Jamás se le habría pasado por la cabeza aquel sábado de julio de 1969 que el artista al que escuchaba por primera vez en vivo en el Estadio Chile —el mismo lugar donde cuatro años después moriría— acabaría convirtiéndose en el protagonista del gran secreto de su vida.
Héctor Herrera, entonces un joven de izquierda de 19 años, había acudido al primer Festival de la Nueva Canción Chilena en el entonces llamado Estadio Chile –hoy conocido como Estadio Víctor Jara–, para ver a varios de los músicos destacados de la música popular chilena. Organizado por la Universidad Católica, Jara ganó el certamen con “Plegaria a un labrador”, que dedica a un campesino al que le pide su “fuerza y valor” para “combatir” y que interpretó junto a Quilapayún.
“Dedico ese triunfo a la clase obrera, al campesino, al estudiante y a la juventud chilena”, dijo Jara al recoger el premio, según cuenta Mario Amorós, autor de su biografía La vida es eterna (2023). Ante cerca de seis mil personas, el cantautor reivindicó también el carácter popular del festival y el contenido social y de protesta de sus canciones.
—Fue la única vez que lo vi en vida. Ni me imaginaba que años después en ese mismo estadio iba a ser asesinado y que mi vida se cruzaría con la suya como ocurrió. Yo solo le aplaudía.
***
Héctor Herrera creció en una familia de militantes comunistas que regentaba una tintorería y la sombrerería Aquí está Olguín, ambas en el centro de Santiago. Sus padres, Filomena y Enrique, habían llegado a la capital desde Los Andes, en la zona cordillerana, y allí formaron una familia de seis hijos. Héctor era el menor y recuerda aquella infancia como “bonita, con carencias, pero bonita”, en una casa grande, siempre llena de parientes y allegados.

—Los domingos eran muy especiales. Mi padre nos sentaba en una gran mesa, muy patriarcal, y nos hacía leer artículos de El Mercurio y El Siglo. Crecimos viendo nuestra sociedad chilena a través de los artículos de dos posiciones políticas completamente opuestas.
Cuando llegó el Gobierno de la Unidad Popular, en 1970, Héctor tenía 20 años y trabajaba en el Registro Civil e Identificación de la calle General Mackenna, a pocas cuadras de La Moneda. Había conseguido el puesto un año antes, después de ganar un concurso.
—Me dedicaba a hacer carnés de identidad y tomaba las huellas a jóvenes que entraban al colegio y necesitaban su documento por primera vez.
El 11 de septiembre de 1973, Héctor acudió a su trabajo como cualquier otro día. Lo hizo siguiendo el llamamiento que Salvador Allende había hecho aquella mañana, después de conocer la sublevación de la Marina en Valparaíso.
Alrededor de las 9:20, cuando Allende pronunció por Radio Magallanes el último discurso de su vida, Héctor y sus compañeros escucharon sus palabras a través de una radio de pilas. Poco después, su jefa autorizó a las mujeres a marcharse antes de que se suspendiera el servicio de micros. Los más jóvenes se quedaron.
—Subimos a la terraza y vimos pasar los aviones cuando bombardearon La Moneda. Bajamos todos al subterráneo y ahí decidimos abandonar el trabajo. Nos fuimos a pie, pero antes, en un acto de resistencia casi ridículo, un amigo le puso dos fósforos a la cerradura para que, si llegaban los militares, tuvieran problemas para abrir.
De camino a casa empezó a llover en Santiago. Bajo el toque de queda, el recorrido se le hizo más largo de lo habitual.
Al llegar, su padre convocó a toda la familia. “Esto será largo”, les advirtió antes de pedirles que eliminaran “cualquier libro, revista o afiche susceptible de levantar una sospecha” sobre su ideología.
La madera que normalmente utilizaban para la tintorería sirvió aquel día para alimentar el fuego con el que quemaron casi toda la biblioteca familiar.
—Al final de la tarde, mi madre encontró en la biblioteca unos discos de Víctor Jara. Nos ordenó enterrarlos porque, si los quemábamos, dejarían muy mal olor. Así enterramos simbólicamente a Víctor Jara ese día, en mi casa.
Tras cuatro jornadas de toque de queda general, encerrados en casa, con “militares y helicópteros en las calles”, el día 15 un bando militar ordenó a los funcionarios del Registro Civil presentarse a su puesto de trabajo. Héctor lo hizo.
—Se acabó la política, señores, aquí hay que trabajar, ya no habrá jefatura civil aquí —les espetó uno de los uniformados a los funcionarios reunidos en un gran salón.
Después pidieron voluntarios, sin especificar para qué, y empezaron a apuntar a varios de los jóvenes presentes: Héctor fue uno de los señalados, que fueron separados del resto, conducidos a un autobús y transportados al Cementerio General, en la Avenida de la Paz.
—Ahí entendí que nos llevaban a la morgue.
“¿Habrán visto quién les disparó?”
Al Instituto Médico Legal iban llegando, esos primeros días de la dictadura, centenares de cuerpos de las personas ejecutadas tras el golpe. “Como estaban repletas las noventa cámaras frigoríficas destinadas a conservar temporalmente los cadáveres, habían tenido que repartirlos además por el patio, las escaleras y el estacionamiento”, cuenta Amorós.
Héctor recuerda que “había cadáveres por todas partes”, por eso necesitaban refuerzos para ayudar a los funcionarios en la toma de huellas. Ese fue el trabajo para el que lo eligieron.
—Para todos los jóvenes que fuimos seleccionados era la primera vez que entrábamos a una morgue y que veíamos tantos muertos al mismo tiempo.
Si en condiciones normales los trabajadores del Instituto Médico Legal recibían menos de 10 cadáveres al día de promedio, solo entre el 11 y el 30 de septiembre llegaron 588 cuerpos, de los cuales 397 eran muertos por herida de bala, según recoge la investigación Burocracia de la muerte, de Archivos Chile.
Sin guantes, máscaras ni otro tipo de protección, recibieron las instrucciones. Tenían unas fichas en las que debían registrar el número de protocolo y tomar las huellas digitales de cada cuerpo.
—Fue un trabajo horrible, viví el infierno en esos tres días que me tocó estar ahí. Llegaban camiones de militares y descargaban los cuerpos como sacos de papas. Los funcionarios de la morgue los tomaban delicadamente en unas camillas y los ponían ordenaditos, uno al lado de otro. Y ahí nosotros pasábamos a tomarles las huellas digitales.

A Héctor le quedó grabado que la mayoría de los fallecidos “tenían las manos empuñadas”. Tenían que “abrírselas” para tomarles las huellas, y todos —tanto jóvenes como viejos— tenían los ojos abiertos.
—Yo me preguntaba, ¿habrán visto quién les disparó?
Todo lo vivido durante aquellos tres días en el Servicio Médico Legal, Héctor lo guardó en su memoria sin decir nada a nadie. El impacto de tanta muerte y violencia fue tal que cuando tomaba el autobús para ir al trabajo, los pasajeros que lo rodeaban empezaban a parecerse a los fallecidos que había visto el día anterior.
“Iba a enterrar a toda esa gente a través de él”
—Tenemos el cuerpo de un compañero aquí —le dijo uno de los trabajadores de la morgue a Héctor la tarde del sábado 16 de septiembre.
—¿Quién es?
—Víctor Jara.
—No puede ser… Vamos.
Héctor encontró el cadáver del músico en una habitación semioscura, “lleno de tierra y heridas apelmazadas de la sangre pegada”.
Tomó las huellas digitales a sus “manos grandes, muy bien empuñadas”. Se las abrió, les puso la tinta y estampó los diez dedos en la ficha correspondiente al protocolo número 2547. Cuando la ficha se secó, se la guardó entre la camisa y el pantalón, sin entregarla por el conducto regular. Después pidió a su colega que guardara el secreto.
Héctor pretendía buscar sus datos, encontrar su dirección y avisar a la familia para que pudiera sacar el cadáver de la morgue y evitar que acabara en una fosa común, como tanto otros cuerpos que nunca serían identificados.
Al día siguiente, a la hora del café, le pidió “un gran favor” a una amiga “de confianza”, trabajadora del servicio que “no era militante”: investigar las diez huellas del músico que había estampado el día anterior.
Ella accedió, subió a una oficina y regresó con otra ficha. “Es él, no hay ninguna duda”, le dijo a Héctor, sin nombrar al cantautor.
—Ahí yo supe que se llamaba Víctor Lidio Jara Martínez. Entonces me planteé que yo, a través de él, con 23 años, iba a enterrar a toda esa gente. Que a mí nadie me iba a decir después: ‘¿Y tú qué? ¿No hiciste nada?’ .
“Le di la peor noticia”
No tenía su fecha de nacimiento, ni el nombre de sus padres ni su último estado civil. Solo tenía los trazos de los diez dedos y el nombre completo del cantautor. Pero Héctor memorizó los datos y buscó en el registro cada una de las partes de su nombre: la V, la L, la J y la M. Ahí encontró las huellas dactilares que le tomaron cuando se sacó su primer carné. Las comparó: no había duda, eran las mismas.
—Di vuelta a la ficha y memoricé su dirección. Descubrí que estaba casado con una inglesa y comprobé que la dirección de ambos coincidía. Memoricé su nombre y apellido –Joan Turner Roberts– y el domicilio.
Al día siguiente, Héctor despertó temprano para tomar la primera micro después del toque de queda. Desde Conchalí, al norte de Santiago, debía llegar hasta Las Condes, en el oriente de la capital. Había memorizado la dirección. Llegó a la casa y tocó el timbre.
Se abrió una ventana y apareció una mujer joven “que se notaba que no había dormido, demacrada y preocupada”. Hizo entrar a dos niñas pequeñas y abrió la reja. Héctor, nervioso, le mostró su credencial de funcionario del Registro Civil y le dijo que era militante comunista.
La joven lo invitó a pasar. Dentro estaban una amiga y las dos niñas, Amanda y Manuela.
—¿Conoces a mi papá? —le preguntó la más pequeña.
La amiga subió al segundo piso con las dos pequeñas y Joan le ofreció sentarse en un sillón.
—Ahí le di la peor noticia que se le da a una mujer: la muerte de su marido, el padre de sus hijas. Ella tomó mis manos y, en mis palmas, lloró. No sé cuánto tiempo fue eso, muy largo. Lo recuerdo como uno de los momentos más largos que he vivido.
***
Héctor ayudó a Joan a realizar ese mismo día, y con premura, los trámites para retirar el cuerpo y sepultarlo.
—Hola, ¿le tocó de nuevo? —le preguntaron los militares de guardia cuando lo vieron entrar.
—Sí, hoy vengo con una colega —respondió.
Ambos entraron.
—Ella pasó pisando cuerpos, sangre, brazos y manos y vio todo ese horror. En ese momento entraba un camión y descargaron más cuerpos que se amontonaban mientras los funcionarios iban ordenándolos.
Llegaron al lugar donde Héctor le había tomado las huellas, pero el cuerpo ya no estaba allí. Lo habían trasladado al segundo piso para practicarle la autopsia. Subieron unas escaleras de caracol y llegaron a un pasillo con ventanas por las que entraba el sol.
No había ni un funcionario, era 18 de septiembre, fiesta nacional de Chile. En aquel pasillo, lleno de cadáveres, encontraron a Víctor Jara.
—Ella se puso de rodillas y lo abrazó en silencio. Con sus propias lágrimas le limpió su figura. Su gesto fue una prueba de amor y de adiós delante de mí.
La sepultura
«Prohibido traslado de ataúdes a casas, templos o iglesias. Directamente, Cementerio General de Santiago», se leía en una de las órdenes que los militares habían colocado en la pared.
Para sepultar el cuerpo necesitaban obtener el certificado de defunción y el permiso para la sepultura.
Héctor convenció a la joven funcionaria de turno de que necesitaba hacer el trámite por “un profesor” que estaba ahí. “Lo vamos a hacer rapidito porque hoy es feriado y yo ya me voy”, le respondió ella.
—¿Nombre? ¿Fecha de nacimiento? ¿Estado civil? ¿Dónde lo encontró? —empezó a preguntar la funcionaria.
—Acá abajo, en el subterráneo.
—No, tiene que decirme el lugar exacto —insistió.
—En el estacionamiento —respondió Héctor—.
—¿Hora de la muerte?
Héctor recordó entonces un poema del español Federico García Lorca que había leído, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), escrito tras la muerte de uno de sus grandes amigos. En el poema, Sánchez Mejías muere a las cinco de la mañana. Héctor dio esa misma hora.
—¿Profesión?
—Músico.
—Causa de la muerte?
—Muerte por bala.
—¿Fecha de la muerte?
—14 de septiembre.
Héctor no sabía cuándo habían matado a Víctor Jara, pero pensó que el cuerpo había llegado al Servicio Médico Legal la mañana del 15 y dedujo que lo habían asesinado el día anterior. Por eso anotó el 14 de septiembre en el certificado. Hoy, sin embargo, considera que esa fecha “no corresponde”, según los relatos de varios testigos que vieron a Jara con vida en el Estadio Chile.
La fecha en la que de forma oficial se conmemora su asesinato en Chile es el 16 de septiembre, cuando fue encontrado por una familia, junto al entonces director de Gendarmería, Littré Quiroga, detrás del Cementerio Metropolitano, en la comuna de Lo Espejo, ambos abandonados.
***
Con los trámites finalizados y la ayuda económica de un amigo para pagar el ataúd y el nicho, pudieron sacar finalmente el cuerpo del Servicio Médico Legal. Los funcionarios, relata Amorós, entregaron el cuerpo “en una camilla metálica, desnudo y con la ropa a los pies: una camisa de tono lila, suéter de alpaca negro, pantalón negro y calzoncillos azules”. Héctor, que fue quien recibió el cadáver, todavía recuerda aquel momento:
—Ahí me transformé en testigo clave porque fui de las pocas personas que vio su cuerpo desnudo y el número increíble de balas por todas partes. Tenía 44 balazos. Yo no los conté, pero lo apuntó la investigación (primera autopsia del 18 de septiembre). Había una ráfaga, hoyitos y una gran herida al lado izquierdo del estómago, como de una quemada.
También pudo comprobar que no se le practicó una autopsia completa: “su cuerpo no fue abierto” y el médico que lo examinó se limitó a realizar un análisis externo.
Héctor colocó el cuerpo en el ataúd y lo cubrieron con ropa. Llevaron la urna a una pequeña sala que utilizaban como velatorio. Joan permaneció ahí a solas con su esposo para despedirse. Después, partieron al Cementerio General, hasta el patio México.
—Llegamos hasta el fondo del cementerio, sin flores ni nada, hasta la última pared. Le tocó en el tercer o cuarto nicho. Nos costó mucho subirlo. Cuando lo logramos, el sepulturero robó una corona seca y la colocó encima. Ahí fue la primera vez que me quebré.
Cuando Joan se dio cuenta del estado de Héctor, le susurró: “No nos vamos a acordar de Víctor por ese momento, lo vamos a recordar cantando con su guitarra”.
En su lápida quedó inscrito: “Víctor Jara 14 de septiembre de 1973”.
El exilio
Héctor vivió los primeros años después de sepultar a Víctor Jara con miedo permanente a ser descubierto. Fue detenido dos veces, aunque ninguna de ellas fue por esta razón. La primera, el 11 de octubre, casi un mes después de los hechos, cuando permaneció quince días encerrado en el Estadio Nacional en una detención arbitraria que terminó con varios golpes y la firma de un documento que certificaba su puesta en libertad.
La segunda fue en diciembre de 1973, cuando los uniformados fueron a buscarlo a su oficina. Para el régimen pinochetista, los funcionarios del Registro Civil eran sospechosos porque podían emitir pasaportes falsos. Eso era lo que buscaban en Héctor durante aquella detención.
—Nos llevaron a la oficina de la Policía de Investigaciones (PDI) y aunque a mí me trataron bien —en el fondo los funcionarios de la PDI y los del Registro Civil suelen trabajar juntos—, ahí viví lo peor. Me entraron a una sala, me hicieron sentar en una silla y delante mío golpeaban a todos quienes pasaron por ahí. Fue la tortura más horrorosa que he vivido en mi vida.
Los agentes le explicaron que circulaba el rumor de que el triunfo de Allende, tres años antes, se había producido gracias a un supuesto fraude cometido por funcionarios del Registro Civil que habrían emitido carnés y pasaportes falsos. Por eso, ahora tenían la orden de encontrar a los responsables de aquello.
Lo interrogaron varias veces y lo insultaron, pero en enero de 1974 quedó en libertad.
—Felizmente no me preguntaron nunca en las detenciones por el funeral ni por el destino de Víctor Jara.
***
Después del segundo arresto, fue suspendido de su trabajo, pero pronto encontró empleo como secretario en la empresa de reparaciones de calefón de un francés. En 1976, el negocio empezó a hacer aguas y su jefe decidió regresar a Francia e invitó a Héctor a irse con él, pero lo rechazó.
Eran tiempos de mucha represión y la sospecha sobre la sepultura de Víctor Jara empezó a instalarse. Tres años después, su nicho se había convertido en un símbolo contra la dictadura, siempre lleno de flores rojas y gente que acudía a cantarle canciones.
—Un día, en un encuentro con antiguos compañeros del Registro Civil, un amigo contó que cuatro militares habían llegado a su oficina buscando a quién había enterrado al cantautor.
Habían descubierto que Víctor Jara había sido la única persona enterrada el 18 de septiembre, un día feriado. Y no era difícil averiguar quién había realizado el trámite: las fichas de las huellas tomadas en la morgue llevaban las iniciales del funcionario. En la de Víctor Jara habían quedado registradas las letras HH.
Era cuestión de tiempo que descubrieran su secreto.
Cuando los militares intensificaron la búsqueda del «sepulturero» de Jara y sus padres insistieron en que debía cuidarse, Héctor decidió partir. Se exilió en Francia la vigilia de la Navidad de 1976. Tenía 26 años.
—Guardé toda esta historia en una caja muy escondida en mi memoria y no la saqué hasta mucho tiempo después.
“Juntos por toda la eternidad”
Herrera, que hoy tiene 76, se refugió en el silencio durante décadas, hasta que Joan Turner —entonces ya conocida como Joan Jara— lo buscó en París para pedirle que testificara ante la justicia.
Años antes, Héctor le había hecho llegar su relato de los hechos: lo había grabado en un cassette y después lo había transcrito a máquina. En aquel encuentro en Francia, Joan le pidió autorización para utilizar su testimonio en el proceso judicial que tenía previsto iniciar. Héctor accedió con una condición: que se mantuviera su anonimato, una promesa que Joan siempre cumplió.
Héctor declaró como testigo ante el juez en 2009. Solo entonces su nombre empezó a trascender.

El vínculo entre Héctor Herrera y Joan Jara se mantuvo durante las décadas siguientes y se estrechó a través de la Fundación Víctor Jara. Héctor colaboró con ella durante años y aportó recursos obtenidos de las actividades que organizaba en su restaurante chileno de Nimes, al sur de Francia.
Cuando Joan Jara murió, el 12 de noviembre de 2023, Héctor viajó a Chile para asistir a su velorio y acompañarla hasta el cementerio. Frente al mismo nicho donde medio siglo antes había enterrado a Víctor Jara, Héctor se despidió de los dos.
—Les dije a ambos que los dejaba ahí, juntos por toda la eternidad, y que yo ya me retiraba a mi pequeño pueblo.
Amanda Jara, hija de la pareja y hoy también presidenta de la fundación, escribe en un mensaje para Abismo que “hoy esa tumba se ha transformado en una animita, llena de color” y que desde noviembre de 2023 su “querida madre descansa junto a su compañero”.
La familia Jara Turner ha estado siempre muy agradecida por el gesto de Héctor Herrera. “Gracias a la valentía de un hombre joven y lleno de sueños, pero que en esa semana de septiembre de 1973 estaba rodeado de terror —añade Jara—, pudimos ponerle una flor en esa tumba, siempre consciente de que cientos de familias, hasta hoy, no han podido hacerlo con los suyos”.
Después de 53 años, Héctor Herrera se declara “orgulloso” de lo que hizo y dispuesto a contar al mundo el que durante décadas fue su mayor secreto.
*ILUSTRACIÓN DE PATO VERA






1 comentario en “Víctor Jara, el secreto de una sepultura”
Cada vez que escucho o leo como ahora este reportage, siento un escalor frio, Hector fue muy valiente al hacer ese acto de humanidad. Y que temiera por su vida en ese entonces era logico, por que estos perros mataban o tomaban preso aquien ellos querian, no habia Justicia. Por eso yo siempre tendre mucho respeto por lo valiente que fue Hector.
Desde Holanda un abrazo. Marta