Voces de resistencia: entrevistas por y para las nuevas generaciones 

Entrevistas realizadas por: Santiago Aedo, Sylvia Alvarado, Diego Andrade, Juan Betancour, Sergio Campomanes, Paulina Carrasco, Carla Castillo, Katalina Flores, José Ignacio González, María José González, Alina Guerra, Luca Martini, Belén Méndez, Vicente Núñez, Natalia Olguín, Nicolás Ortega, Catalina Peña, Antonia Retamal, Matías Reyes, Antonia Troncoso, Sebastián Varela y Jorge Zerene. Con el apoyo de la docente Amanda Marton y de la ayudante Perla Quintanilla. 

Contar historias es un acto político. En un país donde la impunidad, la negación y el olvido han intentado imponerse como formas de reconciliación, volver sobre los testimonios de quienes resistieron la dictadura cívico-militar y de quienes siguen enfrentando vulneraciones de derechos humanos en democracia es una forma de cuidar la memoria y, al mismo tiempo, construir presente. 

Estas entrevistas fueron realizadas durante el primer semestre de 2025 por estudiantes de tercer año de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Santiago de Chile (Usach). Durante todo el proceso los y las estudiantes aprendieron sobre este género periodístico: cómo fue visto en menos en sus primeros años, cómo se constituyó en un espacio solo para las voces poderosas con los cuestionarios heredados de Proust, cómo se abrió hacia la población a través de los vox populi a mediados del siglo XX, cómo fue un espacio de resistencia a través de programas como Teleanálisis en la dictadura militar, cómo se convirtió en uno de los géneros más aceptados por la ciudadanía en la actualidad. El cierre de este recorrido consistió en hacer entrevistas en profundidad sobre alguna materia asociada a los derechos humanos. Aquí vemos el resultado de ese ejercicio: es notorio que las nuevas generaciones, nacidas en democracia, tienen interés por revisitar el pasado, cuestionarlo y también tratar de entender las vulneraciones a los derechos humanos en la actualidad. 

Este ejercicio demuestra que la entrevista aún permite abrir un espacio íntimo y reflexivo en el que las voces protagonistas de la historia recuperan su agencia y humanidad. No se trata solo de obtener información, sino de construir un relato donde el testimonio se convierte en herramienta de memoria, denuncia y reparación simbólica. Se evidencia que para los futuros periodistas no basta con saber que algo ocurrió: es necesario escuchar cómo fue, qué dolió y qué sigue doliendo. En cada relato aquí recogido —ya sea desde la cárcel, el exilio, el barrio o la primera línea— se despliegan voces (tanto de los entrevistadores como de los entrevistados) que se niegan a quedar silenciadas.

Maria Alicia Salinas, exdetenida política y artista visual: “No hay que dar vuelta la página; uno no puede olvidar, no se puede porque no se ha resuelto nada”

María Alicia Salinas (76), exmilitante del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), sobreviviente de los centros de tortura Villa Grimaldi y Tres Álamos, transformó su dolor en rebeldía. Detenida en 1975 por la DINA (Dirección Nacional de Inteligencia), estuvo privada de libertad durante dos años antes de su exilio. Hoy, guarda las arpilleras y blusas que comenzó a crear en prisión.

Es viernes por la tarde. En las calles de La Florida se refleja el halo sereno del sol y la cordillera, que transita hasta posarse sobre los antiguos marcos de las ventanas. Cuando María Alicia abre la puerta de su casa, el living se vislumbra en un universo de colores: cuadros de Eduardo Ossandón, pintor que creció en la zona centro sur de Chile y que reflejaba la vida costumbrista del campo, estallan contra las paredes como testigos que rememoran nuestra identidad. La bucólica luz de los paisajes contrasta con la propaganda política: barretines de Miguel Enríquez, Salvador Allende y el MIR decoran la pared que se abre hacia su cuarto. 

Sobre su cama reposan los instrumentos de la rebeldía: madejas de hilos que persisten, agujas que guardan el tacto de sus dedos y arpilleras que trazan el significado de la realidad. Tras servirse una taza de café y llevar consigo una cajetilla de cigarros, se sienta y reconstruye su historia.

―¿Podría hablarnos sobre su familia de origen y el contexto en el que creció?

―Yo provengo de una familia política. Uno de mis abuelos fue parte de los fundadores del Partido Obrero Socialista, de todos esos partidos que existieron antes del Partido Comunista. Entonces, provengo de una familia política, con historia política. La familia de mis viejos fue expulsada del Partido Comunista en el ‘46, cuando salieron los adrianistas, que eran los trotskistas en ese tiempo. Algunos se fueron a los socialistas y mi papá a los radicales. Al final, la política siempre fue un tema que estuvo presente.

―¿Cómo vivió el periodo de la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende?   ¿Qué opinión le merece ese proceso?

―Yo creo que Allende salió porque había todo un proceso de avance en el movimiento de masas. Esa fue la razón por la que pudo llegar al gobierno. Y fue importante porque en el ‘66 o ‘67, empecé a militar en mi carrera política. Entonces, no viví el proceso de Allende desde su perspectiva. Pero, para los sectores populares era significativo e igual uno tenía que sumarse. Igual, en mi casa eran allendistas, entonces, era inevitable. Pero, todo ese proceso lo viví militando. Incluso, durante Allende estuve presa en las corridas de cerco del ‘71, en el sur.

Durante la agitación social de los 70`s, los campesinos organizados en torno al Movimiento Campesino Revolucionario (MCR) realizaban las llamadas “corridas de cerco”, una estrategia dedicada a la toma de grandes propiedades agrícolas. En esta oportunidad, la entrevistada relata que una vez liberada de la cárcel no tenía documentos. Fue entonces cuando sus padres decidieron enviarla al exilio en Suecia, donde viviría durante cuatro años, militando y participando activamente en la política de retorno,  llevándola a entrar y salir del país en varias ocasiones hasta mediados de los 80`s.

―¿Qué le motivó a militar en el MIR y no en otro partido político? ¿Cuál fue su rol?

―Cuando yo estaba en el liceo era delegada en las FECh (Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile). Yo debí haber tenido como 15 años, cuando empecé con esta lesera. En ese periodo, a fines de los ‘60 se organizaban otros gremios. Mi papá trabajaba en la salud y ellos estaban de repente, tres meses en huelga. Se preparaban para que nosotros pudiéramos ir a las manifestaciones y que fuera una presencia bien disruptiva. Llegábamos y armábamos las barricadas, tirábamos las molotovs y nos íbamos.

En los primeros años de su militancia en el MIR, el rol que desempeñaba era claro y definido: escoltar a las manifestaciones desde los costados con palos de colihue, encender la barricada y no involucrarse en el centro de los acontecimientos. “Esa era la emoción nuestra, ir y prender la barricada y nada más”, recuerda. La división de tareas era específica y disciplinada, quienes iniciaban las manifestaciones no podían desempeñarse en otras funciones.

–¿Qué otras funciones empieza a desempeñar en este periodo?

–Yo siempre he tenido habilidad con las manos. Entonces me especialicé en la cuestión de barretines y me quedaban re’ bueno. Ahí me desempeñé en el área de comunicaciones del MIR.

María Elisa recuerda que su aprendizaje vino de un grupo llamado Espartaco, liderado por el Pato Keuler, una facción de choque que funcionaba en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile. Allí se formó una escuela de cuadros, donde se formó a varios miristas. “A mí me gustó porque le daba consistencia al proyecto político, había una línea que se podía seguir”, explica. Tras ingresar a la Escuela Normal para ser profesora, su compromiso se transformó desde la barricada callejera a la organización más estructurada del movimiento.

LA DETENCIÓN

―¿Puede relatarnos la circunstancia de su detención el 2 de enero del ‘75?

―Eso fue una estupidez. En Año Nuevo cayó un grupo de gente y el jefe que yo tenía en ese momento. Estábamos en el área de documentación (MIR) y él estaba metido en esa fiesta. No sé cómo, cayó un compañero y quedó la grande. Cayeron varios. Y entre ellos, mi jefe. Y caí yo, después. Fue súper cómico porque yo iba con un barretín. Eso fue lo más terrible. Llegué al lugar. Yo siempre entraba por atrás. Entonces, me di la vuelta y lo único raro que observé fue que había un auto. En ese momento, me di una vuelta por el otro lado y cuando voy caminando, el auto se acerca. Y ahí, cagué. Debí haberme ido altiro, nomás. El gallo, me decía: “Fulana de tal, fulana de tal”. Y yo le dije, “no”. Traté de arrancar. Me agarró las mechas y yo me solté. Corrí un poco, golpeé la puerta de una casa. Y cuando salió una señora, el gallo me agarra de nuevo y decía mi nombre. ¿Usted es María Alicia Salinas? “No. Yo me llamo Florinda Lagos”. Y trataba de buscar mi documento, para mostrárselo y decirle que no. Pero al final, igual me llevaron.

―¿Qué sintió en esos primeros momentos?

―Como yo había estado presa, en realidad no me asusté tanto al principio. Me llevaron al auto y vi al compañero. Nos llevaron para Villa Grimaldi. Ahí fue distinto, por la parrilla y la tortura. Hasta que te dejan a un lado. Además, yo llevaba un barretín. Ellos lo abrieron. El barretín tenía información y todo.

―¿Cuánto tiempo estuvo en Tres Álamos y Villa Grimaldi?

―Mira, hay dos versiones. Una versión dice que estuve nueve o diez días en Grimaldi, una cosa así. Y otra, dice que estuve como dieciocho días. En realidad, no me acuerdo cuánto tiempo estuve. Y en Tres Álamos salí en una de las amnistías. Fue en septiembre del ‘76.

En medio del horror, cada acto de rebeldía se transformaba en una hazaña, por muy pequeño que fuera. Cuando le daban comida, un guardia conocido como “Pichoga” escupía en la olla antes de repartirla a los detenidos. Muchos decidían comerla, pero ella se negaba. “Me castigaban, me cacheteaban, pero yo no me comía la huea”, recuerda con firmeza. Además, reflexiona: “Nosotros queríamos cambiar el mundo, destruir esta hueá de país y construir uno distinto. Eso tenía costos, y ese era el precio que había que pagar”.

―¿Recuerda algo fuera de este lugar que la haya ayudado?

―Uno no piensa mucho en eso, de si va a sobrevivir o va a morir. Y yo creo, que por esa misma razón, no se hace eso. No sé si lo pensé.

El padecimiento era colectivo y constante. Desde la pieza en la que estaban, escuchaban los gritos de las personas torturadas en las habitaciones contiguas. “Cuando sentíamos que torturaban a alguien, cantábamos “Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja…”, dice, evocando con nostalgia la canción “Palabras para Julia” de Paco Ibañez. La ventana de su celda mostraba el embaldosado, un lugar donde colgaban a sus compañeros y eran golpeados con cadenas.

―Entonces, no hubo tiempo para pensar, por así decirlo, simplemente era estar ahí.

―Claro. Sobrevivir a la situación. En el fondo era eso. Cómo puedo sobreponerme. De repente, mira la vida es rara. Porque la otra vez, conversaba con una compañera y me decía: “Pero tú, todavía sigues en la misma hueá, haciendo lo mismo, pensando lo mismo y todo”. “Mira, ―le dije― tengo 76 años. Lo único que me queda es la consecuencia”. O sea, si creías en lo que estabas metido, tenías que tratar de sobrevivir.

SOLIDARIDAD Y RESISTENCIA

María Alicia recuerda que la solidaridad entre sus compañeras era clave para sobrellevar los momentos difíciles. En particular, menciona a dos amigas muy cercanas: María Isabel Ruiz, a quien conoció en la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (FESES) cuando ella tenía apenas 14 años, mucho menor que ella. María Isabel era una “cabra chica”, bajita, de pelo largo y con una pinta de cuica que “no se la podía”, pero también muy inteligente. Junto a otra joven, María Teresa Eltit, formaron un vínculo fuerte que debió ser cortado en el ‘74.

—¿Se reencontraron en algún momento?

—Cuando me detienen me tiran a una pieza. Yo entro y por la muralla, abren la puerta. Tenía una venda en los ojos. Me agaché y me quedé bien calladita, escondida. Porque no sabía dónde estaba, ni quién estaba, ni nada. Cuando de repente, se acerca alguien y me dice “Flaca”. ―A mí, siempre me dijeron flaca―. Y me toca. Yo estaba callada. Me vuelve a tocar. “Flaca”, me dice, “soy yo, la chica”. Era la María Isabel, po’. Estaba ahí, con la María Teresa. Ella había caído el 23 o 24 de diciembre y la María Teresa Eltit había caído el 20. Y ahí, nos encontramos de nuevo, en Grimaldi.

Durante todos los días que permanecieron juntas en ese lugar, su compañerismo fue un sostén emocional. Con unas astillas de una silla y hebras de una frazada que había a mano, ella confeccionó tres cruces, marcándolas con el número que cada una llevaba asignado. Una cruz fue para María Teresa, otra para María Isabel, y ella conservó la tercera, que aún guarda como un símbolo de aquella unión y resistencia.

— ¿Recuerda otro momento con ellas?

Un día en la mañana nos sacaron. Tiene que haber sido el nueve o diez de enero, no me acuerdo. Nos hacen subir a una camioneta. Adentro había una banca de madera y nos sentamos las tres. De repente, aparece el Moren Brito (militar y agente de la DINA). Me llama y me dice que yo me tengo que bajar. “No. La Carla se queda”. ―A mí, me decían Carla―. Era mi nombre político en ese momento. Entonces, dicen: “No, la Carla se queda”. “Bajate nomás. Tení’ que almorzar conmigo”. Yo no me quería bajar, po’. La María Isabel y la Tere me dicen “ya, no, bájate nomas, flaquita. Nosotras le vamos a avisar a tu mamá que estás aquí, que estás viva, que te vimos”. Bueno, al final me tuve que bajar y se fue la camioneta. Cuando llegué después a los Cuatro Álamos, pregunté por ellas, si habían pasado por ahí. Ellas están desaparecidas. Ellas que eran mis amigas.

TALLER LABORAL

―En el libro “Libres en prisión: la otra artesanía”, se menciona que usted confeccionaba blusas. ¿Por qué eligieron confeccionar blusas y no otro objeto? ¿Había un significado simbólico detrás de estos diseños?

―No. Eran blusas. La idea era que las huifas se pudieran vender. Una compañera, la Vale parece que fue… No me acuerdo, una compañera, una vieja comunista. De repente mandó un recado: que por qué no hacíamos vestidos. Porque ellas necesitaban unos vestidos largos, abiertos y bordados. Empezamos a hacerlos y mandarlos. Era algo que se podía vender fácilmente.

María Alicia cuenta que el Comité de Cooperación para la Paz en Chile (Pro Paz), las apoyaban con los materiales y la distribución de las prendas. Además la Cruz Roja les obsequió dos máquinas de coser, con las cuales pudieron confeccionar las blusas y vestidos.

“Mi abuela me enseñó a bordar, a tejer, y a todas esas leseras”, comenta, entre risas.

―¿Cómo se sentía transformar algo cotidiano, como los materiales que les enviaban sus familiares en un objeto de resistencia?

—Mira, el sentido de resistencia estaba impregnado. Lo que nos motivaba era que nosotros teníamos que aprovechar la experiencia de estar presas y resolver, desde la misma situación que vivíamos, nuestras necesidades. Que no fuéramos una carga para nuestros familiares. Eso era lo más importante. Ho Chi Minh, decía que producir la sonrisa y producir la labor tenían que dar la misma satisfacción. Y con eso tú apoyabas el proceso. Era un periodo que teníamos que vivir y teníamos que tratar de sacarle el máximo provecho, no sentirnos víctimas.

―¿Cómo vincula el presente con el pasado a través de su arte? ¿Es un ejercicio individual o es algo colectivo?

―Yo trato que sea colectivo. He tratado. Ahora que estoy más vieja, me cuesta más. Yo soy profesora de profesión. Después que jubilé, me dediqué a hacer talleres. Siempre me las he dado de artista. Entonces, durante mucho tiempo, por ejemplo, hacía talleres de pintura en distintas poblaciones. Nunca he cobrado por ellos, nunca. Siempre lo he hecho gratis y siempre he tenido gente que me ha apoyado con estas ideas.

“Yo empecé con esto después que jubilé, como un homenaje a las viejas, a nuestras madres. Porque ellas hacían las bolsas con fotos de realidad, les llamaban ellas, eran como de denuncia”, añade. 

María Alicia Salinas opina que lo que falta hoy en día es que los jóvenes se acerquen a las poblaciones y puedan ir a enseñar infinidad de cosas, como ella enseñaba a poner inyecciones, a alfabetizar a las personas, con el fin de poder llegar a los distintos sectores, y lograr que tengan un espacio para poder contar su historia.

—Para finalizar, ¿qué piensa de las personas que dicen “hay que dar vuelta la página y mirar hacia adelante”?

—No, yo creo que no hay que dar vuelta la página. Uno no se puede olvidar de nada, porque no se ha resuelto nada. Está igual y peor. Encuentro que hoy en día se habla mucho y se hace poco. De repente, escucho a mis nietos y se enojan, porque siempre les digo “mira, el marxismo es para aplicarlo, no para discutirlo”.

“Pasado ya 50 años, parece que fue ayer”: Patricio Tapia revive su pasado en prisión y exilio tras la dictadura

A más de 50 años del golpe militar, los recuerdos siguen latiendo en la vida de Patricio Tapia como heridas que no terminan de cerrar. Ex preso político en Concepción en el año 1973 y hoy administrador municipal de Quinta Normal,  ha aprendido a convivir con una historia marcada por la cárcel, el exilio y la memoria. Pero lejos de cargar su testimonio como un peso, lo transforma en una lección de vida. Reconstruyendo su historia personal con serenidad, repasando escena tras escena el pasado sin rencor, pero con la convicción de que olvidar sería un error. En esta entrevista, él insiste en que hay que saber convivir con esos recuerdos que marcaron un hito en su pasado.

Sentado en su oficina, Patricio Tapia hojea un álbum de fotos antiguas. Se detiene en una imagen donde aparece sonriente como estudiante de Economía en la Universidad de Concepción, sin sospechar que en septiembre de ese mismo año, todo cambiaría en su vida. Tapia, afirma que “uno vivía esa época como algo que no era realidad”.  A sus 69 años dirige el municipio y esos recuerdos siguen tan nítidos como si fuera ayer.

El golpe militar del 11 de septiembre de 1973 rompió abruptamente la normalidad en todo Chile y en la vida de Patricio Tapia. «Para el golpe yo tenía 19 años», recuerda Tapia con la voz contenida. Era un estudiante de Economía en Concepción, lleno de esperanzas y debates. Como muchos de su generación, participaba en reuniones estudiantiles y soñaba con un Chile más justo. «Estudiamos Economía, pero también soñábamos con un país donde no faltara nada», relata. Tapia cree que ese compromiso fue suficiente para que los militares lo consideraran subversivo. 

Sin previo aviso, esa madrugada de septiembre Patricio fue arrestado en su domicilio. Dos agentes militares irrumpieron en su pieza y lo sacaron en silencio. No recibió explicación ni cargos; sólo el desconcierto y el ruido de las botas marchando por la noche. De pronto, la pesadilla se volvió real. Hasta ese 11 de septiembre de 1973, Patricio era solo un estudiante entusiasta, confiado en lo que su país le daría. Ese día le enseñó que las convicciones pueden volverse peligrosas para quienes ostentan el poder. Aún así, Tapia asegura no guardar resentimientos; cree que lo vivido le ha servido para ser más fuerte y tener una historia que puede cambiar el futuro del país.

Solo y lejos de casa, lo llevaron primero a la Brigada de Investigaciones y luego al Estadio Regional. Allí pasó días sin noticias; la incertidumbre se apoderó de su mente. Pasaron cuatro meses hasta que su familia supo de su destino: “Recién cuando llegué a la cárcel de Concepción… pude tener contacto con la familia. Antes no”, relata con un hilo de voz, explicando que hasta entonces nadie sabía qué había sido de él.

ENTRE REJAS

Tapia volvió a la gestión pública con la misma energía con la que estudiaba en Europa. Llegó a ser administrador municipal en Puerto Montt y hoy lidera Quinta Normal. Pero conserva de aquellos años recuerdos muy cuidados. Confiesa que relató lo vivido solo con su familia, “sin cargarlos, sino más bien transferir una experiencia”. En la mesa familiar habla de valores. Les insiste a sus hijos que en la madrugada llegaba muy temprano al patio de la cárcel, y cada paso resonaba temido en los pasillos. “Cada sonido era un aviso de tormenta”, suspira Tapia, recordando el eco metálico de las rejas y los pasos en la madrugada. En la celda convivía con hombres detenidos por diferentes motivos: “Había gente muy mayor que la pasó muy mal”, describe. Él tuvo cierta suerte: “A diferencia mía, no fui torturado… En comparación a gente que fue muy violentada”, remarca. La procesión diaria de detenidos golpeados por los interrogatorios quedó grabada en su memoria: “entraban a la celda en condiciones bastante malas, física y psicológicamente”. Tapia evoca a esos compañeros viejos que apenas sobrevivían. En esos tres años de encierro templó su carácter: aprendió que el autocontrol podía salvar vidas bajo custodia.

Al cumplirse tres años preso fue condenado a cinco, pero entonces llegó un cambio inesperado. El régimen ofreció un programa de “exilio” para presos políticos. Tapia relata el instante decisivo: “Yo fui condenado a prisión… El gobierno militar abrió la posibilidad de extrañamiento… El gobierno de Holanda presentó opciones… y yo salí en ese programa”. Así, tras mil días encarcelado, el sueño de la libertad se hizo realidad.

VUELO HACIA LA LIBERTAD

A los 21 años subió a un avión rumbo a Europa. Tapia recuerda aquel viaje: “Ffue un momento notable cuando cruzamos la cordillera, el capitán del vuelo… le pidió al policía que iba conmigo que me quitará los grilletes.  En ese instante supe que era libre”. Recuperó las manos y, por fin, pudo respirar aire fresco. Al aterrizar en Ámsterdam lo recibió un gesto insospechado: una multitud con flores blancas y banderas chilenas lo esperaba. “Había mucha gente holandesa con flores, esperándonos. Fue muy espectacular”, cuenta asombrado. Aquella bienvenida demostró la solidaridad internacional. Más aún: la reina de los Países Bajos le envió una carta personal invitándolo a vivir allí: “me invitó la reina… me invitaba a vivir con ellos”, recuerda con una sonrisa.

En Holanda, Tapia construyó un segundo hogar. Aprendió el idioma y se matriculó en la universidad para estudiar Ingeniería. También se involucró en la vida política estudiantil: compartió desayunos de té con otros exiliados chilenos, ayudó a organizar encuentros estudiantiles y mantuvo viva la causa democrática a distancia. “A veces aún sueño en neerlandés”, bromea al recordar las calles inundadas de bicis y canales donde pasó sus días.

Después de cuatro años en Ámsterdam, su vida dio otros rumbos. En 1977 viajó a La Habana para colaborar en una organización de estudiantes latinoamericanos, y más tarde vivió en Alemania como encargado exterior de la Juventud Socialista de Chile. En total pasó más de una década fuera del país, dedicado a la lucha por un Chile libre. Con el fin de la dictadura terminó también su exilio. Pinochet decretó en 1988 el retorno de los exiliados. Tapia regresó a Chile “rápido, porque estaba en esa lista de 100 personas que no podíamos ingresar”, recuerda. Volvió a una realidad distinta: un país en transición.

El reencuentro con Chile fue emotivo y desafiante. Tapia tuvo que enfrentar una sociedad distinta de la que había dejado, esforzándose por encontrar su lugar. Con determinación retomó su vida académica y profesional. Pronto volvió a la gestión pública con la misma energía que llevaba desde el exilio. Se desempeñó como administrador municipal en Puerto Montt y actualmente lidera Quinta Normal. Sus labores en el municipio reflejan los valores aprendidos en la adversidad: responsabilidad, empatía y compromiso con la comunidad.

La intolerancia, dice sin dudarlo, “no es un bien, es un mal”. Usa sus historias como lecciones: jamás para victimizarlos, sino para enseñar. Él mismo “nunca quiso imponer una condición de víctima” y cree que las personas deben “superarlo, saber superarlo”, siguiendo adelante en lugar de atrincherarse en el odio.

Hoy, Tapia reconoce que la transición chilena no ha sanado del todo las heridas, mencionando que “lo que pasó en Chile fue un hecho tremendo, grave, que todavía lo sufrimos”. Pero aclara que su lema “nunca más” no implica venganza contra nadie. “O sea, el ‘nunca más’ no es contra otros, no es que tú nunca más hagas algo, sino que también tiene que ver con uno”, aclara. Su última reflexión es un llamado a la acción colectiva: evitar la violencia es “responsabilidad de toda la sociedad”.  Hoy, al mirar atrás, Tapia no busca justicia en la venganza, sino en la memoria compartida. “La historia no se supera olvidando, sino contando”, dice mientras se levanta de la silla, sonriendo. Es la misma sonrisa que ahora dirige al futuro, con el recuerdo intacto y la convicción de que el ‘nunca más’ empieza por casa.

De Carla Pellegrin hacia los jóvenes chilenos: “Creo que siempre es posible un mundo mejor, no se puede decir que está todo hecho”

Anestesióloga, profesora de Medicina, activista del Movimiento Salud en Resistencia, bailarina de salsa en sus tardes libres, madre de dos hijos, descendiente de militantes comunistas y hermana de Raúl Pellegrin; difunto dirigente del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Todos estos son adjetivos que describen a Carla, pero su perseverancia ante la adversidad sigue siendo su mayor característica. 

Carla Pellegrin nació en una familia ya marcada por una tendencia política, podría decirse que su destino estaba escrito desde antes de venir al mundo. Si hay que definirla en una palabra, ella es resiliencia (o resistencia, también). Lo que la vida le quitó, ha elegido tomarlo como un llamado de atención: su misión es mantener viva la memoria, y sanar aquellos dolores que van incluso más allá de lo físico. Su pensamiento de que “la recuperación de la memoria es sobre la vida de las personas que ya no están” se convirtió en el legado de su trabajo.

-Al comienzo de una entrevista anterior dijiste algo muy fuerte: “Además de ser hermana, tengo mi propia vida”. ¿Cómo ha sido cargar con ese apellido y esa historia, y a la vez construir una identidad propia en medio de tanta memoria y militancia?

-Sí, pues tengo mi propia vida, soy yo. Soy una identidad. Alguna vez tuve la oportunidad de toparme con mi hermano, estando él en la clandestinidad, y le pregunté cómo sentía él ser jefe. Me dijo: “es un accidente, me tocó”. A uno en la vida le van tocando cosas y tiene que asumirlas lo mejor posible. 

Efectivamente, el ser hermana de Raúl, es en un contexto de “no me cuelgo de él”. Yo no soy la hermana de, yo soy Carla, y tengo un hermano que desgraciadamente ya no está. Pero uno no puede construir la vida separada de la historia propia y la biografía.

Cuando se une mi madre con mi padre, nada bueno podía pasar. Ambos militan en la juventud comunista, mi padre siendo estudiante de Aarquitectura, estuvo en la Revuelta de la Cchaucha y era un estudiante súper comprometido. Mi madre también. Entonces, cuando triunfa la Rrevolución Ccubana, vienen unos cubanos y dicen “necesitamos profesionales jóvenes, porque se han ido muchos profesionales a Estados Unidos”. 

Y estos dos locos, que eran mi mamá y mi papá, parten con mis dos hermanos a Cuba a colaborar como arquitectos. En ese contexto me hacen, mi mamá viaja a Chile, nací yo y después volvimos a Cuba. Y en el año 65 ya, cuando yo tenía dos o tres años, regresan definitivamente a Chile.

Siguen siendo militantes comunistas durante la Unidad Popular, y muy comprometidos con el proceso: con este mundo mejor, con la posibilidad de cambiar realmente el mundo, de justicia social. Yo tenía cuatro o cinco años y recuerdo a mi mamá llorando cuando se suicidó la Violeta Parra o cuando mataron al Che Guevara.

-¿Estaban destinados a llegar a todo esto?

-No lo sé. Es parte de nuestra biografía y es parte de un profundo compromiso social. Es algo muy ideológico. Cuando tú me haces esa pregunta, ¿si tengo identidad propia? Absolutamente propia. Y es muy de adentro, de convicción muy profunda. Transmitida también generacionalmente. Yo recuerdo, durante la Unidad Popular, haber ido con mi papá durante los temporales a repartir fonolitas a las poblaciones. Yo tendría, ¿cuántos? Ocho o nueve años. Fue una época en que yo salí —igual como salimos a la Plaza Dignidad para el estallido social— el 4 de septiembre del 70, cuando ganó Allende. Siempre mis papás nos dijeron: “Pero estamos vivos todos, hay que salir adelante y hay que construir”. Tuvimos eso como herencia de los papás de que hay que darle, estudiar y salir adelante. Y cada uno de nosotros hizo lo que tenía que hacer. 

-Has vivido dos momentos de represión en carne propia: la dictadura y el estallido social. ¿Notas similitudes entre ambas épocas? ¿Qué cambia y qué se repite en la violencia estatal?

-Para nosotros, para mi generación, es un poco más de lo mismo. Bueno, mi hermano entra primero a Chile como clandestino, con el Frente; mi familia entra después, yo me quedé estudiando Medicina, era la más chica. Cuando termino y vuelvo matan a mi hermano. Todo fue junto. Pero, nosotros queríamos un mundo mejor, no queríamos esta mierda. Y sentimos que después del año 86, del atentado a Pinochet, empieza una serie de negociaciones y transacciones a espalda de lo que la gente realmente quería. Se busca una salida porque estaban aterrados. La gente estaba metida en las protestas, salían a la calle, no solo el frente y no solo las organizaciones políticas, sino que el pueblo salía a la calle. Y vinieron las negociaciones que ustedes saben para terminar en una salida democrática.

-E institucionalizada.

-Totalmente. Solamente profundizó lo que había instalado la dictadura, que era el modelo neoliberal. Hay una frase de mi hermano, entre el 5 de octubre que gana el NO y el 21 de octubre que es la toma de Los Queñes: “Esto es una profundización del sistema”. Él lo explica súper bien, qué es lo que va a pasar y qué es lo que ha ido pasando estos 30 años. Entonces cuando vino el estallido social, yo decía: “son mis 30 años”. Yo sí hago mía esa frase, no son 30 pesos, no es que suba el transporte, son 30 años de injusticia.

-A lo largo de tu carrera trabajaste en hospitales públicos y formaste a nuevas generaciones de médicas y médicos. ¿Qué rol ha jugado tu trabajo en la salud, en tu manera de mirar la justicia y la dignidad humana?

-Para entrar a la especialidad en anestesia, me contrataba el Ministerio de Salud. Y me obligaron a afiliarme a las AFP y a inscribirme en los registros electorales, y decía ¿por qué? Me jubilé el año pasado con una jubilación miserable. Y entonces, 30 años después, puedo decir: sí, prefería tener la plata debajo del colchón. Pero me obligaron, porque eso quedó amarrado del tiempo de la dictadura, las AFP. Una compañera mía, militante y todo el rollo, me dice “no, es que yo no puedo con el servicio público”, y lleva años en una clínica. Es súper difícil ser consecuente y coherente en la vida, y mantenerlo en el tiempo, eso es lo más difícil. La gente va pisando el palito. 

-Te has manifestado críticamente frente al uso del fentanilo como sedante en urgencias. Desde tu experiencia como anestesióloga, docente y especialista en el tratamiento del dolor, ¿por qué crees que este tema es tan urgente hoy en Chile y en el mundo?

-Yo soy una perseguidora del tema. Es un tema técnico, que es lo que yo le enseño a los alumnos. El fentanilo empieza actuar al minuto, dura 30 minutos y es adictivo. ¿Por qué no usas un medicamento que se demore un poco más en actuar, pero que dure más tiempo y sea menos adictivo? La morfina y la metadona son mucho menos adictivas, tienen una vida media mucho más larga, la hemos usado por siglos. El fentanilo es un buen analgésico en situaciones específicas, porque es para patologías específicas, pero ahora le ponen a cualquiera que se fracturó.

-Durante el estallido formaste parte de los equipos médicos de Salud y Resistencia. ¿Qué te motivó a involucrarte ahí, y cómo fue vivir esa experiencia desde la primera línea de atención?

-El 19 de octubre yo fui a las 12 del día a la plaza y se me pegaron los pies. Estuve seis horas ahí por la rabia contenida durante tantos años, y ver que la gente estaba reclamando. Yo era parte de esa gente, no soy diferente del resto, soy una más. AFP e ISAPRE me cagan con el IVA, todo lo que uno le toca vivir. Ahí recibí un perdigón, que por suerte no me rompió el pantalón, pero lo sentí en la costura.

-¿Qué la hizo buscar un espacio en salud? 

-Bueno, es lo que sé hacer, la medicina. El Movimiento de Salud en Resistencia hizo un segundo policlínico donde iban los pacientes que estaban más graves. Yo me quedé en la primera, que era la FECH (Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile). Recuerdo una vez que un cabro venía con el ojo casi afuera. Hubo otro cabro al que le dispararon en la espalda el 15 de noviembre, que fue el maldito acuerdo de paz. Había 140 personas llenas de perdigones en el patio de la FECH, uno de ellos acostado boca abajo en una puerta, porque ya todas las camillas estaban llenas. 

-En tu vida también has sido madre, pareja, profesora, amiga. ¿Cómo ha sido vivir esos roles en paralelo a tu historia familiar y tu trabajo político? ¿Qué ha significado para ti cuidar y ser cuidada en esos espacios más íntimos?

-Tengo que decir que hemos sido una familia bien sobreviviente. Tuvimos la suerte de tener una mamá y un papá espectacular. Personas trabajadoras que nos demostraron muchas veces con esfuerzo cómo salir adelante. ¿Cómo no íbamos a salir todos locos? Si eran súper creativos, súper comprometidos con todo, honestos, trabajadores. Y después vino la generación que sigue. El amor por los hijos y por los sobrinos es un amor infinito. Eso ha sido un sostén súper importante. Como la familia, el núcleo central. Los amigos que tengo son de siempre y para toda la vida. Con mis amigas, compañeras de Medicina en Cuba, tenemos un grupo que se llama Las Caimanas del Caribe. Nos queremos y nos respetamos mucho.

-Desde tu experiencia con jóvenes en la USACH y en el colectivo de la casa Pedro Donoso, ¿qué rol crees que puede tener la juventud actual en mantener vivas las luchas por justicia y memoria? 

-Creo que las generaciones que vienen tienen una tremenda responsabilidad en un mundo tremendamente hostil, porque el enemigo no está tan claro como estaba antes. La tarjeta de crédito y la deuda son el enemigo, y los cabros no lo ven porque quieren el último teléfono. Y el consumismo es parte de las herramientas del enemigo para volver estúpida a la gente. Lo que hacemos en Pedro Donoso también tiene que ver con mostrar el ejemplo. Nuestra postura con la memoria no cómo lo torturaron, y qué tortura le hicieron, y cuántas balas le metieron. La recuperación de la memoria es sobre la vida de las personas que ya no están.

-¿Qué les dirías a quienes sienten que ya no se puede hacer nada?

-Creo que siempre es posible un mundo mejor. No se puede decir que está todo hecho. Siempre es posible que la gente converse, que hable de otras cosas, que se conecte. Eso no acaba nunca. Eso es lo que hay que rescatar. La capacidad creativa de inventar para tratar de cambiar las cosas. Pero no quedarnos pegados en la muerte y en la tortura. Mi hermano era buen amigo y tímido en la casa. Los dos a puerta cerrada bailábamos salsa y luego íbamos a la fiesta, se ponía colorado… Ese era mi hermano.

-Más allá de las luchas políticas, de la memoria y del dolor, ¿qué cosas te han dado alegría en la vida? ¿Qué te gusta hacer, qué te conmueve o te da esperanza?

-Siempre nos reímos mucho, tocamos guitarra, mucho arte. Nos disfrazábamos cuando los niños eran chicos, en medio de todo el drama de la justicia, del protocolo de autopsia de mi hermano, la muerte de mi papá. En medio de todo eso, siempre trata de buscar algo para estar felices y reírse. Yo soy inmensamente feliz. Le agradezco a la vida todo lo que me ha dado. O sea, tengo la suerte de tener la familia que tuve, de haber podido estudiar Medicina en Cuba, de dar lo que doy, y soy feliz. Hay que vivir con el vaso medio lleno, no con el vaso medio vacío.

-Respecto a los casos históricos alrededor del mundo, ¿podrías dar alguna comparación de sucesos, con el estallido o la dictadura acá en Chile, y algún otro país o algún suceso histórico fuerte? 

-Lo que me tiene enferma de la mente, del corazón y del alma es el genocidio en Gaza. Es algo que no tiene nombre. Nosotros somos de origen judío, mis abuelos por parte de mamá vinieron en un barco siendo niñitos desde Besarabia, entre Ucrania y Rumania. Y mi abuelo estuvo absolutamente en contra cuando en 1948 se formó el Estado de Israel. Nosotros siempre hemos sido una familia judía pro-palestina. Tú no puedes sacar a un pueblo de su espacio para instalar a otra gente. 

-Para cerrar y dejar claro tu mensaje, después de tantos años declarando el nombre de tu hermano Raúl, luego de reabrir tantas veces su caso, ¿qué reflexiones sobre resiliencia vislumbras en la lucha por la justicia legal en el caso?

-Yo tengo todo el derecho a no creer en la justicia. Cuando salió lo de Hermosilla, yo dije, “este conchesumadre, probablemente hasta él llamó a la Corte Suprema”. Y esa soy yo, pero cuántos miles de personas deben haber pensado lo mismo en relación a sus casos, de cualquier tipo, no solamente políticos. Sino que estas llamadas telefónicas y estos favores. Entonces empezó todo de nuevo, pero ahora yo estoy más protegida emocionalmente, no me voy a involucrar, no voy a esperar lo que esperé durante tantos años que era justicia. Ahora nosotros como familia no esperamos justicia.

Emilio Daroch, presidente de la Corporación Solidaria UTE-Usach: “El Coronel Moren Brito Allanó La Ute Con Órdenes De Disparar Si Había Resistencia”

Desde el acaloramiento estudiantil en la Universidad Técnica del Estado hasta la represión del golpe, el vicepresidente de la federación de estudiantes en 1973 reconstruye una historia de lucha y regreso.


Emilio Daroch, un ex dirigente estudiantil de la Universidad Técnica del Estado (UTE), relata cómo la llegada de la Unidad Popular marcó un hito de esperanza y compromiso en la comunidad universitaria, impulsando la reforma y la lucha por un Chile más justo. Desde su liderazgo en la FEUT durante los turbulentos años del gobierno de Allende, hasta su detención tras el golpe militar de 1973, Emilio comparte su vivencia de resistencia, miedo y convicción. Expulsado y perseguido, regresó en los años 1990 a la USACH para reivindicar su camino como estudiante y profesional. Su historia es un testimonio de resiliencia, compromiso político y la defensa inclaudicable de los ideales de justicia social, incluso en los tiempos más oscuros.

-¿Qué efecto generó la llegada de la Unidad Popular (UP) en la Universidad Técnica del Estado (UTE) y cómo fue tu perspectiva como estudiante?

-La llegada de la Unidad Popular en 1969 fue muy significativa para la UTE. La universidad ya venía transformándose tras la elección triestamental de Enrique Kirberg como rector en 1968, en un proceso de reforma que los estudiantes impulsábamos. La UP fue rápidamente abrazada por el movimiento estudiantil, especialmente tras el triunfo de Alejandro Rojas, de la UP, en la presidencia de la Federación de Estudiantes en 1969. La FEUT, liderada por la UP con figuras como Alejandro Yáñez y luego Alberto Ríos, de la Juventud Comunista, reflejaba un acuerdo entre fuerzas de izquierda: socialistas, radicales, Izquierda Cristiana y el MIR, aunque también había presencia de la Juventud Nacional y la Democracia Cristiana.

Para nosotros, estudiantes, la UP abrió un camino esperanzador: no sólo consolidaba la reforma universitaria, sino que también representaba la posibilidad de un triunfo democrático en las elecciones nacionales, con la meta de construir un Chile mejor. Era una guía, una estrella que queríamos alcanzar junto a la Unidad Popular.

-¿Cómo fue tener un cargo de liderazgo en una época tan caótica políticamente?

–Ser dirigente estudiantil en la FEUT entre 1971 y 1973, en plena efervescencia política, fue intenso. Llegué a la Federación tras estar fuera del país en 1970, integrándome en 1971 justo después del terremoto de Los Vilos, donde organicé a 200 estudiantes para ayudar en la zona afectada. Venía de ser dirigente en la Escuela de Artes y Oficios y en una federación preuniversitaria, así que ya tenía experiencia cuando entré a la UTE.

En 1972, fui propuesto como candidato a la FEUT junto a Cian Núñez y compañeros del MIR, Juventud Radical y Socialista. El 1973 fue especialmente complejo, con fuertes tensiones políticas, pero también con momentos gratificantes. Formamos un comando juvenil apoyando a Gladys Marín, conectando con artistas como Quilapayún y figuras del teatro, trabajando por la Unidad Popular y el gobierno de Allende. La UTE era un pilar del progreso, vinculada al movimiento popular, la industria y los sindicatos. Los estudiantes participábamos en trabajos voluntarios, repartiendo víveres como parafina en poblaciones, ante el colapso del comercio por la ofensiva de la derecha.

Pese al caos, en la universidad también enfrentábamos problemas internos, como el bajo rendimiento estudiantil en asignaturas clave como matemáticas, física y química, propias de carreras técnicas. Incluso el 10 de septiembre de 1973, en una reunión con el rector, discutíamos cómo mejorar el rendimiento, no el inminente golpe. Además, la UTE aportaba al desarrollo nacional: nuestros estudiantes hacían prácticas en empresas estatales, y figuras como Tomás Arela, nuestro secretario general, fueron designados por Allende para liderar en Codelco. Estábamos profundamente comprometidos con el proceso productivo y la defensa del gobierno popular.

-¿Qué opinión tenía tu familia sobre tu rol?

–Soy el primer universitario de mi familia, de clase media baja. Mi padre era maestro eléctrico, y mi tía fue obrera textil, apoyaban al gobierno popular, al igual que mi hermana y mi abuela, quien fue como mi madre, que falleció en 1971. Nunca tuve conflictos familiares por mi rol político; incluso mi padre, sin ser político, pasó de apoyar a Ibáñez a respaldar a Allende.

Dedicarme al trabajo estudiantil y a la política hizo que descuidara mis estudios en electricidad, que no veía como mi futuro. El currículo libre de la UTE me permitía avanzar lentamente, pero en 1972 me cambié a la Facultad de Administración y Economía, donde comencé a estudiar administración en 1973, aunque no duró mucho por los eventos de ese año. Mi familia siempre entendió mi compromiso político.

-¿Qué diferencias hubo entre los períodos de la Escuela de Artes y Oficios, tu etapa como dirigente y tu regreso a la universidad?

–Soy un poco híbrido. Entre 1963 y 1969 estudié en la Escuela de Artes y Oficios, donde me formé como técnico. Allí, entre pasarlo bien y ser dirigente estudiantil, repetí un año por baja asistencia, aunque tenía mis ramos aprobados. Compartíamos patio con universitarios, sin uniforme, y participábamos en sus luchas, como un trabajo voluntario en Vallenar en 1967 con la Federación de Estudiantes.

En la UTE, desde 1970, seguí como dirigente estudiantil, lo que me llevó a asistir poco a clases por reuniones y actividades políticas. No me arrepiento de priorizar la política sobre los estudios, aunque eso significó avanzar lento en mi carrera de electricidad. En octubre de 1973, tras el golpe, me expulsaron de la universidad mientras estaba preso, sin derecho a nada. Perdí mis documentos y tuve que rehacer la enseñanza media como alumno libre en un año para postular nuevamente, pero me advirtieron que estaba vetado.

En 1990, con la reparación para estudiantes expulsados, volví a la USACH, a la FAE, a estudiar Ingeniería Comercial con gratuidad. Tras algunos tropiezos iniciales, terminé con un promedio de 5,9, nada mal, y di el discurso de despedida en mi titulación. Fue una reivindicación personal.

-¿Cómo fue la responsabilidad de recibir al presidente Allende para el plebiscito que no se realizó?

–Como vicepresidente de la FEUT, recibir al presidente Allende para el plebiscito en la UTE era un orgullo inmenso. Lo había visto antes como candidato, pero estrecharle la mano y acompañarlo era otro nivel. Me preparé a conciencia, con mi camisa de la Jota, pero el golpe impidió que ocurriera. Caí preso con esa camisa, escondiéndola para evitar represalias, pues los militares golpeaban a quienes la llevaban.

El 11 de septiembre, al llegar temprano a clases, el rector me alertó del golpe. Escuchamos las últimas palabras de Allende y organizamos una asamblea. El MIR proponía ir a defender industrias y poblaciones; otros, como nosotros, preferíamos quedarnos en la universidad a esperar. Tras debatir, decidimos permanecer, unos 1000 a 1500 entre estudiantes, docentes y funcionarios. No teníamos armas, solo nuestra convicción de defender el gobierno popular. Fue utópico pensar en resistir, pero nos quedamos.

En una segunda asamblea al mediodía, permitimos que quienes quisieran se fueran con cuidado, pues estábamos rodeados por militares. Decidimos quedarnos, pero el 12 de septiembre, el coronel Moren Brito allanó la UTE con órdenes de disparar si había resistencia. Nos tuvieron en el suelo, frente a Portales, pateándonos y disparando al aire. Fue durísimo, pero sobrevivimos, aunque corríamos riesgo de ser masacrados.

Cincuenta años después, cuando el presidente Boric visitó la USACH, le pedí darle un abrazo, representando a los estudiantes de entonces. Fue un momento de gran emoción y reparación.

-¿Qué imágenes recuerdas del allanamiento de la UTE?

–Estaba en el casino de la UTE tomando un café cuando un compañero llegó corriendo: “Emilio, los militares quieren entrar”. Entraron, tirando a todos al suelo. Rápidamente escondí mi insignia de la Jota detrás de un tablero eléctrico, sabiendo manejarlo por mi formación técnica. Nos sacaron al patio, boca abajo, manos en la nuca, mientras disparaban al aire y nos pateaban. Sentí miedo, un temor profundo a morir, pero también rebeldía e impotencia por no poder hacer nada. Pensaba en tonterías, como levantarme y quitarle la metralleta a un militar, aunque sabía que era inútil.

En ese momento, recordaba a mi sobrina de un año, con quien jugaba mucho, y el contexto del 73, marcado por la violencia de la derecha y el fascismo. Nosotros, en la UTE, defendíamos la vida y el gobierno popular. Cuando me pidieron documentos, un cabo con cara de pueblo me revisó. Saqué mi cédula con cuidado, ocultando mi chaqueta roja, y eso quizás me salvó. No estaba en las listas de los más buscados, aunque era dirigente. A Gregorio Mímica, un compañero, lo asesinaron. En el Estadio Chile (aActual Víctor Jara), ya más calmado, pude hablar con compañeros, pero la sensación de miedo y desamparo persiste, algo imborrable y nada recomendable.

-¿Crees que el golpe cambió tu forma de ver la vida?

–El allanamiento de la UTE y mi detención en 1973 reafirmaron mis principios. Salí del Estadio Chile el 2 de noviembre y en diciembre ya estaba en el trabajo político clandestino, sin dudarlo, aunque era riesgoso. Intentamos reconstituir la FEUT para dar voz a los estudiantes, no como dirigentes prohibidos, sino como colectivo. Fue difícil: todos los partidos, incluido el Partido Comunista, enfrentaban problemas para reorganizarse. Sin embargo, la Juventud Comunista en la UTE se reactivó rápido en 1974, con los estudiantes conectándose en cada carrera. Me designaron encargado de la Jota en la UTE, en la clandestinidad, entre 1974 y 1975. Logramos reorganizar comités locales y hacer acciones como propaganda en baños y “palomitas” en cuadernos, denunciando la desaparición de Gregorio Mímica y preguntando por nuestro rector y presidente estudiantil. Así, el movimiento estudiantil en la UTE fue creciendo y se reconstituyó con fuerza.

-¿Cuál fue tu experiencia al regresar a la universidad tras tantos años?

–Mira, volver a la USACH en el ’90, al vespertino, fue especial. Entré a un programa de continuidad de estudios, sin postular, porque la universidad nos dio la matrícula. Al principio, iba a todas las clases, llegaba temprano, algo que no hice en mi primera etapa en la UTE. Era casado, con hijo, venía de un negocio fallido y con una vida distinta. Volver a estudiar era demostrarme que podía, no por política, sino por mí.

El vespertino era diferente, con gente trabajadora, no como los diurnos. Empecé de cero, y la primera clase de matemáticas fue como estar en China, no entendía nada. Reprobé al principio, pero pasé. Seguía con mis “rayas de tigre” políticas, aunque no militaba. Participé en el ’88 con el No, pero en la universidad me enfoqué en estudiar. Hubo un incidente con un profesor que trató mal a una alumna, y organizamos una asamblea; casi paramos, pero solo lo echaron.

Me uní a la asociación de estudiantes reincorporados y, cuando murió Enrique Kirberg, pedí permiso en clase para hacer una mención. No me metí mucho en movimientos estudiantiles, tenía 40 y tantos, una familia, quería titularme. Una vez, echamos a unos chicos que no eran de la USACH y tiraban piedras en un paro; nosotros queríamos clases. El ambiente era rico, de trabajadores con metas reales. Agradecí a la universidad: terminé, me titulé de ingeniero y eso cambió mi vida. De ex estudiante a profesional. Esa es la historia de Don Emilio.

Ruth Belmar, dirigente sindical: “Seguir pidiendo justicia es una misión como humanos”

En esta entrevista, reflexiona sobre cómo sus derechos fueron vulnerados cuando era niña. A casi 52 años del golpe de Estado, reafirma la importancia de exigir justicia por quienes ya no están.

Ruth Belmar (63 años, Santiago, comuna de Conchalí) vivió gran parte de su adolescencia entre toques de queda, filas extensas para comprar pan y el constante miedo ante la violencia de los militares. Tenía 12 años cuando fue testigo y víctima de una dictadura que le arrebató la niñez a muchos chilenos.

Su historia muestra una realidad de nuestro país: las violaciones a los derechos humanos no solo se manifestaron mediante desapariciones o represión, sino también en todas las infancias que fueron agredidas física y psicológicamente.

Hoy es trabajadora y dirigente sindical en Ripley, una de las principales empresas del retail en Chile. Su presencia dentro del comité de trabajadores ha ido creciendo con el tiempo, y es vista como una líder cuando se trata de defender derechos laborales. Sin embargo, su sentido de lucha se fue desarrollando mucho tiempo antes.

“Nuestra historia no puede ser olvidada, porque significa no empatizar”, explica. El testimonio de Ruth nos recuerda que la historia no puede quedar inconclusa, por respeto a todas las heridas que hoy siguen abiertas.

-¿Cómo recuerda su vida antes del 11 de septiembre de 1973?

Tenía 12 años, venía de una familia normal, pero con el impasse de que mis padres se habían separado hacía poco, por lo que me quedé viviendo con mi papá y hermano. En conjunto con mi hermano estudiábamos, salíamos con los amigos a la plaza, mi colegio estaba relativamente cerca de mi casa, vivíamos en Bascuñán Guerrero con Blanco Encalada. Mis viejos trabajaban, tenían restaurantes. Era una vida normal y mucho más sana en relación con lo que vivimos ahora.

-Antes del 73, ¿su vida estuvo ligada a la política? De ser así, explíqueme qué papel jugaba en su vida.

-Todavía éramos niños, no estaba en ningún tipo de política; todo giraba en torno a jugar y a ser niños.

–¿Cómo era el ambiente los días previos al golpe de Eestado? ¿Era algo que se veía venir?

-No tenía la percepción de que podía suceder algo ya que los niños no veíamos las noticias ni nos interesaban ese tipo de situaciones, éramos más infantiles. Era ignorante en ese tema, jamás se me pasó por la cabeza que pudiese ocurrir un golpe de Estado. 

-¿Cómo recuerda el día en que bombardearon La Moneda?

-Para nosotros era un día normal. Teníamos de visita a una tía que vivía en el sur y ese mismo día, mi papá la fue a dejar al terminal. Como vivíamos en Bascuñán Guerrero con Blanco Encalada, él la acompañó porque la estación estaba relativamente cerca. La fue a dejar para que viajara en tren, porque ella vivía en un pueblito que se llama Ñiquén. Nosotros nos quedamos en la casa y nos sorprendió que mi tía volviera. Ahí fue cuando nos contó lo que estaba pasando. Vimos la calle llena de milicos, prendimos la tele y empezamos a ver lo que ocurría. Fue en ese momento que nos dimos cuenta de la magnitud de lo que estábamos viviendo. Se escuchaban sirenas, ruidos, y sentíamos mucho temor, se veía cómo la gente tenía que volver de sus trabajos como podía, con mucha presión por la presencia de los uniformados. Era algo inédito y muy difícil de vivir en ese momento. Había mucha agresividad contra el pueblo.

–Respecto a la vulneración de derechos humanos que se vivió en dictadura. ¿Cómo fue su experiencia personal? ¿Qué le sucedió a usted?

Mi experiencia es compleja, teniendo en consideración que yo tenía apenas 12 años. Hacíamos fila para abastecernos de comida, y a veces, cuando ya llevábamos horas esperando, llegaban las fuerzas militares y cerraban el negocio. Echaban a la gente, y toda la espera era en vano. Ellos abusaban del poder que tenían, hacían y deshacían. Muchas veces me tocó arrancar para evitar que me agredieran, vi cómo le pegaban a las personas y fui víctima de lo mismo. Mis derechos como niña fueron vulnerados en muchas ocasiones, física y psicológicamente. 

-¿Qué secuelas físicas o psicológicas le quedaron marcadas?

-Secuelas físicas, ninguna, gracias a Dios. Psicológicas quedan para siempre, los momentos críticos fueron bastantes. Entre arrancar, los golpes que muchas veces me llegaron, ver cómo golpeaban a los demás, los balazos y la presencia excesiva de uniformados que abusaban de su poder, me generó un rechazo a ciertos uniformes, porque sentí que nos pasaron a llevar demasiado. El daño psicológico va a quedar de por vida. Los milicos eran salvajes, por mucho tiempo me costó salir a la calle y hacer mi vida con normalidad, porque sentía que en algún momento iba a tener que arrancar.

–¿Pudo conocer a otras personas que también estaban siendo víctimas de represión?

-A amigos de nuestra familia muchas veces les allanaron la casa en las noches y los sacaban. Eran adolescentes, y si bien tenían ideales, no estaban muy metidos en política. Por otro lado, también veía cómo detenían a personas que no estaban cometiendo ningún tipo de desorden. Siendo una niña, fue algo difícil de ver y entender.

–¿Qué medidas se tomaron en su hogar para sobrellevar esta situación?

-Mi papá tomó la medida de comprar mercadería en el mercado negro para abastecernos. De esta forma trataba de cubrirnos y protegernos. Era doloroso no tener pan, y veíamos familias que no tenían y debían hacer cola. Gracias a esto salíamos menos a la calle, nos exponíamos menos a la represión de las fuerzas policiales, no veíamos violencia y teníamos comida para muchos días.

–¿La dictadura le arrebató a alguien cercano?

-Gente de mi familia no, pero sí gente cercana a nosotros. Algunos desaparecieron, a otros los encontraron muertos. Amigos míos nunca más volvieron a ver a sus padres. Si bien mi familia no vivió ninguna pérdida, era triste ver cómo vidas eran arrebatadas tan fácil.

-¿Le costó verbalizar lo que vivió en dictadura?

-Daba pena relatar lo que uno vivió, ya que era niña y después ya estabas en otra etapa de tu vida, casada con un hijo. Daba más angustia comentar cuando nos juntábamos como familia y contábamos lo que uno había vivido. Muchas veces se caían las lágrimas al pensar que no hubo pan, que se tuvo que arrancar, que vi familias destruidas. Esas cosas daban mucha pena. Contarlas no era tanto como lo que uno sentía emocionalmente. Hoy en día lo puedo conversar, pero cuando recién se acabó la dictadura fue difícil.

–¿Qué opina de los dichos de algunos políticos cuando mencionan que debemos avanzar como país en vez de seguir inmersos en el pasado?

-Para los políticos es súper fácil decir que avancemos, pero es muy difícil para la gente que perdió a su familia, que sufrió tortura, que vivió cosas inhumanas, mucha maldad. Para ellos es fácil porque no lo vivieron, no hicieron colas como lo hacía cualquier persona común de una población de clase baja. Entonces, claro, es fácil decir «avancemos», ¿pero avanzar en qué? ¿En que se haga justicia quizás? Porque si quieren avanzar por el lado que a ellos les conviene, entonces avancemos también en justicia para toda esa gente que está desaparecida y de la cual nunca más se ha sabido nada. Yo no comparto los dichos de esos políticos. Uno lo va a recordar eternamente, imagínate la gente que perdió a sus seres queridos. Es muy difícil dar vuelta la página, y sería muy doloroso pensar que “lo que pasó, pasó”, no lo comparto. Los sufrimientos de aquella época son difíciles de perdonar y olvidar.

–¿Cree que en Chile se ha hecho justicia?

-En Chile nunca se ha hecho justicia. Todas las atrocidades que cometieron con la gente nunca se pagaron como corresponde. Justicia hay para los pobres: ellos pagan todo, pueden estar detenidos, presos… pero los ricos jamás han pagado, ni siquiera en la actualidad. ¿De qué hablamos, cuando nos roban nuestro propio dinero en nuestra cara? En Chile simplemente no existe la justicia para quienes tienen poder.

–Después de casi 52 años del golpe de Estado, ¿qué sentido tiene para usted seguir compartiendo su testimonio?

-Tiene mucho significado, porque a las generaciones actuales, que no lo vivieron, les queda como una reseña de lo que uno pasó, y así pueden tener a alguien de confianza para conocer la historia, es súper importante. Me gusta compartir mi testimonio a las nuevas generaciones porque así aprenden y saben lo que ha pasado en nuestro país. Ojalá nunca más se dé una situación similar, pero si alguna vez les toca vivir algo así, tendrán antecedentes de cómo fueron las cosas y cómo podrían ser.

–¿Es para usted una preocupación que esta parte de la historia sea olvidada?

-Sí, no pueden quedar cosas inconclusas. Sería justo que cada persona encuentre la tranquilidad y sepa qué pasó con sus seres queridos. Merecen cerrar este ciclo con respuestas concretas. Nuestra historia no puede ser olvidada porque significa no empatizar. Somos humanos y debemos recordar que en Chile hay familias que siguen con una herida gigante en el corazón.

–¿Qué misión considera que tenemos como sociedad en relación a quienes fueron víctimas de la dictadura?

-Seguir pidiendo justicia. Es una misión como humanos, como sociedad, hacia nosotros mismos y hacia quienes hoy ya no están.

–A partir de lo que conversamos, ¿qué mensaje le deja a las nuevas generaciones?

-Ahora estamos en un país libre, entonces se pueden expresar y tener opinión propia. Valoren eso porque es impagable comparado con la sociedad que se vivía en dictadura. Ahora pueden conversar, debatir y organizarse. Si bien no es un país completamente justo, tienen la posibilidad de luchar por la justicia: por lo que se vivió y también por lo que seguimos viviendo. Tengo un sentido social que he ido descubriendo con el tiempo, y solo puedo decirles que no sean individualistas. A veces, el de al lado también necesita ayuda. Valoren la libertad, porque es algo sumamente valioso. A nosotros nos callaron muchos años.

Noah Forteza, joven trans: “Yo no voy a dejar de existir, nada me va a meter al clóset”

En esta entrevista íntima, relata cómo fue crecer con una identidad de género diferente en un entorno religioso y escolar conservador. A través de su testimonio, comparte las dificultades emocionales, la discriminación institucional y el proceso de construcción identitaria marcado por la resistencia, la terapia y el orgullo. Una conversación sobre dolor y valentía, pese a una sociedad que muchas veces castiga la diferencia.

Fue en agosto de 2020. Noah Forteza estaba viendo YouTube cuando le apareció en recomendaciones de visitas un corto queer sobre transición de género. “Mientras estaban los créditos del corto, yo estaba en shock, viendo la pantalla”, recuerda.

Fue en ese momento que se dijo a sí mismo: “Creo que esta es mi identidad”. 

Tenía 14 años, y empezó a probar todos los pronombres. Hasta que un día lo confundieron con un hombre y su alegría fue enorme. “Llegué a mi casa a cuestionarme y me dije: ‘¿Sabes qué? No soy género fluido, yo soy trans. Soy un hombre trans’”.

Hoy Noah tiene 19 años,  estudia Literatura en la Universidad Diego Portales y ha recorrido un proceso de autodefinición desafiante. En esta conversación, rememora los momentos más difíciles de su adolescencia. Más allá del testimonio individual, revela las múltiples barreras que enfrentan las identidades disidentes en una sociedad aún poco abierta a la diversidad.

-¿Cómo fue crecer descubriéndote como parte de una disidencia sexual y de género en tu entorno familiar y escolar?

-Complicado porque vengo de una familia religiosa y fui a un colegio muy conservador y yo me descubrí como trans en la adolescencia cuando estábamos en pandemia, entonces fue complicado porque no sabía que iba a pasar fuera de la casa. Y nunca tuve tantos problemas con mi identidad cuando era chico, pero sí era neutro para mis cosas; ni afeminado, ni masculino.

-¿Cómo describirías tu infancia y adolescencia en relación a tu identidad? 

-No recuerdo mucho de mi infancia; sé que fue una etapa difícil porque mis padres se separaron hace ya diez años y, con el tiempo, bloqueé muchos de esos recuerdos, pero fue en la adolescencia cuando viví el periodo más complejo por el miedo a no ser aceptado por mi mamá. Como no vivía con mi papá, eso no me afectaba tanto, pero el hecho de convivir con mi madre me generaba una constante preocupación por su aceptación. Ese miedo me llevó a caer en una depresión de la que, afortunadamente, logré salir. 

-¿Y en algún momento recibiste tratamiento psicológico?

-Estuve en terapia durante séptimo y octavo básico, y también en primero medio, aunque se interrumpió por la pandemia. A finales de ese mismo año volví a terapia, esta vez porque le conté a mi mamá que era trans. Su reacción fue: “¿Sabes qué? Veámoslo en terapia, en vola´ estás confundido”. Pero cuando hablé con la psicóloga, ella le dijo a mi mamá: “No puedo atender a tu hijo porque está con una depresión severa. Primero necesita ser visto por un psiquiatra para saber cómo puede lidiar con esto”. Por lo que estuve en tratamiento hasta hace dos años.

-¿Hubo algún cuestionamiento previo de tu identidad de género?

-No conocía el concepto hasta que vi el corto francés. Mi solución era híper sexualizarme para estar cómodo. Vivía en un constante pensamiento de “yo tengo que ser mujer”. Entonces, salía con shorts y un top cortos y caminaba así por mi condominio. 

-¿Y cómo fue ese descubrimiento de identidad? 

-Difícil. Lidié con mucha transfobia internalizada durante años, adhiriendo una masculinidad tóxica, como estar con las piernas abiertas, ser fuerte y hablar alto. En mi cabeza pensaba que si forzaba este comportamiento, eventualmente me iba a aceptar y esa iba a ser mi identidad. Pero después de luchar, me di cuenta que esa no era la manera, porque estaba perpetuando estereotipos muy dañinos en general y no estaba siendo feliz bajo este modo de vivir con el que me estaba protegiendo.

-¿Cuándo o en qué momento comenzaste a notar que eras tratado de forma diferente? 

-El lugar donde sentí un trato distinto y una negación de mi identidad, fue en el colegio al que asistía. Recuerdo que mi mamá tuvo una reunión con el establecimiento por la Circular N°812, que protege los derechos de estudiantes trans y de género no conforme, ya que venía pasando semanas difíciles, yendo al colegio con falda, pero sintiéndome muy incómodo, llorando en los baños por el sentimiento de disforia.

-¿Cuál fue la respuesta del colegio?

-La respuesta del colegio fue: “No podemos dejar que use uniforme de varón. Acá no aceptamos ese tipo de cosas”. Lo único que estuvieron dispuestos a ofrecer fue permitir que usara el uniforme deportivo. Más allá de eso, no quisieron hacer ningún tipo de ajuste o reconocimiento a mi identidad.

-¿Recuerdas alguna experiencia específica de discriminación dentro de la educación? 

-La única y más fuerte discriminación que sufrí por ser disidente ocurrió en segundo medio, en el año 2021. Fue durante un almuerzo con mis amigas. Estábamos almorzando y no recuerdo exactamente por qué, pero empezaron a decir cosas que ponían en duda mi identidad. La conversación llegó a tal punto que una de ellas, la que estaba justo frente a mí, golpeó la mesa y me dijo: “Nadie te va a tratar por ese nombre porque ese no es tu nombre real, y a menos que te lo cambies legalmente, nadie te va a respetar”.

-¿Cómo reaccionaste en ese momento? ¿Qué sentiste?

-Fue muy fuerte. Lo más doloroso fue que la que en ese momento era mi mejor amiga; mi amiga de la infancia, se quedó completamente callada. Otra amiga, con la que tenía una relación desde cuarto básico, también me atacó verbalmente. Me levanté y salí llorando de donde almorzábamos. 

-¿Hiciste algo respecto a este episodio?

-Subí historias a Instagram, respecto a lo que había ocurrido y el colegio se enteró. Lo conversaron con la encargada de disciplina y me dijeron que era probable que me suspendieran. Así que le conté a mi mamá lo que había pasado, y le dije: “Puede que me suspendan”. Y así fue. El 21 de octubre, me llegó el aviso formal de suspensión.

-¿Y por cuántos días fue la suspensión?

-Fue solo por un día. La razón que dieron fue algo así como “difamación por medio digital”. En la reunión de la suspensión, le preguntaron a mi mamá: “¿Usted sabe por qué su hijo está suspendido?”. Ella respondió que sí y que lo había hecho para defenderme, ahí les contamos todo lo que había ocurrido. Y la respuesta que recibimos fue: “Ah, no sabíamos que era por eso, tal vez no es transfobia… tal vez tú eres muy sensible”. Esa frase fue muy dura.

-¿Qué efecto tuvo en tu salud mental y emocional el episodio con tus amigas? 

En ese momento me hizo mierda, tuve que aguantar ese ataque, llorar en la sala, ir al baño a lavarme la cara y después tener la siguiente clase como si nada. En casa fue incluso peor, porque estaba solo, tratando de procesar todo lo que había pasado. Además, vino lo de las historias en Instagram, cuando todos empezaron a decir: “Oye, yo lo vi, no sé qué…”. Eso también me afectó mucho. Recuerdo que ese mismo día, tuve un ataque de ansiedad que me duró por lo menos una hora y media. 

-¿Hubo algún momento en que, al ver que otras personas cuestionaban tu identidad de género, tú también llegaste a dudar de ella?

-No, siempre estuve seguro, porque ya venía de pelear mucho rato. Había trabajado mucho en eso, tanto en casa como en las terapias. Ya me sentía representado por esta etiqueta. Así que, aunque quienes me cuestionaran fueran mis amigas, no me hicieron dudar. Además, ni siquiera me habían invitado a sus cumpleaños, así que, mis amigas ya no eran. Por otro lado, lo que sí me pasó fue sentirme mal, fue que sentía que había algo mal en mí. Fue más una sensación de “soy un pecado con patas”, como si no mereciera estar bien en el mundo por ser trans.

-En redes sociales o en las noticias hay mucha violencia hacia la comunidad trans. ¿Te has sentido identificado con eso o te ha generado un miedo ver ese tipo de noticias? 

-No lo voy a negar, siempre vivo con un miedo constante al salir, sobre todo con mi pololo. Ahora mismo tengo mi pañuelo trans acá colgado en el bolso, y hay veces que lo escondo cuando me siento en peligro. También, siempre me ha dado miedo mencionar que soy disidente con gente nueva por miedo al rechazo o discriminación. Estoy orgulloso de quien soy, pero la sociedad no está preparada del todo para aceptar la diversidad. 

-Chile en noviembre debe elegir un nuevo presidente y cabe la posibilidad de que gane alguien de ultraderecha ¿Cómo ves ese posible futuro y qué harías al respecto como persona disidente?

-Me quedaré en Chile, yo creo que esa es mi primera opción. Si gana la derecha y me voy del país, les voy a dar lo que quieren, que los desviados se vayan. En cambio si yo me quedo en el país mientras está la ultra derecha, va a ser un acto de resistencia. Voy a demostrarles que existo y que merezco un espacio, que si me matan, voy hacer política, existir, tener mi bandera y marchar va a ser un acto político. Porque sé que mi presencia les va a molestar y que les moleste. Que estén acá no significa que yo voy a dejar de existir, nada me va a meter al clóset. 

-Para finalizar, ¿qué le dirías hoy a quienes están viviendo situaciones similares a las que tú viviste?

-Que son personas válidas, su identidad es válida, que se merecen que le pasen cosas buenas. Sobre todo si están en una depresión les diría que su existencia ya es un acto de resistencia, que el suicidio es solamente una solución permanente a un problema momentáneo. Sé que puede parecer que ahora mismo es un problema permanente, pero que por más difícil que parezca, ese problema va a pasar. El bullying por el que pasan no es porque ellos estén haciendo algo mal, es porque la sociedad entrena gente que te hace creer que eso está mal y te va a castigar por eso, pero no está mal.

1 comentario en “Voces de resistencia: entrevistas por y para las nuevas generaciones ”

  1. Ser una persona trans, no solo en Chile, sino que en todo el mundo es un desafío tremendo, es una lucha constante por ser reconocido en tu identidad. Aplaudo a todos aquellos que tienen la valentía de luchar y hacerse valer por lo que son y espero que algún día este mundo sea un lugar en el que todos nos sintamos seguros y respetados. Felicitaciones a Noah Forteza quien ha sido una tremenda inspiración y ejemplo de valor. Te amo y te amaré siempre hijo mío.

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