Viene de lejos y su cuerpo lo delata. Enas Alghoul camina apenas levantando la vista, concentrada en avanzar. El sol le pega de lleno en la cabeza y atraviesa la seda turquesa que la envuelve. Debajo, otra tela le recoge el pelo y se le pega a la piel húmeda. Carga una mochila rosada que le aprieta los hombros. Adentro van sus cosas y las de su hija. A su alrededor avanzan otros: hombres, mujeres y decenas de niños que caminan en fila, sujetando una cuerda para no tropezar con las piedras. El aire está quieto. A muchos se les acabó el agua y las sombras de los árboles esqueléticos no alcanzan.
En voz baja, Enas pregunta si falta mucho.
No es la primera vez que camina así. En Gaza, era la única forma de sobrevivir desde que comenzó el genocidio. A la fecha, más de setenta y dos mil palestinos han sido asesinados desde el inicio de la guerra. Cincuenta mil son menores de edad.
Caminaba para buscar agua, para moverse de un lugar a otro cuando los soldados israelíes se lo ordenaban o para no perder entre la multitud a su hija o a su madre.
Pero no siempre fue así. Los ojos de Enas se iluminan cuando recuerda su vida antes de lo que ella llama la guerra. Tenía casa propia en la ciudad de Jan Yunis. Una carrera como ingeniera agrícola. Rahaf, su hija de diez años iba y volvía al colegio en auto con chofer, que la pasaba a buscar en la mañana y la dejaba de vuelta en la tarde. Da detalles, como si fuese una forma de comprobar que esa vida alguna vez existió.
Con el inicio de la guerra, en octubre de 2023, todo ese mundo se deshizo. Enas no había alcanzado a comprar comida ni a sacar dinero. En Gaza, los bombardeos no eran algo nuevo, pero esta vez fue distinto. «Normalmente, cuando iban a bombardear nuestras casas, nos amenazaban antes, así que podíamos prepararnos, pero esta vez no hubo nada. Fue una sorpresa para nosotros. Sin ninguna señal previa», dice.
Recuerda que bloques de gente llegaban desde Gaza, en el norte, y sus historias eran aterradoras. Algunos habían perdido a sus hijos, otros se habían separado de ellos y no sabían dónde estaban. Enas los escuchaba. Lloraba. Al poco tiempo, el ejército israelí la obligó a salir de su casa con su familia y les robaron todo el dinero que tenían escondido. Enas, Rahaf y su madre Farida, de ochenta años, terminaron sumándose a esa misma fila.
A la distancia, su padre seguía en el hogar. Estaba enfermo y no tuvo acceso a ningún tratamiento. Falleció cuando la casa fue bombardeada. Murió solo. Su familia no estaba ahí y se enteró un tiempo después.
Luego vinieron las tiendas de campaña. Una lona sostenida por palos, incapaz de detener una bala. De noche, escuchaba animales pasando por encima. Por la zozobra, comenzó a dormir con un cuchillo de cocina escondido debajo de su almohada. Cocinaban con leña cuando había. Cuando no, quemaban lo que encontraban. El calor dentro de la tienda era insoportable y al poco tiempo la piel se les llenó de granos y hongos.
Enas Alghoul lo dice así: «Vivíamos en un infierno. Había saqueos. La gente se mataba por un pedazo de pan. Al lavarnos con agua salada sentíamos un ardor constante, era como una forma de tortura. Las condiciones para las mujeres palestinas eran muy dolorosas. Había momentos en que deseábamos la muerte».

Entre todo eso, la mayor incertidumbre era el agua. Las siete plantas desalinizadoras de Gaza fueron bombardeadas y sólo dos quedaron funcionando parcialmente. El agua que había no alcanzaba o no servía. Enas sentía la presión en lo más básico: que su madre pudiera beber, que su hija no se enfermara. Farida, casi ciega, no podía valerse sola. Rahaf empezó a resentirse emocionalmente.
La sed se volvió diaria. Entonces, con lo que tenía a mano, empezó a probar. Gasas, algodones, ollas, vidrios, madera. A partir de lo que sabía, diseñó un sistema para filtrar el agua salada artesanalmente. Era poca, pero alcanzaba para un vaso, para otro más. Alcanzaba para sobrevivir. Fabricó cuarenta y cinco dispositivos que comenzó a repartir entre los desplazados del campamento. Lo que empezó como una necesidad en la tienda terminó, meses después, con su nombre en la lista de las 100 mujeres del mundo de la BBC en 2024.
Pero el agua también es ingrata.
Cuando llueve, las tiendas se inundan. El viento las arranca. Enas rezaba para que el invierno no la encontrara en esas condiciones en Gaza. «El agua también puede destruirlo todo», dice.
Salir de Gaza era algo que había rechazado siempre. Pero ya no se trataba de ella. El sistema que armó empezó a circular, hasta que su nombre salió de la tienda y la llevó a contar con el respaldo de un programa chileno para Startups innovadoras de la Corfo.
Y ahí se abrió una puerta.
A miles de kilómetros, Chile llevaba meses preparando la llegada de familias palestinas desplazadas por el genocidio. El asilo contra la opresión. La noticia llegó como llegan todas en ese contexto: de golpe, sin tiempo para procesarla. «Cuando supimos del viaje sentimos alegría. No porque quisiéramos irnos. Llorábamos día y noche porque sentíamos que estábamos dejando Gaza atrás. Pero era una posibilidad de sobrevivir. Nos repetíamos que, aunque saliéramos, algún día íbamos a volver», recuerda Enas Alghoul, con nostalgia.
Fue seleccionada junto a su hija, pero su madre no estaba en la lista. Enas dice que no podía dejarla atrás. No en ese estado. No ahí, entre el hambre y los misiles. Entonces, cuenta, el entonces Presidente Gabriel Boric pidió hacer una excepción y Farida fue incorporada al grupo. Antes de irse, Enas ya tenía claro para qué viajaba. «Yo decía que iba a desarrollar mi proyecto y luego regresaría con él a Gaza. El primer día que me reuní con el equipo de Corfo les pregunté si tenían algún vínculo con la Franja y me miraron raro. Les dije que todo lo que hago es pensando en Gaza. Es mi país».
El viaje duró tres días. Aviones, escalas, esperas. Fue su desplazamiento número diecisiete. El único que no venía impuesto por las bombas. Enas, Rahaf y Farida eran parte de un grupo de sesenta y ocho palestinos que recibirían refugio en Chile. Treinta y seis eran niños. Cuando aterrizaron, las estaban esperando con abrazos, banderas, manos extendidas. Voces rápidas en un idioma que no entendían. Sonaban alegres. Demasiado alegres para lo que ellas traían encima.
Por primera vez en mucho tiempo, nadie corría. Ahora había dónde llegar.
Tal vez, mientras Enas sigue avanzando bajo el sol seco del cerro, algo de todo eso vuelve. Escenas sueltas que se le cruzan entre un paso y otro. Pero ya no camina entre escombros ni sobre la arena abierta de Gaza. Ahora lo hace en la precordillera de Santiago. Más abajo, la ciudad se levanta. Todas las personas del grupo, especialmente los niños, se detienen a observarla en silencio, como si intentaran entender lo que tienen al frente. Algunos apuntan. Otros se quedan quietos.
El camino sigue. A lo lejos, apenas, se escucha el agua corriendo. Han venido a conocer el río. Enas avanza. Esta vez, no para huir.


***
El Club Palestino en Chile está encendido. No es una metáfora. En el patio, bajo el cielo abierto de Santiago, un árbol alto y frondoso se prepara para ser iluminado. Está coronado con una estrella traída directamente desde Belén. Las guirnaldas enmarañadas en las ramas son hilos invisibles esperando que se haga de noche. Entre los más de cien participantes, el murmullo se espesa y se vuelve un solo ruido de fondo.
Familias completas, niños corriendo, cámaras de televisión, políticos de todos los sectores, empresarios, y también los palestinos refugiados. Hay trajes formales y también zapatillas. Hay lenguas distintas. Hay un alcalde comunista y un senador que defiende la dictadura que los persiguió. Pero acá nada de eso importa. Acá todos están por lo mismo.
Boric se excusó. Lo representa el vicepresidente, que camina entre saludos en nombre del Estado de Chile.
A un costado están Enas y su familia. Ropa impecable. Telas limpias que caen con cuidado sobre los hombros. Las cabezas cubiertas, ajustadas, ordenadas. La gente les pide fotos y las saludan como si ya las conocieran. Algo de cierto tiene: aquí todos saben quiénes son.

La transversalidad de los asistentes tiene una explicación. Chile tiene la comunidad palestina más grande del mundo fuera de Oriente Medio. Cerca de quinientas mil personas. Una migración que empezó hace más de un siglo, que se asentó, se expandió, se mezcló. Que dejó de ser colonia para convertirse en parte del país. Enas llegó a eso. A una red ya tejida de apellidos paisanos, familias extendidas e historias sosteniéndose entre sí.
«Una comunidad de migrantes consolidada ofrece a quienes llegan una red inmediata: apoyo, orientación, trabajo, contención. Hace que la integración no parta de cero», explica Maureen Meyer, vicepresidenta de WOLA y experta en derechos humanos y migración.
Uno de los voceros de la Comunicad Palestina de Chile, Gazán Qahhat, complementa que «ser palestino en Chile es vivir una identidad de síntesis. Es ser profundamente chileno y, al mismo tiempo, mantener un vínculo con una justicia pendiente al otro lado del mundo. No es una doble nacionalidad. Es una doble lealtad».
Los asistentes toman asiento y el murmullo se apaga. La presentadora anuncia la proyección de un video. En la pantalla aparece una Farida reconstruida con inteligencia artificial, de dos años. Después de diez. Luego de quince. A los treinta, y así. El clip reconstruye su éxodo y su vida atravesada por la ocupación israelí desde 1948. Ochenta años empujada una y otra vez hasta este momento.
Un aplauso cerrado retumba en la ceremonia. Es también una forma de reafirmar una causa que, para parte de la comunidad, no admite distancia.
Para José Khamis, presidente de la Unión Árabe de Beneficencia, respaldar la causa palestina en Chile se trata de «un deber moral». Y agrega: «La acogida de quienes llegaron ha sido posible porque hay una comunidad organizada, pero también porque mucha gente en nuestro país se siente identificada con el sufrimiento palestino».
Enas está sentada en la primera fila y también aplaude. A su alrededor, muchos de los que están ahí no llegaron solo a mirar. Algunos ayudaron a encontrar casas para los refugiados. Otros se preocuparon de que accedieran a clases de español. El Ministerio del Interior llegó hasta el lugar donde se alojaban para realizar sus trámites y entregarles sus cédulas de identidad. Todo fue rápido, sin complicaciones. La gran mano de Chile tendida con quienes vienen de lejos.
La ceremonia termina con la invitación a prestar atención al árbol mientras todo el Club Palestino se apaga. La gente desenfunda los teléfonos. De un segundo a otro, una masa radiante llena el árbol. Ilumina las caras, las manos y los ojos abiertos. Es una escena improbable: una navidad palestina en Santiago de Chile celebrada por quienes ya estaban y quienes, como Enas, acaban de llegar.
Nadie parece ajeno.
Gazán Qahhat asegura que «el chileno se identifica con el que resiste. La causa se volvió transversal porque le pusimos rostro humano a la estadística. Para un chileno, Palestina no es un conflicto geopolítico lejano, es la historia de la familia de su vecino, es el origen del apellido de su compañero de curso. Chile es un mejor país cuando abre sus puertas. Al recibir a quienes sufren, nuestro país se engrandece como un referente de humanidad».
El evento termina con la luz del árbol expandiéndose sobre el Club Palestino. Por un momento, nadie parece estar solo.
***
«Quedan menos de diez minutos», le responden a Enas.
Ella y el grupo avanzan por la quebrada hasta que el camino deja de ser cuesta arriba. Bajo la sombra de los árboles nativos, el calor afloja. A su lado camina Heba Alghoul, su hermana, una mujer de labios carnosos y ojos verdes. Hablan entre ellas en árabe y con el resto en un inglés rudimentario.

«A veces, siento que los Gazatíes que vivieron la guerra eran más fuertes que nosotros, que estábamos fuera. Estábamos con las manos atadas, sin poder hacer nada más que rezar por su protección», cuenta. Unos metros antes del destino, se reencuentran con su madre. La acercó una camioneta de la municipalidad. Por su edad, el empinado camino de tierra no era para ella.
Con cada paso que da el grupo, el agua corriendo se escucha más fuerte. Hasta que en un momento el sendero se abre y el río queda de frente.
Y entonces, los niños gritan de emoción.
Es un chillido alto. Desordenado. Imposible de contener. Nadie alcanza a reaccionar. Corren. Se tiran al agua. No les importan las piedras, que raspan sus pequeños pies. Chapotean, se empujan, se hunden, salen. Ríen.



El clan Alghoul se sienta bajo la sombra de un árbol. De reojo, vigilan a Rahaf, que corre por el agua sin medir por dónde pisa. Farida abre el bolso. Saca frutos secos, garbanzos aliñados, dulces árabes. Ofrece a todos. A los que conoce y a los que no. «Chile es un país maravilloso, su gente es muy amable y generosa. Desde que llegamos no nos han dejado solas. Esperamos desarrollar pronto nuestro dispositivo, porque la escasez y la contaminación del agua son problemas globales. Nuestra misión es aportar para Gaza, Chile y para cualquier lugar donde el agua sea una lucha diaria por la vida», dicen.
Enas no le quita la vista a su hija. La sigue con los ojos mientras entra y sale del agua, riéndose con otras niñas. «La llevo conmigo a todos los lugares a los que voy. Quiero que aprenda a moverse en el mundo. A enfrentar la vida. Quiero que esté orgullosa de mí», cuenta.
Otras mujeres se acercan al río. Entran sin quitarse las telas de la cabeza. Meten las manos, después los pies. Sonríen. Por la forma en que se quedan un segundo más con los dedos bajo el agua, se les nota: ya no arde.


FOTOGRAFÍAS DE ANDRÉS LÓPEZ AWAD.






9 comentarios en “Hasta el día en que el agua deje de quemar”
لقد قرأت مقالتك ووجدناها أكثر رائعة وجميلة جدا، ذات طابع تعبيري متقن وأسلوب نثري رائع قمة في الجمال. سردت فيها كل لحظة باندماج رائع ولطيف جدا ما بين رحلة الوادي وما بين الاحتفال في النادي الفلسطيني. من القلب نشكرك جدا جدا. نأمل أن نراك مرة أخرى ونشكر أختك دانييلا أيضا وكل من سعى لإسعادنا
Maravilloso🇨🇱♥️🇵🇸
Maravilloso
maravilloso relato y excelente descripción de la crueldad que provoca la guera!
bienvenidos a nuestro pais y confió en que seremos generosos en recibirlos e integrarlos a nuestra vida cotidiana.
abrazos
مقالة جميلة جدا ومعبرة اكثر من رائعة
Familia hermosa! Las abrazamos con la solidaridad transmitida desde nuestros ancestros! La sonrisa de cada una de ustedes es un triunfo contra el genocidio.
Querido,Andris
Soy Enas Alghoul y quiero agradecerte de todo corazón por este maravilloso trabajo 🤍
Leí la crónica con mucha emoción… está escrita con una precisión increíble y una sensibilidad muy profunda. Sentí que lograste transmitir mi vida y mi historia de una manera muy humana, sincera y conmovedora.
Se nota cuánto cariño y dedicación pusiste en cada palabra, y eso lo valoro muchísimo. Gracias por escuchar, comprender y expresar todo con tanta belleza.
Te envío un gran abrazo, y para ti y tu familia todo mi cariño y agradecimiento 🌷
اندريس عزيزي،
أنا إيناس الغول، وأود أن أشكرك من القلب على هذا العمل الرائع 🤍
قرأت المقالة بتأثر كبير… كانت مكتوبة بدقة بالغة وإحساس عميق جدًا. شعرت أنك نقلت حياتي وقصتي بطريقة إنسانية صادقة ومؤثرة جدًا.
واضح كم وضعت من حب واهتمام في كل كلمة، وهذا شيء أقدّره كثيرًا. شكرًا لأنك استمعت وفهمت وعبّرت بهذا الجمال.
أرسل لك عناقًا كبيرًا، ولك ولعائلتك كل المحبة والتقدير 🌷
Es una historia que parece de película, pero duele precisamente porque es real. Muestra cómo el horror puede volverse cotidiano hasta transformar la supervivencia en una rutina. Lo más impactante no es solo la pérdida y el sufrimiento, sino la capacidad de resistir en medio de todo, de seguir creando, cuidando y esperando algo mejor. Ese contraste entre el infierno vivido y los pequeños momentos de alivio deja claro que la dignidad humana persiste, pero a un costo profundamente injusto.
Gracias Alex por tu maravilloso comentario.
Gracias de corazón por tus palabras sinceras.
Es difícil poner en palabras todo lo que hemos vivido; hay cosas que no deberían vivirse, y sin embargo, con el tiempo se vuelven parte de la vida diaria. Lo que más duele no es solo lo que se pierde, sino cómo aprendemos a seguir adelante cargando ese peso dentro de nosotros.
Aun así, creo que hay algo dentro del ser humano que no se rompe; mientras podamos crear, sentir y aferrarnos a la esperanza, hay una parte de nosotros que permanece viva a pesar de todo. Tal vez ese sea el secreto de la resiliencia: esa pequeña llama de esperanza que no se apaga y que nos impulsa a seguir, sin importar cuánto duela.
Gracias por no solo leer la historia, sino también por sentirla conmigo.