Pasaba la peineta una y otra vez, como si fuera un pez que insistía en montar la misma ola. Pero su mar no era azul, sino de un cobre que brillaba en cada una de sus hebras. Era un día de sol, pero un día triste. Fue Lucy Lucía quien había puesto aquel espejo grande en el baño para que la luz que entraba en abundancia por la ventana iluminara todas las formas.
—Y aquí estoy yo —pensó el Rita Pavone, mirándose.— Viejo y arrugado, es cierto, pero mejor viejo que muerto.
Exprimió un poco más el limón y las pocas gotas que quedaban cayeron sobre su cabeza. La peineta volvió a pasar y sus dientes rescataron una pepita enredada entre algunos mechones pelirrojos que ya se habían ido destiñendo. Comenzó a entonar una melodía y sintió que estaba en otra parte. Pronto salió del baño y al hacerlo miró hacia el living. La televisión estaba encendida justo al lado del árbol de Navidad. Laura, su sobrina de ocho años, estaba mirándola mientras almorzaba. En el programa había bailarines, músicos, luces de colores y un cantante que quería parecer más joven de lo que era. Saltaba de un lado a otro, como un bufón, y vestía un atuendo navideño que no tenía nada que ver con el verano del sur. Cuando aquel cantante era joven de verdad, fue uno de los que subió el cerro Chacarillas con una antorcha en la mano en una fría noche de julio de 1977.
—Ojalá que saquen de la tele a todos estos fachos —dijo, y se volvió al baño.— Si ya se acabó la dictadura, ¿o no, Laurita?
Su sobrina lo miró y se rio. El Rita también.
Y es que los noventa se sentían como los nuevos ochenta, una continuación remozada del pasado. Una cosa anfibia, algo semi renovado, algo siempre en la medida de lo posible. Por eso comentaba, cuando veía ciertos programas en la televisión, que él sí que era artista, no como esos que salían ahí, chupafusiles, lamebotas. Que él había nacido para cantar, no para la fama.
—Una cosa es ser pobre y comunista, y otra muy distinta es ser envidioso, Raúl —Lucy Lucía le había dicho de vuelta hacía muy poco.— Si querís cantar, canta, pero no digai que los cantantes de la tele no valen un peso. Además, si no te gustara tanto la tontera del trago, cantaríai mucho mejor y hasta plata tendríai.
El Rita evitaba responderle a su hermana menor. Simplemente, se paraba de la silla y se iba a la calle. ¿Para qué contestarle? En parte tenía razón. La Lucy Lucía siempre ha tenido mejor cabeza que yo, pensaba el Rita, y no le gustaba andar peleándose con ella. Mejor salir de la casa, mejor olvidarse.
Cuando terminó de alistarse, se miró por última vez en el espejo. El televisor seguía encendido. El cantante y los bailarines habían terminado su presentación. Su cabello pelirrojo ya había absorbido el jugo de limón y estaba duro y seco.
—Ahora sí —dijo el Rita, palpándose la cabeza.— Listo para el cementerio.
***
Nadie esperaba velorios en Navidad. Juan Pistola tampoco. Pero por años llegaba a casa borracho, diciéndole lo mismo a Marta y a sus hijos cuando eran pequeños: un día de estos van a hacerse famosos, van a aparecer en los diarios. Y diciéndolo, sacaba la pistola y los obligaba a que se pusieran de rodillas frente a él. Tambaleándose, los apuntaba directo a la cabeza.
—A ti, a ti y a ti. A los tres los voy a hacer famosos.
Luego acercaba el revólver a la frente de cada uno, presionándolas con el cañón. Y los hacía repetir la misma oración de siempre, arrodillados: ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día… Apenas terminaban, los iba abofeteando y escupiendo uno por uno. Temblaban, lloraban. Juan Pistola se echaba en el sofá, bajaba el arma y se reía.
—Por esta vez los perdono.
Y volvía a reírse, borracho, mientras se metía el revólver en el cinto y su mujer y los niños trataban de borrarse el frío que había dejado la boca del cañón en sus frentes.
Tres platos de sopa se enfriaban sobre la mesa. Marta corría a la cocina y traía el cuarto, el único todavía caliente.
—Así me gusta que me atiendan, perra, hija de puta —decía Juan, acariciando el arma.
La pistola fue por años su herramienta de trabajo. Asaltos menores a transeúntes, atracos a negocios pobres. A veces ni siquiera la tenía cargada. Un día a finales de septiembre de 1973 decidió enterrarla en el peladero frente a los blocks, el que pronto se convertiría en cancha de fútbol, para que no lo confundieran por otra cosa: uno será choro, ladrón, todo lo que se quiera, decía, pero no subversivo ni terrorista, respetuoso siempre de mi general. El día que enterró la pistola, como en muchos otros, estaba borracho. Y por eso la sepultura del arma fue tan secreta que hasta él mismo olvidó el sitio exacto, a pesar de que se dedicó por años a buscarla. Sin pistola, decidió retirarse como asaltante y dedicarse a hurtos menores, a beber, a vivir de su mujer y de lo que le dieran los hijos que ya estaban más grandes y en edad de salir a buscarse la vida. Cuando iba al bar del Pícala Finito solía recordar en voz alta que él alguna vez había tenido una pistola grande, linda, y que no por nada lo seguían llamando Juan Pistola. Con orgullo declaraba que él había sido ladrón profesional y que la gente le tenía miedo, y formaba con los dedos de su mano una pistola imaginaria que solía disparar hacia el techo del boliche del Pícala, y sus amigos se reían de él y seguían tomando, cada quien en su vaso, cada cual en su bruma.
Cuando terminaba de amenazar a Marta y a los chicos, no pasaban ni cinco minutos antes de que se quedara dormido, arrellanado en el sofá, sin haber probado la sopa. Pero los hijos crecieron. A los pocos años la chica se fue de casa y el chico se quedó ahí, consumiéndose entre alcohol, drogas y rabia, hasta que una mañana de Navidad los vecinos del block 6 despertaron a los gritos.
El día había empezado con una brisa fresca venida de las montañas. Parecía el inicio de la primavera. En un departamento del segundo, justo arriba del de Juan, Elías se había despertado tan temprano como siempre para instalarse en el comedor a leer sus programas hípicos. Los ponía cubriendo casi la mitad de la mesa, como si fueran los naipes de una mano de solitario. No le importaba si era Navidad o el día que fuera, porque Elías estudiaba caballos la semana entera, preparándose para las carreras del sábado o del domingo. Saber de monturas, studs, preparadores, peso, los tres últimos resultados y en qué tipo de pistas habían corrido era información relevante. ¿Algunos competidores pertenecían al mismo corral? ¿Quién los montaría el fin de semana? De pronto se acordó de que todavía no había desayunado y dejó el estudio por un momento para ir a la cocina a prepararse algo. Estaba tostando un pan cuando escuchó los primeros ruidos, pero no quiso apartarse de la cocina para averiguar de dónde venían. Cuando ya empezó a escuchar gritos y golpes se alertó, y abrió la ventana de la cocina pensando que la bulla llegaba desde aquel lado. En cosa de segundos escuchó el crujido de un par de catres. Adivinó: Patricia y Eliana se levantaban. Pascual seguía dormido. Retiró el pan del tostador y esparció sobre él la mantequilla. Cuando terminó de hacerlo, los gritos se intensificaron. Su hija y su mujer se asomaron a la cocina buscando respuestas.
—¿Quién grita tanto? —preguntó Patricia.
—No dejan dormir con la gritadera esa —comentó Eliana.
—No sé, pero parece que algo está pasando —dijo Elías.— Parece que viene de abajo.
—¿Y qué estará pasando allá abajo? —preguntó Patricia.
—Ni idea —respondió su madre.
Y Elías volvió a lo suyo, Eliana a su cuarto y Pascual despertó y salió de su cama a ponerse las pantuflas. Mientras lo hacía vio a Patricia asomándose al ojo mágico de la puerta de entrada. A su madre le gustaba enterarse de todo, pero sus eventos favoritos eran, por lejos, presenciar peleas entre vecinos y asistir a velorios y entierros. Solía jactarse de que, desde antes de su enfermedad, no había faltado a ningún funeral de los que se habían celebrado en el barrio. Nadie me va a sacar en cara de que no me he despedido de los finados, decía cada vez que se aprestaba a asistir, ya sea a un velorio, a un entierro o a los dos. Y pensaba con ello que se aseguraba de que su propio funeral fuese un éxito de asistencia, porque tenía miedo de que, una vez muerta, nadie la fuera a despedir. Su madre solía burlarse de aquel temor.
—Vas a ver que todos esos muertos de los que te despediste son una tropa de malagradecidos. Te aseguro que ninguno va a ir a tu entierro.
—Sí, ríase de mí ahora —le respondía Patricia.— Pero va a ver que en mi velorio va a estar lleno de gente y en el suyo nadie.
—Va a estar difícil que me entere sobre quién fue o no fue —contestaba Eliana y lanzaba una carcajada que enojaba aún más a su hija.
Qué obsesión tenía Patricia con los rituales de la muerte. Tal vez la meningitis casi fatal que sufrió de niña, las cirugías en los oídos y sus infecciones severas habían colaborado, y quizás también todos sus amigos que murieron sin dejar de ser niños, o los gemelos de meses que la fiebre y las enfermedades le quitaron a su madre y que ella misma vio morir cuando rondaba los ocho años. Y luego vendría lo de su propia hija, cuando se la sacaron sin vida. Tanta muerte sobre muerte, como naipes oscuros, tanta pérdida y dolor, le había dado, quizás, ese vínculo con los funerales. Y tal vez por eso morirse le parecía no solo lo más importante que uno podía hacer en la vida, un medidor del amor de los otros, sino también la perpetuación de ese amor tal como el que sentía por sus muertos que se había perpetuado en ella.
Pronto se escucharon más y más voces corriendo escaleras abajo, las que se unían al coro de gritos y llantos que venían del primer piso. En un par de minutos, el escándalo, que ya tomaba ribetes mayores, hizo que Eliana no tuviese más remedio que abrir la puerta para dejar a Patricia correr escaleras abajo y así enterarse de lo que ocurría. Marcela, la hija menor de los Antivil, venía bajando de prisa con un bidón lleno de agua.
—¿Qué está pasando que hay tanto escándalo? —preguntó Eliana.
—Parece que mataron al Juan Pistola, vecina —respondió y siguió su carrera hasta el primer piso.
Eliana quedó estupefacta. No alcanzó a preguntar sobre quién lo había matado, pero lo imaginó. Había escuchado los gritos de Marta por la noche: nada que no fuera habitual, nada que no se supiera. Luego silencio repentino a la hora de cenar. Intuyó el asunto, pero tuvo que pasar un día entero antes de que se supiera cómo había ocurrido todo: Juan, borracho, había golpeado por enésima vez a su mujer hasta que se cansó. El pavo de la cena de Nochebuena que ella había comprado después de juntar peso a peso, se había enfriado.
—Ven a comer, Juan, que ya está listo el pavo —le había dicho al principio, pero él no hizo caso. Quiso seguir bebiendo una garrafa de vino que se había robado de un depósito de Franklin, mientras veía un especial de Navidad en la televisión. Encendía un cigarrillo tras otro.
A la tercera llamada, Juan se molestó.
—¡Déjame en paz, hija de puta! ¡Hasta cuándo! Quiero ver la tele.
A la media hora se aburrió del programa y se levantó del sofá para ir a la mesa. Marta estaba sentada, esperándolo, con su plato intacto. Juan puso un dedo sobre el pavo que ya estaba frío.
—¡Esta mierda está fría, Marta! —Y se enojó tanto, que dio vuelta la mesa y todo cayó al piso.
Marta intentó detenerlo y fue peor. Intentó huir y también fue peor. Cuando la agarró no tuvo piedad con ella. La arrastró del pelo, a punta de patadas, entre platos rotos y comida desparramada.
—Lo caliento de nuevo, Juan, pero para, ¡por favor! —le rogaba entre llantos.
Juan no la escuchaba.
—¡Me vai a matar, Juan! ¡Para, por el amor de Dios, por favor!
Ya había comenzado a correr sangre desde sus labios. La punta de un zapato había aterrizado en sus costillas, en su estómago y en su cara. La nariz también le sangraba y la sangre comenzaba a cubrirle el rostro. Al verla así, el hombre se dio cuenta de que ya estaba cansado de golpearla. Tampoco era para tanto, pensó, si al final ni hambre tenía. Tambaleante, se fue a dormir al cuarto que ambos compartían. Marta quedó en el living quejándose de sus dolores, pasándose el revés de su mano por la boca, tratando de limpiar la sangre con su blusa. Aunque agotada, no quiso ir dormir al cuarto por miedo a que Juan se despertara de un momento a otro y la volviera a golpear. Cuando por fin detuvo la sangre con una toalla del baño, fue a buscar un trapero y lo pasó por el piso como pudo, pero no tuvo fuerza de enjuagarlo y limpiarlo. Al final, el sueño la venció, y se echó en el sofá, acomodando su cabeza moreteada y su pequeño cuerpo adolorido tratando de mantenerse fuera del alcance de los resortes. Y cuando se despertaba de dolor, trataba de cambiar de postura, y seguía durmiendo por lapsos breves, hasta que consiguió vadear la noche a retazos de sueños y quejidos.
Temprano por la mañana, los niños disfrutaban en la calle los regalos que les habían entregado durante la noche anterior o hacía menos de una hora, apenas habían despertado. Bajo el sol brillaban las bicicletas nuevas, los coches de muñecas, los automóviles de juguete, los robots. En medio del jolgorio infantil, apareció Roberto, el Pistolita, como le decían al hijo de Marta y Juan, caminando por Conquista. Había pasado la Nochebuena bebiendo y fumando con sus amigos, agotado por la noche de farra y deseando acostarse lo antes posible. Abrió la puerta del departamento y vio a su madre durmiendo enrollada en el sofá y en cosa de segundos descubrió la sangre en el piso que Marta no había alcanzado a limpiar. Roberto comprendió de inmediato lo que había ocurrido y una ira indescriptible, salvaje, le calentó el pecho.
—¿Qué le hizo, mamita? ¿Qué le hizo, dígame? —le preguntó, mientras la zamarreaba para despertarla.
Cuando Marta lo miró, Roberto descubrió los ojos hinchados, los labios rotos y colorados. Sin esperar respuesta, se fue dando trancos largos hasta la cocina, sacó el mejor cuchillo que había y se dirigió al cuarto de sus padres.
—No, Robertito, no, por favor. ¡No le haga nada, se lo ruego! —alcanzó a decir Marta, pero ya era muy tarde.
Allí estaba Juan Pistola, durmiendo. Apenas lo destapó, su hijo comenzó una faena que solo podía tener un final. Fue como cobrar algo que le debían. Marta se levantó del sofá cómo pudo y fue al cuarto para intentar detener a Roberto.
—¡No, Robertito! ¡No, por favor!
Los certeros ataques del cuchillo iban de arriba a abajo, en puñaladas y rasgaduras profundas, casi sin encontrar resistencia. Una cama de sangre iba ahogando al padre.
—¡Me estái matando, cabro de mierda! —gritó. El muchacho no respondió nada y siguió apuñalando con lágrimas de rabia, de odio viejo.
Juan no alcanzó a levantarse de la cama. Luego de una corta agonía, se murió con una cara de horror o tal vez de sorpresa. Pero ni los gritos de Marta ni los bramidos de Juan perturbaron el juego de los niños afuera del block. Los juguetes nuevos seguían brillando bajo el sol del incipiente verano. La brisa seguía siendo fresca, la luz cristalina y el cielo azul.
Nunca le había visto la cara así a mi marido, agregó Marta cuando, horas después, la policía llegó. Sí, fue mi hijo quien lo mató. Sí, fue mi hijo, confesó. Y luego explicó que su marido, en el fondo, no era un mal hombre, sino que el alcohol le hacía mal, muy mal y que, aunque los amenazó con matarlos muchas veces, la última vez que eso había ocurrido había sido hace muchos años. Que Robertito estaba muy metido en las drogas, que no se llevaba bien con el papá. Que, poco antes de que llegaran, su hijo se había arrancado y que no tenía idea donde podría estar.
Cuando se llevaron el cadáver, Pascual estaba asomado por la ventana del comedor de su departamento, esperando que apareciera. Al verlo salir del edificio empujado por los camilleros, sintió que el cuerpo de Juan Pistola, completamente vendado, era lo más parecido a una momia que había visto.
***
El Rita no vivía en los blocks, sino en la parte de las casas, pero fue uno de los primeros que llegó después de que los empleados de la funeraria terminaran por instalar el féretro y los velones eléctricos. Pasaba de los cuarenta años y hacía más de veinticinco que se había ganado el apodo por una razón obvia: su gran parecido con la cantante italiana Rita Pavone. Los dos poseían los mismos capelli rossi, cuerpos menudos, rostros idénticos, andróginos, más allá del bigote colorado que el Rita se había dejado. Podrían haber sido una pareja de gemelos de no haberle tocado al hermano de Lucy Lucía nacer en Santiago y crecer en una toma de Conchalí. Pero él no sabía esto cuando comenzó a sonar la música de su gemela famosa en las radios santiaguinas y entonaba sus canciones en algo que parecía italiano por las calles del barrio. Y no solo cantaba bien, con notas largas, sino que también dramatizaba las canciones y, cuando correspondía, hasta las bailaba. En ese tiempo, el Rita, de dieciséis años, todavía no se llamaba Rita, sino Raúl, hasta que un día alguien llegó corriendo a la toma con un número antiguo de la revista Ritmo, del año sesenta y siete, en cuya portada salía la cara de la famosa cantante. El chico que trajo la revista gritaba a los cuatro vientos su hallazgo, agitándola como si fuera un pájaro muerto.
—¡Cáchense que salió el Raúl en la Ritmo!
Los muchachos que la vieron quedaron asombrados.
—¡Rita Pavone! ¡Rita Pavone! —comenzaron a gritar mientras corrían hasta la mediagua de Raúl.

Cuando abrió la puerta de tablas y salió para ver quién hacía tanto ruido afuera, le mostraron la revista con la cara de la cantante. Todos se reían sin parar. Raúl miró la portada y quedó estupefacto para luego reírse sorprendido. Y entonces no halló nada mejor que ponerse a cantar Datemi un martello en su italiano chamuyado. ¡Si hasta en inglés sabe cantar el Raúl!, decían asombrados los muchachos, y tal vez esa vez fue la última que lo llamaron por su nombre.
Por ese entonces, no hacía mucho que el Rita había dejado de ir a la escuela. Y no había sido por flojo o por no tener cabeza para los estudios, porque era buen estudiante, especialmente en las asignaturas que requerían de sus dotes mnemotécnicas e imaginativas, aunque en aquellas que requerían una habilidad matemática o manual solía pasarla mal. El problema es que estudiaba en un liceo industrial y allí a casi nadie le interesaba el arte, la literatura o la historia. El otro problema era que se necesitaba más dinero en casa y sintió la necesidad de ayudar a Clemente, su padre, como fuera, a pesar de que este quería que siguiera estudiando. Pero el Rita dijo que no, que ya no quería más, que quería ayudar a ganar más dinero para la casa. Fue así cómo empezó a ir con Clemente a la construcción y echarle una mano en su trabajo de albañil, a pesar de que sentía que no era lo suyo. Su padre lo regañaba a menudo por la escasa habilidad que el Rita mostraba en el oficio. Como veía que no sacaba nada con los regaños, lo ponía a hacer los hoyos por donde iban a pasar las cañerías nuevas y si tocaba trabajar en el arreglo del baño de alguna casa, lo ponía a picar azulejos, a remover algún sifón viejo o, simplemente, a acercarle las herramientas o repuestos que su hijo, afortunadamente, conocía bien. Pero no eran pocas las ocasiones en que Clemente tenía que ir detrás del muchacho arreglando lo que este había hecho mal. Evitaba regañarlo mucho, porque lo quería y disfrutaba estar con él, además de recordarle a Lucía, su esposa, pelirroja igual que su hijo, y muerta muy joven de algo que ningún doctor supo explicar. Un día se sintió mal, muy mal, y en menos de una semana ya se había muerto. Cáncer del interior, le dijeron a Clemente, quizás por decirle algo, por hablarle de un nombre contra el cual, en ese entonces, no se podía hacer nada. El Rita y Lucy Lucía no pasaban entonces de los diez y siete años, respectivamente.
El Rita había heredado de su madre el gusto por cantar y leer, aunque no tuviese muchos libros en casa, solo las pocas novelas de aventuras usadas que ella le había regalado con mucho esfuerzo y otras pocas que le habían pertenecido. Es que no había dinero para esos lujos. Y cuando estaba en el baño y si se olvidaba de traer alguno de esos libros que había leído cientos de veces y ya conocía de memoria, las botellas de champú o agua de colonia los reemplazaban. Pero era la música lo que más amaba. Cuando lavaba los platos cantaba. Cuando salía a la calle cantaba. Cuando ayudaba a su padre cantaba. A menudo los otros maestros de la construcción le iban pidiendo canciones para amenizar el trabajo. No sabe tomar una pala, decían, pero puchas que canta bien el hijo del Clemente. A veces hasta unos pesos le caían de los maestros más viejos, esos que todos los obreros respetaban y trataban de usted. A esos les cantaba boleros, tangos y cuecas a pedido, nada de música moderna, eso sí, nada de Rita Pavone ni de esos chascones de los Beatles, le advertían. El muchacho cantaba y cantaba entre fierros, tablas, cemento y clavos, mientras se imaginaba frente a una multitud de miles de personas, ovacionado, querido. Y en el barrio cantaba otras cosas, música más moderna. Rita, ¿te sabís esta canción?, le preguntaban sus amigos después de silbarle una melodía. Si no se la sabía, pedía que se la cantaran. Si desafinaban, él iba encontrando el tono, tratando de reconstruirlo hasta dar con él. Y si le gustaba, agarraba el ritmo y la memorizaba para siempre, moviéndose, bailando al vacío sobre una pista de tierra en la que, al caer el sol de la tarde, se jugaban partidos de fútbol a muerte.
Clemente, su padre, también murió relativamente temprano. El Rita tenía veinte años recién cumplidos, mientras que Lucy Lucía se empinaba a los diecisiete. Padre e hijo estaban en una obra, pero cuando la muerte ocurrió, el Rita se había apartado de él por un momento para ir a descargar un camión. Otros trabajadores que trajinaban cerca de las cañerías recién instaladas encontraron a Clemente tirado en el fondo de un foso que su hijo había ayudado a cavar tan solo días antes. Los primeros que lo intentaron sacar del laberinto de tubos sintieron que su cuerpo todavía temblaba: un infarto, pensaron. Debido al ruido de las maquinarias nadie lo había escuchado quejarse, pedir ayuda, caer. Llamaron a gritos al Rita y este vino apenas pudo, pero ya era tarde. Lloraba como un niño pequeño junto al cuerpo mientras intentaba despertarlo. Ya poh, despierte, papito, le decía el Rita al cadáver de su padre. No se puede morir ahora, no nos haga esto, le reclamaba, mientras las lágrimas caían copiosamente sobre el overol y mojaban, por un fugaz instante, el fondo seco del foso nuevo.
Los años pasaron. El vino también, y en abundancia. El recuerdo de su madre, pero, sobre todo, el de su padre, se fue distorsionando, opacando, enturbiando hasta disolverse. Pero siempre quedaba el foso, siempre su recuerdo de estar cavando ese foso.
***
Bien peinado, limpio, con los bigotes recortados, el Rita no iba a pasar esa mañana de domingo por el bar del Pícala Finito. Y aunque hubiese querido, no hubiera sido posible, porque el Pícala no iba a abrir temprano por asistir al entierro de Juan Pistola. Como el bar estaba cerrado, la clientela que había quedado huérfana no tuvo más remedio que unirse al cortejo y subirse al bus que los llevaría al entierro y que pagó la junta de vecinos con el dinero recolectado puerta a puerta. Nadie dio por aprecio de Juan Pistola, sino por Marta, quien, ahora, pensaban los vecinos, podría vivir tranquila sin el pelafustán que había elegido por marido. No estaba Nana, su hija; por razones obvias, su hijo tampoco iba a estar. Fue ella sola la que se subió a la carroza, mientras que los vecinos entraban en el bus. Nadie mencionó el parricidio, nadie habló del Pistolita. Los pocos que iban en el bus, en su mayoría bebedores profesionales, por el momento sobrios, estaban callados, mirando de vez en cuando por la ventana. El único que hacía ruido era el Rita, quien no había dejado de cantar desde que salieron del block 6 con el cajón.
Nicola di Bari, Hervé Villar, Raphael y Adamo, hicieron más corto el largo viaje al otro lado de la ciudad. Allí estaba el cementerio y el nicho barato que Marta iba a pagar en cuotas. Era como un parque grande, casi sin árboles o con árboles aún enanos, un lugar nuevo, de césped cortado impecablemente, donde los muertos todavía eran escasos. A principios de los noventa hubo una proliferación de esos cementerios que eran el equivalente funerario a los malls, algo así como un mall de muertos, un espacio higiénico, donde descansaban los cuerpos de quienes les había cabido por suerte morirse en la transición democrática. Cada nicho era como una tienda nueva que abría sus puertas en ese centro comercial recién inaugurado, tiendas con muertos que habían acumulado un buen capital de enfermedades, disgustos, problemas económicos, etílicos o narcóticos durante décadas y que ahora la muerte los ofrecía en un parque idílico ––lo contrario a la vida que los finados habían tenido–– al cual visitar de vez en cuando.
Cuando llegaron carroza y bus, el Rita siguió cantando por algunos minutos más hasta que Marta le pidió que mejor se callara que ahora iban a enterrar a su marido. Fue entonces que aparecieron los hombres con chuzos y palas por detrás de una caseta donde guardaban las herramientas. La fosa donde caería Juan Pistola ya estaba lista, era cosa de afinar algunos detalles, nada más. El Rita se asomó al borde y la miró desde ahí, y se acordó de su padre, de cuando lo mandaba a hacer hoyos que era lo único que sabía hacer, además de cantar. Una sombra de tristeza pasó por su corazón, una sombra efímera, casi imperceptible, y que en su paso en puntillas se transformó rápidamente en sed. Ahí mismo se quería echar un trago, pero no había posibilidad alguna de hacerlo ni de conseguir nada en el peladero que rodeaba la entrada de ese cementerio tan nuevo. Podrían haberlo enterrado en el General, pensó el Rita, porque ahí hay un bar, por lo menos, y trató de olvidarse de la sed y lo consiguió por algunos minutos. Luego de nuevo apareció su padre, la sed, el hoyo recién abierto, la fosa fresca. Imaginó que era su papá el que se había muerto de nuevo y al que estaban enterrando, tal como alguna vez ocurrió. Miró a Marta y vio que no lloraba. Miró la fosa otra vez y la vio hasta arriba de vino, chorreando tinto hasta sus zapatos.
A su lado estaba Patricia, seria. Había cierta satisfacción en ese gesto, cierta impostura para estar a la altura de las circunstancias. Pero lo que más le gustaba a Patricia no era el momento del entierro, sino cuando en el velorio se le podía ver la cara al muerto. Le gustaba mirarlas y pensar: ¿y cómo me veré yo cuando me toque? Y entonces comenzaba a enumerar a sus amigas y conocidas que, imaginaría, irían sí o sí a su gran evento. Quiero que todos vayan, que llenen buses y buses de gente, que haya una procesión en el cementerio, pensaba. Aunque estaba al otro lado de la ciudad, sentía que ese cementerio era el lugar perfecto para morirse y descansar por siempre, y que a Juan Pistola, imaginó, ni ganas le darían de tomar ahí. Qué suerte la del vecino, se decía, vivir aquí, en este parque tan verde y no rodeado de polvo y piedras como en el barrio, y se agachaba para pasar la palma de la mano por el césped, y sentía un deseo por lo verde tan grande, que prefería renunciar a la vida por ese color. Cómo me gustaría estar aquí, morirme aquí, y no volver a casa nunca más, pensaba, aunque se asustaba por lo que pensaba. Morirse y no escuchar más a su madre o las exigencias de su hijo, morirse como callarse por un rato, pero sin dejar de verlo todo, sin dejar de sentir profundamente lo verde. Las maniobras de los sepultureros la sacaron de sus fantasías.
Llegaron sogas y palas, y quitaron la suerte de atril que sostenía al cajón, no sin antes haber pasado las sogas por unas argollas, asegurándolas. Luego bajaron el ataúd. Marta seguía sin llorar. Y cuando cayeron las primeras paladas sobre la tapa, la viuda de Juan Pistola soltó un llanto silencioso, casi como escondido.
***
Lucy Lucía estaba esperando el regreso de su hermano en la puerta de la casa junto con Checho, su marido, y la pequeña Laura. Los tres estaban impecablemente vestidos y tenían una bolsa llena de casetes detrás de la puerta de reja del antejardín. Cuando el Rita venía llegando, Lucy Lucía la abrió y fue a su encuentro.
—Nos vamos a la iglesia, Raúl. ¿Venís con nosotros?
—Estoy cansado, hermanita.
—Entonces tampoco vai a ir donde el Pícala si estái tan cansado, ¿no?
El Rita se quedó pensando, pero reaccionó a tiempo. Metió disimuladamente la mano en el bolsillo del pantalón y agarró, sin hacer ruido, las monedas que se había ganado cantando.
—Qué voy a ir, si, además de cansado, no tengo un peso.
Checho agarró la bolsa llena de casetes y se la echó al hombro. Con la mano desocupada agarró la de su hija y salió.
—Vamos nosotros no más entonces, Lucy, que ya se hace tarde.
—Sí, vayan no más, o si no van a llegar tarde, como dice mi cuñado.
Lucy Lucía agarró de una mano a Laura y ella soltó la del padre. Checho caminó detrás con la bolsa. Partieron a la iglesia hasta perderse por Los Abetos.
—Shh, la manerita de recibirlo a uno —soltó el Rita cuando se quedó solo.
Al entrar a la cocina vio los tres casetes con los que Checho había estado trabajando en el cuarto de atrás tirados sobre el mesón. Las carátulas a color daban a entender que eran los originales de las prédicas de Jimmy Swaggart, Yiye Ávila y Rex Humbard. Había fines de semanas enteros que su cuñado se pasaba grabando casetes a pedido del pastor antes de las reuniones de los domingos en la iglesia que era cuando vendían las copias piratas. El Rita los tomó y los puso sobre el refrigerador para hacerse un sándwich de jamón y queso sobre el mesón. No esperó a comérselo ahí y salió a la calle con la boca llena. Entró al bar del Pícala cantando y haciendo sonar las monedas que tenía en sus bolsillos. No era mucho lo que tenía, pero alcanzaba para dos cañas, tal vez tres. Tampoco podía quedarse por mucho rato. Como no quería tener problemas con su hermana, se prometió tomar rápido y acostarse antes de que llegara. Pidió lo suyo y el Pícala le puso una caña gratis por haber cantado en el funeral de Juan Pistola. No te acostumbrís a estos regalos, eso sí, le dijo, y la cara del Rita se iluminó de alegría. Le agradeció, pero el Pícala lo hizo callar para que nadie lo escuchara y fueran a pedirle lo mismo. En el bar ya era de noche, pero afuera el sol de la tarde todavía iluminaba, bajando de a poco por detrás del cerro, no como la caña de pipeño del Rita que vaciaba rápidamente. Una, después otra y otra más. Entre sorbo y sorbo iban saliendo Sandro, Gilbert Becaud y José José. Alguien le pidió algo más alegre, canciones que alegraran el alma de Juan Pistola. ¡Rita Pavone, Rita Pavone, Rita Pavone! pidieron a los gritos. Y el Rita cantó y bailó algunas de las canciones de su gemela famosa. Il ballo del mattone, Datemi un martello, Viva la pappa col pomodoro. Aplausos y risas. Cuando terminó, se echó la cuarta caña de un trago. Ya eran las ocho y pronto volvería Lucy Lucía. Así que salió apurado del bar, trastabillando, sin caerse. Sintió que dejar tan rápidamente el boliche le había hecho mal: el mundo le dio vueltas y, como pudo, apuró el tranco a casa. Cuando llegó, no había nadie. ¡Nadie, nadie!, dijo en voz alta en la cocina. ¡Siempre me dejan solo los domingos!, gritó, borracho, y sintió que era niño otra vez, un niño huacho y enfermo bajando por el crepúsculo.
Dos lágrimas le corrieron por las pecosas mejillas y mientras se le enfriaban salió al patio. Tomó un chuzo y una pala que tenía apoyadas en las tablas del cuarto de atrás donde su cuñado grababa los casetes y estuvo a punto de caerse dos veces. El alcohol fue claro en su orden: haz un hoyo en el patio y así lo hizo. Hacía tiempo que no agarraba una pala. Solía usarla en invierno, cuando la tierra estaba mojada y los palos donde se colgaba la ropa no se mantenían derecho. Pero esta vez era distinto: era cavar queriendo encontrar algo, cavar una fosa profunda como garganta de lobo, como esas que hacía mandado por su padre. Y en eso estaba cuando escuchó a lo lejos una voz que lo regañaba.
—¡Deja de hacer hoyos, Raúl! ¡Estái mal, Raúl!
Pero el Rita no quería parar y seguía cavando. Sentía que él mismo estaba entrando en esa fosa y desde ahí cantaba como un topo de pulmones enormes, cantaba y cavaba, cantaba y cavaba.
—¡Me voy a la China, Lucy Lucía! —le respondió a su hermana.— Aquí no me quiere nadie. ¡Me voy a la China que está llena de chinos!
—Ya estuviste tomando, Raúl. ¡No tenís remedio, carajo!
—¿Y por qué, entonces, me dejan solo? ¿Por qué siempre me dejan solo los domingos?
—Nadie te deja solo. ¡Vos mismo querís quedarte solo! Si fuerai a la iglesia con nosotros, el Señor te tomaría. Pero no, lo único que te importa es el trago. El trago te está volviendo loco. ¡Y deja esa pala al tiro, Raúl!
—Quiero ver a mi papá, Lucy Lucía. Mi papá me está mirando desde el hoyo. ¡Mira, ven a ver! ¡Está mirando!
Lucy Lucía se asomó sin saber porqué, dio un paso atrás y se puso a llorar.
—¡Estái loco, Raúl! ¡Loco, loco! —le dijo y entró a la casa limpiándose la cara y dando un portazo.
Ya estaba casi oscuro y el crepúsculo se le vino encima al Rita, pero él creyó que era su padre quien lo abrazaba.





