El archivo huérfano de Ismael

No te vi nunca. No te veré. 

Mi Dios lo ha hecho.

“In Memoriam”. Desolación–Gabriela Mistral

Aquí no hay atmósferas. No hay lágrimas. Tampoco hay largas conversaciones ni recuerdos de infancia. No hay amigos que ayuden a construir su obra, ni mucho menos familiares dispuestos a reclamarla. El personaje que más acompaña esta historia es el polvo. Horas de lectura y viajes por Santiago en búsqueda de algún atisbo de su existencia. El olor a guardado es el protagonista de lo que quedó de la vida de Ismael Espinosa Vargas. 

En 2019, Elisa Domínguez se contactó con una fundación que salvó parte de la obra pictórica de Ismael de un fatal destino. Un año antes, su sobrina Patricia Domínguez había encontrado en la calle cajas de cartón que guardaban cientos de miles de fotografías hechas por él, identificadas gracias a un par de imágenes rotuladas con su nombre. Hace seis meses, Fundación Enterreno –un espacio dedicado a preservar el patrimonio análogo de Chile– publicó en Instagram un afiche con la esperanza de que alguien reconociera el trabajo inédito de Ismael. Hasta la fecha, solo les han escrito desde el Museo de Rapa Nui interesados en los registros de la isla, y yo, interesada en la historia de Ismael.

En Avenida El Cerro 0424, la falda del Cerro San Cristóbal en el barrio Bellavista, se gestó lo que algunos llamaron “casa taller”. Allí solía vivir hasta hace quince años atrás el editor artesanal, fotógrafo, periodista, abogado, cuentista y “Decorador de las letras”, como lo apodó el periodista Luis Vargas Saavedra para un artículo de El Mercurio en 1992, cuando lanzó a la venta una edición especial del poeta Raúl Zurita titulada El Amor de Chile con acuarelas de Mario Toral.

También descrito como “artista de libros de artistas”, como alguien lleno de “escondrijos y rincones” en la revista Hoy. Fue cooperativista. En 1974 publicó Doctrina y legislación cooperativa (Ediciones Nueva Universidad) y años más tarde fundó Habitacoop; creía en ella por ser “el equilibrio entre el capitalismo y el comunismo”. En su primera vida fue abogado, así llegó a escribir Cheques a Fecha y Garantía y Práctica Forense en 1964 junto a Diego Barros Aldunate, obra dotada de dos tomos –de los cuales se desprendieron dos tomos más en 1975–, transformándose así en el libro “más consultado por abogados, jueces, procuradores, estudiantes de Derecho, gerentes y ejecutivos de empresas, contadores, ingenieros comerciales y demás personas ligadas a materias legales”, se puede leer en la introducción del segundo tomo. Fue profesor de legislación social de la Universidad Católica; su casa de estudios en dos ocasiones.

Fotografía de Ismael para la revista Vanidades en agosto de 1990 por Sofía Vives

Apasionado por la cultura y la comida, escribió en 1990 un libro sobre gastronomía chilena como resultado de años de saboreo colectivo entre su familia y compañeros en viajes efectuados desde Arica a la Antártica. Sentía que faltaba hacer una recopilación de recetarios de cada región y así nació Lo que se come en Chile. Ocho años antes había escrito Coplas del Vino Chileno, inspirado por los cantos que creció escuchando de la persona que le ayudaba a hacer el aseo a su abuela, y diecisiete años después publicó El mate chileno en 2007. Todas estas ediciones son consideradas “de lujo” por los coleccionistas.

Antes de pasar a su segunda vida editando libros artesanales y viajando por el país, salvó a un hombre cuando lo libró de morir condenado por la justicia. Todo eso quedó atrás cuando conoció a Eduardo Armstrong Aldunate; pintor, ilustrador y creador de la revista Mampato, quien falleció el mismo año en que Ismael comenzó a trabajar, en 1973, donde coincidió con Mario Fonseca, la novelista Isabel Allende –con quien redactó un artículo “sumamente cómico” en el que intercambiaron vidas– y la fotógrafa bisnieta del fundador de Antofagasta, Carmen Ossa. Luego fue parte de la revista Paula como fotógrafo, para la cual realizó un reportaje en Ecuador. Allí, además de coincidir con Allende y Ossa, también trabajó con Malú Sierra y Amanda Paz bajo la dirección editorial de Delia Vergara, un equipo que para él fue el mejor que tuvo la revista y muy diferente “con respecto a la insulsa y arribista Paula de hoy”.

De igual forma lo hizo en la revista Domingo de El Mercurio como fotógrafo y cronista, viajando por Chile tricontinental. Fue en ese período en que desarrolló sus dotes con la cámara, un oficio poco conocido de Ismael hasta hace unos meses atrás.

Viajó y recorrió cada rincón que pudo. “Eduardo me encargó todo lo relativo a Chile: historia de sus regiones, su gente, en dibujos y fotos. En un mes había cerrado mi oficina de abogado”, dijo en 1984. Hay un libro que así lo demuestra, y se llama Antiguas iglesias y capillas de Chile de 1975. Una agenda que incorpora la ruta de los 16 templos fundadores de las ciudades en el país, desde Arica hasta Magallanes. Esta actividad le valió más adelante la etiqueta de historiador.

“Enteramente de fierro desmontable y diseñada por el gran Eiffel, tiene una historia curiosa. La antigua matriz ariqueña había sido totalmente destruida por el terremoto y salida de mar de 1868, dejando a los fieles sin templo”, se lee en la descripción del revés de la imágen de la Catedral de San Marcos de Arica.

“El 30 de octubre de 1843 el capitán de fragata don Juan Williams inauguró en la puntilla de Santa Ana el primer puesto de avanzada chileno en el Estrecho de Magallanes. El establecimiento fue bautizado como Fuerte Bulnes. Fue la iglesia más austral del mundo hasta que se fundó Punta Arenas”, así describió a la pequeña iglesia de madera del Fuerte Bulnes, Nuestra Señora del Carmen.

En la revista Mampato escribió sobre botánica, biología e historia. En algunas ediciones, en el revés de la portada de la revista se puede apreciar una editorial con datos de flora y fauna que solía escribir Ismael. Justo abajo, en el pie de la página, se lee un pequeño mensaje: “Sin las plantas y los animales no podríamos vivir, y ellos necesitan tu protección… ¡Piénsalo!”. Era una edición sobre flores silvestres chilenas de la zona mesomórfica. Su pasión por las flores silvestres chilenas quedó plasmada en una agenda de 1974 de la Editorial Lord Cochrane, una obra que fue posible gracias a su citroneta y un colchón, dos herramientas que sumadas a su cámara capturaron más de cuatrocientas especies.

Coplas del Vino Chileno. Edición especial con dedicatoria a Tomás P. Mac Hale

Fue precisamente durante su primer trabajo como reportero que se decidió por estudiar periodismo en 1976 en la Universidad Católica junto a Aura Barrenechea y a Jorge Raúl Rosas, cuyo seminario de título “El secreto profesional del periodista” –donde Ismael redactó la tercera parte sobre el marco legal– y fue guiado por Tomás P. Mac Hale, periodista, académico y redactor de El Mercurio –a quién le regalaría más adelante una edición de Coplas del Vino Chileno en 1982 con el mensaje “para mi primo”–. La carrera la sacó en tres meses.

Entre 1977 y 1979 se pueden leer artículos escritos por él en la revista Domingo de El Mercurio. Allí continuó con su pasión por la historia y la fotografía a través de “La cámara del tiempo”, una sección que nació el 13 de agosto de 1978 como una especie de “viaje pintoresco, severo o nostálgico”, eran efemérides pictóricas de todas aquellas décadas que terminasen con el número “ocho”, como 1908, 1918, y así. “Porque el presente, como una nota musical, no es nada si no se considera en relación con lo que fue y con lo que ha de venir”, se lee en la primera edición.

Por lo menos en dos ocasiones tuvo la oportunidad de viajar a Rapa Nui; en 1977 lo hizo para presenciar la exposición de la ciudadela Orongo restaurada por el arqueólogo norteamericano William Mulloy tras 110 años de “abandono y depredaciones” y en 1978 para capturar a todo color la expedición del equipo del oceanógrafo, explorador y oficial naval francés Jacques Cousteau a bordo del calypso. De esto último hay registros inéditos.

Fotografía de un moai en Rapa Nui por Ismael

El Decorador de las letras

Nacido el 27 de noviembre de 1937 bajo el signo de Sagitario, creció sin estímulos artísticos particulares entre cuatro hermanos, un padre actuario y una madre secretaria de gerencia. Fue padre de Gonzalo y esposo de Jany –Julia–, con quien compartía su pasión por los cactus, y de Lily, con quien compartió sus últimos años. Amaba las caricaturas. Tal era su pasión por ellas que publicó Caricaturistas y dibujantes de Chile: (una antología con 780 caricaturas desde 1818 hasta 2006). Pensaba que las figuras de centroizquierda no se ilustraban porque se pensaba incorrecto, y que durante el régimen militar eran censuradas, a lo que en democracia las declaró prácticamente  extintas: “Es más fácil reírse de lo que le pasa a un marido con su mujer que hacerlo de lo que sucede con el gobierno. De hecho, no hemos visto prácticamente caricaturas de Michelle Bachelet. Y de Ricardo Lagos hubo poquísimas.”, le dijo a Pamela Aravena en 2006. 

“Quiero mostrar cosas chilenas que sean hermosas, mostrar que tenemos vida propia; porque he escuchado gente decir que nuestra cultura no existe, y eso es mentira”. Ese pensamiento dio vida a más de veinte ediciones y recopilaciones artesanales y unas cuantas de su autoría, entre ejemplares especiales encuadernados a mano, como grabados de la historia de Chile –entre trajes, ciudades, caballos, costumbres, hasta botánica–, poemarios y sus propias elocuencias. 

Fotografía de Ismael para LUN sobre una edición de lujo. Fuente: Biblioteca Nacional Digital

De acuerdo con Enrique Lafourcade, fue Roque Rivas Sánchez quien lo acercó a las ediciones de lujo. Este editor autodidacta habría publicado Cartografía Colonial Chilena en 1972 cuando era gerente de una empresa papelera. Al igual que su colega, años más tarde abandonó su trabajo como gerente y publicó junto a Ismael Hombres y Cabalgaduras Chilenas en 10 Grabados del Siglo XIX, piezas inéditas facilitadas por el excanciller, Germán Vergara Donoso, quien era además un “notable coleccionista”. 

En 1978 se materializó una colección de grabados de la vista de Santiago Antiguo, una recopilación de 16 láminas, entre ellas mapas, grabados y dibujos. “Son las imágenes de esta carpeta, pero también nuestros propios recuerdos los que nos hacen recorrer con nostalgia primero, y luego con rebeldía, la ciudad que conocimos, que quisimos y que hoy día no existe”, escribe Hernán Rodríguez en la introducción. Hoy esta edición se vende por más de 200 mil pesos.

Su primera encuadernación bajo la editorial independiente Ismael Espinosa S.A. Ediciones Artesanales fue Santiago, Chile M. Rugendas (1980), una edición de doce grabados originales que rescató de una biblioteca en Alemania del pintor e ilustrador bávaro Johann Moritz Rugendas, eran dibujos a carboncillo de la capital chilena. Precisamente la selección de Ismael tenía un sentido: tipología nacional o idiosincracia chilena. Este registro fue catalogado como “un excelente material de estudio para un antropólogo” por la revista Pluma y Pincel tres años más tarde. De este título distribuyó cerca de mil ejemplares y uno de ellos –el XVI– descansa en la Biblioteca Nacional.

Gracias al trabajo de Rugendas se hizo famoso, tanto así que sus ediciones sirvieron de regalo de Navidad a presidentes, cardenales y hasta para el Papa Juan Pablo II.

Lámina de Santiago, Chile M. Rugendas. Ejemplar de la Biblioteca Nacional

Un año después nació la “edición curiosa” de Ismael –porque emerge de su interés por dar a conocer las especies de plantas monocotiledóneas presentes en el país– llamada Orquídeas de Chile en Chile. La emblemática flor símbolo colombiano era poco conocida en Chile, o al menos era ignorada la presencia de cerca de cien especies endémicas de un total de veinte mil en el territorio latinoamericano, caracterizadas por ser terrestres, a diferencia de sus familiares tropicales que crecen en troncos y ramas de árboles –llamadas epífitas–. Nuevamente en formato de grabados y con ayuda de estudiantes de arte, ilustró las doce orquídeas nativas que con un morral al hombro recolectó él mismo a pocos kilómetros de la capital; en la costa central, en el Cajón del Maipo, en valles cordilleranos y cerros de Malleco; según la revista Ercilla en 1981. 

Una vez impresas todas las ediciones –cerca de mil– buscó en el libro El mapa de la extrema riqueza a las personas más ricas de Chile y envió cerca de 150 ejemplares, donde solo cinco le respondieron. Hizo la misma prueba con “modestos profesionales” –como él mismo los describió– y le respondieron 25. Repartía todas sus ediciones personalmente en una moto.

Cuando fue llamado Decorador de las letras por Luis Saavedra ya había editado más de una veintena de libros e impreso miles.

En 1990 había publicado Fichas, Vales y Billetes Salitreros de Chile, Perú Y Bolivia, en 1989 salió a la venta Álbumes de trajes de Chile de los siglos XVIII y XIX una edición de tan solo 800 ejemplares empastados en formato de álbum y carpeta, presentado oficialmente en el Museo Nacional de Bellas Artes. Dos años antes veía la luz Autorretrato de Chile 1850-1915, un libro “con más de 400 fotografías del pasado histórico social, religioso, urbano, arquitectónico y costumbrista”, se lee en Feria Chilena del Libro. Esta edición, dedicada al material iconográfico de la fotografía chilena es lo más cercano al moderno trabajo de la Fundación Enterreno.

Para 1986 estaba publicando Encuadernaciones artísticas hechas en Chile durante el siglo XIX, una edición única y “de gran interés para los bibliófilos y todos los aficionados a las bellas ediciones” escribía en El Mercurio Tomás P. Mac Hale. En el libro, Ismael y Adolfo Holley lograron identificar al primer encuadernador chileno, José Camilo Gallardo, que hasta ese momento era reconocido como impresor y tipógrafo.

Esta técnica, de la cual se enamoró Ismael y la convirtió en su único rubro hasta su muerte en 2011, habría sido masificada en 1828, con la llegada de alemanes que fundaron talleres de encuadernación, transmitiendo de esta forma la técnica. En la misma nota de prensa se lee que para poder dar con tal investigación debieron recorrer “con detenimiento los fondos de varias bibliotecas públicas, como la Nacional, la del Congreso Nacional, las de los conventos de San Francisco y de la Recoleta Dominica, de las Universidades Católica y de Chile, y el archivo Nacional y varias bibliotecas particulares”. Este trabajo le valió un ejemplar especial a la Biblioteca Nacional.

Un año antes de eso escribió la Historia secreta de Santiago de Chile con las ilustraciones de Themo Lobos, también de Mampato, a quien años más tarde le quitó la autoría sin mayor mención. Esta edición descansó de correcciones por fin en 2009.

En 1995 publicó la edición artesanal El libro de los dioses con óleos del pintor Hernán Valdovinos. Luego dedicó parte de su tiempo a empastar ediciones especiales de poetas famosos chilenos, dentro de ellos Altazor de Vicente Huidobro, Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada del Premio Nobel Pablo Neruda, además de El Profeta del pintor y novelista libanés Kahlil Gibran, todos con pinturas al óleo de Valdovinos. También publicó Cantan los peces; Cinco Sonetos y un Elogio al Mar de Chile (1984) del poeta Ernesto Murillo con serigrafías de Ricardo Guajardo.

Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada de Pablo Neruda. Edición artesanal de Ismael Ediciones. Ejemplar de la Biblioteca Nacional

En 1989 hizo algo similar pero con poemas de Desolación de la también Premio Nobel Gabriela Mistral, con ilustraciones de Carmen Aldunate y caligrafía de María Angélica Seguel. Se trató de una de las más exclusivas, con solo 500 ejemplares a propósito del centenario del natalicio de Mistral. En el colofón del libro explicaba que 25 de los ejemplares serían destinados a la Orden Franciscana, ya que por disposición testamentaria de la poeta, el dinero recaudado iría a niños pobres del Monte Grade por medio de los franciscanos pertenecientes a la orden, de la cual ella también formó parte. Un año más tarde realizó Alturas de Macchu Picchu de Neruda a propósito de los 40 años de la publicación del Canto General, incorporando 12 ilustraciones por el aerógrafo Oscar Rodríguez.

En 1997 publicó Poemas de las Madres con ilustraciones de Mónica Clerfeuille en conmemoración de los cuarenta años de la muerte de Mistral y de los setenta y cinco años de la primera publicación del poema, hecha en Nueva York en 1922 por el Instituto de las Españas.

La década de los dos mil fue un período misceláneo de Ismael, abriendo el siglo con una edición de Manual para operar en las bolsas de Nueva York mediante la Internet; su última “aventura” editorial. Para el año 2009 escribió 25 mujeres en la vida de Pablo Neruda, un texto explorando la vida amorosa y sentimental del poeta, junto con la biografía de las musas que marcaron su obra.

Tres años antes de morir, publicó una recopilación de 97 Cuentos Góticos, Algunos de Ultratumba, explorando temas como la muerte, misterio y terror. “Algunos de los cuentos tienen un tono más ligero y humorístico, mientras que otros son más oscuros y perturbadores (…) ofrece una visión amplia y variada de la literatura gótica, con historias que pueden ser leídas como entretenimiento o como una exploración más profunda de la condición humana”, se lee en una reseña en El Club de los Libros Soñadores.

Y entre cientos de miles de ejemplares, la primera vez que habló desde sus entrañas lo hizo en De arriba vengo, p’ abajo voy: recuerdos de sesenta años, un libro que recoge, en parte, su experiencia como periodista y sus memorias:

“Ismael Epinosa Vargas

Abogado, periodista y editor

nació en Santiago en 1937

En sus ediciones ha procurado

reflejar distintos aspectos del país

dando gran importancia a la acuciosidad

de la información entregada

a la excelencia del diseño

y a la calidad de los materiales empleados”

(Solapa del libro de sus memorias De arriba vengo, p’ abajo voy)

De arriba vengo, p’ abajo voy: recuerdos de sesenta años. Ejemplar de la Biblioteca Nacional

***

Mientras todo Chile se recuperaba de la conmoción causada por la muerte del conductor de televisión Felipe Camiroaga y otros veinte famosos en la isla Juan Fernández, el 9 de diciembre de 2011 falleció Ismael dejando consigo a los mortales una pregunta: ¿Qué pasará con el libro?

El exdiputado de Renovación Nacional y abogado Luis Ferrada Valenzuela –quien fue parte de la defensa del criminal de lesa humanidad, Miguel Krassnoff– se preguntó a sí mismo días después de la muerte de su colega de la Sociedad de Bibliófilos Chilenos sobre el futuro que le depara a la lectura común, más empero anticipó el valor de las ediciones artesanales de Ismael, afirmando que “a los Libros de Artista les aguarda larga vida”. Para Ferrada, Ismael fue un hombre solitario, liberal y rebelde, una creencia que no distaba de la realidad. Siempre ostentó soledad.

“Reconozcamos que estamos solos. Nacimos, vivimos y moriremos solos”, escribió en sus memorias. Para Ismael los humanos no éramos más que “microbios pretenciosos de vida cortísima y aleatoria”. En cuanto a su propio esqueleto, este le recordaba que su “viaje en paracaídas” terminaría pronto, y solo así, sintiendo su esternón, sus costillas y demás, le hacía sentido la adivinanza de su abuela Peta cuando le decía: “¡De arriba vengo, p’ abajo voy!”. “No era el peo ni tampoco el gallo”, escribió, “¡era yo, somos todos nosotros!”.

El archivo huérfano

Esqueletos, vasijas y artefactos precolombinos, todo eso fue parte del trabajo de excavación del arqueólogo Gonzalo Domínguez en el cementerio Punta Nunwick, un sitio arqueológico preincaico y diaguita ubicado en el desierto de Atacama. Dieciocho años después de la primera expedición en 1966, nació su nieta, Patricia Domínguez, heredera de su pasión por la cultura, el patrimonio y las artes.

Hace un mes estuvo en la capital de Portugal exponiendo Ojos Múltiples, pero hace años que viaja por el arte. En 2007 egresó de Licenciatura en Artes en la Universidad Católica y cuatro años más tarde partió a Nueva York para estudiar un curso de ilustración botánica y de ciencias naturales, además de un magíster en Estudio del Arte de la Hunter College. Asimismo, su talento le valió varios reconocimientos, entre ellos una beca otorgada por la Fundación AMA para una breve pasantía en Londres en 2017. Ha expuesto en Finlandia, España, República Checa, Canadá, Tenerife, Argentina y por supuesto, Chile.

Precisamente su amor por el arte salvó la colección de Ismael de ser devorada por el olvido –y el camión de basura–.

Fue un encuentro casual. Patricia caminaba por Bellavista un domingo cualquiera. No estaba sola, iba acompañada de un amigo. Juntos fueron testigos del avistamiento de lo que ella llama “tesoro”. Estaba ahí, afuera de un sitio en demolición sin identidad, nombre o numeración. En plena avenida yacía un regadero de cajas a la intemperie esperando ser recogidas por el camión basurero a la mañana siguiente. Al acercarse, notaron que las cajas estaban llenas de artefactos, entre ellos, había una con decenas de diapositivas. Incapaz de creerle a sus ojos, pensó: “Acaban de tirar el trabajo de años de alguien que no tengo idea quién es”.

No se detuvo ahí. Abrió una caja al azar y descubrió una documentación de vasijas precolombinas. En ese momento una fibra fue tocada: “Estoy en todo un proceso para poder hacer un museo con los descubrimientos de mi abuelo llamado Museo de las Gaviotas”, sin bastar con eso, abrió otra. “Entonces la vi y tenía toda una documentación de monedas antiguas, y dije, ‘no, esto es un tesoro’”.

La tercera caja enunciaba su nombre. Se trataba de un registro de la celebración de Cuasimodo de 1972. Lo último que se dijo a sí misma antes de rescatar todo fue: “No puedo dejar que el trabajo de esta persona se quede acá en la calle”. Así llevó consigo cajas y cajas de la vida de Ismael Espinosa Vargas, que hoy están en custodia de Felipe Bengoa y Nicolás Fernández, fundadores de Enterreno.

Archivo de Ismael con cajas amarillas que contienen diapositivas

Todo se remonta a 2015 y dos amigos recién egresados de la universidad. 

La principal motivación para crear Enterreno fue la memoria pictórica de las ciudades. Nicolás Fernández y Felipe Bengoa, dos jóvenes arquitectos de la Universidad del Desarrollo comenzaron con una cuenta de Twitter donde publicaban fotografías análogas que encontraban en los rincones de sus casas. Algunas eran de sus tíos, otras de sus abuelos; en realidad, cualquier fotografía de Chile análogo que estuviera en buen estado la compartían. Luego, con el pasar del tiempo, empezaron a ganar adherentes que también subían imágenes antiguas, y fue en ese momento que les rondó por primera vez la idea de construir una plataforma perenne y única.

“Esos fueron los años de gloria de Twitter”, diría Felipe once años más tarde y con seis horas más que en Chile sobre los cimientos de la Fundación. Después de que les cerraran la cuenta principal, migraron a Facebook. Finalmente se vieron forzados a crear una plataforma web por la necesidad de un espacio formal que diseñó él mismo, y de la cual está orgulloso. El componente colectivo fue precisamente orientando el proyecto a lo que es hoy día, tanto así que en 2016 la misma comunidad financió la plataforma a través de un crowdfunding.

Para el momento en que conversamos, Felipe se encontraba elaborando su tesis para un magíster en Países Bajos sobre el fotógrafo y arquitecto Luis Mitrovic, oriundo de Valparaíso, cuyo archivo fotográfico, compuesto por más de 17 mil fotografías y mil cartas, descansa en la Fundación. 

“Desde el 2019 en adelante comenzamos a recibir archivos físicos y a resguardarlos. Y ahí es donde nació también un convenio de colaboración con universidades. Primero fue con la Universidad Gabriela Mistral y después con la Universidad San Sebastián, donde teníamos distintos enfoques de colaboraciones”, cuenta.

Fue gracias a esa participación y visibilidad que poco a poco comenzaron a recibir colecciones por parte de personas que encontraban fotografías y se las donaban. Han recibido de todo, “desde un álbum que alguien encontró en la basura hasta colecciones que nos han donado legalmente o colecciones huérfanas sin herederos, por así decirlo, como el caso de Ismael Espinosa”, este último inédito y poco conocido. Como se puede ver, la prensa reconocía a Ismael como un connotado periodista y editor artesanal, pero la faceta de fotógrafo había quedado relegada a un mero apoyo visual de sus viajes y bitácoras más que como una ocupación en sí misma.

En busca del autor

“Una caja con miles de fotografías encontradas en un sitio en demolición fue a parar a Enterreno. Luego de meses de digitalización y rescate, buscamos más información sobre el autor de este increíble registro”, se puede leer en la publicación de la Fundación. El 5 de enero de este año, Felipe emprendió oficialmente la búsqueda del responsable de cientos de diapositivas encontradas en la basura.

Pero desde entonces, nadie los ha contactado.

Un comentario de la publicación decía reconocerlo: “Creo que trabajó en la revista Mampato y me tomó unas fotos para un reportaje cuando yo tenía 11 años”, comentó Luis Vega. Para la edición número 200 el 21 de noviembre de 1973 Ismael lo había fotografiado en el parque Quinta Normal vendiendo empanadas de pino para un reportaje sobre niños que trabajan los días domingo.

“Las empanadas las hace la mamá por la mañana y él sale en la tarde a venderlas (…) A Luis le gusta vender y lo hace bien”. Poco y nada sabía que se trataba de Luis Vega González, exmiembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y protagonista de un intento de fuga de la cárcel de La Serena. Tiempo después, el joven dominguero escribió Memorias de un Combatiente (2023).

Más abajo alguien identificado como “Enrique M” aseguró recordarlo como fotógrafo de la revista junto a Carmen Ossa, y aún más abajo, la periodista Paula Rosseti decía que su padre había trabajado junto a él en la revista Paula, pero al preguntarle respondió que nadie recordaba nada y que su padre había fallecido.

Nadie sabía mucho, pero todos valoraban su trabajo: “Joyas”; “¡Que capo!”; “Impresionante”; eran algunos de los comentarios que llenaban la sección.

La caja que encontró Patricia contenía lo siguiente: más de cien fotografías en positivado sueltas, entre ellas grabados, reproducciones, pinturas y partes de Chile, algunos negativos de monedas y billetes, sobres con la dirección de su casa y su nombre escrito varias veces en los mismos en un intento por clasificar los rollos 120 mm sueltos. Otros cientos de diapositivas Kodachrome sueltas dentro de bolsas; algunas de Isla de Pascua, otras de flora nativa del sur y norte del país. 

En total, las diapositivas clasificadas en pequeñas cajas amarillas y rotuladas con la localidad donde fueron capturadas suman más de 130, y cada una con un promedio de cincuenta diapositivas. Ese fue el trabajo de Ismael, o lo que quedó. Gracias a ello es posible saber que capturó paisajes de Ecuador, Argentina –tanto Bariloche como Buenos Aires–, la Amazonia, Perú, Tierra del Fuego, la Antártica y todo el territorio chileno entre 1970 y 1980.

Archivo de Ismael por Fundación Enterreno

***

–¿Aló?, ¿Carlitos? Dice la señorita Sofía que usted la va a recibir en la oficina… Ajá… Pase.

Es primero de julio y está más helado que la primera vez que salí a la calle en búsqueda de Ismael cuando visité Casa Zar en el Barrio Italia para conocer el ejemplar número 374 de Santiago Antiguo. Hoy, después de un mes, puedo ver la caja donde dejaron un pedazo de su vida. La misma caja que Patricia encontró en la basura y que Felipe pasó horas revisando. Hoy soy yo la que hurguetea para descubrir un poco del mundo que inmortalizó.

Hace unas semanas el archivo debió mudarse. Como hijo de matrimonio divorciado, parte del material quedó en manos de unas personas que están trabajando en conjunto con Felipe la obra de Luis Mitrovic y otro quedó en custodia de Mappin, la empresa de mapas de Felipe. 

Para que nos conociéramos, Felipe arregló un encuentro desde el otro lado del mundo para que yo pudiera visitar la oficina donde descansa ahora el archivo, junto con la empresa de su madre, quien me recibió con un cálido abrazo y un café bien negro. Así pude ver por primera vez el trabajo de Ismael en vivo y en directo.

Cuando el archivo llegó a sus manos, lo primero que hizo Felipe fue digitalizar los films 120 y luego las diapositivas. El mismo órden seguí yo. Usando guantes de nitrilo para poder manipular con cuidado las placas, comencé por una bolsa que contenía revelados sueltos; cientos y cientos de fotografías de Chile. Luego continué con los contenedores amarillos de diapositivas catalogadas por viaje, gracias a eso es posible conocer que Ismael fotografió granjas, campos, playas, ciudades, fábricas, industrias, fiestas típicas, personas, expediciones,  monedas, flores, árboles, animales de todo tipo, incluyendo pingüinos, y grabados. 

Aún no se encuentra totalmente digitalizado. Además de no tener los derechos de autor para distribuir la obra de Ismael, no cuentan con financiamiento para continuar con el proceso, por lo que más de la mitad de sus fotografías siguen juntando polvo, como por ejemplo su archivo “personal”; una colección de menos de treinta diapositivas de sus amigos en Rapa Nui, o su colección en Argentina, Ecuador o las cientos de flores silvestres. Sin traspaso legal, el archivo queda en las sombras.

Fotografía por Ismael de unas astromelias en Bullileo, Maule

***

“La fotografía desde siempre tuvo un inmenso atractivo para mí pues es más elocuente que muchas páginas de lectura”, escribió en sus memorias. De las posesiones tempranas más amadas por Ismael, además de su preciada mamadera, estuvo la “máquina fotográfica”. Cuando las diapositivas comenzaron a ganar popularidad, “fui uno de los primeros en sacar partido de esos minúsculos y coloridos pedacitos de celuloide”.

Ismael llegó a tener cientos y miles de diapositivas de las muchas partes donde había estado, y “con ellas como reserva podía dármelas de fotógrafo profesional. De hecho, en ese carácter actué impunemente durante varios años”, escribió a comienzos del siglo XXI.

Y como si fuera poco, luego de volver a mirar las fotos que sacó durante esa “época pionera”, las catalogó de “calidad apenas mediocre, pero como estábamos en el país de los ciegos, y esas fotos aparecieron en el Mampato”, así pudo trabajar en muchos reportajes y conocer Chile y el resto de América, incluso llegó a firmar con la marca de papelería Village y aparecer en postales. 

“Es claro que esto de ganarme la vida vendiendo fotos solo fue posible gracias a la penuria de medios técnicos que entonces imperaba. Actualmente cualquier aficionado con una cámara de video corriente puede ejecutar proezas técnicas que antiguamente solo lograban los profesionales”.

Fotografía de la falda del Cerro San Cristóbal por Ismael

Agradecidos

En todas sus ediciones Ismael dedicó una parte importante para agradecer al equipo que hizo posible cada ejemplar, a quienes brindaron apoyo técnico y profesional. La última vez lo hizo para agradecer a la vida, y lo hizo así: “Agradezco el entorno de libertad en que nací; conservar en su lugar originario mis extremidades; a quienes han vivido conmigo; a todos los que hicieron algo por mí”, reflexionando además que el ser humano brilla por su ausencia, oculto en los bosques de Nueva Guinea como las aves del paraíso practicando danzas nupciales, “sin necesidad de contar con la aprobación o el beneplácito de nadie”.

Del mismo modo, me toca agradecer a mí, porque esta investigación fue posible gracias a Fundación Enterreno y su gentileza; a la Biblioteca Nacional que guarda en sus anales el repositorio de títulos de Ismael y sus archivos de prensa; a Elisa Domínguez quien entregó a la fundación el hallazgo casual de su sobrina Patricia; a Sebastián Montalva – coordinador periodístico– y Mauricio Alarcón –editor– ambos de la revista Domingo; a Casa Zar y su dueño Carlos Barría, quien me dejó hurguetear su hemeroteca sin compromiso y me contó lo solicitadas que eran las ediciones de Ismael por la dedicación y detalle que las caracteriza. 

Gracias a Ismael por haber dejado una huella en la historia de Chile, una que sin su trabajo habría pasado desapercibida.

Fotografía de Ismael para el lanzamiento de Trajes de Chile, un libro de lujo y 30 tenidas de los siglos XVIII y XIX

5 comentarios en “El archivo huérfano de Ismael”

  1. Maria Adriana Ibarra Videla

    Increíble lo que han contado. Me arrepiento de haber dejado que se remataran en el campo de mi mamá , los dibujos Hombres y cabalgaduras chilenas.
    Lo
    Que sí conservo son los dibujos de Rugendas
    Gracias por dar a conocer la obra de Ismael Espinoza

  2. Que interesante.que linda historia.alucinante.quien guío los pasos de esa niña y encontrar un tesoro? Ismael? Los hilos de la vida tejiendo y uniendo una obra maravillosa.gracias.me gustaría ver todo🌹🌹👌🫂🌹🌹🌹

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