Cuando el archivo es interrogado 

Las aguas del pasado son demasiado turbias. Pueden confundir a quien quiera sumergirse en ellas. Pero eso no significa que no puedan ser exploradas.

El historiador francés Marc Bloch decía que los documentos y la información son como un testigo: hablan solo si les interroga. Pensé en esa frase a medida que leía, escuchaba, observaba y asistía a siete de los trabajos nominados a la edición 2026 del Premio Gabo de Periodismo. Siete obras en distintos formatos (audio, texto, imagen y fotografía), provenientes de diferentes países (Portugal, Brasil, Alemania, España, Estados Unidos, México, Argentina y Perú), pero todas con una inquietud en común: la memoria. 

Para trabajarla, hay que aprender a mirar, reconocer los sedimentos, las voces enterradas y los silencios impuestos. 

Fue lo que hizo el periodista brasileño Fábio Correa –de quien tomo la referencia a las aguas turbias–, al sumergirse en más de 600 páginas de un archivo de la Stasi (el temido servicio de inteligencia y policía secreta de la extinta República Democrática Alemana) para dar a conocer la historia de Miguel Carmo. 

En el podcast O Pulo de Miguel: O brasileiro que pulou o Muro de Berlim, de DW Brasil, Correa cuenta con soltura la biografía de Miguel: nació en Río de Janeiro, fue detenido a los 12 años por la dictadura militar brasileña, era hijo de Ana Montenegro y Alberto Carmo (dirigentes del Partido Comunista Brasileño), exiliado en el este de Berlín, nuevamente preso a los 17 por criticar abiertamente el gobierno del país socialista y murió en India a los 30 años. Más allá de eso: por ser considerado subversivo por Alemania Oriental, estaba aislado en el lado occidental. Impedido de ver a sus padres, a su hermana, a sus amigos, a su pareja, a los 19 años cruzó el muro en el sentido contrario a lo habitual.  

En el archivo de la Stasi no aparece una historia cerrada. Solo leyéndolo nunca será posible conocer a Miguel. Porque toda acción de archivación implica selección, omisión y ordenamiento.

Los archivos no permiten saber que con sus amigos hablaba de maoísmo, de trotskismo, de comunismo. Que tenía ganas de ir a un concierto de Rolling Stones y que se metió en una pelea por ser menospreciado por una joven que consideraba que se veía indigno de salir con una de sus amigas. Esa reconstrucción solo la puede hacer un periodista agudo, que entrevista a los documentos y también a los que sobrevivieron a Miguel. Como una de las figuras maternas que él tuvo, y que afirma: “Aquel muro nunca fue querido por nadie… Imagínate: dividir un pueblo”. Una frase que salta al presente como una gran advertencia. 

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El archivo es un dispositivo de poder. A través de él se negocia la conservación de la memoria, pero también su pérdida. Esta paradoja fundamental —conservar y destruir al mismo tiempo— introduce una pulsión de muerte en el corazón del archivo. Por eso, quizás, la escritora y premio Pulitzer Cristina Rivera Garza recuerda en uno de sus ensayos que el archivo no es garantía de verdad, porque ha sido leído, elegido y pasado en limpio. 

Eso aparece con especial fuerza en el texto Os crimes da PIDE/DGS em Moçambique (1964-1974), de la periodista Maria José Oliveira (Público). La investigación revela cómo miles de pruebas de violaciones a los derechos humanos cometidas por la Policía Internacional y de Defensa del Estado (PIDE) contra la población civil en Mozambique estuvieron perdidas por más de 30 años en Torre Tombo. 

Más de tres kilómetros y medio de archivos distribuidos en 11 cajas muestran cómo la PIDE reprimió violentamente a los movimientos independentistas, censuró a disidentes y persiguió a la población local mediante el espionaje. El especial también revela el intento de destrucción de pruebas por parte de la policía política cuando el régimen comenzó a caer. Los vacíos del archivo, de cierta manera, también cuentan una historia. 

Encontrar la materialidad, aquello que se intentó borrar, y preguntarse por qué se buscó hacerlo es también una forma de interrogar. Esa lucidez aparece en Skyvan: los vuelos de la muerte, de Sonoro Media, al presentar a uno de sus personajes para quien es urgente encontrar el alma de los objetos y las esencias de los lugares como testigos de la historia. Son, dice el narrador, “pequeños tesoros con los que se construye la memoria y que, con un poquito de suerte, pueden aportar a que se haga justicia”. 

El pódcast muestra cómo la incansable periodista Miriam Lewin emprende una investigación para identificar a los pilotos de los vuelos de la muerte –esa nefasta técnica de exterminio y desaparición forzada utilizada por algunas dictaduras militares en América Latina– y buscar justicia por los prisioneros políticos arrojados vivos o ejecutados desde aeronaves hacia el mar o los ríos de Argentina. 

No era una tarea sencilla develar los nombres de los asesinos. Aunque acostumbrada a investigaciones contundentes, esta le tocaba de cerca: Miriam Lewin fue detenida el 17 de mayo de 1977. Confrontar desde el periodismo a los militares que la secuestraron y torturaron, recordar cuando le dijeron “mírame bien: soy el responsable de tu vida y tu muerte”, acordarse de cuando, junto a los montoneros, estaba decidida a suicidarse con tal de proteger a sus compañeros de lucha, era demasiado difícil, demasiado personal. Hasta que se dedicó a intentar encontrar esos aviones que salían desde distintos centros clandestinos de Argentina. 

Los archivos son un testigo. 

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La memoria individual constituye uno de los pilares de la existencia humana. Pero esta dimensión individual está ineludiblemente atravesada por códigos culturales compartidos.

En contextos de trauma histórico, la pérdida de esa memoria común puede dejar a una sociedad sin orientación presente ni proyección futura. No obstante, ambas dimensiones —colectiva e individual— dialogan y se sostienen mutuamente: la primera se afianza en las memorias personales, lo que permite cierta continuidad incluso ante el olvido estructural. 

Así, incluso cuando no se hablaba de las muertes en Mozambique, de las prohibiciones para moverse hacia un lado u otro del muro de Berlín o de los vuelos de la muerte en Argentina, la persistencia de experiencias y la multiplicidad de recuerdos personales permitían afirmar algo fundamental: esto sí ocurrió.

La memoria colectiva es tan decisiva para la vida social como lo es la memoria individual para la biografía personal. Pero eso también tiene sus trampas, como revela sabiamente el pódcast Se llamaba como yo, de De eso no se habla y EITB Media. Allí la pregunta es qué sucede cuando una vida entera se construye alrededor de un relato que, con el paso del tiempo, comienza a resquebrajarse.

La protagonista Begoña heredó el nombre de su hermana, una niña asesinada a los dos años en una estación de tren durante el verano de 1960. Durante décadas, su familia creyó que había sido víctima de ETA, porque habían leído noticias y escuchado una y otra vez el nombre de ese grupo (incluso cuando no había reivindicado esa acción en particular). 

Ese recuerdo organizó una vida: un duelo, un miedo, una forma de entender el peligro y de nombrar la violencia. “Hay veces que pienso que somos dos. Soy una, pero somos dos. La niña (su hermana) siempre está ahí”, dice Begoña. 

Fue gracias a la investigación de la periodista Isabel Cadenas Cañón que Begoña supo, medio siglo después, que probablemente su hermana fue víctima de un acto del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL), una organización armada antifascista formada por exiliados españoles y portugueses para luchar contra las dictaduras de Franco y Salazar. 

Así como la memoria personal puede ser frágil, también lo es el lenguaje. Lo dice la periodista en la narración del pódcast: “No hay palabras comunes para hablar de lo que pasó (…) Tema vasco, conflicto, terrorismo. Todas están cargadas”. “Y yo trabajo con palabras”. 

Tener o no tener palabras para narrar lo vivido determina la posibilidad de compartir esa experiencia, de inscribirla en la memoria colectiva, y de transformarla en conocimiento social.

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El trabajo periodístico no busca reemplazar una memoria por otra. Parece más bien querer mostrar cómo la memoria se transforma cuando aparecen nuevas preguntas. Como plantea la socióloga Elizabeth Jelin, toda memoria es una reconstrucción más que un recuerdo: una elaboración que depende del presente, de sus lenguajes y de aquello que una sociedad está preparada para escuchar.

He ahí la urgencia de generar archivos hoy. 

Dos de los trabajos nominados a la categoría Fotografía lo hacen: “Los que siguen nombrando”, de Luis Javier Maguiña, y “Recuperar la memoria”, de Sofía Moro. Ambos parten de una misma intuición: cuando faltan los documentos oficiales, cuando la historia queda suspendida por la ausencia de quienes podrían contarla, otros materiales comienzan a hablar.

En el primero, Maguiña documenta las huellas dejadas por la represión durante las protestas ocurridas en el gobierno de Dina Boluarte en Perú y que dejaron más de cincuenta muertes. En medio del duelo, los objetos cotidianos se transformaron en archivos vivos: una fotografía, una prenda, una carta, una habitación que conserva la presencia de quien ya no está. No son objetos neutrales. Guardan una relación afectiva con quienes los conservan. Frases como “Te extraño, mi querido esposo”, “te apareces en mis sueños”, escritas en sobres para los fallecidos, funcionan como una conversación que continúa después de la ausencia.

Algo similar ocurre en el fotoensayo de Moro sobre los álbumes familiares afectados por la dana que golpeó distintas localidades valencianas en 2024. Tras la inundación, una iniciativa de la Universidad Politécnica de Valencia llamada “Salvemos las fotos” buscó rescatar imágenes familiares dañadas por el agua.

Podría parecer un gesto pequeño frente a una catástrofe, pero esas fotografías contenían algo irreemplazable: escenas cotidianas, celebraciones, vidas comunes. La dana, literal y metafóricamente, borró muchos de los rostros de las imágenes. El efecto es casi poético: son fotografías que representan a todos. Su capacidad evocadora no está únicamente en lo que muestran, sino en todo aquello que activan en quienes las observamos.

Son recuerdos heredados por quienes, quizás, no vivieron los hechos, pero los reciben de manera vívida a través de imágenes y archivos familiares. El archivo como una mediación necesaria para transmitir aquello que quedó por fuera del testimonio directo.

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Las aguas del pasado son demasiado turbias. Pero las del presente tampoco están exentas de sedimentos. 

Quizás por eso el ejercicio periodístico aparece como uno de los modos privilegiados de dar forma a la memoria. Nuestro quehacer consiste, incluso, en la generación de archivos que serán utilizados en un futuro. Y como suele pasar con lo que se hace ahora, las disyuntivas éticas del oficio han de hacerse notar. 

Ese es, quizás, el principal mensaje del documental La foto, de RTVE y nominado en la categoría Imagen. Las fotografías de Francisco Franco agonizando en el hospital, tomadas por su propio yerno, Cristóbal Martínez-Bordiú, abrieron un fuerte debate sobre el uso de los archivos. 

En el relato, algunos defienden que era una tarea del periodismo publicar las imágenes porque confirmaban que había algo que se intentaba ocultar: que a Franco se le intentó alargar la vida por intereses políticos, algo confirmado por historiadores. Otros ponen en duda que la foto, como tal, destapara esto y sostienen que fue publicada por puro morbo. Una invasión, una exhibición innecesaria del cuerpo de una persona en sus últimos momentos, en un contexto en el que La Revista, de Jaime Peñafiel, estaba en una guerra por el golpe periodístico con ¡Hola! El propio Peñafiel reconoce que tenía espías y que esa fue una de las épocas más intensas de su vida.  

La discusión revela una tensión permanente en el periodismo de memoria: la frontera entre documento y espectáculo, entre revelar y exponer. Los documentos no llegan al presente sin consecuencias. Y quizás ahí aparecen algunas de las preguntas más difíciles de nuestro oficio a la hora de trabajar con la memoria: ¿qué debe hacer el periodismo cuando el pasado regresa? ¿Reparar silencios, incomodar los relatos instalados, conservar incluso aquello que duele?

Examinar un archivo implica aceptar que sus respuestas nunca son completas. En esa insistencia por leer lo incompleto, nuestro oficio también se convierte en parte del archivo que algún día será interrogado. 

*Esta reflexión fue escrita por invitación de la Fundación Gabo, como parte de su compromiso con el presente y el futuro del Periodismo en Iberoamérica.

*La imagen de portada corresponde al podcast O pulo de Miguel (DW). Todas las imágenes utilizadas en este ensayo fueron facilitadas por la Fundación Gabo.

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