El suicidio que no miramos

En Chile, el suicidio tiene un rostro definido por la edad y el género. Las cifras muestran más muertes por ese fenómeno en hombres, sin embargo, las mujeres presentan una mayor prevalencia de ideaciones suicidas a lo largo de la mediana edad y la vejez. Dentro de esos números se esconden distintos factores, como la violencia, el estigma social, la sobrecarga de cuidado, el envejecimiento y las pérdidas personales. Este reportaje ahonda en el relato de cinco mujeres adultas, en una búsqueda por visibilizar su propia realidad. 


—¿Qué sentido tiene mi vida? No le encuentro ningún sentido. Como que estoy ocupando un espacio y oxígeno que no debo.

Rosa —quien solicitó un nombre ficticio para proteger su identidad—, tiene 59 años y ha atravesado múltiples intentos de suicidio a lo largo de su vida. El último, según relata, fue en 2023: “Esto pasó el 13 de febrero y desperté el 15 de febrero sin saber dónde estaba. Me pasaron a una habitación individual en el hospital. Creía que me dejarían ir a mi casa, pero me quedé internada”. Ese fue el momento en donde, además, fue diagnosticada con trastorno bipolar. 

Casi 30 años antes de ese día, en julio de 1995, Rosa perdió a su hijo de cuatro años, Juli, tras una bronconeumonía bilateral fulminante. El hecho gatilló su primer intento de suicidio y cambió su forma de maternar, lo que le trajo repercusiones en el cuidado de sus otros hijos, a quienes vigilaba durante las noches para ver si seguían respirando. 

A medida que pasaron los años, el duelo por la pérdida de su hijo, la presión por superarlo, la separación de su matrimonio, problemas con sus hijos mayores, una creciente depresión por sucesos ocurridos a lo largo de su vida y la incógnita de no comprender su propio comportamiento por un trastorno no diagnosticado, derivaron en más intentos de suicidio.

“El dolor de mi hijo me lo guardé muchos años. Y al final explotó con el intento de suicidio”, comenta. 

Lo que Rosa calló durante años también refleja una realidad más amplia: en diferentes investigaciones internacionales se ha observado una diferencia por sexo. Las mujeres tienden a presentar mayor frecuencia de ideación suicida y de conductas suicidas no fatales, mientras que los hombres presentan una mayor mortalidad por suicidio. 

Al respecto, Ana Paula Vieira, psicóloga, especialista en gerontología y presidenta de la Fundación Míranos, explica que estas diferencias también responden a patrones culturales en la forma de expresar el sufrimiento. En el caso de las mujeres, tienden a observarse formas más explícitas de expresión emocional y de comunicación del malestar, lo que puede hacer más visibles para el entorno algunas señales de cómo se sienten. Sin embargo, en la vida de Rosa la soledad es constante, no contando con apoyo suficiente en su vida diaria. Sus hijos -ya mayores-, viven lejos y solo convive con sus mascotas a lo largo del día. A pesar de que se mantiene ocupada trabajando, las ideaciones suicidas siguen presentes en su cabeza. 

– ¿Cree que hay algo en este punto de la vida que incide en los pensamientos suicidas? 

– De repente pienso en qué voy a hacer cuando sea más adulta. Yo no quiero ser una carga para nadie. 

Hablar de la vejez resulta delicado. Según la octava Encuesta de Inclusión y Exclusión Social de las Personas Mayores en Chile 2025 elaborada por la Universidad de Chile en conjunto con el Servicio Nacional de Adultos Mayores (SENAMA), al menos un 84% de los encuestados considera que Chile está poco o nada preparado para enfrentar el envejecimiento. La encuesta, además, exploró distintas aristas en la percepción de la ciudadanía frente a la vejez, en dónde al menos un 45,6% de los encuestados creyó que las personas mayores se encontraban marginadas y un 84,4% los vio excluidos de la sociedad.

“Si yo me doy cuenta de que, no sé, voy a empezar a caminar apenas o cosas de tercera edad… yo creo que esa no es vida. (…) yo no quiero ser una carga para nadie, ni para mi hija, ni para mi hijo, ni mis nietas”, exclama Rosa. 

El suicidio tiene un rostro definido por la edad y el género. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que las tasas de suicidio son especialmente elevadas entre las personas de 70 años o más. En Chile, el MINSAL confirma una realidad que no se puede ignorar: el patrón es particularmente marcado entre los hombres mayores, y las tasas más altas se concentran en los hombres de 80 años o más.  Es común ver en distintos medios de comunicación la gran cobertura al respecto sobre este grupo etario, por lo general centrándose solo en ellos, dejando atrás a las mujeres adultas y mayores. 

Respecto a sus causas, Ana Paula Vieira explica que el suicidio es multicausal y existen diferentes factores que pueden incidir en él, entre ellos: factores sociales, psicológicos, culturales y biológicos, sin llegar a apelar a los trastornos mentales como una explicación a las conductas suicidas. 

***

Según cifras oficiales del Departamento de Estadísticas e Información en Salud (DEIS) del Ministerio de Salud, al menos 321 mujeres de 45 años en adelante murieron por suicidio en la Región Metropolitana entre 2019 y 2025. Los datos, entregados mediante solicitud de Ley de Transparencia, reflejan cambios relevantes durante esos años en los diferentes rangos etarios que oscilan entre los 45 y 80 años. En 2019, se registraron 48 muertes; en 2020, 46; en 2021, 38, la cifra más baja de los últimos 7 años. Un año después, en 2022 se produjo el mayor número de casos, con 55 muertes por suicidio. Posteriormente, las cifras descienden a 50 en 2023 y 45 en 2024, ambos años con datos provisorios según la base de datos de defunciones de la Región Metropolitana. Finalmente, en 2025 se contabilizan 39 casos de suicidios en mujeres adultas y mayores.

El fenómeno se concentra principalmente en mujeres de 45 a 49 años, seguidas por el grupo de 50 a 54. En 2022, 17 mujeres del primer grupo y 13 del segundo murieron por suicidio, lo que representa más de la mitad del total anual. A medida que aumenta la edad, las cifras tienden a disminuir, concentrándose principalmente en las mujeres de mediana edad. Aún así, existen casos de suicidio en mujeres mayores de 60 hasta 80 años respectivamente, aunque en proporciones más bajas. 

Querer morir en la vejez

A 44 kilómetros al sur de Santiago se encuentra Paine. Allí, las mañanas de primavera son cálidas y frescas. De gran extensión y principalmente rural, para poder moverse por la comuna es necesario llegar temprano al paradero, pues los nuevos MuniBuses eléctricos de Paine conectan a toda la comuna a través de horarios fijos en los que deben cumplir su recorrido.

En la ruta del T1 que transita desde el centro de Paine a Rangue, se observan casas coloridas que se encuentran a la orilla de la carretera. En el camino se visualiza una gran cantidad de personas realizando sus labores y resulta imposible, además, ignorar las vistas de las grandes parcelas con mucha vegetación y animales pertenecientes al campo, como vacas y caballos. 

Después de casi cuarenta minutos de viaje, al descender del Munibus al medio de la carretera se vislumbra la figura de una mujer a lo lejos. Sandra (49), quien pidió un nombre ficticio para proteger su identidad, abre el portón para poder llegar a su hogar y conocer parte de su historia. Vive en una parcela grande, casi al final, detrás de una casa que está a primera vista si se mira desde el portón. 

Sandra abrió las puertas de su casa, y también abrió la posibilidad de contar una de las vivencias que más la ha marcado: cuidar a la “señora Bernardita”, como le decía ella de cariño. 

La señora Bernardita era una mujer de 82 años que fue por muchos años vecina de Sandra. Sufría de cáncer de páncreas con metástasis y Sandra se convirtió en su cuidadora, luego de que el hijo de Bernarda publicara un anuncio buscando a una persona que cuidara de su madre. La cuidadora, conmovida, cuenta: “Yo tengo esa pena de que ella a lo mejor murió con dolor. Es difícil ver sufrir a otra persona, porque a uno le impacta. Si va uno en la micro y ve una niña que va llorando, uno dice, «Oye, ¿qué te pasó?» Y le pregunta. Pero ver sufrir a una persona por un dolor del cuerpo, es muy difícil, porque la persona se retuerce. La persona (suele) llorar, pero ella no gritaba, ella se quedaba callada”, relata. 

Bernarda solía contar que había sufrido mucho toda su vida. Le contaba de manera íntima a su cuidadora las cosas que le dolían emocionalmente y el peso que sentía. Sandra comenta que creía que la mujer mayor sufría un cuadro depresivo no tratado, puesto que solía disculparse con ella por hacerla trabajar y que ya no tenía ganas de arreglarse, pidiendo explícitamente irse de este mundo. 

Los distintos factores como el cáncer, el cansancio, la sensación de culpa y las experiencias acumuladas afectaron su salud mental y Sandra identificaba lo que ocurría. Asimismo, las redes de apoyo de Bernardita eran escasas: sólo contaba con su cuidadora, algunas amigas de la iglesia evangélica a la que asistía y otros amigos de un club de personas mayores al que solía frecuentar. De su familia, nadie se hacía cargo y su hijo sólo llegaba a dormir. 

En este contexto, Ana Paula Vieira, autora del libro Silencios – ¿por qué debemos hablar del suicidio en la vejez? (publicado en 2024 por La Pollera), subraya: «Las personas de apoyo no necesariamente tienen que ser familiares, sino también pueden ser personas de confianza, organizaciones comunitarias o servicios públicos. Lo importante es que la persona cuente con apoyos disponibles y significativos para recibir ayuda cotidiana, práctica o emocional”, afirma. En situaciones de riesgo suicida, agrega, contar con información clara sobre dónde solicitar ayuda y cómo acceder oportunamente a atención profesional puede ser fundamental. 

El caso de Bernarda no es aislado, ni el deterioro de la salud mental es exclusivo de quienes sufren enfermedades o dolencias físicas. Según un estudio realizado por la Pontificia Universidad Católica de Chile, la prevalencia de depresión en las personas mayores de 60 años es de 39,8%, lo que representa cerca de 1,2 millones de personas. En las estadísticas por género, en los hombres la depresión está presente en el 32,7% y en mujeres en el 45,7%, sin embargo este porcentaje es mayor a más edad (44,4% en mayores de 80 años). 

Esta evaluación coincide con un estudio realizado por el Instituto Milenio MICARE, publicado en 2025 por la revista científica Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology. La investigación afirma que las mujeres mayores de 60 años en Chile viven, en promedio, el doble de años con síntomas depresivos que los hombres en todas las regiones del país, especialmente aquellas que se dedican al cuidado. Asimismo, se identificó una relación directa entre depresión y multimorbilidad: la presencia de dos o más enfermedades crónicas reduce el tiempo de bienestar emocional, restando, en promedio, 4 años de vida sin síntomas depresivos en los hombres y 5,7 años en las mujeres.

Ana Paula Vieira explica que trastornos como la depresión y la ansiedad, junto con los problemas físicos y las condiciones del entorno en que vive la persona mayor, pueden asociarse al riesgo suicida, pero no permiten explicar por sí solos que una persona llegue a suicidarse. Son factores que deben ser considerados junto con otros elementos de su historia y contexto.

La “señora Bernardita” era una mujer que había expresado verbalmente deseos de morir  a raíz de la confluencia de su dolor físico, una depresión no tratada y una soledad emocional que la impactaba día a día. Su verbalización del sufrimiento, los sentimientos de desesperanza y la sensación de ser una «carga», que la llevaban a pedir perdón, son elementos que pueden adquirir relevancia en la comprensión del riesgo suicida y que, según explica Ana Paula, deben considerarse en el contexto más amplio de la historia y las circunstancias de la persona. 

La depresión, el cuidado y el estigma

El 6 de febrero de 2024, Claudia García (41) vivió el suicidio de su madre, quien tenía 58 años. Este escenario no fue casual: Durante años, vio cómo la depresión reactiva mayor que ella sufría regresaba por periodos, como los cambios de estación, aniversarios, o con sus propios pensamientos de culpa que provocaban una mayor sintomatología. “Todo siempre tenía que ver porque mi mamá se sentía poca cosa. Tenía una baja autoestima y muchas culpas”, recuerda. 

Las crisis, describe Claudia, se manifestaban en episodios donde los cambios de ánimo eran abruptos: Lloraba con facilidad, insultaba a las personas de su alrededor, dormía mucho y sufría de dolor corporal intenso. Estos síntomas aparecían en forma de patrones que solían repetirse a través del tiempo y, según relata García, se trataba de un estado que traspasaba la barrera mental, somatizando físicamente: “Dolor, presión baja, las manos frías, ansiedad, de repente ganas de desmayarse… O sea, lo mental le afectaba orgánicamente”, detalla.

El caso de su madre no es el único. Un estudio publicado en la revista Global Mental Health en 2024 realizado por la Universidad San Sebastián en conjunto al Instituto Milenio para la Investigación del Cuidado (MICARE), Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP) y Núcleo Milenio para Mejorar la Salud Mental de Adolescentes y Jóvenes (Imhay), reveló que las mujeres chilenas, en todas las edades evaluadas, poseen una mayor prevalencia de síntomas depresivos, manteniéndose esta tendencia como una constante a lo largo de su vida. 

Sin embargo, esta sintomatología depresiva también acarreaba una consecuencia mayor: los intentos de suicidio. En la intimidad de su hogar, García relata que además de presenciar las crisis de su madre también tuvo que sobrellevar las crisis e ideaciones. Tras años viéndola transitar de psiquiatra en psiquiatra, tomando tratamientos que tiempo después abandonaba y atentando contra su vida reiteradas veces, Claudia sabía que su madre podría morir por suicidio. 

— Siempre supe que esto era una posibilidad. Ella tenía ciertos patrones de comportamiento, su forma de ser… siempre la vi. Desde que tengo memoria, vi crisis en ella. Siempre tuve que entender, desde pequeña, que mi mamá era especial. 

A pesar de las complicaciones existentes por las crisis de su madre, Claudia relata que fuera de ellas era una mujer muy agradable, inteligente, creativa y maternal. Durante la conversación, la describe como una persona con quien compartía una relación cercana: “Éramos muy mugres”, recuerda, relatando que solían realizar actividades en conjunto, como ir a la peluquería, hacerse las uñas y comprar ropa. No obstante, esta complicidad se veía envuelta con una contraparte, ya que Claudia no sólo era su hija y confidente, sino que también actuaba como su principal soporte económico y emocional. 

— Yo hice todo lo que estaba en mis manos, todo. Sea psiquiatra, medicamento, regaloneos, mimos, plata. Si necesitaba, yo le pasaba. Yo era capaz de quedarme sin ni uno en el bolsillo, pero tranquila sabiendo que ella tenía. 

La dinámica de la relación madre-hija comenzaba a invertirse, sintiendo Claudia la responsabilidad por la salud mental de su madre al acarrear con el cuidado de su salud íntegra.  “Yo tengo muchos daños por parte de mi mamá. Sufrí mucha agresión por parte de ella, tanto física como psicológica… Pero era la única mamá que yo tenía, entonces traté de hacerla entender que conmigo no tenía que andar a la defensiva, que conmigo tenía cobijo. Y prácticamente me terminé convirtiendo en su mamá”, explica. 

Lo que vivió Claudia expone una realidad poco visibilizada: en Chile, las tareas de cuidado recaen casi siempre en las mujeres. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT), el cuidado no remunerado recae en un 87,4% en este grupo, influyendo  en cómo se experimenta la experiencia del cuidado en factores como la edad del cuidador o el vínculo de la persona que se está cuidando. 

Claudia Miranda, psicóloga y directora del Instituto Milenio para la Investigación del Cuidado (MICARE), explica que en qué consiste el rol persona cuidadora y que este puede ser impuesto o puede ser voluntario, cayendo en la mujer principalmente por un aspecto cultural “Muchas veces pasan dos cosas: Que la persona que es cuidadora no se identifica como (cuidadora) y no saben que es una labor, porque lo asumen como algo normal y, en el fondo, es como parte de la vida (…) El verbalizar “soy cuidadora” y el ser cuidadora implica tareas que no necesariamente yo estaría haciendo si no lo fuera, si no me tocó cuidar. Hace que haya un poco un cambio en la identidad del rol”, detalla. 

Comprender esa estructura de cuidado ayuda a dimensionar qué implica, emocional y físicamente, cuidar a alguien en riesgo. Claudia Miranda lleva años incursionando en esta temática y comenta que ha aprendido que el cuidado tiene dos caras “muchas de las personas que cuidan van teniendo aspectos positivos —como de ganancia-,  respecto de cuidar. Por ejemplo, van siendo más resilientes o más autoeficaces, lo que quiere decir que en el fondo se sienten más capaces de hacer tareas de cuidado o van aprendiendo destrezas específicas de cuidar”, comenta. 

Así como el que está siendo cuidado está siendo auxiliado, el cuidador suele estar más dispuesto a ser más atento y crecer personalmente a través de la experiencia del cuidado, pues suele ocurrir que muchas personas cuidadoras encuentran un propósito de vida en la labor de cuidar, motivándolos, haciéndoles sentir útiles y fortaleciendo su identidad propia. Asimismo, Miranda explica que también existen los aspectos negativos que recaen en la persona que cuida, pues aparecen factores como la sobrecarga o la soledad que aumentan las probabilidades de tener problemas de salud mental por el agotamiento que se enfrenta, como ocurrió con Claudia y su mamá.

Para Claudia, la entrega incondicional se convirtió en un propósito que ella misma reconoce como una forma de canalizar el amor filial a pesar de las heridas, cumpliendo el rol de «hija-mamá» hasta el límite del agotamiento. Su entrega llegó a ser exhaustiva para su propia salud mental y terminó chocando contra otra estructura externa: el sistema de salud en Chile.

A pesar de sus esfuerzos por ser el sostén de su madre y mantenerse ella misma con buena salud mental, García afirma que el sistema de salud mental en Chile “está hecho para que te conviertas en un cliente”. Según su experiencia, no existe el apoyo suficiente para las personas están atravesando episodios depresivos y/o afecciones de salud mental: “El sistema es muy injusto, sobre todo con la mujer. La mujer tiene muchas más probabilidades, está propensa a sufrir este tipo de enfermedades (…) Podría decir incluso que mi madre es víctima del sistema de salud en Chile”. 

Pero las barreras dentro del sistema de salud chileno no son solamente una percepción aislada. Según el Informe Anual 2024 realizado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), se detectó que en el sistema público una persona adulta debe esperar, en promedio, 236 días para acceder a una atención psiquiátrica y, aunque la atención particular es mayormente accesible en cuanto a tiempo de espera, el costo es excesivo para quienes no cuentan con el presupuesto. 

Este choque con las deficiencias institucionales provocó un impacto en la vida de Claudia quien, si bien podía costear los altos costos de las atenciones de salud mental para su madre -y para ella misma-, comprendió que el problema tenía muchas más aristas por sobre lo económico. La falta de políticas públicas y una cultura que evita hablar sobre salud mental se traduce en un silencio que las familias terminan enfrentando en privado, alimentando el estigma en torno a los trastornos mentales y la depresión. 

García convive en el estigma. Evita decir que su madre murió por suicidio; no por verguenza ni por miedo, sino por la crueldad ajena y el pudor con el que se juzga este tipo de muerte. Durante el velorio de su madre, cuenta, una mujer que apenas conocía le insinuó que ella era la responsable de la muerte de su madre. “Está súper estigmatizado y la misma familia también lo invisibiliza por lo mismo, por ese estigma que se produce”, aclara. 

En conversación con Guila Sosman, psicóloga y académica de la Universidad Diego Portales, advierte que las mujeres adultas enfrentan mayores estigmas cuando buscan ayuda en temáticas de salud mental o violencia por prejuicios que están generalmente ligados a estereotipos de género que naturalizan la violencia que viven a diario. 

Agregando a esto, señala que: “Muchas veces se les juzga desde estereotipos de género que naturalizan lo que viven, como si la violencia fuera parte de la vida en pareja o algo que deben tolerar. También aparece la idea de que “exageran”, “son muy sensibles”, o que buscan atención, lo que deslegitima su sufrimiento”, señala. 

La muerte de la madre de Claudia no es posible explicarla bajo un sólo factor: el suicidio fue el desenlace de un deterioro el cual ya venía desde hace mucho tiempo: la enfermedad, la dependencia, el cansancio de cuidar y sostener sin descanso. Para Claudia, la explicación era mucho más sencilla: “Yo creo que todas sus crisis tenían que ver con que era una niña malherida, mal procesada, maltratada”, finaliza. 

DE Ser una mujer adulta a ser una mujer mayor

A sus 57 años, Verónica Morales mira hacia atrás y reconoce el momento en que todo cambió para ella: cuando tuvo que abandonar el colegio porque no le alcanzaba el dinero para el pasaje.

– Salir del colegio fue la frustración más grande para mí. Desde ahí ya mi vida empezó difícil –comenta.

A partir de los 15 años comenzó a trabajar para proveer en el hogar de su mamá, y a los 18 años quedó embarazada de su primer hijo. Ante este suceso, expresa que el padre de su hijo le daba poco dinero y que no contaba con redes de apoyo, por lo que la maternidad había sido un proceso complicado: “Me sentí sola. Pasé por hartas cosas de mi vida sola. Entonces, fue difícil. Siempre fue difícil la vida para mí”, explica. 

Sus síntomas de depresión comenzaron como simples sospechas. En conversación con sus amigos, mucho después de haber abandonado la escuela, relata haber expresado a su madre que deseaba morir. “Mi compañero me decía: ‘a lo mejor tuviste depresión’. Eso me afectó mucho”. La depresión siempre estuvo ahí desde la niñez, recordando cómo dejar de ir a la escuela le afectó tanto, incluso en su adultez. 

Con el tiempo, se hicieron más evidentes los signos de una depresión no tratada, así como también la artritis reumatoide y la llegada de la menopausia que acentuaron los síntomas depresivos. Pero para Verónica, el dolor físico pasa a segundo plano. Su salud mental hoy está cruzada por el estigma y la angustia de tener a uno de sus hijos privado de libertad, una situación que ella vive como una extensión de su propio cuerpo. “Me siento presa con él”, confiesa, revelando una crisis que trasciende lo biológico y se convierte en un encierro emocional y mental. 

Esta intersección entre el pasado y el presente biológico no es un caso aislado. Un estudio publicado por la Revista Chilena de Obstetricia y Ginecología durante 2023 exploró los trastornos del ánimo en mujeres que se encuentran en transición a la menopausia. Allí, abordaron la asociación de la menopausia con la sintomatología depresiva y ansiosa, en donde la primera resulta prevalente al menos en el 20% de las mujeres durante la menopausia. No se trata sólo de cambios hormonales, sino de una crisis que remueve el entorno de la mujer, pues “los trastornos del estado de ánimo pueden tener un impacto significativo en la calidad de vida, afectando relaciones personales y sociales, lo que provoca una disminución en la productividad y un aumento en los costos financieros y de atención médica”, indica la investigación.

Detrás de los datos clínicos, la dimensión social y cultural permite comprender este proceso más allá de la evaluación biológica. Guila Sosman, experta en temas de violencia de género, explica cómo la perimenopausia –que es la etapa previa de la menopausia donde empiezan los cambios hormonales– y la menopausia afectan en la salud mental de las mujeres adultas, ya que: “Es un cambio hormonal natural en todas las mujeres, (que) se convirtió por mucho tiempo en una especie de tabú, considerando que implicaba ir en contra de los mandatos de ser joven, productiva y estar “disponible para los hombres”. Esto, junto con otras posibles condiciones o enfermedades tanto de salud física, como mental que se asocian al género (osteoporosis, depresión, etcétera), puede ir en detrimento de una buena calidad y proyecto de vida positivo”. 

En esta etapa las desigualdades se van acumulando, pues no es lo mismo envejecer con redes de  apoyo que hacerlo en sectores socioeconómicos precarizados. “La interseccionalidad muestra que esta acumulación no afecta a todas por igual: mujeres migrantes, de sectores socioeconómicos más precarizados, con trabajos inestables, con experiencias de racismo, lesbofobia o discapacidad enfrentan violencias adicionales y barreras más altas para pedir ayuda. Por eso que no es solo la violencia en sí misma, sino cómo se entrecruza con estas desigualdades, lo que aumenta el riesgo y hace que algunas mujeres lleguen a sentir que no hay salida posible (suicidio)”, explica Sosman al respecto.

Esta violencia de la que habla Sosman se materializa con el sentir de Verónica, pues ella se siente encerrada en su estado mental. A pesar de los avances como el Examen de Medicina Preventiva del Adulto Mayor (EMPAM), una evaluación integral preventiva que incluye la detección de la depresión geriátrica, la realidad de las mujeres adultas y mayores suele distar de las políticas del Estado. Durante el gobierno del ex Presidente Gabriel Boric, desde el Ministerio de Salud Francisco Cubillos, funcionario de la División de Prevención y Control de Enfermedades (DIPRECE), admite que uno de los desafíos más grandes que se llegan a enfrentar son los lineamientos técnicos que no siempre se reflejan en la práctica de manera correcta: “Si tu me preguntas si el enfoque de género está, está. Pero lo que importa, creo yo, es cómo eso luego se traduce en una práctica particular (…) y asegurarlo no sé si sea posible”, confiesa.

Esa dificultad que enfrentan los profesionales de la salud mental en la práctica se traduce en una atención que Verónica siente insuficiente. Mientras ella lucha con sus pensamientos e ideaciones, la respuesta institucional se enfrenta a sus propios obstáculos técnicos. Cubillos insiste en que existe una “atención permanente entre tener un protocolo para todos y que ese protocolo sea útil en la realidad más sensible”. 

El monitoreo estatal también parece llegar tarde. Según Francisco, la recopilación de datos es otro de los desafíos que deben enfrentar, pues las diversas fuentes de información de salud “muchas veces no conversan entre sí”, lo que invisibiliza los casos de mujeres que viven en sectores precarizados, ya que en palabras de Véronica, la ayuda no llega a tiempo;

– Hace rato estaba pidiendo ayuda en el consultorio, que me llamaron a los meses después. De hecho, había ido hace como un año atrás y nunca me llamaron. Hablé con la asistente social y me quedaron de llamar, nunca me llamaron. Nunca logré salir porque fue cuando mi hijo volvió a caer de nuevo (en la cárcel). Igual es difícil porque uno trata de sobrevivir el día a día nomás – relata. 

Situaciones como la que relata Verónica ponen en jaque los compromisos asumidos por el Estado en materia de derechos de las personas mayores. Desde 2017, Chile forma parte de la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, lo que significa un compromiso a fortalecer el acceso, la inclusión y la promoción de condiciones de igualdad para las personas mayores. 

Mientras las instituciones discuten actualizaciones de planes, nuevas líneas de ayuda y propagandas para prevenir el suicidio, la urgencia por la salud mental se consolidó como eje central tras la pandemia. El gobierno del ex presidente Gabriel Boric tomó este punto como prioridad, llevando a cabo iniciativas como la estrategia “Construyendo Salud Mental” y aumentando el presupuesto en esta área hacia un 5,6% lo que permitió que el presupuesto de Salud creciera un 30% durante los últimos cuatro años. Asimismo, promovió que el proyecto de Ley Integral de Salud Mental ingresara al Senado, buscando proteger la salud mental de forma inclusiva e integral.  

Pese a estos avances, la implementación de las medidas es lenta y se continúan enfrentando desafíos en la cotidianidad. Así lo vive Verónica, quien asiste cada 15 días a terapia en el consultorio y muchas mujeres como Rosa, que han esperado ayuda de parte de instituciones públicas de salud.

Sobrevivir al abuso

Era 2005 y Paulina del Río volvía a Chile. Al bajarse del avión y pisar territorio nacional, recibió la noticia de que su hijo, José Ignacio de 20 años, se había suicidado. 

Sentada frente a todos sus libros, relata con tranquilidad cada momento que tuvo que atravesar. Tenía 50 años cuando su hijo falleció y fue incapaz de trabajar durante al menos dos años. Mientras ella intentaba asimilar que José Ignacio no iba a volver, contó con apoyo y compañía de sus seres queridos. Con el tiempo, se especializó e hizo dos diplomados en psicología en el año 2009 y 2011, años en donde comenzó a rodearse de madres que estaban viviendo lo mismo que ella y entendió que no estaba sola. En su relato agradece a su hijo por haberle ayudado: 

–Yo le agradezco a José Ignacio porque él me hizo abrir los ojos; su muerte me hizo abrir los ojos. Lentísimamente, pero lo logró –comenta.

Su historia es detallada gracias a su memoria. Recuerda con mucha exactitud el momento en que dejó de estar en estado de shock para volver a la realidad. También atesora la primera vez que descubrió que su hijo le dejó una canción de Boyz II Men, pues solían compartir sus gustos musicales:

– (…) Eso fue también mucho consuelo para mí, pero no me quitó todo el dolor, sino que, por lo menos, pensé él me quería y sabía que yo lo quería mucho a él y que quería ser siempre su mamá – cuenta desde lo más íntimo. 

La muerte de su hijo la inspiró a crear la Fundación José Ignacio, institución que desde 2014 se dedica a la prevención del suicidio en niños y jóvenes realizando acompañamiento y capacitaciones. En lo más profundo de su duelo y sanación, Paulina encontró un propósito para compartir y ayudar a otros. 

Pero antes de que la fundación existiera, Paulina procesó una verdad que llevaba tiempo escondida: arrastraba con ella una vida marcada por el abuso psicológico, verbal y financiero. No fue tiempo después, luego de la separación con su ex marido, que entendió cómo afectaba el abuso en la vida de las mujeres. 

Aproximadamente cuatro meses después de la muerte de su hijo, Paulina menciona que su matrimonio colapsó. La crisis matrimonial, explica, fue “horrorosa” y estuvo marcada por el duelo de José Ignacio junto con el arrastre de muchos años de problemas matrimoniales y un abuso narcisista por parte de su ex esposo. “Quería que me internaran para poder salir del infierno que vivía en mi casa”, cuenta. 

Guila Sosman ha estudiado esto muy bien. La investigadora de la Universidad Diego Portales explica que las mujeres de entre 45 y 59 años suelen vivir principalmente violencia psicológica y económica dentro de sus relaciones, donde el maltrato y el abuso se normaliza y cronifica. Añade que “puede ser común que los hombres tiendan a controlar el dinero, generando dependencia económica y que además existan descalificaciones, aislamiento y manipulación psicológica. En este periodo también puede aparecer con más frecuencia la violencia económica, especialmente cuando el agresor administra los bienes o toma decisiones financieras sin consentimiento”.

En el caso de Paulina, la violencia que sufrió en la adultez no fue el comienzo de todo. A los 12 años comenzó con tratamiento psiquiátrico por depresión y relata haber pasado por distintos tipos de abusos durante su niñez y adolescencia, situaciones que la marcaron profundamente y que la llevaron a intentar quitarse la vida; no porque quisiera morir, sino como una forma de expresar la rabia y el dolor que estaba atravesando. 

Sosman asegura que el estigma no sólo aparece cuando se trata de un suicidio, sino también cuando se está dentro de una relación violenta. Explica que, cuando se llevan muchos años, “es común que se cuestione por qué no se fueron antes (de la relación), responsabilizándolas en vez de comprender las dinámicas de control y dependencia. Estos prejuicios generan vergüenza, miedo a no ser creídas y dificultades para pedir ayuda a tiempo”. 

Para Paulina, esta explicación coincide con su relato: “Como buena víctima de abuso, lo que yo hacía era culparme a mí misma”. 

El estigma no terminó con la separación de su matrimonio. Al igual que Claudia García, Paulina también debió lidiar con el estigma por parte de personas de su entorno, quienes la tildaron de “enfermita” por su pasado. Sin embargo, con el tiempo tomó distancia de esos vínculos y afirmó estar rodeada de personas que la admiran y validan su presente. “Yo sé, y mis hijos saben, y mis buenas amigas saben, que hace muchos años ya no soy la enfermita y que por primera vez, puedo ser yo”, afirma. 

Hoy, a sus 71 años, Paulina del Río no teme en pedir ayuda. Comprende que, por su edad, su cuerpo ya no es el mismo, acarreando enfermedades que son consecuencias de traumas y el estrés, así como tampoco lo es su memoria y capacidad cognitiva. En su viaje por la vejez relata que sus experiencias unidas a sus estudios le han dado la capacidad de poder enfrentar de mejor manera las nuevas experiencias en las personas mayores, sin embargo, reconoce que es una etapa bastante invisibilizada y muy estigmatizada por la percepción de los demás. Además, afirma sentir una inseguridad económica e incertidumbre sobre su futuro, realidad que enfrentan muchas personas mayores en Chile.

Paulina, así como Rosa, Sandra, Claudia García y Verónica han convivido y vivido con el suicidio en distintos contextos, en diferentes etapas de la vida, entregando cada una aristas de las que poco se habla en público: la soledad del cuidado, el peso del estigma, los cambios biológicos de la mujer, la violencia y la precariedad de un sistema de salud que llega tarde. 

–Yo hace por lo menos 10 años que no soy víctima de nada y no me considero víctima. Pasé de ser una sobreviviente a ser una viviente – sentencia Paulina. 

*En Chile existen distintos espacios de ayuda telefónica o en línea para personas que presenten pensamientos suicidas. Algunos de ellos son: Fono prevención de suicidio *4141 / Salud Responde del Ministerio de Salud: 600 360 7777 / Plataforma Saludablemente: www.gob.cl/saludablemente  / Fundación José Ignacio: www.fundacionjoseignacio.org / Fundación Míranos: www.fundacionmiranos.org  / Fundación Todo Mejora: www.todomejora.org / Fundación Summer: www.fsummer.cl  

*ILUSTRACIONES DE MARA PARRA

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