El racismo nuestro de cada día

Desde las memorias de infancia de Luta y Mimy, dos mujeres afrodescendientes que viven en Chile, hasta las muertes de Dageline Verce Saint Albord (2 años) y Joane Florvil (27 años) esta crónica recorre escenas de discriminación cotidiana e institucional y a la vez muestra la esperanza,  resistencia y empoderamiento que han construido a través de la música, el arte y la labor etnoeducativa para enfrentar el racismo en Chile.

Luta había citado a una compañera para avanzar en un trabajo que les habían asignado en segundo medio. La esperaba sentada en el suelo de una estación del Metro de Santiago. Afuera, la ciudad era un río que se movía con la corriente habitual de las tardes cuando las calles comenzaban a desbordarse por la salida de estudiantes y trabajadores.

Próximo tren con destino a…

Luta miró su reloj y calculó que su amiga no tardaría en llegar. Entonces vio a un hombre, de unos cuarenta años, que se aproximaba hacia ella y se inclinaba hasta quedar a escasos centímetros y gritarle:

— Oye, negra, pásame plata.

Luta de la impresión solo pudo responder:

— Anda a trabajar. 

Desvió la mirada sin advertir el peligro. El hombre la pateó en el rostro, su cabeza rebotó contra la pared de la boletería. Le fracturó la nariz y la sangre empapando su ropa comenzó a correr por el suelo.

Los guardias se acercaron, pero en lugar de detener al agresor, la retuvieron a ella. Cuando llegaron, los Carabineros afirmaron que había sido una pelea de pareja.

Luta intentó explicar que nada de eso tenía sentido, que él la había pateado sin motivo. Tenía quince años y vestía el uniforme escolar, chaqueta oscura y camisa blanca, el atuendo que en esos años valió a los estudiantes el apodo de “pingüinos” y que daría nombre a la Revolución Pingüina.

—Si fuera así, entonces él sería un pedófilo, reclamó.

No sirvió de nada. El hombre quedó libre. Luta cuenta que la declaración estaba confusa y los Carabineros no hicieron nada por aclararla. 

Su madre la esperaba en casa y no imaginaba el horror que vivía su hija en una estación de policía. 

Durante todas las horas que Luta declaró no pudo llamar a su madre. No le dieron la posibilidad de ejercer ese derecho. Y la pregunta que cabe ahora es ¿qué hacía una niña de quince años, agredida por un adulto, retenida en una comisaría sin atención médica y sin la presencia de su apoderada?

Cuando finalmente la contactaron, todo ya había ocurrido, salvo el dolor y la humillación.

Su madre la vio ensangrentada con la nariz y el rostro inflamados y se echó a llorar.

— Hija, ahora ni vas a poder ir al colegio tranquila, mejor guarda silencio. 

Racismo y memoria en el Chile contemporáneo

Luta Cruz y Michelle (Mimy) Montano crecieron en Chile. Luta nació en el país, mientras que Michelle de origen cubano llegó a Santiago a los 15 años, luego de haber emigrado a Brasil. Ambas han vivido en una nación que según ellas niega la existencia de personas afrodescendientes. 

Conversé con ellas luego del velatón en la Plaza de Armas de Santiago, que se realizó en memoria de Dageline Verce Saint Albord, niña chilena de dos años, de origen haitiano, quien murió el 18 de julio de 2025 en el Jardín JUNJI “Pequeños Sueños”, en Rengo, al sur de Santiago.

De acuerdo con la información oficial la niña se asfixió tras ingerir un globo. Las declaraciones de los padres agregan poca transparencia en el hecho. Olinès Verce, el padre denunció que la directora del jardín infantil les pidió firmar un documento que condicionaba la autorización para el funeral, incluso antes de conocerse los resultados de la autopsia.

Como si el dolor de la muerte de una hija no bastara, también circuló en  redes sociales una denuncia sobre la orden de demolición de la casa de la familia en Rengo, a días de su muerte, pero fue suspendida a minutos de iniciarse. El caso ha generado una fuerte movilización entre organizaciones migrantes y la comunidad haitiana que recuerdan la muerte Joane Florvil.

Las vidas de Dageline y Joane se cruzan con las de otras mujeres racializadas en Chile, como las de Luta y Mimy, cuyos relatos  muestran experiencias de racismo.

En un estudio realizado por la profesora Esther Pineda se reveló que en América Latina la racialización y discriminación se expresan con mayor fuerza en los medios de comunicación, donde suelen ser invisibilizadas o representadas mediante estereotipos que las vinculan con pobreza, violencia y/o ignorancia. 

Humor para enfrentar el racismo 

Luta Cruz evoca con dolor y ternura  lo que significó crecer siendo una niña afrochilena en los años 90. 

Es artista, compositora, cantante y activista que ha encontrado en la música y el performance  maneras de denunciar el racismo, además, de cuestionar los estándares de belleza y recordar que las mujeres también pueden tener barba. 

A lo lejos suena “Casamiento de negros” (1953) de Violeta Parra:

Y allí están las dos cabezas

de la negra con el negro,

amanecieron con frío

tuvieron que prender fuego,

carbón trajo la negrita

carbón que también es negro.

— Cuando era niña llevaba arroz con porotos negros y plátanos. Mis compañeros decían cosas como “ella es negra como los porotos” o “ella es como la canción de Violeta Parra”.

Si Violeta estuviera viva le preguntaría por qué escribió la canción así. Para mí fue muy difícil. Me hizo mucho daño. Admiro a Violeta, respeto su obra, pero desde la primera vez que la escuché me dolió profundamente y me sigo preguntando ¿por qué todo tiene que ser negro en la canción? ¿Por qué lo negro siempre se asocia a lo triste, a lo malo, a lo que debe esconderse?

El relato de Luta forma parte de un patrón que atraviesa las instituciones en Chile, el racismo que “se lleva adentro”, como advierte la profesora María Emilia Tijoux, que se expresa en gestos, comentarios y decisiones oficiales. Solo en el 2025, exactamente el 14 de marzo, ese racismo volvió a manifestarse cuando se cuestionó la reunificación familiar de niños y niñas haitianas que llegaron al aeropuerto de Santiago, cuestionados por políticas y políticos que pusieron en duda su derecho y les criminalizaron, como recuerda la académica Tijoux, “cuántas personas haitianas trabajan en Chile, y los sacrificios que hacen para organizar sus vidas”. 

Uno de los principales responsables de instalar esas sospechas en la esfera pública fue el exdirector del Servicio Nacional de Migraciones, Álvaro Bellolio, cuyo paso por la institución dejó un legado controvertido, puso en entredicho la legitimidad de los vuelos y cuestionó la capacidad de las familias haitianas para financiarlos.

— Yo nací en una familia multirracial y la verdad, me tocó duro en ese sentido. Con una mamá brasilera de piel oscura y un papá chileno, descendiente de alemanes, mi apellido paterno es Vierling. Mi papá era bien blanco, de cabello claro y ojos cafés. Mi mamá tuvo una hija con un hombre africano y mi papá tenía otra hija con una mujer blanca brasilera, pelirroja. Entonces éramos tres hermanas: la mayor, de piel oscura; yo que era la menor, de piel más clara; y la del medio, muy blanca.

Era la única de mis hermanas que hablaba mejor español. Recuerdo que a mi hermana blanca le hacían bullying porque no hablaba bien el idioma, y a mi hermana mayor por ser negra. A pesar de ser la menor me tocaba defenderlas. Y a eso hay que sumarle que también era tartamuda. Todo eso en los años 90 nos convirtió en Chile en una familia muy llamativa.

Durante esos años Chile transitaba a la democracia, un período marcado por la esperanza, pero también por heridas y desigualdades. En este contexto, la identidad “blanca” se mantenía (o mantiene) como una construcción social poderosa, heredada y reforzada desde la dictadura. Frente al riesgo de ser identificado como “indio”, muchas personas buscaban reafirmar su blanquitud, lo que Óscar Contardo describe como una “fantasía blanca” o un intento de mantener esa identidad a lo largo de la vida.

La blanquitud no solo definía la identidad personal, sino que también estaba o está aún  vinculada al estatus social, es decir, cuanto más oscura era la piel, menor solía ser la posición social, sobre todo en sectores medios y altos. Así, en Chile, la blanquitud ha funcionado como un marcador social visible y una construcción cultural que atraviesa décadas, incluso en los aparentes cambios que trajo consigo la nueva democracia.

—Nunca olvidaré en la clase de Historia de Chile, era muy pequeña y le pregunté a la profesora: “¿y la gente negra en Chile dónde está?” y ella me respondió que no existían, que no había personas negras. En ese momento pensé “Dios mío, soy la única niña negra en Chile”. Me desesperé, sentí muchas ganas de llorar y una soledad profunda. Crecí cargando esa sensación durante muchos años.

Este relato de Luta, donde se refleja  la negación de su profesora de historia, recuerda lo que dijo el entonces presidente Ricardo Lagos en el 2000, cuando fue consultado sobre la población afrodescendiente en Chile y afirmó que se habían “muerto de frío”. Sus palabras ocurrieron en un encuentro importante, la Conferencia Regional Preparatoria para la III Conferencia Mundial contra el Racismo, celebrada en Santiago, donde, por primera vez, delegaciones de organizaciones afrodescendientes del norte del país participaron activamente, desafiando la negación oficial de su existencia.

— Me tocó defenderme de los profesores; sufrí mucha discriminación. Incluso una profesora, cuando era muy niña, me dijo que era incapaz. Recuerdo que me gustaba conversar, pero me apartaban. 

Los niños hacían de las suyas, me tocaban la piel y me gritaban “¡sucia!”. Me decían que me lavara el cuerpo con cloro; una vez lo hice y me lastimé. Para esos días también empezaba a crecer vello en mi rostro y cuerpo, e intentaba depilarme, pero me quemaba la piel y me quedaban algunas heridas y por eso algunas compañeras evitaban saludarme con un beso en la mejilla.

Los médicos, que decían no saber cómo tratar un cuerpo negro, me desnudaban y me examinaban sin la presencia de mi mamá. Decían no entender por qué tenía más vello de lo “normal”. Fue una forma de violencia médica, ahora que lo pienso, fue muy incómodo que adultos me tocaran siendo una niña.

Con los años, una ex compañera en una reunión de egresados me dijo que se acordaba que desde muy chiquita tenía la facultad de enfrentar el bullying con humor. Explicaba que mi cabello era rizado y largo. Exagerando, les decía — quedé así porque metí los dedos en el enchufe y hacía como que me pegaba la electricidad “ahhhhhhh”. Así lograba salir de situaciones racistas con una sonrisa. 

Pero, ¿por qué una niña de 6 o 7 años hacía eso? porque era la única forma de ser aceptada por mis compañeras.

Tras la muerte de su padre la vida cambió por completo. Sin apoyo económico, su madre tuvo que buscar varios trabajos y logró conseguir una oportunidad en la escuela donde ella estudiaba. Pero allí sufrió un nuevo golpe, un directivo intentó propasarse con ella y al rechazarlo, este utilizó su poder para hacer que ambas fueran expulsadas del establecimiento, sin escuela para Luta y sin empleo su madre, quedaron completamente desprotegidas y otra vez su madre tuvo que enfrentar el racismo y seguir adelante.

En ese tiempo se evidenció el rechazo de la familia paterna, que les retiró todo apoyo y se quedó con la hija blanca y pelirroja. La abuela, recuerda Luta, no disimulaba su incomodidad, decía abiertamente lo molesto que era tener en la familia a mujeres negras.

Joane Florvil y Marianne Painelli

Tiene rasgos caribeños

En Chile las mujeres no nos vemos así

Es venezolana, no chilena

Estos fueron algunos de los comentarios que surgieron en las redes sociales durante la campaña del Día de la Madre de Falabella del 2025.  En campañas anteriores la imagen de Valeria Mazza, modelo argentina y rubia nunca generó cuestionamientos, pero la presencia de Marianne Painelli, modelo ítalocubana, que debía representar la diversidad de las madres fue recibida con críticas que cuestionaban su belleza, color de piel e identidad. 

Estos señalamientos no son nuevos y recuerdan que hace casi nueve años Joane Florvil murió por la negligencia del Estado chileno y antes de su fallecimiento cargó con la criminalización y los estigmas vinculados a su origen como mujer haitiana.

En un artículo publicado por el INDH  se conoció que Joane nació en Haití en 1989 y trabajaba como maestra en su ciudad natal. Tras quedar embarazada, su familia la envió a Chile y vivió con Wilfred, su pareja en Cerro Navia, vendiendo mermeladas mientras esperaba a su hija Wilfiana, nacida en julio de 2017, el mismo año de su muerte.

Antes de su detención, Joane Florvil acudió a Carabineros para recuperar los documentos de ella y su familia, que habían sido robados a Wilfred en la Municipalidad de Lo Prado durante la postulación a un trabajo. Entre los objetos sustraídos estaba una mochila, su pasaporte, su cédula de identidad y el carnet de salud de su hija, al intentar denunciar el robo no pudo hacerlo por no contar con identificación.

Al día siguiente, Joane regresó a la Municipalidad para gestionar la recuperación de los documentos, pero la barrera del idioma dificultó su comunicación con los funcionarios, mientras buscaba asistencia de alguna persona haitiana que fungiera como traductora, dejó momentáneamente a su hija durmiendo en el coche y eso generó una denuncia de supuesto abandono. Esa misma noche, Joane fue detenida frente a la prensa y sus cámaras, esposada y trasladada a la 48° Comisaría de Asuntos de Familia, donde la encerraron en un calabozo. 

En septiembre de 2017, el Juzgado de Familia de Pudahuel ratificó que su hija Wilfiana estaría bajo la tutela del Sename, lo que provocó en Joane una fuerte descompensación al enterarse. La angustia, la humillación y la imposibilidad de comunicarse desencadenaron una crisis nerviosa que derivó en lesiones, lo que llevó a su traslado a un hospital. Allí, tras sufrir una hepatitis no tratada fue ingresada a la Unidad de Cuidados Intensivos; la enfermedad evolucionó a muerte cerebral y Joane falleció con 27 años.

La investigadoraMayte Cantero Sánchez analizó que sobre Joane Florvil se proyectaron estereotipos coloniales de maternidad (devoción, pureza, amor incondicional) que, al supuestamente no cumplir, activaron una respuesta punitiva del Estado. Su caso reactualiza la “ansiedad nacional” frente a mujeres racializadas, tratándolas como cuerpos a corregir mediante políticas de control y aculturación.

Meses después de que Joane muriera la justicia estableció su inocencia, pero para entonces ya estaba muerta, su cuerpo había sido retenido por largo tiempo y su hija había sido separada para siempre de ella y entregada a su padre tras un periodo en el Sename. 

La tía Mimy y las niñeces migrantes

Michelle Montano, conocida como tía Mimy, es una joven alegre y cercana, una educadora con una profunda vocación y compromiso. De origen cubano, llegó a Chile a los 15 años. En la actualidad lidera el proyecto etnoeducativo “Niñeces de Trapo”, que acompaña y visibiliza las experiencias de las niñeces migrantes y racializadas.

Cuando sostienes una de las muñecas que diseña Mimy, entiendes de inmediato la importancia de sentirse representada. Cada una es distinta, diversa y colorida; juntas recuerdan que toda niñez merece verse reflejada y sentirse parte del mundo que habita.

— Me duele el racismo que viven las niñeces migrantes, racializadas e hijes de migrantes, porque hace no mucho tiempo yo también fui una de ellas. Aprendí lo duro que es habitar una corporalidad negra en Chile y no es fácil.

En sus talleres, niñas y niños se acercan a contar sus experiencias en las escuelas. Pero, una historia en particular marcó profundamente a Michelle y la hizo reflexionar sobre la violencia silenciosa del racismo cotidiano:

— Con lágrimas en sus ojos, un niño me preguntó: “Tía, si me lavo el cuerpo con cloro voy a ser más blanco”. Traté de no desmoronarme y concentré toda mi atención en sus palabras. Le pregunté por qué pensaba eso y de dónde surgía esa idea. Solo recibí lágrimas y un fuerte abrazo. Como sociedad, le debemos mucho cuidado a las infancias negras. Crecen confundidas, con miedo y muchas veces, señaladas y discriminadas.

Las niñeces migrantes racializadas aunque participan activamente en la vida social, especialmente en las escuelas, continúan siendo percibidas como “los otros”, esto ha sido investigado por los académicos María Emilia Tijoux y Juan Riveros Barrios para agregar que niños y niñas relatan que, en la escuela y en espacios de juego, sufren discriminación por su color de piel y para protegerse, se agrupan, evitan conflictos y callan la violencia ante sus padres. 

Los investigadores enfatizan que, si bien existen políticas estatales que aseguran el derecho a la educación y la inclusión es necesario ir más allá, ya que se requiere una política educativa antirracista que reconozca y valore la diversidad étnica cultural.

— Llegué a Chile con 15 años, veníamos de Brasil junto a mi mamá, su pareja y  mi hermano pequeño. Llegamos de casualidad y no traíamos ropa de invierno, ni mucho dinero. Mi cerebro borró alguna cosas, supongo que por las cosas traumáticas que vivimos en  algunas partes del viaje. Puedo decir que al menos no fue tan extrema como la de mis amigos. Recuerdo que pasamos por Perú de manera regular con el fin de llegar a Chile.

Crédito: Mimy.

Cuenta Mimy que la policía fronteriza de Perú les quitó sus pertenencias, incluida una cadenita de oro con su inicial y los amenazó, diciendo que no podían pasar a Chile. Su madre muy valiente insistió que continuarían porque tenían todo en regla. En la noche con la linterna de un hombre mayor que les guiaba por un lugar llamado la “tierra de nadie” caminaron hasta llegar al cruce fronterizo para decirles luego, “Bienvenidos a Chile”.

En Chile, el Censo 2024 identificó a una comunidad afrodescendiente compuesta por 174 mil 190 personas. Esta cifra no solo incluye a quienes defienden y preservan su herencia cultural ancestral, sino que también refleja la presencia de comunidades diversas, incluyendo personas migrantes que hoy forman parte del país y representan cerca del 8.8% de la población total. 

Un estudio realizado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) en 2018, reveló que un sector de la población se percibía a sí mismo como “más blanco” en comparación con otros pueblos latinoamericanos, de hecho, un tercio de las personas encuestadas consideraba que la mayoría o una parte importante de la sociedad chilena se ve a sí misma como “más desarrollada” que otras sociedades del continente.

— Es difícil ser una adolescente negra, de casi 1,80 m y pasar desapercibida. Hubo un momento de verdadero conflicto interno con mis raíces caribeñas. Pronunciaba cada “s” y cada “r” correctamente, pero eso no bastaba; mi presencia seguía siendo imposible de ignorar.

Crecer sabiendo que tu historia, tu color de piel no aparecen en los libros, ni en las conversaciones escolares deja una marca profunda. Cuba, a pesar de ser un país donde el racismo está normalizado e interiorizado, siempre me mostró lo hermoso que es ser negra. En esa isla ser negro significa tener lo tuyo; lo demuestra la cultura, la religión, la música, la gente. Lo mismo sentí en Brasil, allí pertenecer no era tan difícil.

De niña Mimy más de una vez volvió a casa llorando o confundida por algo que había pasado en la escuela. Su familia fue su refugio. Su padre solía decirle: “Yo crié a una niña que rompe reglas, no a un conejillo de Indias”, con el tiempo, esa frase se volvió un escudo.

El racismo que enfrentó en la infancia tomó muchas formas, burlas, silencios, exclusión, comentarios sobre su cuerpo, rechazo. No hubo un solo episodio, sino muchos que fueron dejando huella y con el tiempo cada uno de ellos se transformó en impulso para reclamar su lugar en la sociedad chilena.

— Cuando entendí que lo que vivía era racismo, me prometí hablar siempre. Aprendí que hacerlo no era victimizarme, sino reconocer lo que me pasaba. Lo conversaba con mis profesoras, con mis amigos e incluso en mis redes sociales.

En el colegio tuve una profesora a la que recuerdo con mucho cariño, la profesora  Paulina. Ella me sostuvo y me defendió siempre, a mí y a mis amigas.

Salir del colegio y convivir con más personas negras, después de tantos años, marcó mi vida. Ver tantos rostros afro, tantas pieles negras y reconocer la belleza entre mi gente me llenó de orgullo. Esa sensación sigue siendo una de mis favoritas hasta hoy. Me pasa cada vez que estoy en espacios afrocentrados, cuando camino por la calle o cuando me miro al espejo me empodero. 

Investigaciones como “Violencias contra la infancia migrante en Santiago de Chile: Resistencias, agencia y actores” de Iskra Pavez-Soto, revela que en muchos casos, niñas, niños y sus familias optan por el silencio ante la violencia racista, no solo para evitar problemas, sino también porque la violencia no proviene únicamente de los y las compañeras, sino que también puede ser ejercida por los docentes, generando un ambiente hostil que desalienta cualquier intento de buscar ayuda.

Para la autora, esto pone en foco el fenómeno de la polivictimización que afecta a la niñez migrante, incluida la racializada, en un Chile donde las infancias están atravesadas por múltiples jerarquías de poder como el estrato social, la edad, la clase, el género y el origen étnico-racial.

Mimy concluye:

— No es fácil sentir que no perteneces a ningún lugar, y que eso se deba al color de piel, al acento o al país de origen. Es profundamente injusto. La crianza y el bienestar de cada niño, niña y adolescente no son responsabilidad exclusiva de sus familias, sino de toda la sociedad.

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA

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