Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica dejar esta profesión —en la que además era excepcionalmente buena— y, además, de hacerlo a mitad del año escolar. Brindamos porque se le estaban abriendo nuevos espacios laborales que ella no había imaginado que existían mientras trabajaba en el colegio. Todo esto con genuina alegría y también un dejo de envidia. Nuestra amiga nos contaba que con un trabajo mucho menos exigente estaba ganando lo mismo que como profesora. Pronto llegó la pregunta que se repite en cualquier tertulia docente desde hace ya varios años: ¿hasta cuándo enseñaremos?, ¿a qué nos dedicaríamos si no fuéramos profesores?

Este 16 de octubre se celebra el Día del Profesor. El festejo llega cuando queda poco de año escolar, el cansancio se nota en estudiantes y docentes, el calendario se llena de compromisos y las vacaciones se ven todavía muy lejanas. Aprovecho la fecha para compartir tres momentos que me hacen pensar en que, si bien enseñar es un trabajo que me hace llegar agotada al fin del día y apenas a fin de mes, también me da genuinas victorias.

Una 303

En las mañanas de los martes entro y salgo de tres clases diferentes. Esto sucedió un martes, uno de esos malos: gris y con clases poco preparadas. Llegué a la sala de profesores en el recreo antes de mi segunda clase, intentaba sacar las copias del texto que iba a usar en unos minutos más y la impresora no quería cooperar. Que la apague, me dijo la de matemática; pero sabía que eso iba a hacer que todo demorara más. Que era mejor imprimir en PDF, sugirió el de inglés. Que pruebe en hoja tamaño oficio, propuso la de Ciencias. Frustrada quise patear la máquina, hice el ademán y la insulté (máquina de mierda, dije). Entonces levanté la mirada y la vi: una estudiante estaba al otro lado del cristal, disfrutando de su recreo, conversando con sus amigas, pero también mirando hacia la sala de profesores, observando mi lucha y fracaso. Era una de esas estudiantes que te preguntan mucho sobre cómo eras a su edad, que te muestran lo que están escribiendo, que hacen callar al resto del curso cuando lo necesitas, en resumen, de esas estudiantes de la cual estás segura de que serías amiga si estuvieras de nuevo en segundo medio. De este lado del vidrio, hice un saludo con la mano, ella contestó con otro. Unos minutos después tocó la puerta y me entregó una 303. Hubiera podido llorar. El recreo terminó, no pude imprimir y tuve que improvisar.

Hip hip

Hay dos verdades que no estoy dispuesta a discutir: las viejas de castellano siempre somos groseras fuera de nuestro trabajo y nunca tenemos manos al salir de las clases, siempre vamos abarrotadas de carpetas, guías, libros, plumones, cables del data… Como buena vieja de castellano cumplo con ambas y así, sin manos, iba tratando de subir la escalera mientras los estudiantes salían a recreo en un día cualquiera. En medio de un peldaño, un estudiante que venía con audífonos puestos me bloqueó el paso al siguiente escalón. Lo miré cansada, le dije permiso. Él, por toda respuesta, se sacó los audífonos de su cabeza y los puso con cuidado sobre la mía. Escuché: Hip, hip. Ese hip hip lo podría distinguir desde dentro de mi ataúd: Era Island in the sun. Me sonrió y luego me dijo: “Weezer, el grupo que te gusta.”

Y por un microsegundo tuve 15 otra vez y un compañero de clase demasiado alto y flaco después del último estirón me está compartiendo un descubrimiento musical. De pronto, es 2003, estoy en segundo medio y, esa misma tarde, al llegar a mi casa o en un cybercafé, bajaré la canción en Winanp y después la grabaré en un cd para escucharla en mi radio antes de dormir: “And it makes me feel so fine. I can´t control my brain.”

Restitución dolorosa del orden

A Dillan le hice a clases por última vez hace más de diez años, él estaba en segundo medio y yo tenía veinte y algo. En ese tiempo trabajaba en un liceo oscuro. Lo recuerdo como un estudiante amable, atento y de pelo envidiable. En instagram mantenemos una relación que no pasa de dedicarnos algún corazón: así supe que se había titulado de técnico jurídico y que se enamoró. Por eso, hace unos meses, me sorprendió que me escribiera este mensaje:

Como profe, muchas veces sales de clases con la idea de que nadie escuchó y que, aquellos conceptos centrales que quisiste transmitir serán olvidados rápidamente. Recuerdo claramente que en el curso de Dillan hubo 47 estudiantes durante aquel año y que uno de los bloques era los jueves por la tarde: una clase difícil de sostener, ¿Cuál es la probabilidad de que uno de esos estudiantes haya aprehendido con tal fuerza un concepto tan específico de la unidad de tragedia y que lo recuerde diez años después? Sin duda, es baja, pero ahí estaba Dillan. Ese día conversamos acerca de aquellas clases y, finalmente, concluimos que el concepto que buscaba era catarsis, eso era lo que le había pasado con la novela que estaban leyendo en el club de lectura.

Ahora pienso que la catarsis que buscaba Dillan, la experimenté también yo en cada una de estas situaciones y en tantas otras que vivo todos los días. Como una heroína trágica, todos los días me paró frente a pequeñas multitudes dispuestas a desplegar toda su soberbia y torpeza adolescente frente a mí. Al igual que Antígona sigo adelante con mi deber a sabiendas de que me costará caro, solo que, de vez en cuando, una extraña purificación y un profundo alivio me sorprende una mañana cualquiera y me hace saber que —por ahora— no me voy, me quedo aquí.

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