El bebé no para de llorar. Estamos en el parque del caballo blanco. El mismo donde pasé, junto a mamá, las tardes de mi primer postparto. Pero ella está de viaje, mi marido en el trabajo y a la mayor la mandé a casa de los abuelos paternos.
Hoy somos este bebé, que no sé qué quiere, y yo, que tampoco sé lo que quiero, porque si no, no se explica cómo es que estoy a punto de llorar. Lo tengo todo; dos hijos sanos, un matrimonio estable, familia, pero aún siento que me falta algo esencial.
Quizás la mejor forma de ilustrar esa ausencia es con el cuento infantil El conejo escuchó, de Cori Doerrfeld, que le leo a mi hija de tres años: una niña pequeña ha derrumbado sin querer la ciudad de bloques que ha construido. El pollo viene primero y le dice que hablen de lo que pasó, pero como ella no quiere, él se va; luego viene el oso y le dice que ruja con él, pero como no quiere también se va; después el elefante la invita a recordar cómo era la construcción pero la pequeña se niega nuevamente. Y así, uno a uno, vienen la hiena, el canguro, la avestruz, la culebra, todos con soluciones prácticas hasta que llega el conejo que se sienta en silencio a su lado por largo rato. Solo en ese momento la niña comienza a hablar, luego gritar, lanzar cosas, y finalmente cuando está lista le dice a la liebre que tiene un plan para reconstruir.
Eso esencial que echo de menos no es una persona que me sostenga al bebé mientras tomo una ducha —afortunadamente eso lo tengo— lo que me urge es ser acompañada en todas las emociones —incluso las feas— que vienen con el postparto y mi nueva identidad. Con frecuencia las madres recientes no podemos hablar de lo cansadas que estamos, lo solas y perdidas que nos sentimos, sin aclarar antes cuánto amamos a nuestros hijos. En mi caso, tendría que decir algo como: “Amo a mi niños ‘pero’, todo lo que hago es cuidarlos y ya no sé quién soy más allá de ellos”. La vida que conocía, tal como la ciudad de la niña del cuento, también se ha derrumbado. El mundo sigue girando pero yo me he tenido que bajar de él y no causa el alivio que prometía Mafalda. Necesito que me miren y escuchen sin juicios hasta que pueda reconstruirme.
Las horas en compañía de un bebé pasan muy lento. Observo el parque. Antes de que naciera mi hija lo recuperaron; cambiaron los juegos, sembraron verde, pero dejaron su mayor atractivo: la estatua del emblemático caballo blanco que ha visto a generaciones de una misma familia crecer.
Salgo con el bebé de tres meses para sentirme menos sola. La soledad, cuando es interna, te acompaña a todas partes. Igual pienso que el aire libre le va a hacer bien y por eso lo traigo. Antes de bajarlo del carro estaba dormido, pero la maniobra de abrir el coche, sacarlo de su silla, ponerlo en el coche, terminó por despertarlo.
Ahora está de mal humor. Intento distraerlo con un juguete, pero lo rechaza y llora más duro. Le canto la canción que nunca falla. La de Celia Cruz y Willie Colón que me ha dado por invocar cuando mi rabia y mi cansancio están a punto de convertirse en algo de lo que puedo arrepentirme. Quizás no es muy alentadora, pero sí pertinente.
“Usted abusó, sacó provecho de mí, abusó; sacó partido de mí abusó; de mi cariño usted abusó”.
Los hijos no abusan, lo sé. Tampoco pidieron venir al mundo, pero una vez que están aquí reclaman lo que necesitan y a veces es más de lo que los padres podemos dar. Cuando son bebés requieren que los llevemos en brazos la mayor parte del día y esto no siempre es una posibilidad. O que contengamos sus emociones sin apropiárnoslas. Como el bebé que está sobresaturado y lo que necesita es calma, pero se encuentra con una mamá o un papá que ha reaccionado a su llanto y molestia y no puede darle la paz que necesita. Pero lo que los niños más necesitan es amor incondicional y no siempre sabemos cómo dárselos.
“Usted abusó, sacó provecho de mí, abusó; sacó partido de mí abusó; de mi cariño usted abusó”
Esta vez la canción no funciona y el llanto sigue. Mi primera hija no lloraba tanto. Este bebé, tan deseado y planeado como ella, pareciera nunca estar contento. Soy periodista, he leído suficientes libros de maternidad como para saber que a veces el bebé refleja la incomodidad que la mamá lleva dentro. Sobre todo, en los primeros meses, cuando no debería hablarse de mamá o bebé, sino de mamábebé porque es uno solo.
Mi madre me acompañó en las tardes de mi primer postparto. Pero con este bebé ha estado menos presente. Lo entiendo, está cansada, ya crió a una hija que tiene 35 años y un hijo de 28. Y sé que no fue fácil para ella. Dio, como todas, lo que pudo. Ahora yo soy adulta y mi maternidad no es su responsabilidad. No es responsabilidad de nadie, quizás del padre, pero él hace su parte de proveedor.
Cuando el bebé tenía dos semanas de nacido, mi marido tuvo que hacer un viaje de trabajo. Esas primeras noches, sin nadie más a mi lado, tenían el sabor salado de las lágrimas. “Hacer tribu”, dicen, pero mis amigas viven todas en el extranjero.
Me tocó resolver a mí, que soy la madre. O al menos en eso insiste la gente cuando dice “bueno tú decidiste tener hijos” o “los hijos son de la mamá”. A veces siento como si quisieran —el entorno, la sociedad, los medios que publican que las mujeres están teniendo menos hijos— poblar el planeta, pero que sea la labor de una sola persona.
Traerlo al parque no fue buena idea. Se ha hecho del número dos. Como si decirle así hiciera que oliera mejor. El baño está cerrado, así que coloco el forro cambiador sobre el banco y lo pongo a él encima. Me arrodillo en el cemento, le quito el pañal, lo limpio, le pongo uno limpio, boto el sucio en una bolsa, para de llorar un segundo, pero apenas lo levanto, retoma. Le ofrezco la teta, pero no quiere, le doy agua, tampoco. Lo pongo en el cochecito y le doy vueltas por el parque, le señalo los pájaros, las flores. El caballo se hace cada año más pequeño. Cuando venía de niña era más grande o quizás es que yo era más chica.
“Usted abusó, sacó provecho de mí, abusó; sacó partido de mí abusó; de mi cariño usted abusó”
Recuerdo aquella vez, a finales de los 80, en la que hubo una amenaza de bomba y evacuaron mi colegio de monjas. Nos trajeron a todas a este parque porque queda enfrente. La madre que soy todavía se parece a la niña de ese día. Es sensible, creativa e inteligente, pero nunca se siente suficiente. Si pudiera decirle eso a la niña, hacérselo saber, quizás el bebé no lloraría tanto. Y yo me sentiría menos sola. Pocas cosas son tan solitarias como llorar. Y criar. Y no todo el mundo soporta verlo. Ninguna de las dos. Lo cual es contradictorio, porque a menudo quien llora, o cría, no necesita que le solucionen nada, sino que lo acompañen.
En una de las vueltas al parque, veo a una mamá mirarme con compasión. Me da vergüenza. Tal vez me sigue en redes. Menos mal que mi usuario es “Agobios de Madre” y no “Mamá flotando en una nube”. Nunca he mostrado nada que no soy. Cuando mi hija tenía un año y medio, me abrí una cuenta de Twitter, que era lo que estaba de moda, para así compartir lo que nadie me había dicho a mí sobre ser madre: el cansancio, la culpa, la incertidumbre, el miedo. Luego de un año, me pasé a Instagram y sin buscarlo empecé a acumular seguidoras; 10.000, 20.000, 50.000. Era una forma de mantenerme escribiendo sin separarme de la bebé y sin volver a una redacción.
En redes relaté día a día mi segundo embarazo que, por sus síntomas, quizás fue premonitorio de la lloradera de este bebé. Tuve hemorroides, ciática, acidez, síndrome de piernas inquietas, náuseas y vómitos hasta el día antes de la cesárea, sinusitis que requirió antibiótico, e incluso, un tratamiento de conducto. Yo que nunca había tenido una carie.
Otras veces alguna mamá se me ha quedado mirando y después de un rato se acerca a saludarme. Se identifican con la crudeza del contenido y a mí me alivia enterarme de que sienten igual o parecido. “Tú dices lo que pocas se atreven”, suelen confesarme. No lo veo como un acto heroico sino como una rendición. Si no lo digo, moriría. No soy buena tragándome nada, ni disimulando. Mi instinto natural es contar lo que me pasa. Aun cuando trabajaba como reportera, siempre quería estar en el centro del relato. Una vez intenté conseguir trabajo como promotora de marca para luego contarlo. Al parecer no reunía los requisitos. Las que lo conseguían eran las de medidas perfectas y yo siempre he sido un “barrilito”: bajita y con curvas que, en vez de estar bien definidas, parecen una misma circunferencia. Toda esa experiencia la narré en un reportaje en la revista dominical donde trabajaba. Luego, cuando me fui a Nueva York llevaba un blog, “Extranjera en el 7-D”, en el que contaba mi vida como migrante.
Con estos antecedentes de narradora de lo propio, era natural que sintiera la necesidad de contar mi maternidad. “Por qué no compartes esto que me cuentas a mí en redes sociales”, me dijo mi marido, un poco cansado, tal vez, de ser mi paño de lágrimas.
Quizás ver el caballo blanco tranquilice al bebé. Lo saco del coche y me acerco con él en brazos. “Mira que lindo el caballito, sus ojos son grandes y alargados, sus patas cortas y gruesas”. Camino hasta la parte de atrás de la estatua y le digo “mira su cola”. No se me ocurre subirlo, porque está muy chiquito para eso. Igual no sirve de nada, sigue llorando como si no me hubiese escuchado. Estoy a punto de ponerme a llorar con él.
“Usted abusó, sacó provecho de mí, abusó; sacó partido de mí abusó; de mi cariño usted abusó”
Nombrar lo que me ocurre como depresión postparto no es preciso. Lo sé porque desde que mi hija cumplió el año, hago psicoterapia. La primera vez, la psiquiatra se negó a medicarme porque no estaba en una situación de riesgo y no quería acallar mis síntomas antes de saber qué había detrás.
Y lo que estaba atrás era la soledad de mi infancia que revivía ahora como madre. Con la ayuda de la psiquiatra había trabajado para sentirme a cargo, más segura en mi piel, independiente. Estaba mejor, lo que pasa es que el postparto es una revolución en la que las emociones, supuestamente superadas, vuelven en forma de recordatorio: no puedes sola.
Dentro de mí cargaba también la culpa de haber perdido, meses antes de embarazarme de mi hijo, una bebé de ocho semanas de gestación. El médico me había mandado hacer una prueba genética para descartar alguna anomalía. No había encontrado nada, pero el examen arrojó que era una niña e imaginarla como la hermana no nacida de mi hija me rompió. La despedí con una carta que dejé arder en el fuego y le puse un nombre en mi corazón: Alma.
La experiencia me había dejado llena de miedos. Por diez meses, todos los días al despertarme sentía el pánico de volver a descubrir que estaba sangrando. Incluso en su nacimiento, cuando lo llevaron bajo observación porque según y se tardaba mucho tiempo entre respiraciones, pensé que había llegado el momento: “Ahora sí se va a morir”. El miedo es uno de los más fieles compañeros de la maternidad, pero cuando se ha materializado antes, se vuelve más real: si pasó una vez, puede ocurrir otra vez.
Había tenido depresión en otros momentos de mi vida. En mis 20, un día de la madre, no pude parar de llorar. No entendía qué me pasaba y llegué corriendo a donde la persona más sabia y bondadosa que conocía entonces: mi abuela paterna. Me llevó a donde un psiquiatra que ella conocía y después de un par de reuniones y exámenes me recetó Prozac. Lo tomé por un año a la par de sesiones de psicoterapia una vez a la semana.
Luego, a mis 25, volví a sentir la misma desazón, como si mi vida careciera de total sentido, y le pedí a quien luego sería mi suegro, que me refiriera a algún colega psiquiatra. Esta doctora me recetó citalopram y nuevamente psicoterapia una vez a la semana.
Con estos antecedentes, yo sabía cómo lucía la depresión y estaba alerta ante el menor síntoma. La conciencia social acerca de la depresión postparto salva vidas, pero no toda madre que se siente agobiada, sobrepasada y exhausta está deprimida. A veces simplemente está cargando con más de lo que puede y lo que necesita es más amor. No pastillas.
El llanto del bebé me trae de vuelta. Regreso al banco con mis ojos llenos de agua. No sé qué más hacer. Me lo pego a la teta nuevamente, pero la rechaza con furia. Veo a la mamá que me miraba acercarse.
“Usted abusó, sacó provecho de mí, abusó; sacó partido de mí abusó; de mi cariño usted abusó”
—Hola, C… te sigo en redes. Tengo rato viéndote con el bebé llorar. Le dije a mi esposo que se quedara con el niño en los columpios para venir a preguntarte si puedo ayudar en algo.
Intento hablar, pero las lágrimas salen antes que la voz.
—Es que debe ser sueño porque le interrumpí la siesta, pero se niega a dormir. Todo el día ha estado irritable, y pensé que salir lo calmaría.
—Estás agotada.
—Es que llora mucho.
—Sé que no nos conocemos… ¿Pero me dejarías cargarlo?
Por un instante pienso que darle mi bebé a una desconocida es una locura, pero estoy desesperada. Además, su esposo y su hijo están en el parque. Es poco probable que vaya a salir corriendo con el mío. Se lo entrego e inmediatamente siento alivio. Es de las primeras cosas que te dicen las asesoras de lactancia y puericultoras: si sientes que no puedes más, suelta al bebé y ponlo en la cuna o sitio seguro.
Esta advertencia la había vivido en mi propia piel cuando mi hija era bebé. Una tarde, después de pasar horas amamantándola, me sentí tan desbordada que tuve la necesidad irracional de zarandearla. Había leído sobre el síndrome del bebé sacudido y las lesiones cerebrales que conlleva, así que de inmediato la puse en la cuna y me fui a tomar un vaso de agua y caminar por el jardín.
El llanto es desesperante y puede hacer que cualquiera pierda los estribos, sobre todo si se trata de una mamá que acaba de pasar por una cesárea o un parto, que no duerme bien, que está exhausta y que tiene poco —o ningún— apoyo.
Con mi bebé en brazos, la mamá comienza a hacer leves movimientos ondulares y a susurrar shhh shhh shhh.
—Mi hijo también lloraba mucho de bebé y esto era lo único que lo calmaba.
—Lo intenté, pero no me estaba funcionando —le digo apenada.
—A veces estamos tan cansadas que ese mismo desespero no nos deja contenerlos, a mí me pasaba.
No puedo calmar a mi propio hijo, pienso, y como si pudiera leer mis pensamientos me dice:
—Cero culpas. Las mamás nos culpamos por todo. No deberíamos tener que hacerlo todo solas. Así no lo hicieron nuestras mamás ni nuestras abuelas. No fuimos diseñadas para eso, ni ellos tampoco.
Finalmente ha dejado de llorar. Escucho ahora la campana del heladero que está parado en la puerta del parque. La angustia me ha dejado, además de exhausta, hambrienta. Le pregunto a la mamá si quiere un helado y me dice que no, pero que pida uno yo. Recuerdo que, a la salida del colegio, a veces me comía uno mientras esperaba que mi madre llegara a buscarme. Al terminarlo me siento serena y lista para tomar al bebé de vuelta.
Se lo recibo y en lugar de devolverlo al coche, me lo pongo en el cargador o foulard porque lo quiero sentir cerca. Huele a algodón de azúcar. De inmediato se queda dormido. Me pregunto a quién ha calmado la mamá, al bebé o a mí que necesitaba compañía.
*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.






3 comentarios en “Las mamás necesitamos otras mamás (incluso desconocidas)”
Me encanta como escribes. Gracias gracias.
Gracias Andrea por leerme y por tus gentiles palabras.
Te leo y me acuerdo de mis dias en Santiago de Chile con un bebé de 2 meses que dormia poco y un marido que tenia que salir a proveer. A los pocos dias fui a un taller de masajes para el bebé y una mamá me invito a unas clases de yoga creo que vió lo desbordada que estaba, recuerdo llegar a la clase de yoga con el bebé y abrazar a la instructora como si la conociera…la soledad duele pero en la maternidad es como un cuchillo que te atraviesa. Al principio salia de las clases de yoga corriendo como si alguien me estuviese esperando en casa, hasta que la mamá que ponia la casa me dijo: quedate un rato más…esa fue mi primera tribu en Chile, luego vinieron las amigas del parque con las luego celebramos hasta cumpleanos, las conocí porque un dia las vi a las dos sentadas con sus bebés y me acerque a saludarlas…me viene a la cabeza tambien el recuerdo de una que le hice gestos a un camionera que le cortaria el cuello si tocaba la corneta…imagino mi cara con ojeras, la cara de loca porque el hombre no fue capaz de hacerlo, y ahora tambien me viene a la cabeza esa amiga que esta recien parida y me cuenta como se siente…y la dejo que me diga hasta esos pensamientos mas oscuros, sin juzgarla porque si el postparto es muy duro. Por eso las mamás necesitamos a otras mamás…nunca mejor dicho