Justo el mismo día en que Dan le había pedido a Dios una señal para seguir adelante porque “ya no sabía qué hacer” para sortear ese complejo momento de su vida –“que sea lo que tú quieras”, había rezado–, recibió la noticia que rompió con esa mala racha que venía arrastrando.
—Me fui llorando en la micro. Estaba exhausto, chato. Llegué a la casa y me llamaron. Empecé a gritar de alegría y fue bacán porque no me lo esperaba.
Dan Abraham Rocha, conocido como “Dan Abraham”, empezó a rapear y a improvisar a los 17 años. Encontró en esa música un vehículo para canalizar sus sentimientos contra “la injusticia social”. Siempre había seguido las batallas de freestyle como espectador, pero jamás se había atrevido a escribir una canción propia. Hoy, con 20 años, terminó siendo uno de los 13 seleccionados para “Mala Memoria Freestyle”, un proyecto impulsado por el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (MMDH) junto a Balmaceda Arte Joven, en el que un grupo de jóvenes convirtió archivos de la dictadura de Pinochet en canciones de rap.
—Fue como tirar una moneda al aire, no sabía si quedaría o no porque debe haber postulado gente muy buena, pero al final sucedió.
Desde que en 2022 el rapero estadounidense Kendrick Lamar sacó su álbum Mr. Morale & the Big Steppers, que le “encantó demasiado”, Dan Abraham se propuso hacer algo parecido, pero el momento no llegaba. Cuando se le presentó la oportunidad de escribir su propio tema en el marco de la iniciativa del MMDH lo vio claro:
—Es ahora o nunca, porque si no voy a estar viejo y voy a decir ‘¿por qué nunca lo hice?’ Mejor intentarlo y fallar que nunca haberlo intentado.
Celular en mano, sin micrófono y con el computador que el Gobierno le había entregado cuando cursaba séptimo básico –el mismo que todavía utiliza–, Dan venció su vergüenza. Grabó una canción que había escrito un tiempo atrás y la acompañó con imágenes de una bandera chilena que ondeaba al lado de su casa. Estaba rota justo en la franja blanca, la que simboliza la paz. Después lo envió.
Su propuesta se sumó a la treintena de solicitudes que recibieron los organizadores para ingresar al proyecto, como la de “Megara”, nombre artístico de Javiera Espinosa.
A ella fue el rapero Astro Poeta, Moisés Angulo, director artístico del proyecto y profesor del taller de escritura, quien le sugirió que enviara un vídeo. Ella, que conoció el freestyle a los 12 años “de la mano del rap”, había visto el anuncio de la convocatoria, pero en un inicio “no le dio prioridad”.
—Que alguien llegara a ofrecerme una oportunidad así, diciéndome que creía en mí, fue bacán y alentador. Estaba emocionada.
En ese entonces tenía 19 años –uno menos que hoy– y “no se sentía muy bien con lo que estaba haciendo”, por eso la ilusión por esa iniciativa se multiplicó.
Como miles de jóvenes de su generación, Megara pasó horas viendo batallas en internet: el Quinto Escalón de Buenos Aires, la Red Bull Batalla o la DEM, una de las más importantes de Latinoamérica, con gran presencia en Chile y Argentina. Competición tras competición fue descubriendo un mundo en el que, durante mucho tiempo, apenas encontraba mujeres sobre el escenario.
En una de estas peleas dialécticas, en 2019, vio un grupo de tres raperas batallando contra tres jóvenes y eso “la inspiró”.
—Ese día dije ‘yo también lo puedo hacer’. Siempre me había gustado, pero hasta entonces había visto solo batallas de chicos y no me nacía.
Hoy, es una de las freestyleras del Parque Bustamante, epicentro de esta disciplina en Chile, y –gracias al proyecto Memoria Freestyle– ya ha grabado su primer tema propio en un estudio profesional con la dictadura como tema de fondo.
—Quería encarnar la voz de una madre a la que le roban su hijo y no sabe dónde está. Muchos de esos bebés terminaron en hogares de menores o muertos.
Dónde están, dónde están los amigos que se fueron y ya no vimos más,
Dónde están dónde están todas las que perdimos por pedir humanidad
Dónde están los años se echaron a volar
Acércate a mí, no quiero preguntar
…
Saben quién era,
tan solo una niña
no sé si vivió.
pero era mi hija
Del archivo a la canción
Durante tres meses, jóvenes de entre 12 y 20 años participaron en talleres, charlas y tutorías que utilizaron el freestyle como herramienta para reflexionar sobre la memoria, la infancia y los derechos humanos.
Cada participante escribió, interpretó y grabó una canción original en un estudio profesional a partir de archivos históricos sobre vulneraciones a los derechos sufridas por niños, niñas y adolescentes durante la dictadura.
—Buscamos freestylers que fueran capaces de escribir una canción de rap inspirada en lo que les llamara la atención del recorrido por el museo –explica la jefa del área de extensión del MMDH, Alejandra Ibarra.
El proceso se dividió en tres etapas, de un mes cada una: escritura, interpretación vocal y puesta en escena (para un concierto final). El resultado fueron 13 temas reunidos en el álbum Mala Memoria Freestyle, disponible en Spotify.
El actor y rapero Moisés Angulo, que con más de 30 años como artista estuvo a cargo de la selección de los participantes, apostó por un grupo diverso: jóvenes de regiones, mujeres —todavía una minoría dentro del freestyle— y participantes que difícilmente habrían tenido acceso a grabar en un estudio profesional.



Desde su primera edición, en 2013, Mala Memoria ha explorado distintos lenguajes artísticos como la composición musical, la ilustración, el microdocumental, la narrativa gráfica y la danza.
En la primera convocatoria, una de las más exitosas, el gran archivo utilizado fue el propio Informe Retig, e invitamos a los participantes a homenajear a las víctimas que aparecían ahí pero que habían quedado invisibilizadas.
Chile posee desde los años noventa una de las escenas de rap más consolidadas de América Latina, con un fuerte arraigo en barrios populares, centros culturales y universidades.
Una experiencia “fuerte, dura y emotiva”
La actriz y cantautora Marcela Millie lloró la primera vez que escuchó las canciones que los 13 jóvenes artistas habían escrito. La profesora de interpretación vocal se emocionó no por las historias —lleva décadas trabajando sobre la memoria histórica—, sino por quiénes y cómo las estaban contando.
–Escuchar esas historias de dolor en un lenguaje más urbano, como el rap, y en voces jóvenes, me hizo entenderlas desde otro lugar. A través de las palabras y de sus voces, daban fuerza y convicción a las historias de la dictadura.
La historia de un niño que acude a las protestas contra el dictador y es secuestrado y torturado por las fuerzas policiales es la que canta Dan Abraham, con una introducción que incorpora el testimonio real de un menor que fue arrojado a una barricada “como forma de castigo”.
A uno le agarran, le sacan toda la ropa,
le pegan y apagan las barricadas,
le agarran de los pies y de las manos y apagan las barricadas.
Te agarran así y te tiran encima de la fogata, y lo dejan ahí y tienes que salir arrancando, todo quemado
Cuando beses la cabeza de tus niños inocentes
Recuerda que hay otros y los balearon en la frente
Es fácil decir con «mis hijos no te metas»
Y quieras indultar a los que con niños se meten
Dan conoce bien el historial de represión que dejó el régimen de Pinochet. Sabe de silencios, de miedos y de tabúes: su abuelo fue torturado político y, aunque siempre quiso saber –“no quería pasar por tonto”–, no fueron tantas las veces que le hablaron del tema. Una de ellas ocurrió durante el estallido social de 2019, en un “momento de esperanza”, cuando su papá le “contó todo” para despertar en él “una actitud de búsqueda de la verdad”.
Nunca imaginó entonces que unos años después viajaría desde Viña del Mar hasta Santiago para entrar por primera vez al Museo de la Memoria y escribir su propia canción sobre esa oscura etapa que atravesó a su familia.
—Fue fuerte toparme cara a cara con todas las cosas que yo había leído en libros; fue ver el sufrimiento de mi papá –y de su generación– porque él vio a mi abuelo ser secuestrado y volver como una persona completamente diferente.
El primer encuentro del grupo fue un recorrido guiado por el museo centrado en las infancias durante la dictadura.
—Comenzamos el itinerario con el bombardeo contra La Moneda, escuchamos el último discurso de Salvador Allende y llegamos al espacio dedicado a los detenidos desaparecidos, con un pasillo con sus nombres. Son muchos. Luego nos mostraron varios objetos con los que los niños jugaban en los centros de detención y las cartas que escribían –relata Megara.
Recuerda, en concreto, la epístola de una niña para la esposa de Pinochet, Lucía Hiriart, a quien preguntaba, sin rodeo alguno, ‘¿dónde está mi papá?’ y le pedía que se lo devolviera.
El mosaico de fotografías de los miles de detenidos desaparecidos exhibidas en una de las paredes del museo y que se puede contemplar desde detrás de un cristal, en un espacio rodeado de velas, impresionó a Martín Requena, alias “Destello”.
Convertido, con 15 años, en uno de los freestylers más reconocidos de Chile, tras su primera visita sitio de memoria escribió Moneda al aire, una canción sobre “cómo los acontecimientos históricos pueden influir en la vida de las personas”, “la incertidumbre” que eso acarrea y el peso de las “decisiones”.
Nos derribaron a todos, ya no quedan rivales
Ellos hacen to’ que te queda iguales
En mi mente se enredan mis planes, en este museo la moneda sí vale
Mi rima la asilaré por siempre, y los milicos diciendo si pillaré a la gente
Pero yo no me limitaré la mente, y haré historia como Isabel Allende
Pero yo resisto con mi fe, en un mismo nivel, mi instinto lo apliqué
En plena dictadura, con esta escritura, yo grito con cordura ni ahí con Pinochet
A Damián Urzúa, alias “Dreamer”, de 14 años, le llamó la atención “que no se hable lo suficiente” de los estragos que causó el régimen, que “se invisibilice”. Y cantó:
En esos tiempos Chile dudó de su existencia,
así que le digo a la audiencia,
en vez de generar violencia
¿generemos conciencia?
Su madre, Pabla San Martín, fue criada por una familia negacionista y creció “pensando que nada de eso había sucedido”. Por eso, para ella, era tan importante que su hijo “recibiera la información de primera fuente”, sin el filtro de quien intenta imponer su propia versión de la historia.
—Estar en el museo es una experiencia muy fuerte, dura y emotiva que marcó para siempre la memoria de este grupo de niños y jóvenes. Ninguna noticia falsa, ningún político de moda o tendencia podrá cambiar eso –asegura la madre.
Megara, que no era la primera vez que visitaba el lugar y conocía las atrocidades que ahí se cuentan, también quedó impactada con la visita. “Es duro este museo. Comprender el pasado desde tan cerca, conocer los nombres de las personas reales y las historias que hay detrás es fuerte”.
Poco a poco, los jóvenes dejaron de mirar aquellos documentos como piezas de museo y empezaron a verlos como pedazos de su propia historia.
—Es una generación absolutamente conectada con su pasado reciente –dice Angulo–, con una opinión muy clara sobre lo ocurrido.
La directora del MMDH asevera que los participantes “se sintieron absolutamente involucrados” en el proyecto y que se dieron cuenta de que para no repetir la historia se necesita “un compromiso con el ayer, pero también con el presente y el futuro”.
Del freestyle de la calle al estudio
Sentados todos juntos en las escaleras del museo, más de una vez se había repetido la escena: de la nada, de forma espontánea, alguien comenzaba a disparar unos versos y empezaba así una batalla dialéctica a ritmo de rap. Así brotaban aprendizajes y prácticas asimiladas en las clases de escritura.
La escena se repitió más de una vez durante aquellos meses: sentados en las escaleras del museo, bastaba con que alguien lanzara un verso para que otro respondiera y comenzara una batalla dialéctica a ritmo de rap. Así ponían en práctica los aprendizajes de las clases de escritura.
—Están acostumbrados a las competencias de improvisación, debates para sacar al otro de su eje argumental. La palabra propia está siempre en juego y hay que aprender a sostenerla frente al otro –dice Angulo, director del Festival Barrabase, de teatro y freestyle.
Angulo les enseñó desde la rima, el ritmo y las figuras retóricas hasta a encajar los archivos del museo en sus propios versos y convertirlos, así, en canciones que sostuvieran una historia.
—Cada uno decidía qué aspectos quería contar. Algunos construyeron personajes, otros recolectaron historias familiares o mencionaron hechos de la contingencia.
Para Dan Abraham Piececitos quemados es la canción “más elaborada” que ha escrito hasta ahora. Megara se queda con otro momento: grabado por primera vez en un estudio profesional, “con buena calidad y donde graban bandas de música”.
El resultado de este trabajo suena hoy en Spotify, en el álbum Mala Memoria Freestyle, que recoge las canciones de los 13 artistas. Antes, sus autores las estrenaron en un concierto al aire libre en el Museo de la Memoria.
Como “el paso de una posta”
La lluvia comenzó a caer justo cuando arrancó el concierto. En cuestión de minutos, el escenario, ubicado en medio de la explanada exterior del museo, se empapó, pero nadie se movió: los focos de colores estaban preparados y los 13 freestylers también. Aquella tarde de diciembre presentaban sus propios temas ante un público que se mojó por verles y aplaudió por primera vez el resultado de tres meses de trabajo constante.
Unas 200 personas llegaron para presenciar el show, casi apocalíptico, de los jóvenes encima del escenario desafiando y “enfrentando la tormenta”, dice la madre de Dreamer.
El concierto también contó con la participación de artistas connotados de la escena nacional, que complementaron el repertorio: Destello y Menor, actual campeón mundial de freestyle de Red Bull Batalla. Ambos fueron los propulsores y los rostros visibles de la difusión del proyecto.
—Cantaron las trece canciones bajo la lluvia –recuerda Angulo–. Pero los chicos, en vez de venirse abajo porque el agua podía arruinar todo, agarraron un espíritu aún más dramático y contestatario que le dio una dimensión todavía más combativa a lo que habían escrito.
La presentación fue “muy potente y emotiva”, recuerda Pabla San Martín. “Dicen que los jóvenes ya no se interesan por los temas sociales, pero ahí estaban ellos, firmes en el escenario contra todo pronóstico”.
Una propuesta como esta, que combina el arte, la memoria histórica, la música y la juventud, es como el “el paso de una posta”, dice Marcela Millie: si no hay nadie que reciba estas historias pasadas y que escriba un cuento, les haga una obra de arte o las pueda transmitir a alguien, morirán.
—La memoria existe mientras haya alguien dispuesto a contarla. Necesita nuevos cuerpos, nuevas voces y nuevas obras que la mantengan viva.

*FOTOGRAFÍAS CEDIDAS POR EL MUSEO DE LA MEMORIA Y LOS DERECHOS HUMANOS.





