Cuando era niño, los árboles representaban para mí la imagen más nítida de aquello que pensaba debía ser la inmortalidad. No fueron pocas las veces que imaginé, durante esos primeros años, que había un parentesco secreto entre humanos y árboles. Imaginaba que el árbol era un ser humano castigado y sentenciado a la inmovilidad, condenado a sobrevivir a los que sí podíamos desplazarnos. Tal vez por ello, inventé y dibujé en mis cuadernos alegorías hermanas que acompañaron al árbol: un perro aullando atado a él, pájaros desalados caminando temblorosos por sus ramas, frutos siempre verdes y oscilantes. En algún punto de la historia, fantaseaba, los árboles volverían a ser como nosotros.
Cuando nieva en Seattle, por lo menos dos o tres veces cada invierno, algunas de las grandes y viejas ramas de los árboles suelen ceder y quebrarse por el peso de la nieve. Quedan ahí, aparentemente muertas, tiradas en los jardines de las casas. A pesar de haberse separado de la madre que las nutría con su savia, aquellas ramas siguen vivas y ofreciendo vida: animales diurnos y nocturnos se alojan en ellas; insectos de todo tipo se alimentan de sus jugos todavía frescos aun cuando ha pasado más de un año desde que han dejado de manar desde las raíces. Las ramas están muertas, pero siguen de alguna manera vivas para las especies que interactúan con ellas en ese estado liminal. Leí por ahí que en el ritual del Ma’Nene de los torajas de Indonesia se encuentra algo parecido: desentierran a sus difuntos después de algunos años, para luego limpiarlos y vestirlos otra vez, tratándolos como si estuviesen vivos. Hay registros visuales en los que se aprecia un acto singular: los vivos sacan a pasear por la comunidad los restos cuasi momificados de los muertos. Los ponen de pie, los abrazan, los alimentan con sus comidas favoritas, se fotografían con ellos. Quizá lo que la naturaleza hace con los árboles se parezca a la forma en que los torajas aman a sus muertos.
Yo no tenía más de tres años cuando la mano de mi abuela tomaba la mía y la guiaba por la silueta de una figura, copiando sus curvas, persiguiendo su geometría, pintando los vacíos. Cuando ya podía hacer esa misma figura de memoria, una y otra vez, la mano de mi abuela me dejó en libertad. Entonces comencé con otra, y luego otra y otra más. Ya podía crear seres de carbón, ya podía comenzar a inventarme un mundo propio en que gasté, quizás, más de la mitad de mi infancia. Mientras mi lápiz pasaba por el papel como si estuviese trazando el mapa de un extraordinario tesoro, soñaba con la provenzal montaña de Sainte-Victoire que Cézanne pintó en numerosas ocasiones y que yo descubrí en un documental sobre su vida. No tendría más de diez años, pero soñaba con pasear por su falda, oliendo sus flores y tocando las hojas de sus arbustos, bebiendo el agua que manaría por alguna de sus laderas. Y como tenía un enorme mapamundi en el estrecho pasillo del departamento de dos cuartos que compartía con mis abuelos y mi madre, miraba la silueta de Francia para buscar Aix-en-Provence y creer que algún día iba a seguir los pasos de Cézanne y su atril, pintar mis versiones de la montaña, ser un artista reconocido y morir, tal vez, en uno de esos viajes de cara a aquel monumento que las rocas habían regalado a un mundo tan lejano al mío.
A pesar de vivir rodeado por montañas y cerros, mis montañas de Sainte-Victoire fueron los árboles. Y un árbol en particular fue mi primer modelo: el ciruelo que golpeaba suavemente la ventana del cuarto que compartía con mi madre y que me aterrorizaba durante algunas noches con las monstruosas figuras que formaban sus ramas al compás del viento y la lluvia invernal. Esas formas proyectaban un juego de temibles sombras en las que yo creía ver, en medio de la oscuridad, cuerpos humanos y rostros desfigurados. La silueta de aquel ciruelo fue mi primera escuela plástica y mi primera escuela de traducción que se extendía desde los músculos oculares a los decodificadores de la muñeca. Después del ciruelo, vinieron los retratos de familia. Como parecía ser un dibujante innato, la práctica del retrato no me fue difícil. Pero en aquellos rostros yo mismo me dibujé: junto a las pupilas que toqué con mi pequeño lápiz de carbón, tracé un autorretrato en miniatura como si fuese un punto privado dentro de muchos círculos que me contenían. Yo quería estar entre aquellos seres humanos que componían mi familia, pero nada más que como una sombra. De ese modo, mientras dibujaba en aquellas tardes de invierno podía sentirme una sombra eterna que creaba el contorno de las cosas y que luego desaparecía. Una sombra que, antes de entregarse al sueño, trataba de comprender por qué amaba la descripción de aquellos seres que, por esos años, se mezclaban en mí como una costra indisoluble de amor y tristeza.
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Todo se aprende en la infancia: la bondad, el terror, la navegación entre puntos que acercan y separan, golpes de todo tipo. ¿Tuve opción? Yo tan solo perdonaba, hasta que el amor que tuve se fue apagando para convertirse, más tarde, en comprensión y compasión por el dolor y desamparo que lleva al maltrato. Tal vez por ello, por las noches, cuando todo el mundo dormía, me acercaba a las camas de mi madre y de mi abuela para asegurarme que todavía respiraban y que no se habían muerto por mi culpa, como solían profetizar. Mis piernas y mi espalda aún ardían; mi cara todavía estaba húmeda y caliente. Pero cuando las escuchaba roncar, una sensación de inmensa tranquilidad me inundaba. Esa sensación fue, por mucho tiempo, mi idea de felicidad.
Como cada noche, las ramas del ciruelo me esperaban frente a la cama. Allí seguían golpeando la ventana y jugando a las sombras, tanto en invierno como en primavera cuando sus flores ya habían germinado. Tanto tiempo ha pasado, que ahora me parece que las imágenes monstruosas que formaba esas sombras eran la deformación de los retratos familiares que había dibujado por la tarde: los rostros de mi abuela y de mi madre venían a visitarme por las noches en que el furioso ciruelo agitaba sus múltiples brazos contra la ventana. Eran ellas quienes tomaban monstruosas siluetas que parecían venir a atormentarme aun a la hora del sueño, como una especie de preámbulo para las abundantes pesadillas que padecía y en las que yo asesinaba a mi familia o era asesinado por ella. Mis actos criminales me sentenciaban a una vida de dolor y a una prisión de la cual jamás podría liberarme, mientras que mi muerte vengaba mi dolor y me hacía el único dueño de la verdad. En este último final yo era el mártir. Pero ya no podía defender mi inocencia después del martirio. Estaba muerto. Y aunque gritara mi verdad y reconocieran el error de haberme maltratado, nadie podía escucharme. Ya no tenía voz.
En mi desesperación, me despertaba de aquellas pesadillas sin saber exactamente dónde estaba. Miraba el bulto oscuro que formaba la silueta de mi madre en la cama contigua y descubría que seguía ahí. Las ramas del ciruelo continuaban ofreciendo su película de horror. Y yo volvía a salir de la cama, como en tantas noches, para cerciorarme de que ella y mis abuelos aún respiraban. Pasaba mis dedos por sus sábanas, para luego ponerlos en mis labios e intentar así reconocer la presencia de algún rastro de sangre, de alguna huella en el mundo real de lo que había recién ocurrido en el mundo de mis sueños. Después de comprobar que todo había sido una pesadilla y que nada, en realidad, había cambiado, volvía a la cama. Y es que a veces amar es para los niños como un foso infinito en el que la tristeza y la desesperanza caen sin tocar fondo. Así lo sentí por muchos años. La vida misma me parecía de una fragilidad aterradora. Y aunque aquel tiempo de dolor ya no existe, esa sensación sigue estando en mí como si fuese un perro dormido, pero alerta, echado frente a la salida de una pieza oscura.
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Mis dibujos de niño están llenos de perros. El perro de la fragilidad sigue ahí, mordiendo de vez en cuando mi mano. Si bien podía dibujar de manera relativamente fiel la cabeza y el rostro de mujeres y hombres, nunca deseé constatar que solo un ser humano podía tener dedos y piernas, y caminar erguido y usar vestimenta. A pesar de haber retratado a toda mi familia una, dos, decenas de veces, esa costra de amor y tristeza formada entre ellos y yo no me permitía observar mi propio ser en esos rostros. Era entonces cuando, quizás, renunciaba al retrato y tomaba el camino de los cuerpos humanos con cabezas de perro coronadas por hocicos y amplias orejas. Y mientras dibujaba a esos hombres-perro, caníbales que devoraron parte de un mundo lejano que rodeaba la cotidianeidad del mío, conversaba a solas conmigo mismo sobre la misteriosa vida de las hormigas, sobre la vida acuática que perseveraba en los hondos charcos que dejaba el invierno, o bien, sobre las expresiones proferidas por el capitán Flint, el loro montado en el hombro de Long John Silver. Cómo recuerdo La isla del tesoro de Stevenson. Cómo recuerdo mis sueños de viajar y navegar cuando todavía no sabía ni imaginaba lo que significaba partir y no volver.

En ese pequeño oasis de felicidad, el espíritu híbrido de mis dibujos tomaba su lenguaje para transformarlo en un objeto precioso y único, donde no había espacio para la paradoja: había seres que nacían con vestiduras, habitaban casas, jugaban fútbol, pero tenían la mirada y la sonrisa de los perros. Así habitaba, feliz, esos dibujos donde los humanos, purificados en sus formas, adquirían el espíritu canino, y vivía en esos finos trazos de carbón, en las tempestades de trazos cayendo sobre lo blanco. Y aunque no sé muy bien cuándo dejé de trazar perros de papel, algunos perros de carne y hueso se quedaron conmigo y me acompañaron por el mundo poco después de que mi hermana pasara fugazmente por la vida. Tal vez por ello, cuando observo un perro callejero del lugar o país que sea, hay un par de cosas que me gusta imaginar: que todos son buenos conversadores, sabios en consejos y amantes de la tierra, pero que su tierra original no es cualquiera, sino el norte de la Chimba. Me gusta imaginar que todos salen de mi antiguo barrio: que allí nacen, crecen y se reparten por el mundo como esporas, que viajan por latitudes inalcanzables para luego echarse a dormir al pie de cualquier árbol, de esos que corren al lado de cualquier río del mundo. De esos ríos beben su sangre para luego lanzarse al encuentro de un nuevo camino. Pero los caminos no tienen principio ni final para los perros: son solo puntos en el mapa de sus historias.
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Cuando levantaba la vista de mis dibujos, veía a través de la ventana del departamento la marcha de una figura conocida que trotaba bajo la lluvia.
Ahí va Capitán.
Tenía el cuerpo largo y fino como un rifle, el pelaje ralo y los huesos firmes y duros, afilados, como si fueran lijando y curtiendo la piel desde dentro. Era dueño de un trote de medio lado, parecido al de un cangrejo, y de unos ojos de adolescente, como los tienen casi todos los perros de la calle. Comía gracias a la piedad de la gente y disfrutaba de revolcarse en la bosta seca que dejaban los caballos carretoneros que todavía, por aquel entonces, pasaban sudando hacia las zonas rurales que existían un poco más al norte de la ciudad. Como el capitán que era, tenía su tropa entre los niños. Salíamos con él a jugar a las canchas de fútbol, hiciera frío o calor. Mientras vivíamos en la emoción del juego, Capitán nos avisaba con ladridos cuando alguien extraño se nos acercaba o cuando algo inusual ocurría en los alrededores.
Cartuchos de balas por aquí y por allá, acostadas al borde de la cancha de fútbol, muy cerca de nuestra calle. Fue el primero que los encontró un día. Eran objetos que la noche anterior había dispersado. En ese entonces las balas no nos parecían peligrosas, sino tesoros. Acostadas en esa cancha de tierra, en el mismo lugar en donde acampamos luego del terremoto de marzo de 1985, brillaban como si fuesen pulcras joyas de bronce, elegantes, largas y delgadas. Capitán olía de aquí para allá, de manera insistente, el aire y el suelo, como buscando el trayecto que las había llevado hasta ahí. Rascaba los cartuchos y los volvía a oler, levantando la cabeza, leyendo el aire, buscando lo que había desaparecido.
Incontables fueron las noches en que escuché el estruendo que venía de muy cerca, desde los pies del cerro que se levantaba frente a mi ventana y que escondía a mi padre. Noches en que debíamos estar con las luces apagadas en medio de un toque de queda, mientras las balas que se escuchaban estallar como trenes que entraban, se quedaban o salían de los cuerpos de otros. Capitán hozaba la tierra en busca, quizás, de los restos de sangre de alguno que aquellas balas habían traspasado. Mientras él las iba oliendo una por una, nosotros las íbamos poniendo en hilera. ¿Hagamos un desfile como el de los milicos?, proponía uno. Ya, aquí va la primera fila. ¡Traten de encontrar más! ¡Que el Capitán ayude!
Cuando en casa relaté el afortunado hallazgo, mi abuelo, con la calma de siempre, me aconsejó en voz baja, sin que nadie lo escuchara, que no las tocara.
–No le diga a nadie que las vio. Nunca las vio, ¿me escuchó?
Y así, cuando con el correr de los días el perro volvía a encontrar más de aquellos tesoros, me aseguraba de apartar mi vista de ellos para recordar que yo no había visto nada. Que nunca vi nada.
Capitán movía su cola con la firme humildad del viento, y se echaba a la sombra de las nubes cargadas de agua sin importunarle la lluvia que caía y repicaba en su lomo. Así, con la pasión enorme, aunque oculta, del aparente desapasionado, con el hambre asido por las orejas como un mal inexistente, recorría las cuadras, los basurales, las esquinas y sus pocos y débiles árboles. Rascaba con sus uñas la corteza del mundo y, de vez en cuando, encontraba algún bocadillo que le satisfacía. Y solía gastar largos minutos retozando sobre la bosta de los caballos que pasaban hacia Quilicura. Ese era el fulgor de Capitán, la iluminación que él elegía para enseñarnos que un perro siempre debía de estar fuera de la ley. Su fulgor alegórico era, entonces, un mensaje de lo marginal, del borde más ancho de la ciudad, de los que quedábamos afuera o debajo de la mesa de la riqueza. Marcaba con su gesto un territorio que era su propio cuerpo, el templo primero de la libertad, la conciencia de que con ello se aseguraba su lugar en la tierra. Y se llevaba su templo a todos lados y la tierra entera le pertenecía, mientras nuestras familias se hallaban arrinconadas, casi sin salida.
Vuelve a ladrar aquí la fragilidad. Me muestra sus huesos, el polvo negro de sus huesos.
Ya no hay lunas ni estrellas en esta historia. Y tal vez por eso el brillo de Capitán fue apagándose poco a poco, tal como se apagaba el de nuestras familias ya sin ánimo ni fuerza para pelear en contra de un sistema adverso. Este Cristo de cuatro patas trazó con su uña un pez en el polvo y nadie entendió que la base de nuestras vidas mínimas era una cuestión de saber simbolizarla y comprenderla en pequeñas cosas: en el pan duro que todavía podía comerse después de remojarlo en agua o té, en la bosta perpetua de nuestras calles, en el árbol seco y muerto que jamás se desplomó, en el viento que soplaba en la cancha de fútbol y nos recordaba que estábamos absolutamente rodeados por el polvo, el escombro y la basura. Tuvimos la posibilidad de ver la derrota y las claves del triunfo en aquella travesura que era la vida de Capitán al calor de su amada bosta y que, luego de retozar sobre ella, seguían por días adheridos a su pescuezo. Pero, muy pronto, los grandes, los adultos, nos enseñaron a odiar el mal olor del perro. Nos enseñaron a odiar la basura ajena y a tapar la nariz ante la propia. Hubo gente que siguió alimentándolo, es verdad, pero fue por una suerte de descargo de conciencia; los niños, cada vez más, evitábamos su compañía. Pero Capitán nos seguía de lejos. A la distancia veíamos su silueta aguardando alguna señal, atento, con las orejas siempre en punta, esperando ese llamado que dijera que ya podía venir, que estábamos dispuestos a recibirlo, a acariciarlo. Muy pocas veces eso sucedió con la frecuencia de antes. Cada vez menos queríamos que nos olfateara, que nos moviera su cola, que nos pasara su áspera y seca lengua por nuestras sangrantes rodillas después de los intensos partidos de fútbol. Pero Capitán seguía ahí, aguardando con un profundo amor nuestro esquivo gesto.
Un día, sin que nos diésemos cuenta, o sin que ni siquiera nos importara, sucedió que Capitán no estuvo más entre nosotros. Su desaparición ocurrió en una de esas tantas noches de apagones programados, de profundos toques de queda, de bengalas que iluminaban hasta debajo de las mantas. En una de esas noches en que el silencio tenía que reinar para poder escuchar con más fuerza el estruendo de la metralla, las botas cruzando apuradas desde el otro lado de la vida y los gritos de mi madre que decía que nos iban a matar a todos, mientras permanecía encerrada en el baño. Durante esas noches, las balas de color bronce cruzaban veloces por el aire negro. Así fue el paisaje ciego en que Capitán echó sus últimos ladridos. La tensa quietud fue rota por su fiel costumbre de ladrar a los extraños. Sus asesinos, aquellos que emboscaban sigilosamente a los que querían acabar con el régimen, abandonaron su cuerpo a la noche y no fue hasta algunos días después cuando lo encontramos. La herida en su vientre se lo había llevado y su cuerpo de rifle, de pelaje duro, se había inflamado tanto que parecía un saco de harina. Jamás encontramos la bala que lo mató: solo él, el gran rastreador, la había hallado en medio de esa noche. Aquí, conmigo, muchos años después, todavía llevo un soplo, un pequeño destello de ese fulgor que tuvimos ante nosotros. A veces imagino que todo vuelve atrás y que puedo saber con exactitud lo que ocurrió aquella noche. Imágenes van y vuelven, pero hay una que siempre se queda en el fondo: en ella, Capitán se levanta de su muerte y vuelve a ladrarle a los extraños. Y yo amo su aroma, su marca en el mundo. Si acerco aquella imagen un poco más, puedo ver cuando Capitán encuentra la última bala: la recibe y se duerme para siempre con ella acunada en el calor de su cuerpo. Sus ojos se cierran y hay algo que me dice que, tras sus párpados, existe la memoria, que se acaba el toque de queda que todavía vive en nuestros corazones. En un costado de esa imagen leo: Se decreta el fin de la noche. Y si pongo esa imagen pegada a mis ojos, sin espacio alguno para no ver otra cosa que no sea ella, descubro que todavía estoy sentado en mi cama que está junto a la de mi madre, que estoy despierto y escuchándolo ladrar con la angustia de quien se está muriendo. Ladra, sigue ladrando. Entiendo lo que dice. Lo llamo y él llega con sus heridas. Lo abrazo y se cura con ese abrazo. Se echa a mi lado feliz y duerme una siesta de más de treinta años.

*Este relato es un extracto de la novela Historia de la lluvia (Equidistancias Buenos Aires-Londres, 2025). La foto de portada, tanto del libro como de esta publicación, es de Juan Carlos Cáceres.





