Cuando suena el teléfono 

Después de contar en Relato Nacional la historia del diagnóstico de esquizofrenia de Cecília y su temor a heredarlo, Amanda revela lo que vino tras nombrar la palabra: la lectura como puente, las llamadas cotidianas y una nueva forma de cuidado a la distancia. Este texto fue escrito en el marco de los 10 años del podcast y es parte de su libro de aniversario, cuyo lanzamiento se realizará el próximo 7 de agosto a las 19:00 en el Café Literario de Ñuñoa.

Todos os dias, às 10 da manhã, viajo para a minha terra. 

Esa es la sensación que tengo cuando en mi teléfono aparece el apodo mainha, como le digo a mi mamá. Cuando escucho su voz del otro lado, más allá de la Cordillera, cruzando Argentina, llegando a Brasil, soy capaz de imaginarme a mi mamá sentada, en su sillón favorito de la sala o en la silla donde fuma en la cocina, en su departamento en São Paulo. Suena tan cerca y está tan lejos, a más de 2.700 kilómetros de mí, que casi se produce un cortocircuito en mi cerebro al darme cuenta que estoy en Santiago. 

Oi, filha. Como tá o clima? Tá fazendo frio? Se proteja direitinho. 

Las primeras preguntas suelen ser por el clima. Como si no compartiéramos las estaciones del año, como si la distancia fuera más grande. Para disminuirla, desde hace un tiempo, empezamos a intercambiar un grado de cotidianeidad:

Que livro você está lendo? 

Aprendí a leer gracias a mi mamá. Historiadora, siempre estaba con un libro en sus manos, repasando la historia contemporánea de Brasil, los análisis de los procesos democráticos en Latinoamérica o los ensayos sobre la imagen de la mujer en la publicidad. También era ella quien me leía las cartas que me enviaba mi abuelita Sônia que, imposibilitada de escucharme por teléfono, optaba por ese medio de comunicación. Y principalmente: era ella quien me leía todas las noches, sagradamente, mi obra favorita de niña: El libro de las virtudes para los niños, de William J. Bennett e ilustrado por Michael Hague.

De tanto escucharla repitiéndome los cuentos, los memoricé. Poco a poco los símbolos antes indescifrables se convirtieron en sílabas, las sílabas en palabras y las palabras en relatos. Tenía cuatro años. 

Gracias a ese aprendizaje, cuando niña también supe que algo no estaba bien con mi mamá. En una oportunidad, ella se fue de la casa después de una pelea con mi papá y él, entre despechado y preocupado, cambió las llaves y avisó en el colegio que él y solo él podía ir a buscarme al colegio. Yo no tenía idea de por qué hacía esto, hasta que recibí una carta de mi mamá, a escondidas. Y en ella leí a mi madre preguntándome cómo estábamos con mis cuatro hermanas, Amandinha, Beija-flor, Rouxinol y Narizinho. El problema era solo uno: yo no tenía, ni tengo, hermanas. Ahí entendí que leer también podía dar miedo.

Esa historia, el descubrimiento de que mi mamá padece esquizofrenia, lo conté en 2024 a Relato Nacional, en un capítulo que se llama “El cumpleaños más anhelado”. Ahí, conté nuestro recorrido familiar en torno a esa palabra que es tan mal utilizada en nuestra sociedad. Esquizofrenia, una enfermedad crónica que todos los seres humanos tenemos 1% de probabilidades de tener y que es diagnosticada a 1 de cada 300 personas a nivel mundial, que está plagada de estereotipos y que afecta el sistema nervioso central. Esquizofrenia, un cuadro que afecta el sistema cognitivo, provocando deterioro en la atención, la memoria y el aprendizaje. Esquizofrenia, el diagnóstico que recibió mamá y que yo dimensioné, por primera vez, gracias a una carta. 

Con el afán de entender mejor esa historia, escribí un libro, también publicado en 2024, titulado “No quería parecerme a ti”. Yo —que pasé la infancia y la adolescencia devorándome libros y viendo cómo mi mamá seguía, ella misma, leyendo de todo— por primera vez me atrevía a publicar uno. Mi primera lectora fue, justamente, mi mamá. 

Por nuestros hábitos lectores, siempre vimos mutuamente el libro como un regalo perfecto. ¿Cómo no iba a ser ella, entonces, mi lectora? Viajé a Brasil para encontrarla y tan pronto la saludé, le pasé el libro. Como de costumbre, lo agarró y empezó a leer de inmediato. También como de costumbre, lo leyó en menos de 24 horas, me comentó algunos pasajes que la emocionaron, unos tantos que le gustaron y otros que no tanto. 

Pero ese libro, como su carta en el pasado, fue un nuevo punto de inflexión entre nosotras. 

***

El libro hizo lo que durante años no supimos cómo hacer: poner un tercer objeto entre nosotras, algo que no era ni ella ni yo, sino la historia compartida. Desde entonces, la esquizofrenia dejó de ser un tema prohibido, un ruido de fondo o un diagnóstico que flotaba sin nombre propio. Aparece en nuestras conversaciones como aparece cualquier otra cosa: con cuidado, sí, pero también con preguntas o comentarios directos, con una honestidad que antes no nos permitíamos. 

En los últimos años, el diagnóstico de mi mamá no se manifiesta en la forma de brotes psicóticos, como en el pasado, sino a través de patrones de comportamiento más similares al de la depresión. Suele querer estar más aislada, no salir de su casa, por ejemplo. En el pasado, al darme cuenta de esos síntomas, yo hubiese conversado con doctor João, su psiquiatra, a escondidas, y le hubiese dicho con eufemismos cómo se tenía que cuidar. Le hubiese propuesto acompañarme al mercado, al cine, a hacer alguna compra. Ahora ya no. 

Esta vez le dije: “Mainha, conversé con el doctor João y él me dijo que después de los 60 años los síntomas de la esquizofrenia empiezan a ser de carácter negativos. Es decir, son más similares a los de la depresión, haciendo con que tengas menos ganas de salir de la casa. Entonces, por favor, ¿paseemos?”. 

Se lo dije con la misma naturalidad con la que hablamos de otros temas, como si la esquizofrenia fuera, por fin, parte del paisaje y no un abismo del que había que rodear los bordes. Mi mamá me escuchó en silencio. 

Então tá —me dijo—. Vamos passear. Obrigada, filha. 

No siempre estamos de acuerdo, pero ya no estamos en silencio. Ya no tengo la fantasía de protegerla ni de encontrar la palabra justa que lo ordene todo. Hemos podido trascender el diagnóstico. La esquizofrenia explica muchas cosas. Pero no es todo lo que mainha es.

Y eso nos ha permitido avanzar hacia otras cosas, de orden más cotidiano. 

***

En su poderosísimo ensayo “El infinito en un junco”, que fue seleccionado por diarios de todo el mundo como uno de los mejores libros del siglo XXI, Irene Vallejo dice: “Los libros nos ayudan a sobrevivir en las grandes catástrofes históricas y en las pequeñas tragedias de nuestra vida”. 

Pienso en esas pequeñas tragedias que no salen en los diarios, pero que organizan una vida. La tragedia de no saber qué decir y callar durante años. La de aprender a ser hija antes que niña. La de vigilar los gestos del otro como si fueran señales de alarma. La de traducir síntomas en excusas sociales. La de querer salvar a alguien y descubrir, una y otra vez, que no se puede. La tragedia de una carta que nombra hijas inexistentes. La de una palabra (esquizofrenia) usada siempre a las escondidas, como si decirla de frente pudiera invocarla. La de confundirse entre el cuidado y la preocupación. La de heredar silencios.

Tal vez por eso leo y escribo. Quizás fue por eso que, inconscientemente, me entusiasmé con la propuesta de Flafla. 

Flaíssa o, como le digo, Flafla, es una de mis mejores amigas. En 2024, en ese mismo viaje a Brasil cuando le regalé mi libro a mi mamá, ella me comentó sobre una membresía que enviaba todos los meses un libro a la casa. 

Le pregunté a mi mamá si le interesaba que yo la hiciera parte de la membresía, considerando que desde hace un tiempo no trabaja y que, en lugar de comprar nuevos libros, estaba releyendo los que teníamos en casa. Me dijo que sí.

Desde entonces me llama todos los días para contarme detalles de sus lecturas. El desarrollo de un personaje, la manera que la autora o el autor narra, la trama. Si el libro le gustó o no y el porqué de eso. Si la hizo llorar, sonreír, enojarse o qué. 

He leído esos libros a través de las palabras de mi madre. Antes solo nos llamábamos una, dos veces a la semana, ahora lo hace todos los días, a las 10 de la mañana. 

Estou lendo um livro de detetives, filha. 

Mainha ha sido mi podcast de libros favorito. Ya eso es un montón, pero hay algo más. En enero de 2025, en la consulta con doctor João, él nos felicitó por contratar la membresía. “Fue una excelente idea”, nos dijo. “Las lecturas la están ayudando a retrasar su deterioro, a preservarla”, añadió. 

Varios estudios han mostrado que los libros actúan como un gimnasio cerebral que, mediante la estimulación diaria, ralentizan el deterioro cognitivo de las personas con esquizofrenia, regulan el estrés, la ansiedad y mejoran el estado de ánimo, incluyendo casos con ideaciones paranoides. Según nos explicó el doctor, la lectura también ayuda a la inmersión en mundos imaginarios, lo que puede ofrecer un alivio de la carga mental y emocional, ayudando a personas como mamá a desvincularse de la individualidad de su diagnóstico, algo que también es aplicable a personas con otras psicosis, Alzheimer o demencia. 

Yo ya sabía que las lecturas salvaban. Del aburrimiento, del frenesí de la vida, del dolor, de la estupidez. Ahora sé de algo mucho más importante: leer está salvando a mi mamá. Literalmente. 

Irene Vallejo escribe que cuando alguien lee para otro, lo que está haciendo no es solo compartir una historia, sino desear su placer, ofrecer una tregua, un armisticio en medio de los combates de la vida. Pienso en eso cada vez que mi mamá me llama para contarme qué está leyendo. No me lee en voz alta, pero me narra. Y en ese gesto tan cotidiano, tan aparentemente simple, vuelve a suceder algo que marcó nuestra historia desde el principio.

Vuelvo a ser la niña que la escuchaba leer. Hoy la escucho contarme libros y entiendo que, de alguna forma, seguimos haciendo lo mismo. Nos prestamos la voz, el tiempo, la atención. La historia se vuelve mía porque ella me la entrega, y suya porque yo la escucho.

Viajo a mi tierra. Pero también viajo a la infancia, a la voz que me enseñó a leer.

Todos los días, a las diez de la mañana, cuando aparece mainha en la pantalla, leemos juntas, separadas, la una a la otra. Entramos, otra vez, en ese universo paralelo donde mi mamá me cuenta un buen cuento y, sin decirlo, me cuida. Nos cuidamos.

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA

*Si deseas adquirir un ejemplar del libro de Relato Nacional, puedes comprarlo directamente aquí.

3 comentarios en “Cuando suena el teléfono ”

  1. Qué hermoso paralelismo entre los relatos leídos por tu madre en tu infancia y los relatos contados por teléfono ahora. Desde un principio, tejieron una red que las une, las cuida y las salva, y la siguen tejiendo… Hermoso relato, Amanda.

  2. Felicidades querida Amanda un mundo maravilloso el de las palabras que sabes habitar , sanan y siguen abrazando vuestras vidas !! Feliz de leerte .

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mi vida como migrante

España recibe un promedio de 600.000 migrantes al año según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (2025). A nivel mundial, de acuerdo al último reporte

Leer más »
Ir al contenido