La persona en el video fingía tirarse frente a los autos y luego reía para hacerlo ver como una broma. A él, sin embargo, se le quedó grabado en la cabeza. Podía no ser una broma, se podía hacer realidad. Esa fue la primera vez que Manuel pensó seriamente en morir atropellado. En realidad solo era necesario sufrir un accidente, que alguien le pasara el auto por encima, una rueda por la pierna, algo que lo incapacitara por un tiempo, con lo que terminara hospitalizado y así su vida estaría solucionada. Sonaba tan fácil que no entendía por qué todavía no se registraban casos como el suyo, de personas desesperadas dispuestas a todo por recibir ese cartón plastificado. Quizás ya existían y él todavía no las conocía, quizás estaban por todas partes pero a la prensa no le convenía decirlo ni anunciarlo porque no tenían suficientes plazas para ese maldito cartón plastificado. De cualquier manera, a Manuel ya se le estaba haciendo tarde.
Sacó el pie derecho de entremedio de los autos y cruzó la vereda hacia la entrada del metro. El aire se sentía pesado como el día más frío de invierno en la capital española. A esa hora solo se reconocían rostros como el suyo y algunos oriundos que se encaminaban a cumplir sus jornadas laborales. Él podía distinguir unos de otros fácilmente. Entre nosotros nos identificamos, se decía para sus adentros, ignorando la música que sonaba en sus audífonos. Sintiendo la suela de sus zapatos y el surco de los calcetines. Contando cuántas estaciones le quedaban. A pesar de la cantidad de veces que había tomado el mismo camino, no había querido utilizar espacio en su memoria para recordar la cantidad de estaciones. 21. En total, su casa quedaba a una hora y media del centro de la ciudad, del edificio que estaba reformando.
A su alrededor los rostros exhaustos de las seis de la mañana pensaban lo mismo que él, cuándo vamos a poder descansar. Nunca, a nosotros no nos tocará nunca. Pero al menos nos podría tocar ese maldito cartón plastificado, pensaba Manuel. Sin ese papel, en el trabajo no le podían hacer contrato ni pagarle la salud, ni un seguro por si se caía de los siete pisos de andamio que debía subir todos los días. Parte de sus labores en la reforma era lijar la fachada de cada uno de los balcones del edificio en la calle Serrano. Para ello, debía ir balcón por balcón sacando los restos del muro viejo para darle paso al nuevo. Los ventanales que separaban a Manuel de esas casas, dejaban entrar la mirada ajena con muchísima facilidad. Él se entretenía pensando en cómo utilizaría un espacio como ese, dónde dejaría sus muebles, cómo los ordenaría, cuáles compraría y qué lugares serían sus favoritos para dormir una siesta. En esos pisos de parquet vitrificado podía darse vueltas de carnero y acostarse como una estrella de mar sin toparse con la esquina de ninguna mesa o silla. De las paredes colgaban cuadros enormes que se limpiaban todos los días hasta por los recovecos más impensados por una señora de mediana edad, siempre por una señora de mediana edad, tan migrante como él. Cuando intentaba mirarlas o cruzar palabra con ellas, lo esquivaban o ignoraban como si su rostro moreno y sus ojos oscuros, traslúcido por aquellos vidrios impecables, no estuvieran ahí. Somos lo mismo, pensaba Manuel, pero sabía que la verdadera razón no tenía nada que ver con ellas.
La tarde que pasó más de la cuenta raspando la muralla del balcón del tercero consiguió que una de ellas le diera un vaso de agua. El sudor ya le traspasaba su ropa, y caía en gotas gruesas por encima de su frente. Tome, para que descanse un poquito. Una mano pequeña le inclinó el vaso de agua hacia su rostro. Muchas gracias, señora. Manuel no levantó la mirada, por respeto, y por el acento de la mujer, supo que venían de la misma parte de su mundo. Algo que ella también intuía.
–¿Le queda mucho?
–No, me quedan estas molduras no más, que son porfías, pero hoy día termino y no la molesto más.
–No, si no lo digo porque me moleste. Es de copuchenta no más.
–Manuel –le estiró la mano sucia por el polvo.
–Carmen –ambos juntaron sus palmas sin importar demasiado qué había en cada una de ellas. El calor se sentía como eso que habían echado de menos.
El tiempo que trabajó en ese balcón supo que Carmen llevaba dos años en la capital, que aún no conseguía regularizar su situación y que planeaba traerse a toda su familia para tener una vida mejor. Una en la que el sueldo les alcanzara para llegar a fin de mes, y en la que sus hijos pudieran ir a buenas escuelas y al médico igual que lo hacen todos los hijos con plata del mundo. Así se lo dijo, así lo guardó Manuel en su memoria. No intercambiaron sus lugares de origen, ni sus vidas anteriores. Hacerlo dolería tanto como el constante recuerdo que los acechaba de lo que habían dejado atrás.
–Ese puto cartón, un cartón ordinario y plastificado, más encima. Disculpe mi vocabulario, doña Carmen.
–¿Y qué papeles le faltan a usted?
–No, si pa mí es imposible. Los papeles que me faltan solo me los darían con un contrato y sin papeles no puedo tener contrato y así voy de un lado pa otro sin solución. Sin casa, sin salud.
Ambos callaron porque no hacía falta decir nada más para entender de lo que estaba hablando Manuel. No hacía falta profundizar o explicar, los dos conocían de cerca las falencias que ese país les imponía como puerta de entrada.

–Hay otras maneras igual, ¿sabe?
–Claro que hay otras maneras, pero maneras feas, poco dignas. No hay que caer en eso.
–¿Qué tienen de poco dignas? Poco digno es vivir apretujados en un cuchitríl durante tres años, en una pieza de dos por dos con compañeros de piso a tus cincuenta años. Eso es poco digno, doña Carmen.
–Eso es perseverancia. Rendirse es perder la dignidad.
–Está mal, doña Carmen. Está mal. Si uno se rinde a veces es de puro cansado, no más. Nada tiene que ver la dignidad ahí.
–¿Y por qué no se va mejor?
–¿Por qué no se va usted?
Con el celular en la mano y a dos estaciones de su parada, comenzó a pensar en las maneras en la que podía fingir su atropello. Tirarse no era una opción viable porque la culpa recaería en él. Esperar a que algún conductor cometiera un error tampoco era suficiente, para eso debía esperar años, quizás la misma eternidad. Solo quienes tenían suerte sufrían esas coincidencias. Salió de la estación que le correspondía y subió las escaleras a pie a pesar de que le dolía la espalda baja y sus piernas nunca se sentía realmente descansadas. Cada uno de los escalones le pareció más largo que el anterior. En su bolsillo vibraba su teléfono que le indicaba que ya era hora de tomar el remedio para la presión. Se abrigó el cuello nuevamente con la bufanda que su madre le había entregado semanas antes de migrar, ya apelusada, y se cerró su chaqueta hasta arriba. Caminó las primeras dos cuadras mirando fijamente a sus zapatos de seguridad y al hoyo minúsculo que se divisaba en el pie izquierdo. Él era ese hoyo, casi imperceptible, invisible para esta capital llena de personas como él, incluso en situaciones peores que la suya, esperando el momento que nunca llegaría. Si se devolvía al sur, a su país, la vida le parecía igual de monótona y sin sentido. Al menos aquí había promesas de un futuro mejor. Promesas a veces muy difusas y otras casi alcanzables cuando escuchaba la historia de alguno de sus colegas que lo había logrado. Quería comprarse un abrigo que le protegiera del frío, encontrar un lugar seguro para vivir, quería enviarle dinero a su familia para que se vinieran con él de una vez por todas. A su hijo pequeño que le esperaba, a su olor que se disipaba con cada día que pasaba en esa ciudad. A la foto de fondo de pantalla que guardaba en su bolsillo y tocaba de vez en cuando para sentirlos cerca. Quería eso que Carmen había descrito tan segura de sí misma, tan segura de que lo conseguiría. Él ya no podía estar seguro. ¿Cuándo sería su turno?
Por la tercera cuadra sintió el viento empujándolo que provenía de uno de los autos. A partir de ahí en adelante, las marcas comenzaban a cambiar. Veía más Mercedes, Audis, BMW, a veces incluso un Porsche o un Lamborghini. Se ajustó el mechón de pelo que se le había escapado por la corriente y esperó la luz verde para cruzar. Miró esa silueta con los brazos a los costados y las piernas juntas que le indicaba detenerse, esperar. Miró la de abajo con las piernas abiertas y los brazos a la par que pronto se iluminaría diciéndole: es tu turno, camina. Sintió el impulso casi inherente de sus pies para avanzar, mientras los autos pasaban uno tras otro a más de cincuenta kilómetros por hora. A ellos no les regía el límite permitido. ¿Puede mi mente detener a mis pies? Pensó Manuel. Le subió un cosquilleo por la columna hasta transformarse en un escalofríos que le recorrió todo el cuerpo. Antes de que se diera cuenta su pie derecho ya se estaba adelantando medio metro hacia adelante y el izquierdo lo seguía. La gente se comenzó a aglomerar a su alrededor para ser testigos de lo que sus ojos no podían entender. O no daban crédito. Los pies de Manuel no seguían instrucciones, solo avanzaban y sus manos, por debajo de los guantes, acompañaban el ritmo de su caminar. Los autos comenzaron a esquivarlo y a tocar las bocinas, intentando detener una catástrofe. Algunos le gritaban que se detuviera, que tuviera cuidado. Entre el ruido estruendoso de las bocinas y las voces desconocidas, Manuel dirigió su mirada al cielo, cerró los ojos y visualizó su cartón: Se le concede a Manuel Sergio Espinoza Muñoz el permiso de residencia de larga estancia por razones humanitarias.





