva batuta de la Filarmónica de Santiago amplió su campo de acción con Música para masas, el programa de Podium Podcast que conduce junto a Rainiero Guerrero. Allí, Bortolameolli vuelve a insistir en una idea que atraviesa toda su carrera: la música como un territorio sin compartimentos estancos. El espacio propone un diálogo entre mundos que aparentan ser opuestos (de Bach y Mozart a Pink Floyd y Metallica) construyendo puentes entre siglos, estilos y sensibilidades, según destacó el periodista Benjamín Carrasco en Radio Concierto.

Pero si algo marcó el cierre de ese año fue su regreso al gran repertorio desde una lectura contemporánea. En noviembre, Paolo cerró la temporada del Teatro Municipal con una versión onírica y eléctrica de Salomé de Richard Strauss, una de las óperas más rupturistas de comienzos del siglo XX. La crítica destacó una dirección “de gran solidez” y una “comprensión profunda del lenguaje straussiano”, según la revista española Ópera Actual. No era un desafío menor: se trata de una obra conocida tanto por su radicalidad musical como por la célebre “Danza de los siete velos”. Para Bortolameolli, Strauss compone desde el quiebre, con un desenlace extremo y un desequilibrio psicológico que empuja a la música al borde de la tonalidad, como señaló en Artes y Letras de El Mercurio.

Ese tránsito entre exigencia artística y vocación pública volvió a hacerse visible en diciembre. El día 4 tuvo su primer cierre de temporada con un cuerpo orquestal, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil, interpretando obras de Leonard Bernstein y Carlos Chávez. Apenas un día después, los días 5 y 6, estuvo a cargo del cierre de temporada y la conmemoración del décimo séptimo aniversario de la Filarmónica de Santiago, en un programa que reunió homenajes, pasajes históricos y figuras emblemáticas del Teatro Municipal.

Lejos de entender estos hitos como una suma de logros, Bortolameolli insiste en leerlos como parte de un mismo gesto cultural. “El arte siempre ha sido un recurso para entender momentos y contextos. Es necesario mirar el pasado para entender el presente”, dice mirando a cámara, vestido con una chaqueta de cuero. Desde ahí, la batuta del Ciclo CNC introduce Metamorfosis: 3 prólogos y una elegía, apelando nuevamente a su ya reconocida estrategia pedagógica: hablarle al público antes de tocar, invitarlo a entrar en la obra.

El sábado 20 de diciembre la serie terminó con cuatro obras (coro de trombones de Claude Debussy, Praeludium de la Holberg Suite de Edvard Grieg, Larghetto de la Serenade de Edward Elgar y Metamorfosis a 23 cuerdas de Richard Strauss) que se caracterizan, según explica Paolo, por estar cargados de nostalgia. Y como siempre, lo hizo en un espacio inusual y moderno; Jengacowork, un edificio cubicular ubicado en Providencia.

FOTOGRAFÍAS DE JUAN MILLÁN – TEATRO MUNICIPAL

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