Las ruinas del hombre nuevo: el amor y las masculinidades

«Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor». La frase es del Che en 1965, en aquella carta a Quijano donde intentó imaginar qué tipo de sujeto haría falta para que el socialismo no fuera solo una reorganización de la producción. El hombre nuevo como criatura moral capaz de desplazar el afecto desde la familia hacia el pueblo. Allende, ocho años después, en el último aniversario de la Unidad Popular que alcanzaría a celebrar, hablaba también de esa «tibia ternura» que las mujeres del pueblo darían al ciudadano del mañana. Era 1973. Faltaban semanas para el bombardeo.

Ambos imaginarios son hoy ilegibles sin filtro. El hombre nuevo del Che convivió con las UMAP, los campos donde el régimen cubano encerró a maricones, religiosos y disidentes a «rehabilitarse» en el trabajo forzado.

Pero hay algo anterior a los campos, en la concepción misma del afecto. El amor de esa carta es sacrificial: para querer al pueblo hay que restar del cariño privado, idealizarlo hasta despegarlo de lo concreto. El propio Che lo dice: el revolucionario de vanguardia no puede descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia donde el hombre común lo ejerce. Un amor que desconfía de lo íntimo, que trata el cariño a los tuyos como una etapa menor. Yo no lo entiendo así. El amor no se resta de lo cercano para entregarlo a una causa: se expande desde lo cercano o no es nada. Y ese amor abstracto, despegado de los cuerpos concretos, no es inocente. Amar una idea en vez de a las personas que tienes al lado es lo que permite dañar cuerpos reales sin sentir que uno se traiciona: se puede amar la patria hasta el punto de matar por ella.

La ternura allendista, por su parte, todavía pensaba a la mujer como dispensadora afectiva del hijo varón que sería el ciudadano del futuro. Son textos hermosos escritos desde el patriarcado. Conviene leerlos así, con esa doble luz, o no leerlos.

Y sin embargo. Hay una pregunta enterrada ahí, debajo de los anacronismos, que la izquierda actual ha dejado de hacerse: ¿qué tipo de hombre necesita un proyecto emancipatorio? No la pregunta defensiva —cómo dejar de ser opresor, cómo no fallar, cómo no equivocarse en el lenguaje—, sino la pregunta afirmativa. Qué desear, cómo habitar el cuerpo, qué hacer con la rabia.

El feminismo de los últimos quince años hizo el trabajo crítico que el marxismo del siglo veinte se negó a hacer: nombró la violencia, desmontó el privilegio, politizó lo doméstico. Pero no le correspondía —no podía corresponderle— construir el reverso propositivo, decirle a los hombres qué hacer con sus vidas. Esa tarea quedó vacante. Y la derecha la tomó.

Mientras la izquierda repetía la denuncia, la manosfera construyó una pedagogía completa de la virilidad, hecha de disciplina y resentimiento, de gimnasio y jerarquía. Ofrece algo que la izquierda hace tiempo no ofrece: una respuesta, aunque sea siniestra, a la pregunta de para qué sirve un hombre. 

Conviene nombrar también lo que está debajo: el malestar de los hombres jóvenes no lo produjeron las feministas, lo produjo un capitalismo que les quitó el trabajo estable, la casa propia, el relato de adultez, y los dejó solos frente a una pantalla que les vende musculatura y rabia. La manosfera no inventa ese dolor, lo recoge. Por eso convence.

Porque del lado nuestro, ¿qué hay? Una sospecha permanente sobre el deseo masculino, una lista de cosas que no se deben hacer, un repertorio gestual aprendido en redes sociales. No hay un proyecto. No hay un horizonte de hombre que valga la pena ser. Y los jóvenes lo huelen. Las encuestas chilenas y europeas muestran lo mismo: los varones de veinte años se desplazan a la derecha mientras las mujeres de su generación se alinean a la izquierda. Ese dato no describe solo una brecha de voto. Describe a dos generaciones que dejaron de poder hablarse, que ya no desean en el mismo idioma, que se miran en una fiesta y no saben qué hacer con el otro. El chico que vota a Kast y la chica que marcha el 8M tienen dieciocho años, fueron al mismo liceo y no tienen un lenguaje común para nombrar lo que sienten. Esa es la cosecha del vacío. No un país más conservador: un país donde hombres y mujeres jóvenes ya casi no se entienden.

Lo que el Che y Allende entendían, con todos los límites de su época, es que no hay revolución sin una transformación de los afectos, que el sujeto no preexiste a la política sino que se hace en ella. Esa intuición se perdió. Quedó la administración de los derechos y unos protocolos que sirven para defenderse del daño pero no para imaginar una vida.

La izquierda dejó de imaginar sujetos. Dejó de creer que era legítimo proponer un modo de habitar el cuerpo y el deseo. Lo cedió por pudor y por una desconfianza razonable hacia las viejas pedagogías viriles que terminaban en UMAP o en cuartel. Pero la renuncia no produjo libertad: produjo vacío, y el vacío lo llenan otros. Mark Fisher escribió que el capitalismo nos canceló el futuro. También cancelamos nosotros un futuro específico: el de los sujetos que habitarían el mundo que decimos querer. Sin esos sujetos imaginados, la política se vuelve gestión. Y la gestión nunca le gana a la épica reaccionaria.

Allende hablaba del «hombre libre» que pasaría por las grandes alamedas, y de la ternura como sustancia del Chile que venía. La frase es de su tiempo: la ternura como algo que las mujeres daban y los hombres recibían. Habría que desplazarla sin descartarla. No la ternura de la estampita —el padre con la mamadera, el amigo que por fin llora—, que es apenas la versión amable del mismo mandato. Algo más difícil: un hombre capaz de quedarse quieto cuando lo hieren, de no convertir cada miedo en rabia ni cada rabia en golpe, de estar frente a otro sin armadura y sin sentir que pierde algo. Un cuerpo que no necesite ser fortaleza para saberse cuerpo. Hay algo de eso, todavía, en la intuición original. Algo que la izquierda dejó morir cuando dejó de hablarles a los hombres.

«El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor», escribió el Che. ¿Qué quedaría de esa frase si la desnudamos de su época y de su moral sacrificial? ¿Queda algo? ¿O la dejamos en el museo y aceptamos que la política contemporánea ya no se juega ahí, en lo que un cuerpo es capaz de querer? Apostaría a que sí queda algo. Y a que es justamente lo que nos falta.

*IMAGEN DE PORTADA: La Décalcomanie, Magritte.

3 comentarios en “Las ruinas del hombre nuevo: el amor y las masculinidades”

  1. Me parece muy valiosa y muy interesante este artículo, que enuncia algo que muchxs pensamos y nos preguntamos. Decir, es parte de empezar a poder pensar hacer.

  2. Excelente reflexión. Las mujeres como las que hemos nombrado históricamente cómo debe ser «el varoncito», bueno, y todo. Ahora las mujeres que se nombran a sí mismas y se revelan ante seguir poniéndole el significado al otro, porque no es tu hijo, sino tu par. Y los hombres todavía con la pregunta presente, la encuentran en ese espacio que acoge su rabia por no tener la respuesta y logra encontrar al culpable.

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