Los llamados “Códigos Sigma”, activados cuando una persona desciende a las vías del metro, interrumpen el servicio y alteran la rutina de miles de pasajeros. Sin embargo, más allá de los retrasos y las cifras oficiales, estos episodios exponen una realidad poco visible: el suicidio como un fenómeno recurrente en el principal sistema de transporte del país, y el profundo impacto que deja en quienes lo presencian y deben enfrentarlo como parte de su trabajo.
Más de dos millones de personas utilizan el metro de Santiago, según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Día a día se encuentran entre sí, sin saber lo que pasa en la vida del otro, pero compartiendo un mismo vagón. No obstante, ese espacio en común se ha convertido en algo más que solo un medio de transporte; un lugar donde muchos han perdido a un ser querido.
En el momento que se escucha por los altavoces que hubo un corte de corriente por “persona en vía”, los pasajeros se quejan, impacientes por llegar a su destino. En redes sociales surgen comentarios como el de un usuario de X: “Que onda los suicidas este mes. No pueden matarse solos en sus casas sino que tienen que cagarle el día a millones”, respondiendo a un aviso de Metro. Esa mirada distante contrasta con la experiencia de quienes estuvieron allí, como Francisca Núñez, que una tarde de enero, mientras cumplía su horario laboral, vio frente a sus ojos cómo una persona moría por suicidio en la estación Bellavista de La Florida.
Núñez lleva más de una década trabajando en Metro de Santiago como conductora de las líneas 5 y 2. En los 13 años realizando sus funciones, nunca había presenciado un Código Sigma, clave utilizada por funcionarios de Metro para referirse a cuando una persona desciende a las vías, hasta el 13 de enero de 2025, cuando ella estaba comenzando su turno alrededor de las tres de la tarde. Al ingresar a la estación, avanzaba a no más de 40 km/h cuando, en la mitad del andén, una joven se precipitó a las vías. “Alcancé a frenar el tren, pero a la chica la perdí abajo; yo vi cuando cayó”, cuenta Francisca.
Casos como el que vivió la conductora no son hechos aislados. En base a antecedentes del Servicio Médico Legal, entre 2023 y 2024 fallecieron 20 personas en total por suicidio en dependencias del metro. Sin embargo, estas cifras solo consideran las muertes al interior de la red de transporte y no abordan los intentos de suicidio. Es decir, el informe no incluye a las personas que se precipitaron a las vías y sobrevivieron inicialmente, pero fallecieron después en otro lugar. “La mayoría de las veces las sacan vivas”, comenta Francisca refiriéndose a estos casos.
La huella que generan las cifras no solo se refleja en los informes, sino también en quienes presencian tales acontecimientos. Francisca, a pesar de estar impactada, actuó rápido y pidió el corte de corriente para detener el tren de manera automática. Luego, aún muy afectada, dio el aviso a los pasajeros. Mientras los vigilantes comenzaban a evacuar el tren, ella permanecía nerviosa en la cabina. Tiempo después, llegó una jefa de estación, quien la sacó de ahí y la contuvo brevemente; la llevó a una sala y, acto seguido, Carabineros de Chile tomó sus declaraciones sobre el suceso. No pudo desahogarse hasta más de una hora tras el hecho, cuando llegó un psicólogo de turno que, por protocolo oficial de Metro, debía atenderla.
Metro de Santiago le otorgó dos días de descanso; no obstante, para ella ese tiempo resultó insuficiente. A raíz del suceso seguía profundamente afectada: “Tenía pesadillas, todavía las tengo”, “me ponía en el lugar de la persona y me sentía mal, yo pensaba ‘pucha, era una chica joven’”, dice. Posteriormente, Metro la derivó a la Mutual de Seguridad CChC, donde fue atendida de urgencia por un médico de turno, quien le otorgó una licencia médica por 10 días. Pese a ello, Francisca comenta que, una vez finalizado ese periodo, los trabajadores de Metro que sufren un trauma por presenciar un suicidio deben costear el tratamiento por sus propios medios. Pero no todo fue negativo, pues valora su red de apoyo: “Gracias a Dios tengo a mi familia que me supo contener mucho, mi pareja, mi hija”.
Una experiencia similar es la que vivió Pablo Gómez. En 2008, cuando llevaba menos de un año trabajando en Metro como vigilante privado, le tocó presenciar una situación que marcó un antes y un después en su forma de ver la vida: tuvo que retirar un cuerpo de las vías. Un lunes, al retomar sus labores tras su horario de colación, se encontraba en la estación Carlos Valdovinos. En ese momento, escuchó por radio un llamado por clave 46, código utilizado internamente para referirse a un suicidio, que alertaba sobre la presencia de un Código Sigma en la estación Camino Agrícola.
Él, junto a su compañero, se trasladó al lugar del suceso. Debido a un retraso en la evacuación, tuvieron que asumir un rol ajeno a sus funciones habituales, enfrentándose a la situación. “Entre medio de los carros me asomé y vi a alguien que ya no se movía. No recuerdo muy bien, pero lo más probable es que ya no estuviera vivo”, relata Gómez.
En ese entonces, era el mismo personal quien se encargaba de retirar el cuerpo, en ocasiones junto al Servicio de Atención Médica de Urgencia (SAMU). Hoy en día, el procedimiento es distinto. Según el documento “Las consideraciones en procedimientos de emergencia de Metro”, al activarse un Código Sigma por suicidio, SAMU, Bomberos y el supervisor de operaciones y servicios son los encargados de retirar el cuerpo de las vías.
Más allá de quiénes debían intervenir, el episodio tuvo un impacto personal. Pablo se define como una persona sensible; sin embargo, en ese instante tuvo que dejar sus emociones de lado para cumplir con su labor. Solo después dimensionó lo ocurrido y comenzó a procesar lo vivido. “Quedé cagado de miedo y estaba con temor”, confiesa.
Al momento de volver a su trabajo, se dio cuenta de que estaba realmente afectado. “Soñaba con él, lo veía”, afirma. Hoy, no está lejos de ver como ocurre un suicidio, debido a que se desempeña como operador de cámaras en el centro de control de seguridad. Él comenta: “Uno tiene que estar dispuesto a ver la imagen varias veces”.
Las situaciones que presenció Pablo trabajando en Metro también se sitúan en un contexto nacional. De acuerdo con datos del informe del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS), publicado en noviembre de 2025, la tasa de mortalidad por suicidio en Chile durante 2024 alcanzó los 10,5 casos por cada 100.000 habitantes, mientras que en la Región Metropolitana la tasa fue de 8,38.
No todas las miradas surgen a partir de experiencias directas. Como en el caso de Maribel Rojas, conductora de trenes de la Línea 5 de Metro de Santiago. Si bien nunca ha presenciado un suicidio, reconoce que existen momentos del año en los que estos hechos se repiten con mayor frecuencia. Bajo esas circunstancias, tanto ella como Francisca compartían una creencia que circulaba al interior de Metro: se decía que cada vez que ocurría un suicidio, otros dos se registrarían durante el mismo mes. “Siempre se cumplía la cifra”, recalca Núñez, además, al igual que la otra conductora, percibe que en 2025 hubo un aumento de Códigos Sigma. También hace hincapié en algo que ella nombra como “primavera gris”, un período específico del año marcado por un alza sostenida de estos casos, agrega que la cifra ya no era de tres: “En una semana hubo como cinco, todos los días era uno”.
En respuesta al aumento de los suicidios en dependencias de la empresa, la Federación de Sindicatos de Metro (Fesimetro) se pronunció el 27 de septiembre de 2025. Presentó un comunicado en el cual hizo énfasis en que la problemática va más allá de lo que ellos, como trabajadores, pueden prever y advierten la existencia de un abandono de la salud mental. En la declaración se explicita que, según un informe del Senado, un 47 % de las personas afirma no tener dinero para atención en bienestar psicológico. Además, los trabajadores de Metro aseguran que hacen lo posible para prevenir las muertes o lesiones.
Esa preocupación institucional se muestra en las acciones de quienes trabajan en la red. Pablo cuenta que, cuando era vigilante, parte de su trabajo en metro conllevaba brindar un buen servicio, lo que para él significaba proporcionar ayuda si alguien lo necesitaba. Al igual que Maribel, quien dice que, si hay alguien llorando en el andén o muy cerca de la línea amarilla que indica no pasar, se avisa a personal de estación para que asista a la persona afectada. A esto se suman los teléfonos de emergencia disponibles en los andenes para ser utilizados ante cualquier situación de crisis. Desde Fesimetro afirman que, por cada suicidio, gracias a la acción de las y los trabajadores, se evitan cuatro.
Este rol que asumen los funcionarios refleja una preocupación por la salud mental en el país, evidenciada en un estudio realizado por Ipsos y publicado en 2024. A nivel nacional, un 69 % de las personas consultadas reconoce la salud mental como el principal problema de salud. Este resultado situó a Chile en el primer lugar del ranking internacional, por sobre Suecia (68 %) y Australia (60 %).
La prevalencia de Chile en el primer lugar del ranking de Ipsos sobre la salud mental se manifiesta de forma concreta en las estaciones del metro, donde la estadística nacional se transforma en la carga emocional de sus operarios. La alta frecuencia de activación de Códigos Sigma en 2025 provocó en Francisca el miedo de revivir un trauma que, en sus palabras, “aunque pase mucho tiempo, te va a quedar”. Señala que durante ese período “no iba feliz a trabajar”, ya que tenía “crisis de angustia, sufría dolores de cabeza y no podía dormir”. Ella explica que su trabajo tiene “una parte fea», la incertidumbre constante de poder presenciar cuando alguien se precipita a las vías.
Maribel explica que, aunque no quiere normalizar el suicidio, este tipo de circunstancias forman parte de la realidad del ámbito laboral, por lo que los conductores tienen que estar preparados. Agrega que no hace su trabajo pensando en tener que enfrentar un Código Sigma, ya que, si fuera así, no podría cumplir su labor. Sin embargo, reconoce que la posibilidad de que suceda le causa estrés. También puntualiza que entre los compañeros de metro existe un sentido de empatía; cuando ella va conduciendo y hay un corte de corriente por persona en vía, existe un silencio inmediato y lo primero que pasa por su mente es “Chuta, ¿a quién le tocó?”.
Francisca aclara que la situación de los suicidios no es algo nuevo, sino que actualmente se ha vuelto más visible en redes sociales. En ese sentido, Maribel sostiene que, gracias a la presencia en el espacio virtual, se ha generado mayor conciencia y respeto frente a estos hechos. Unido a lo anterior, y en el contexto de su viralización, Metro tomó iniciativas como la instalación de puertas de seguridad en la Línea 1, la cual, según añade Rojas, es donde ocurren más muertes por suicidio.
La mayor visibilidad y las medidas adoptadas, sin embargo, no agotan el problema. Frente a estas muertes, la prevención se vuelve una dimensión ineludible. “El suicidio es el único fallecimiento que sí podemos prevenir”, afirma Emanuel Pacheco Glen, fundador y director ejecutivo de la Fundación Summer, organización dedicada a la prevención del suicidio, promoción de la salud mental y formación de comunidades protectoras. Él señala respecto a la normalización de este tipo de fallecimientos en el metro que, si bien existe el riesgo de que estas situaciones se naturalicen, esto puede contrarrestarse mediante el fortalecimiento de la educación emocional, la promoción de herramientas accesibles y la capacitación en detección y contención temprana, desarrollando estrategias de prevención visibles: “Para nosotros como fundación, la empatía es compasión más responsabilidad, promover una cultura que entienda que el dolor quizás no se puede aliviar, pero sí acompañar”, enfatiza.
Explica que el suicidio no responde a una causa única, sino a la convergencia de múltiples factores psicológicos, sociales, familiares, culturales, biológicos y contextuales. A estos se suman experiencias de vida como el bullying, el ciberacoso, el aislamiento, la acumulación de estrés, el dolor no expresado y la falta de redes de apoyo. Desde esa comprensión, advierte que reducir este fenómeno a una solo motivo invisibiliza la complejidad del sufrimiento humano y dificulta el desarrollo de estrategias de prevención efectivas. Precisamente en ese escenario destaca el rol que cumplen las fundaciones en la creación de espacios orientados a fortalecer las redes de contención.
En relación con la cobertura de suicidios en el metro, él plantea que es fundamental abordar esta temática de manera responsable y respetuosa, “visibilizando el problema sin caer en el sensacionalismo”, aclara Emanuel. De este modo, se busca promover la conciencia sobre la salud mental y reforzar mensajes de cuidado, apoyo y prevención, resguardando la dignidad de las personas involucradas.
Esta forma de abordar la temática se vincula directamente con la importancia del apoyo social como herramienta de prevención. Según la guía ciudadana para la prevención del suicidio de la División de Prevención y Control de Enfermedades del Ministerio de Salud de Chile (DIPRECE), el apoyo social puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien que está atravesando momentos difíciles; una pregunta simple puede abrir la puerta a una conversación significativa y salvar vidas.
La reiteración de estos episodios ha dejado huella en quienes los presencian, y también ha comenzado a modificar la forma en que el propio sistema intenta enfrentarlos. En la Línea 1 —donde, según trabajadores, se concentra una mayor cantidad de casos— Metro de Santiago ha avanzado en la instalación de puertas de andén, un mecanismo que, además de proteger a todos los pasajeros, busca impedir físicamente el acceso a las vías. La reciente implementación en estación Neptuno se enmarca en esa estrategia. La empresa informó en diciembre de 2025 que la instalación de puertas de andén en las 27 estaciones de línea 1 culminaría en 2028.
Sin embargo, para quienes han debido enfrentar un “Código Sigma”, estas medidas no borran lo vivido. La instalación de barreras aparece como un intento de prevención necesario, pero también como señal de un problema que durante años recayó directamente en los trabajadores: conductores que deben frenar, vigilantes que deben intervenir, operadores que deben observar. Hoy, mientras el sistema comienza a cerrarse para evitar nuevas caídas, la carga emocional de quienes han estado al otro lado del andén sigue abierta.
*Los nombres de las y los trabajadores de Metro fueron modificados para resguardar su identidad.
*Si tú o cualquier persona que conozcas necesita ayuda psicológica relacionada con una emergencia o crisis de salud mental, puedes llamar al 600 360 7777 o a la línea *4141 del Ministerio de Salud. Este servicio es gratuito y atiende las 24 horas del día, siete días a la semana. También puedes buscar el centro de atención más cercanoo conectarte con especialistas a través de videollamada en este link. En el marco de iniciativas de concientización como Septiembre Amarillo y el uso de la cinta amarilla, que buscan promover la prevención del suicidio y el cuidado de la salud mental, se refuerza la importancia de pedir ayuda a tiempo. Además, existen diversas fundaciones dedicadas a brindar apoyo, como Fundación Solamente Unidos, Fundación Summer, Fundación Míranos.
Este reportaje fue elaborado en el marco del ramo Fuentes y documentación, de la Escuela de Periodismo Usach, dictado por la periodista y docente Amanda Marton.






2 comentarios en “Barreras en el andén, heridas abiertas en los trabajadores”
Excelente y fundamentado trabajo, felicitaciones
Excelente articulo, tiene un enfoque muy sensible y humanizado sobre la conciencia de la salud mental en Chile. que en mi opinión personal es lo que necesita leer chile.