El mundo de Alicia 

En 1985, Alicia Vega tomó una decisión que le cambiaría la vida: enseñar cine a los niños y niñas de poblaciones vulnerables. Durante las tres décadas siguientes, no hubo año en que la profesora no realizara al menos un taller en distintas poblaciones de Santiago y ciudades de Chile. Más que enseñar y formar a futuros cineastas, su deseo era llevar un poco de entretención a los rincones más golpeados por la dictadura. Esta es su historia.

Alicia Vega Durán viste una chomba café y blanca que rima con su pelo, el que en vez de lana alterna cabellos negros y blancos; una cabellera que se niega a blanquearse del todo. Aunque le tiemblan las manos y con el paso del tiempo su columna se ha encorvado, mantiene la misma lucidez de siempre. Sentada en una mesa, en una casona de Providencia donde funciona la fundación que lleva su nombre, sus colaboradores de la organización la escuchan atentamente. Con una taza de café frente a ella y una galletita en la mano, la cineasta recuerda algunas anécdotas que ha coleccionado durante sus 94 años.

—Señora, tengo que hablar con usted —le dijo un niño de seis años encarándola, en uno de los talleres que impartió.

—Muy bien, hable, pero espérese que termine lo que estoy haciendo —respondió Vega, expectante y algo sorprendida ante la interpelación del niño— Ahora sí, dígame.

Retrocediendo un paso algo intimidado, él se confesó:

—Señora, usted es muy inteligente.

Alicia y sus comensales ríen con la anécdota. “Es que todo funcionaba muy bien”, dice y vuelve a su estilo más serio, rememorando momentos del Taller de Cine, ese que desde 1985 acercó el cine a más de 6500 niños y niñas de escasos recursos de diversas poblaciones del país. 

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Estudió cine en el Instituto Fílmico de la Universidad Católica para luego dedicarse a la docencia en la misma institución y también en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. En 1980, aceptó el cargo de directora en la Oficina Nacional de Cine, ente que dependía de la Conferencia Episcopal. Ahí, la función de Alicia consistió en recomendar películas que estuvieran dentro de la moral cristiana, para las comunidades ligadas a la Iglesia.

Amparada por la organización eclesiástica, la profesora creó dos programas autofinanciados orientados a la educación cinematográfica: el Curso para Monitores de Cineclub y el Cine Foro Escolar. El primero tenía como objetivo la formación de animadores culturales de parroquias y colegios católicos, mientras que la finalidad del segundo era la asistencia al cine de niños y niñas de dichos colegios. Gracias a lo que cobraba a los colegios de más altos recursos, Alicia Vega logró financiar la formación de los monitores y las entradas al cine para los colegios más pobres. Durante cuatro años, más de 40 mil niños pudieron asistir a funciones en el Cine Arte Normandie, donde vieron películas como El pequeño lord, Los muchachos del verano o La dama desaparece.

Durante 1984, las cosas cambiaron. El Episcopado restringió el presupuesto de comunicaciones y dejaron de pagarle el sueldo. No obstante, la profesora decidió seguir, ya que el compromiso con los colegios estaba hecho. A finales de ese año, el alza en los precios de las entradas y un conflicto con el administrador del Normandie la llevaron a terminar definitivamente con el Cine Foro escolar. Lejos de desmotivarse, algo comenzaba a gestarse en su mente. Sola y sin sueldo, al menos podía escoger lo que quería: dedicarse exclusivamente a niños entre cinco y once años de escasos recursos.

Un día, se encontró en la calle con un ex alumno del Curso de Monitores de Cineclub quien le dijo que estaba sin trabajo junto con otros cinco amigos, también exparticipantes de taller y miembros de la parroquia Jesús Carpintero de la población Huamachuco en Renca. Era la oportunidad que estaba esperando. Le daría una ocupación pagada a los jóvenes mientras que brindaría un espacio de enseñanza y diversión a niños vulnerables.

El 10 de julio de 1985, y respaldada por su relación con la Iglesia, le envió una carta al párroco de dicho lugar, solicitando acceso a un espacio de la parroquia durante dos horas una vez a la semana para poder llevar a cabo un taller de cine con los niños de la población. Ocho días después, recibió respuesta positiva; la única condición era que los niños cuidaran el lugar y dejaran limpio una vez finalizadas las jornadas. Así, nacía el primer Taller de Cine para Niños que, desde el 8 de agosto al 28 de diciembre de 1985, le enseñó cine a 113 niños y niñas. 

Desde ese entonces y metódicamente, la educadora dejó registro de cada taller realizado. Escribía a máquina cada uno de los informes, los que contenían la información personal de cada niño, las actividades realizadas, las películas vistas, así como también pequeñas entrevistas realizadas a los participantes y a sus padres sobre la experiencia. Hoy, dichos textos se pueden revisar en la página web de su fundación. 

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En su casa, en la comuna de Ñuñoa, una hilera de botellitas azules de distintas formas y tamaños adornan la ventana que da a su comedor. A un costado, una cincuentena de chanchitos de madera desfila por el piso debajo de sus libreros. En esa misma habitación, una vitrina de vidrio guarda más objetos preciados: cerámicas de Quinchamalí, un juego de loza de color rojo, varios frascos de vidrio, cucharas de palo, peinetas, y los más diversos utensilios. Sin parecer desordenado, cada objeto logra su espacio en su hogar.

La profesora se vino a vivir aquí casi al mismo tiempo en que comenzaba a enseñar cine en las poblaciones. Desde ese entonces y con su marido, el artista visual Eduardo Vilches, han engrosado las distintas colecciones gracias a visitas a anticuarios y persas. Así, al mismo tiempo que reunía en su hogar los más variados objetos, también juntaba los dibujos y manualidades que los niños realizaban en su taller.

Alicia los alentaba a contar historias, de esta forma los niños plasmaron en el papel las más diversas imágenes pensadas como fotogramas de una película  o como los actos de un relato. La historia de un niño que roba un cajón  en el supermercado y después se ve obligado a devolverlo, el de una niña que anhela una manzana roja de un árbol y que finalmente la consigue o la de un niño que, fotograma a fotograma, juntaba globos hasta que finalmente se eleva por los cielos,  son parte del archivo de la educadora. 

En la tercera versión del taller, realizado en 1987 en la población Lo Hermida de Peñalolén, se inscribieron 190 niños, quienes fueron filmados por el documentalista Ignacio Agüero y su equipo. Un año más tarde, se estrenó el documental “100 niños esperando un tren”, el que en sus 56 minutos retrata el taller realizado por Alicia, al mismo tiempo que ahonda en las historias personales de niños y niñas que participaron de la ocasión.

Para hacerse una idea de la realidad a la que se enfrentaba la profesora, se puede recurrir a una de las escenas del documental. En ella, Agüero le pregunta a un niña de dónde viene antes de asistir al taller de cine. La aludida responde que de la feria, y procede a mostrar los objetos que no se vendieron: un sillín de bicicleta, un jarro enlozado, una visera plástica y un frasco de vidrio. Cuenta que los recoge los martes y viernes, días en los que pasa el camión de la basura. Con el dinero recaudado compra sus cuadernos.

La profesora se enfrentaba a un contexto adverso. Como ella misma estipulaba en el primer informe del taller, más del 80% de las familias de la población Huamachuco estaban afectadas por la cesantía, trayendo consigo problemas de alimentación, salud y educación en los niños y sus familias. Esta no era una realidad ajena a las demás poblaciones. Basta con mirar la edición de junio de la revista Cauce de 1984, en la que se constata que aproximadamente 5 millones de chilenos, un poco menos de la mitad en ese entonces, pasaban hambre y más de un millón 300 mil estaba sin trabajo.

“Esos niños vivían en una situación de extrema pobreza, eso me conmovió mucho a mí, porque realmente eran niños que no comían en la noche o tomaban un desayuno muy débil o lo que comían era solo lo que le daban en la escuela”, reflexiona Alicia.

Los talleres, que eran gratuitos, siempre incluían los materiales para trabajos manuales, colación, proyección de películas, una ida al cine y la exposición de los trabajos al final del curso, donde asistían padres y familiares.

***

Un niño en su caballo persigue con esmero una liebre hasta que finalmente le da caza. Ayudado por unas ramitas y un poco de fuego, improvisa un pequeño asado para alimentarse. Sin embargo, lo persiguen. Al ver a la distancia que sus perseguidores se acercan, sube a su caballo y emprende la huida dejando atrás su comida. Segundos después, quienes quieren atraparlo pasan a toda velocidad por el lugar donde antes el niño se disponía a comer, botando la liebre y destruyendo el asado.

Al llegar a esta parte de la película, del otro lado de la proyección los niños sueltan gritos unánimes de desaprobación: lamentan la pérdida de semejante manjar. Se trata del filme francés Crin Blanco, una de las tantas cintas que se proyectaron en los talleres de Alicia.

Andrés Ovalle, quien fue monitor de los talleres desde el 99, recuerda lo que pasó después de esa ocasión. 

—Alicia eso lo captó y a la sesión siguiente trajo una parrilla, trajo carne y les hizo un asadito a los niños. Estaba muy pendiente de los niños, era muy observadora.

También recuerda cuando Alicia tuvo una particular forma de resolver un conflicto. Se trató de una discusión entre dos niños que terminó con uno de ellos con la polera rota y el miedo al reto que podría llegarle por la prenda dañada. 

—Le contamos a Alicia. Ella toma la polera y se la raja entera y les dice “pero esto no es problema, esto se bota y usted se va a comprar otra polera”. Les pasó unos billetes y un monitor los acompañó a comprar otra prenda.

Andrés estudió comunicación audiovisual. Ahora tiene 43 años y una hija. El 24 de julio de 2017 junto con un grupo de talleristas y cercanos a la profesora crearon la Fundación Alicia Vega, de la cual es el tesorero. Desde esta organización, sin fines de lucro, se busca preservar y difundir el patrimonio cultural recopilado por el Taller de Cine para Niños a lo largo de sus 30 años de historia. 

La fundación, ubicada en una casa antigua de espacios amplios  e iluminados en la comuna de Providencia, realiza actividades regularmente con la comunidad, como proyecciones de cine en 16 mm, conversatorios, talleres audiovisuales y  también  visitas guiadas por la exposición permanente que muestra los trabajos realizados por niñas y niños. Esos recorridos comienzan con la pregunta: “¿Qué es esto?”, mientras apuntan a la imagen impresa de un Membrillo.  Un recordatorio de que las imágenes no son la realidad en sí, sino una representación de esta. 

Alicia va una vez a la semana a la casa de Providencia. Ahí comparte y almuerza con antiguos monitores y con quienes salvaguardan su legado. También recibe visitas, y aprovecha de tirar la talla con sus comensales.

***

El 12 de septiembre de 2015, el silencio reinaba en una sala del colegio Escritora Marcela Paz en Recoleta. Era la última sesión del que, ya se sabía, sería el último taller realizado por Alicia. Junto con los monitores y sin decir palabra, despegaba de la muralla los trabajos realizados por los niños durante los últimos 5 meses. Se sentía raro, pero no era casualidad. Ese taller fue particularmente duro para la cineasta, que dejaba constancia en el informe del taller de los problemas que tuvieron que enfrentar:

“En cada uno de los treinta y cinco talleres de cine efectuados entre 1985 y 2015 surgieron hechos sorpresivos que siempre se enfrentaron de manera rápida y favorable para los participantes. Sin embargo, esta postura no fue aplicable en la escuela Marcela Paz debido a un problema muy arraigado: el ausentismo escolar”

De los 81 niños inscritos para la actividad, solamente 20 asistieron de forma regular. El punto más bajo fue un sábado, en el que solo asistieron 12.

No solo la inasistencia de los niños fue un problema, la violencia también se respiraba en el entorno. De hecho, la primera reunión con el director del establecimiento para la planificación del taller tuvo que llevarse a cabo con el subdirector, ya que el primero se encontraba en la posta con un alumno que había sido apuñalado por un compañero.

Alicia describió el entorno en el informe del taller: “Se trata de una despiadada violencia desatada (a juzgar por los propios vecinos) por el alto consumo de drogas, la desintegración de la familia, la desocupación, el alcoholismo y la falta de oportunidades. Allí llegó el taller de cine para niños”.

Diego Ramírez, arquitecto de profesión y apasionado por el arte, quien fue monitor en dicha ocasión, describe cómo fue ese último taller:

—El último taller terminó medio raro, fue un grupo extraño. Hubo menos gente, era un grupo más apático, hubo momentos super bonitos igual, pero la organización desde allá tampoco estuvo tan involucrada.

Para el arquitecto, no fue un final que estuviera a la altura de las circunstancias: no le hacía justicia a 30 años de actividad ininterrumpida. De todas formas, Alicia tendría su revancha años más tarde. 

Un año después y promovido por la fundación, se realizó una exposición en el Campus Oriente de la Universidad Católica que recopilaba el material realizado por los niños durante la existencia del taller y daba cuenta de la labor pedagógica de Alicia. Allí se expusieron los juegos visuales que los niños y niñas armaron durante 30 años y que Alicia atesoraba. Zootropos, Taumatropos y las más variadas historias dibujadas por los talleristas recibieron a los visitantes 

Para Diego, que es el actual encargado de patrimonio de la fundación, este fue un gran hito desde donde las cosas volvieron a reactivarse.

Y en efecto, después de la experiencia en el Campus Oriente, la exposición se trasladó a Puerto Montt, Antofagasta y al GAM, siempre con Alicia participando activamente de las actividades. Posteriormente, luego del estallido social y la pandemia, se llevó a cabo la exposición más grande hasta la fecha: el Museo Nacional de Bellas Artes. Ahí, no solo expusieron las creaciones del taller sino que invitaron a los visitantes a jugar con la imagen, a aprender cómo se forma la imagen en nuestro cerebro y a imaginar universos posibles.

Después de la exposición en el Bellas Artes, Diego recuerda estar en su auto con Alicia. Conversaban sobre la próxima exposición grande de la fundación; sería en Los Vilos. En ese momento la profesora le dijo: “¿Sabes qué? Vayan y monten ustedes solos”. El monitor sintió que Alicia les entregaba el mando:

—Para mí fue un momento súper marcado. Después del Bellas Artes ella soltó. Lo interpreto como que ella nos estaba pasando la pelota. Estaba claro que ella estaba de acuerdo con la idea de que nosotros hiciéramos talleres también. 

Desde ese entonces, la relación de Diego con Alicia no solo se dio en el plano profesional sino que también se extendió a la cotidianidad: 

—Está en su casa haciendo mermeladas. Lee mucho, yo creo que lo que más hace es leer, porque ahora tiene tiempo. Yo le presto un libro y sé que me lo va a devolver la próxima semana. Me dijo que estaba leyendo los diarios de José Donoso. Como por tercera vez.

  *** 

Una cuncuna humana formada por varios niños, una tela roja y muchos dibujos recorre el auditorio del Centro Cultural Gabriela Mistral. Los asistentes miran emocionados, algunos lloran; es catártico. Alguien reconoce su dibujo. Los niños terminan su recorrido, suben al escenario y se descubren; saludan al público y todos los aplauden. Alicia Vega está siendo homenajeada a raíz del aniversario número 40 desde que comenzó el Taller de Cine para Niños. El autor del dibujo, Leonardo Véliz, aprovecha la emoción del momento para entrar en la sala y rendir su propio homenaje; fue uno de los niños que participó en el taller de Lo Hermida que quedó plasmado en el documental. Alguien de la organización lo reconoce. Ahora está en el escenario junto a Alicia y por fin puede dedicarle unas palabras: 

—Le pedía a Dios poder darle las gracias a la tía Alicia, porque lo que ella hizo cambió mi vida. En un mundo donde los grandes peleaban y se olvidaban de los niños, nosotros veíamos la lucha armada que se vivía en el país. Nosotros íbamos por una leche caliente, porque muchos de nosotros nos acostábamos sin comer nada en el día. 

Mientras Leonardo habla, Alicia juguetea con su bastón al otro lado de la mesa y lo mira con una sonrisa en la cara. El que alguna vez fue su alumno, continúa:

 —Sí, se puede cambiar y los niños sí saben cómo lograrlo. Le doy gracias, tía Alicia, porque usted ha sido parte del hombre que yo soy ahora.

—Eso yo lo tenía muy claro —responde la profesora, mientras que aplausos espontáneos inundan la sala. 

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