La alarma que anuncia el cierre de las puertas del metro se siente como un bisturí. No corta carne, pero abre una grieta. Es un sonido seco, metálico, más punzante que un grito. Entra por los oídos y se hunde en la garganta, donde se queda palpitando como una herida que nadie ve. Si no fuera por los audífonos que cumplen su bendita función de contener ese grito no podría mantenerme en pie sin perder las fuerzas con las que enfrento el viaje. Sus luces estridentes y frías me hacen tambalear y todo parece desaparecer en un brillo enceguecedor.
Hay cuerpos por todas partes, diferentes texturas de tela me van tocando, un perfume barato se mezcla con la humedad de la mañana y siento náuseas. Un niño llora. Una mujer habla por teléfono. El tren avanza y la vibración bajo los pies se propaga por mis tobillos, mis rodillas y mis costillas.
Cierro los ojos, pero nada desaparece. Todo sigue ahí, como si no hubiera forma de apagarlo. Para el resto de los pasajeros es solo ruido de fondo, pero a mí el caos me atrapa. Preferiría tener que quedarme en las cuatro paredes que siempre son mi mejor refugio, ahí puedo envolverme en los sonidos que me calman, esa música que elijo entre mis estantes con los discos que colecciono y ordeno alfabéticamente hace años. Donde la luz no me ciega porque es tenue, suave, ligera y, si es necesario, nula. Un lugar pequeño que se expande a través del sin fin de lecturas que me acompañan en las tardes y noches cada día. Sé que no puedo estar todo el tiempo en mi hogar, aunque me gustaría.
Cuando por fin salgo a la superficie, el sol me duele en la piel y en los ojos. Las veredas están rotas y el pavimento expele el hedor a suciedad que con cada paso se ha impregnado en él durante años.
Los autos no solo suenan, para mí es como si constantemente estuvieran estallando. Siento como cada sonido empuja, golpea y lanza cosas invisibles contra mi cuerpo. No estoy en sintonía con la urgencia de la ciudad, con la aceleración de sus transeúntes incapaces de ver más allá de sí mismos, perdidos en sus problemas modernos, sumidos no solo en una pobreza material, sino que también natural. Incapaces de observar el mundo que los rodea.
Caminar por el centro es como cruzar una tormenta de vidrios. Cada fragmento es una palabra, una mirada, un roce y todo duele un poco. Todo se queda latente, punzando en lo más hondo, haciendo que cada paso cueste, que cada latido sea más impaciente que el anterior. Impaciente por sentirme en paz otra vez.
Y, sin embargo, ante todo lo que parece querer aplastarme, ahí está.
Una hoja que cae en espiral, gira, sin prisa, dibujando una coreografía secreta entre el caos. Me detengo para seguirla con la vista hasta que se posa en una grieta del cemento. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que nadie más la mira. Yo sí. Me pregunto por qué para nadie más es importante ese momento. Yo puedo ver ese instante como si fuera lo único necesario en el mundo y, tal vez, lo sea. Tal vez es lo que busco para darle algún sentido a todo, a esa vida que me diseñó distinta, pero no por eso menos capaz. Puedo ver el mundo, detenerme en los detalles, perderme y disfrutar de ellos, quizás ese es el secreto. Mi secreto. Una hoja, un reflejo, un sonido, una brisa, el color dorado tenue que toman algunos de los balcones de los edificios antiguos de Santiago Centro a las cinco de la tarde.
Continúo mi camino hacia la Biblioteca Nacional. El ruido de la Alameda me persigue como un perro desbocado, pero sé que ahí dentro se deshace. Me gusta admirar su frontis, sostenido por seis columnas de orden clásico grecorromano que dan una impresión de verticalidad rítmica junto a la escalinata imponente que preparan un ascenso al conocimiento, a la pausa que busco. Es una entrada sólida, cuya imponencia reclama permanencia. La puerta de madera es pesada, con relieves y molduras que reflejan el cuidado con el que fue diseñada. Me gusta eso, que todo tenga historia. Las baldosas del vestíbulo suenan huecas y con cada paso producen un eco distinto. Juego a adivinarlos sin que nadie lo note. Antes de ir a leer, recorro su segundo piso, aprecio los detalles de las manillas de las puertas, me detengo a mirar los cuadros y las luces violáceas que proyecta el vitral del cielo en su cúpula central. Luego, bajo por las escaleras del fondo y paro frente la ventana del entrepiso que mira hacia el jardín: un naranjo y una mesa con dos sillas de metal forjado con diseño de rosas que parecen, si uno agudiza la vista y sueña un poco, un cuadro de Monet.
Al entrar a la sala Gabriela Mistral, la tranquilidad me abraza, sus mesas, largas y ordenadas son como árboles dormidos. Aquí nadie grita, mi cuerpo agradece esa calma, siento como mi respiración es más ligera y mis músculos están menos tensos. Me siento en una mesa cerca de la ventana, puedo ver que el vidrio está sucio, pero deja pasar una luz tibia, perfecta. La observo jugar sobre las hojas de un libro abierto, dibujar sombras suaves en el mármol.
Hay un hombre leyendo a unos metros muy concentrado, no se da cuenta de que lo estoy observando. Me gustaría saber qué lee, pero no logro ver la portada. Su cuerpo está sintiendo, se nota en su postura encorvada y tensa. Me intriga esa profundidad de su lectura. Tiene una cicatriz en la mano izquierda que me recuerda a una rama delgada que ha perdido sus hojas en otoño. Pienso en la historia que lo trajo hasta aquí. Imagino que también él busca algo que lo salve por un momento del ruido del mundo.
A veces basta con eso.
Salgo a recorrer las estanterías, con la yema de los dedos toco los libros para sentir los relieves de las letras del lomo, el polvo en los bordes, la textura de los papeles. Cada cosa tiene un peso distinto, una temperatura, incluso un olor, que es uno de mis aromas favoritos. “Ojalá existiera un perfume con olor a libro viejo”, pienso. Me detengo en un atlas de mapas antiguos. Lo abro y encuentro una página marcada con lápiz, alguien dibujó una estrella junto a la palabra “territorio”. Me gusta esa palabra y la repito en silencio. Territorio. Te-rri-to-rio. Me acomoda en la lengua. Me pongo a soñar con escenas de la conquista española y como esa palabra, una sola palabra, “territorio”, fue el inicio de una matanza sin precedentes. A veces me pregunto si los demás le toman el peso a las palabras o solo salen como gotas de agua que se evaporan sin dejar rastro.
De pronto, un grupo de escolares entra corriendo. Se ríen de un compañero que quedó atrás.
—¡El último en llegar compra las bebidas! —grita el más alto que viene con la mochila entreabierta.
—Seguro que será el Daniel que nunca quiere apurarse —agrega una chica de pelo castaño un poco enmarañado. —Le tocará comprarlas, no más.
Un adulto los sigue y les pide que bajen la voz. Pero ya es tarde, algo dentro de mí ya se tensó, siento cómo se me encoge el pecho. La armonía del lugar se quebró, la música delicada ha sido interrumpida por una trompeta desafinada. Intento reponerme y vuelvo a donde estaba, a ese instante, no sé cuánto tiempo habrá pasado.
Cierro el atlas y ordeno mis cosas, dejando atrás los pasillos para salir una vez más.
La luz de la tarde me raspa la cara. Camino sin rumbo fijo, dejando que los pies decidan. Me alejo del centro en dirección al Parque Forestal. Allí, los árboles me calman. Hay algo en el murmullo de las hojas que me recuerda al agua, a una voz que me habla sin palabras.
Me siento en una banca y miro pasar a la gente. Parejas que se ríen. Ciclistas que zigzaguean. Un niño que se agacha a tocar una piedra.
La ciudad sigue su ritmo violento, pero aquí —en este rincón— todo parece ralentizarse. Una mariposa se posa en el borde de mi zapato y ahí se queda. La observo sin moverme, no quiero que se vaya. Tiene alas manchadas de negro y naranja, como si alguien las hubiera pintado a pinceladas rápidas. Me pregunto si siente el mundo como yo. Si cada hoja, cada sonido, cada sombra le cuenta cosas que nadie más escucha.
Quisiera hablarle para saber si ella ve y siente todo como yo lo hago.
—¿Siempre va a ser así? ¿Qué pasaría si pudiera volar igual que tú? ¿Me costaría menos? A veces imagino que volar debe ser una forma más liviana de ser y, además, el cielo está menos poblado que los espacios por los que transito. Quizás podría sentirme diferente ahí—.
Pero me basta con verla. Compartir ese instante sin palabras.
La mariposa se va y en segundos desaparece. Por un momento creo que todo podría desaparecer así de fácil, el ruido, el ardor en la piel, la sensación de estar siempre en una frecuencia distinta a la de los demás. La sensación de no entender el ritmo de los otros. De no calzar, de no pertenecer a nada, a nada más que a mí misma y, quizás, eso es suficiente. Es más que suficiente.
Camino hacia el poniente y el cielo se enciende en colores que no sé nombrar. Un naranja con algo de violeta, con algo de gris, como un vidrio empañado por dentro. Desde donde estoy alcanzo a ver la torre del reloj de la Iglesia de San Francisco. Su silueta se recorta contra el crepúsculo, como una grieta perfecta y decido ir hacía allá.
Hay algo en ese lugar que siempre me llama. Tal vez sea su piedra antigua o tal vez la forma en que el sonido se apaga al cruzar el umbral de sus puertas. Tal vez sea solo que, ahí dentro, puedo respirar distinto.
Al entrar un par de fieles encienden sus velas y el sonido de las oraciones se confunde con el rechinar de la madera bajo sus pies. El incienso me envuelve como una nube pesada pero familiar que me invita a buscar un asiento en la última banca.
Cierro los ojos.
Escucho.
No hay silencio total, se escucha el crujido del pavimento en el exterior, a lo lejos, un vendedor ambulante promociona sus artículos con una voz gastada. Pero hay un orden. Cada cosa en su lugar. Un eco amable. Un ritmo suave. Como si, por unos minutos, el mundo hablara en el idioma correcto.
No pienso en volver. No pienso en mañana. Solo en el momento exacto en que la luz del atardecer entra por los vitrales y dibuja colores sobre el suelo de piedra. Me fijo en cómo se proyectan sobre mis zapatos. Muevo un pie y los colores se rompen, pero si me quedo quieta vuelven a unirse.
Es un juego silencioso. Un acuerdo con el mundo.
Ser autista en Santiago es esto.
Y es todo lo demás.






2 comentarios en “El ritmo de los otros”
La mente es frágil.
La música ayuda.
Quietud tesoro invaluable
Todos de vez en cuando necesitamos el viento en nuestra espalda.
Te felicito Valentina Mendez.
He leído El ritmo de los otros.
Y me salieron las anteriores palabras…
Uno como que se cree normal,es muy lindo leer lo que tu sientes más allá hermoso …te felicitó x enseñar lo que otras personas sienten de lo que vivimos cotidianamente y no los damos cuenta