Todas las vidas de Darinka González

Son las diez de la noche. Lo poco que se ve es gracias a algunos focos azules y blancos, junto con la pantalla de un televisor que está sobre un pequeño escenario. Se escuchan conversaciones y risas. La mayoría son parejas y grupos de amigos. No se alcanza a entender nada. Las palabras se difuminan con el ruido ambiental. De pronto, la bulla desaparece y empieza a sonar Daddy Cool de Boney M. Todas las mesas están ocupadas y, tras ellas, se encuentra Darinka González (37). Salta en su lugar, mueve los brazos y sostiene una sonrisa nerviosa.

Viste de negro con jeans y una polera translúcida. Lleva un maquillaje radiante, realmente radiante: el iluminador destaca sus pómulos y se logran reflejar las luces del lugar en ellos.

El volumen de la música sube muchísimo pero, aun así, se alcanzan a escuchar fuertes aplausos. La comediante comienza su camino y avanza entre las mesas con mucha energía. Sigue saltando, solo que ahora caminando hacia el escenario. Sube a una pequeña tarima y, con su libreto sobre una pequeña mesa, inicia su rutina Cabezona: “¡Hola, San Miguel! ¿Cómo están?”.

Se encuentra –como todos los meses de los últimos años– en el Distrito Cuatro de San Miguel, restobar conocido por la cartelera de humoristas. Le pagan para que se presente con entrada liberada.

“No, si cuando la hueá es gratis, todos vienen”, cuenta el primer chiste y se escuchan las primeras carcajadas.

A ambos les conviene; el bar se llena y ella gana seguidores.

Iba de un chiste tras otro. No había historias tan largas: el público mantenía toda su atención. Suelta su favorito: “Mi nombre es tan raro que un venezolano me dijo: ‘Qué raro tu nombre’”. 

Eso es lo que más le gusta de su trabajo: “El hacer reír”.

“Cuando era chica, mi mamá me daba 100 pesos para el recreo (…) Yo decía ‘puta la vieja cagada’. Después, cuando crecí, me di cuenta de que no era cagada, era pobre”, continúa, mientras se escuchan escandalosas risas.

Creció en Viña del Mar junto a su papá, mamá, hermana y sobrina. De ahí viene la chispa del humor: “Mi papá es muy gracioso, muy burlesco (…) Empecé a ver comediantes desde muy chica porque él siempre estaba viendo los videos de Coco Legrand”.

“De repente, él llegaba con su mochila de la pega y teníamos ahí la piscina, po. Entonces lo agarramos y lo tirábamos con la mochila y todo adentro. Es que él igual lo hacía: ibas pasando con pijama y te empujaba”, se acuerda mientras se ríe.

“También saltábamos en la cama y una vez la quebramos. Y el viejo –su padre– ahí estaba sacando el palo roto por la ventana para que mi mamá no lo viera”, plantea que él era la persona que más la hacía reír cuando niña.

“Mi mamá sí era un poco más seria. Es que la pega que tienen las madres no se acaba nunca. Los papás llegan y no tienen nada más que hacer. Ahora, más abuelita, está más chistosa”, recuerda.

Pasaba tardes enteras después del colegio viendo Jappening con Ja y clásicos del humor chileno, pero en ese momento no vio su futuro ahí. “Mi generación creció con muy buenas teleseries: Pampa Ilusión, El circo de las Montini o Amores de Mercado”, recalca.

Siempre le gustaron los libros, pero en la básica leyó por primera vez una obra completa: Romeo y Julieta. Le encantó el tipo de escritura: los diálogos y las descripciones. Así que se metió al taller de teatro de su escuela.

A pesar de que cuando pasó a enseñanza media nunca más volvió a actuar, ya sabía lo que quería a la hora de salir de cuarto medio.

Entró a estudiar teatro en el Duoc UC de Viña del Mar. “Mis papás no fueron los más felices del mundo, pero qué le iban a hacer”, dice sonriendo y subiendo sus hombros. Fue una de las mejores etapas de su vida. Aprendió a bailar, cantar, actuar y “leían caleta”.

Durante su época universitaria tuvo la primera oportunidad de contar chistes en un escenario. Los papás de un amigo abrieron un bar y, para atraer público, llamaron a Darinka. Se presentó tres veces porque le iba bien: causaba risas y aportaba al local. Pero no pudo seguir. Le era imposible mezclar el stand up con los estudios.

Hoy se cuestiona: “¿Qué hubiese pasado si no hubiera dejado la comedia en ese momento?”.

La carpa de sus sueños

Al egresar de Teatro, Darinka, junto a compañeros de Duoc UC, fundaron un circo: La Carpa de los Sueños. Había sido un regalo de los padres de su amigo, Diego Cabrera, apodado Hueso.

Ubicaron su proyecto en la comunidad mapuche Relmu Rayen Chod Lafken y la convirtieron en su hogar.  “Jamás pensé que iba a terminar en un circo, pero no sé… la vida es muy loca, ¿o no?”, piensa en voz alta.

Era una carpa de 20 x 20 metros, un “microcirco”, pero era mucho para estudiantes recién egresados. Vivía: “El Hueso, el Wally, Hossam, Dani, Conejo y yo, Pimienta”. Ella era una payasa que no hablaba, pero que jugaba con una maleta. En algunos momentos vivían muchos y después se iban, menos Hueso.

“El personaje nació en la escuela de teatro. Un profe nos dijo que teníamos que elegir un nombre y me gustó Pimienta porque es un personaje muy sorpresivo. También por negra, chica y picante”, ríe.

Archivo de Darinka González

Todavía se sabe la rutina: “Partíamos con el típico saludo y era eterno. Duraba cuatro minutos y entre medio pasaban cosas. Primero chocamos las manos, después cachete con cachete y así íbamos (…) Pero solo actuaba porque mi personaje no hablaba o decía cositas muy chicas”.

Cada uno vivía en una carpa de camping. El piso estaba cubierto con una malla y rodeado por palets, por lo que solo quedaba un espacio disponible para dormir. Por otro lado, para compartir, tenían una mesa, una cocina de camping y un baño con ducha.

La actriz recuerda que tenían buena convivencia: “Éramos superorganizados. Teníamos un método con las finanzas: con la plata de las funciones del fin de semana, comprábamos mercadería para el resto de los días”.

Luego de siete meses, el proyecto llegó a su fin: “Nos iba bien, pero éramos cabros chicos e irresponsables. Después de un tiempo, nos gastamos toda la plata nomás. Hacíamos las funciones, llenábamos, y al otro día no teníamos ni uno”. Así que vendieron la estructura y, con el más fiel de sus amigos circenses, Hueso, se fueron a Buenos Aires, Argentina.

Se fueron “sin ningún peso” a seguir estudiando arte circense en el Centro Cultural Trivenchi.

Ella siguió interpretando a Pimienta y se especializó en el clown y su compañero en el trapecio. Estuvieron cuatro meses viviendo con ahorros, hasta que tuvieron que empezar a trabajar y se le ocurrió hacer trucos en los semáforos porque “había que seguir sobreviviendo”, en sus palabras.

Iba sola entre las ocho y nueve de la noche, cuando aún había tráfico. “Me vestía entera de negro y me hacía un moño. Jugaba con fuego, ponía música e imagínate… Me ponía en la Avenida 9 de Julio, donde había cinco o siete pistas. Y tenía a cinco hueones frente a mí y con los de atrás ya teni diez que te dan, ¿cachay? (…) Entonces yo hacía algún truco o una cosita en 30 segundos y después gorra, gorra, gorra y listo”, dice refiriéndose a que pasaba entre los autos recibiendo dinero. Cuenta que ganaba más en una hora que sus colegas en ocho en un trabajo estable.

González también se presentaba en los shows que organizaba Travenchi y notó una cultura completamente distinta a la de Chile. “Los argentinos, al menos en esa época, iban mucho al teatro. Aunque no conocieran a los artistas, se llenaban las salas”, explica. Sin embargo, hubo algo que le llamó aún más la atención: “Eran superliberales”.

La comediante pasó casi todo el 2014 en Argentina y la cuarta ola de feminismo allá inició en 2015. De hecho, ahí comenzaron las movilizaciones #NiUnaMenos. Y no solo le llamaron la atención las marchas, sino cosas cotidianas de la vida.

“Un amigo estaba saliendo con una argentina y la acompañó a hacer varios trámites. Tiempo después, él le pidió que lo acompañara, ella le dijo que no y él le respondió: ‘Bueno, pero yo te he acompañado un montón de veces’. Y esta loca le responde: ‘Si me vas a pasar la cuenta, me hubieses avisado antes. Pensé que lo hacías porque querías’”, ese tipo de interacciones le impactaban.

También fue a marchas. Vivía allá, para ella era “importante estar presente en todas esas cosas sociales”.

Luego de casi un año, terminó los estudios y regresó a Chile.  “De repente, no me vi toda mi vida trabajando en el clown”, cuenta. Así que empezó a trabajar como garzona en un restaurante de Valparaíso llamado El Internado.

Un día, mientras atendía, se topó con un afiche que le dio un giro a su vida profesional: curso de stand up impartido por León Murillo.

Según recuerda, eran siete u ocho alumnos. Ahí conoció a la comediante Monse Jerez, con quien conectó enseguida. Y Jerez lo cuenta igual: “Ambas éramos actrices y había tan pocas mujeres en el rubro que nos unimos altiro (…) Ya llevamos diez años de amistad. ¡Oh! diez años, una década, una guagua de diez años”.

El taller duró aproximadamente tres meses, donde estuvieron trabajando en un libreto individual. Hasta que llegó el día del examen final. Era en la Sala MET, un espacio muy conocido en el mundo del humor de Valparaíso.

Quedaban unos minutos antes de subir al escenario y Darinka estaba nerviosa, entonces se tomó una copa de espumante. Y cuando estaba a punto de entrar, bebió otra, de un solo trago.

Entró chistosa. Contó chistes mareada. Y fue un éxito. “Fue un error de principiante”, cuenta.

Sin embargo, aprobó y, tras tres meses de hacer stand up, la invitaron a telonear a Pedro Ruminot y Rodrigo González, en un show llamado Ruta cinco. Se presentó en el Casino de Viña del Mar y fue la primera vez que estuvo frente a tanto público. Tenía a mil personas frente a ella.

“Fue muy bacán. Nunca me había enfrentado a un público tan grande. Y de repente escuchar tantas risas fue… guau. Llevaba tres meses haciendo stand up y venía de presentarme en bares de 30 personas nomás”, reflexiona con nostalgia.

En ese tiempo, con Jerez, tenían una dupla cómica presentada como Fresca. ¿La razón? Explica Monse: “Éramos frescas, regias; siempre nos iba bien. Siempre pasaban cosas bonitas”, explica su amiga del alma.

Cuando Darinka notó que estaba creciendo, quiso ir a probar a Santiago. Así que continuó con el stand up en Santiago y, paralelamente, fue garzona en el Hotel Renaissance Santiago, pero no le gustaba el lugar: “Los jefes se daban color. Se creían la raja y eran más flaites que una (…) Me topaba con situaciones injustas, y no iba a dejar pasar la burla”.

Una vez, uno de los encargados se estaba riendo de las personas transexuales. A Darinka le molestó y no se quedó callada:

–Tú estás criando, así que no te burlí.

– No te metái con mi familia –respondió su jefe.

– Es que tú te estaí metiendo con mi familia porque no sabí si tengo un hermano trans –reaccionó la viñamarina.

No tiene un hermano trans, pero tampoco necesitaba tenerlo para actuar.

En la capital, vivía con Diego Carrasco, hermano de Edo Caroe, y otro amigo, llamado Marcelo. Una tarde cualquiera, él le cuenta que necesita a alguien que venda poleras en el Chiringuito —tienda de merchandising del comediante—. Y así, Darinka empieza a trabajar en Estudios Neverland, con un: “Yo, po, amigo, yo las vendo”.

Estuvo tres años ahí, vendiendo, administrando o en el equipo de comunicaciones. Tenía un sueldo fijo y se le abrieron muchas más puertas: teloneó a Edo Caroe en su primer Movistar Arena con su rutina Lo que salga. Su segunda vez frente a tanta gente, pero ahora eran 12 mil personas y la recibieron bien: muchos aplausos y risas.

Para el estallido social, animó en un evento a beneficio para las personas que perdieron la vista tras recibir una bomba lacrimógena en los ojos. Duró todo el día. Había comediantes y bandas musicales. Ahí conoció a su actual pareja.

“Había una banda, llamada Terranauta, ahí tocaba mi pololo. Él tocaba el teclado. Y lo vi y dije: ‘Ay, me gusta mucho’, pero de repente cacho y… tenía polola, así que dije: ‘Ya, filo’. Y me olvidé nomás, po”, cuenta. Lo que ella no sabía es que al día siguiente “lo patearon”. Al cabo de unos meses, el músico le escribió por Instagram y comenzaron a hablar muy seguido. Era pandemia y no se podían ver. Sin embargo, cuando las restricciones eran menos y “liberaron las grandes alamedas”, se juntaron y no se separan desde ahí, según cuenta Darinka. 

Luego de un año de relación, decidieron irse a vivir juntos y ella tenía que dejar atrás una parte importante de su vida: “Cuando le di la noticia a Diego y a Marcelo –con quienes vivía–, lloramos hasta como las tres de la mañana. Nos daba pena porque teníamos una rutina muy entretenida y se rompió”.

Desde cero

En 2023, a González le empezó a ir bastante bien y se dio cuenta de que podía vivir solo de la comedia, así que renunció a Estudios Neverland y partió “desde cero”, aseguró. Estuvo justa económicamente, pero nunca abandonó su plan de ser independiente.

Un día, recibió un mensaje de su madre María Angélica y le contó que había aparecido su hijo perdido en la dictadura. A los cinco minutos de eso, el celular sonó: era una videollamada de Jimmy Thyden, su hermano estadounidense. Era uno de los 25 mil niños robados en la dictadura.

“Fue muy loco. Estaba en shock, ni feliz, ni triste. Me costó harto tiempo asimilar la situación, como que hasta el día de hoy digo: ‘Qué loco esto que pasó’. Pero a la vez siempre fue muy buena onda, como si siempre hubiésemos sido hermanos (…) Además, tenemos rasgos familiares donde no cabe duda de que somos hermanos”, relata.

Como las ideas de sus chistes salen de las situaciones de la vida, llevó el caso al escenario: “De un día para otro tengo un hermano gringo, una sobrina gringa, casa en Estados Unidos. ¡Eh, eh, eh, eso chuchetumare!”.

En la seriedad también se queda con lo bueno: “A él le da mucha rabia y demandó al país por lo que pasó. Encuentro que está superbién buscar justicia, pero creo que también hay que agradecer. Hay un montón de madres que murieron sin nunca encontrar a su hijo, ni ellos a sus mamás, y él sí tuvo la oportunidad”. Hoy tienen el mismo apellido, su nombre es: Lippert Thyden González.

Fue un episodio que consideró “épico”, pero que no interrumpió ninguna meta. Nunca dejó de hacer stand up, ni de moverse para ser reconocida.

Ha tenido cinco podcasts en los últimos seis años. Inició con Cabras del cerro, acompañada por las comediantes Monse Jerez y Rossy Rossy, que al llegar la pandemia, finalizó. “No estaban los ánimos para grabar”, recuerda con un tono desanimado Monse.

Luego, junto a Pau San Martín, hizo otro llamado, No y tu mamá, producido en la Big Radio, que cerró. Tras eso, quisieron volver y retomaron con el nombre Antes podcast que sencilla. Después, tuvo un programa sola llamado No puedo esperar, que finalizó a finales de 2024.

Hace un poco más de un año, retomó el proyecto con Pau San Martín con el podcast Dariño. En un inicio, era un podcast entre Paula y el comediante Altoyoyo, pero renunció. La standapera viñamarina había sido invitada a algunos capítulos y tenían muchas visualizaciones, entonces la productora la llamó.

Pau San Martín explica por qué pensó en ella: “Ya teníamos dos experiencias trabajando juntas y no pude pensar en otra persona más que en la Darinka. Aparte que tenemos mucha afinidad. Las dos somos muy buenas para el hueveo (…) Nos dimos cuenta de que éramos el tipo de mujer que se juntaba mucho con varones: no tan femenina estereotípicamente, aunque sí somos muy femeninas”. Y así se creó el podcast “de las girls”, como lo califican ellas mismas.

Hace un año, estuvo muy cerca de una de las metas más ambiciosas de cualquier humorista: presentarse en el Festival del Huaso de Olmué. Rocío Marín, productora ejecutiva de entretenimiento de Televisión Nacional (TVN), es parte fundamental del equipo de selección de comediantes y fue a ver uno de sus shows.

Darinka estuvo semanas en incógnita hasta que la ansiedad le ganó y llamó a un conocido que podría tener más información. Le preguntó si iba al Patagual o no y le respondió que solo llevarían a una mujer y ella estaba dentro de las tres principales opciones. Pero no pasó nada.

No la llamaron y tampoco a ninguna mujer.

“Uno como que ya no se ilusiona con esas cosas, es tanto lo que te proponen y luego no sucede (…) Hay suficientes comediantes mujeres para llevarlas a cualquier escenario”, analiza.

En los últimos cuatro años, se han presentado trece hombres y solo tres mujeres. Frente a esto, la encargada argumenta que “Chile es un país muy machista y las mujeres no siempre son bien recibidas”. Aunque asegura que siempre intenta que se presente una mujer.

Pao Molina, amiga y colega de Darinka, también estaba en la mira para Olmué, y reflexiona al respecto: “A las mujeres se nos exige mucho más: desde el outfit hasta si decimos garabatos o hablamos de sexo”.

El hecho no la detuvo. Hizo una gira por Chile de shows en vivo de Dariño. También se fue a Los Ángeles, Estados Unidos, para publicitar la película La Empleada, donde Pau tiene los mejores recuerdos con ella: “Nos sentíamos muy perrísimas caminando por la ciudad y en la alfombra roja cuando estábamos en el evento (…) Todo ese viaje que duró tres días fue un sueño, una experiencia inolvidable”.

A pesar de todo, González, quiere seguir creciendo. Parece bastante autocrítica: “Si fuera muy autoexigente, estaría en otro lugar (…) Y por eso ahora me puse el límite de cambiar mi rutina de aquí a febrero, máximo”. Usualmente se le ocurren historias nuevas en el transcurso de los días y se sienta en una cafetería a desarrollarlas.

Como toda comediante, prueba los chistes, para así armar un libreto completo. Usualmente los incluye en medio de su clásica rutina Cabezona. La mayoría de las veces, sus jornadas tienen éxito, pero ella no lo normaliza: “Es mi trabajo”. Y cuando no le va bien, piensa en qué puede mejorar, conversa con su pareja y sigue adelante.

Luego de casi una hora, a las once de la noche, termina su rutina Cabezona. Esa noche de octubre de 2025 en el Distrito Cuatro de San Miguel, saca su celular y bromea: “Les quiero pedir un favor. ¿Podemos prender la luz y hacer un video final? Pero lo tenemos que practicar porque de repente lo hacen como las hueas. Yo voy a decir: ‘¿Cómo lo pasamos hoy San Miguel?’ Y ustedes gritan y dicen: ‘¡Bien!’ Para que se sigan vendiendo mis shows, ¿ya? Porque este es gratis, pero los otros no”. Empieza el ensayo:

– ¿Cómo están San Miguel?

– Bien –dice el público sin tanto volumen.

– Se demoraron un segundo y se ve maniqueado. Me voy a poner a llorar. Todos vamos a actuar porque si yo no como, ustedes tampoco –reacciona Darinka.

El público se ríe y la comediante saca su celular para grabar: “¿Estamos listos? Ahí vamos: ¡Muchas gracias, San Miguel por esta gran noche!”.

Ahora sí, la gente grita eufórica y saluda a la grabación. Luego la comediante con el público exclaman: “¡Olmué, Olmué, Olmué!”.

“Soy Darinka González. ¡Muy buenas noches!”, se despide.

*FOTOGRAFÍAS DE DIEGO FIGUEROA – MIGRAR PHOTO PARA REVISTA ABISMO.

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