Si pudiera exorcizarme de tu voz
si pudiera escaparme de tu nombre
Shakira.
Me levanto los lentes oscuros y miro a Daniela. Tomamos sol en el balcón, veinte pisos arriba de una diagonal, sentadas en unas sillas de playa frente a ninguna playa.
—Quiero quedarme a solas con mi abuela, para tomar sus manos. Pero no puedo, siempre hay alguien o algo entre su cuerpo y el mío.
El viento mueve una serpentina amarrada, y mueve las hojas secas de las plantas, y a las botellas nada las mueve, porque aún tienen conchitos que las afirman al suelo.
—Me criaron católica. Me llamaron María. Hice la primera comunión, y amé el misticismo en torno a recibir el cuerpo y la sangre de un profeta. ¿Fue la primera vez que probé el alcohol? Quizá sí, al menos sí con consentimiento, pues antes había probado el pisco que confundía como pura Coca-Cola en los vasos que mis papás olvidaban en el refrigerador.
—Cuando leí la Biblia para Religión, la historia de Abrahám y su esposa Sara me pareció demasiado incómoda, siendo yo mujer. Y perdí la fe.
—Yo siento que algo me habla —le digo y Daniela bota las cenizas del cigarro a la calle.
—De más que algo te habla, pero puede ser más interesante que dios.
Miro su mano.
—De todas formas ya no me habla, o nunca me habló. Cuando hice la primera comunión dejé de escucharlo.
—Tal vez sigue dentro tuyo.
Me acomodo los lentes. Veo desde arriba a una mujer cruzando con sus hijos al medio de la calle, como hormiguitas.
—¿Soy yo misma desde otro lado?
—Puede ser —dice Daniela, quien toma mi cuello.
En este mismo momento mi abuelita espera su operación en la cama de un hospital. Su cama es el lugar donde hace su vida. Su vida es la de una flor. Los médicos no lo explican. Hay un momento en que el cuerpo simplemente deja de intentarlo. Por ahora espera acostada la disponibilidad de un pabellón, un cirujano, un anestesiólogo. Una enfermera, estudiantes que quieran mirar.
Mi abuela fue quien me señaló siempre la presencia de las sombras en todas las habitaciones, las que ahora asistían a visitarla en lo que, entonces, aún no sabíamos si iba a ser su lecho de muerte.
Entonces todo comenzó cuando mi abuela dejó de tragar. Podría ir un poco más atrás, y decir: en realidad no, todo comenzó cuando mi abuela dejó de caminar. Pero es mentira.
Esto no comenzó con las enfermedades ni con las recomendaciones desatendidas de los médicos. Jesús dijo: yo soy el camino, la verdad y la vida, ¿lo has pensado alguna vez?
—La muerte es como un aroma que invade —dice Daniela. —Hay señales en todos los cuerpos. Por ejemplo, presiona tu uña y ve si luego de ponerse amarilla vuelve al color original.
Lo hago y no, ahora mi piel ha perdido su naturaleza.
Daniela extiende su mano en el balcón y sus dedos me rozan el brazo. “Ven”, me dice. Tomo un impulso y me siento sobre ella a horcajadas. Nos rozamos los labios sobre la ropa, y mi muslo topa con el mango de su silla. Daniela me pregunta si me duele. No me duele, le digo. Ella se levanta lo suficiente para aflojar sus pantalones. Me pongo de pie y vuelvo a sentarme sobre ella. Tenemos sexo ahí, frente a toda la ciudad.
Me levanto y una gota cae por mi pierna hasta el tobillo, mis muslos enrojecidos. Ella se acerca.
—Cuando Jesús resucita, un apóstol le mete la mano en la herida para comprobar que estuvo muerto —dice.
—Es como esto —le digo, trazando una línea con mi brazo, entre su cuerpo y el mío.
*
Puedo afirmar lo siguiente: mi abuela perdió la capacidad de tragar, y también decir: mi abuela está viva. Es una lástima que ahora hable en un idioma que nadie entiende. Una podría decir que todo partió cuando dejó de tragar, pero eso es una mentira, porque comenzó mucho antes. No sé si fue hace cuatro o seis años: sufrió un ataque que le afectó tanto el cerebro como el corazón. Cayó en una cama de hospital y yo también conocí los hospitales.
Todas las hermanas pensaron que se iba a morir. Mi mamá lloró como si ya se hubiera muerto, y tuvo razón. Nunca volvió a ser la misma. Pero de alguna forma todas se encontraban preparadas para el cuidado y para la muerte, y se sentían viviendo en el más allá. Al menos más en el más allá que en el más acá. Más cerca, entre hospitales, psiquiátricos, la morgue y cementerios.
Mi abuelita parecía confundida con regularidad. Tenía la piel ajada, el pelo tan blanco que llegaba a brillar, pero mantenía las cejas y las pestañas abundantes y negras.
En esos días yo comencé a pensar en la muerte. Me vi muriendo en la calle. Por ejemplo, la micro chocaba conmigo adentro, y yo me partía la columna. O un auto subía a la vereda y chocaba en mi cadera, quebrándola. La idea me daba un poco de miedo, pero nada de pena. Lo que me aterraba no era tanto el fin de todo sino el no saber cuánto dolor tendría que sentir. A veces me río. Los accidentes siempre son espectaculares, mientras una vida que solo se acaba es incluso aburrida. Y si me muriera antes que mi abuela, me daría pena pensar que ella va a llorar o va a lamentar lo joven que era. Pero a mí no me importa, quizá no me va a pasar nada muy distinto a lo que ya me pasa. Morir hoy no es distinto a morir en diez o veinte años más. Lo único distinto es que quizá en ese futuro tendría otros amigos, pero no más amigos. En el futuro incluso puede que deje de ver a Daniela, aunque no es mi deseo.
*
Camino por un pabellón de la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital viejo. Es como las imágenes que conocemos de las casas grandes en las que nunca vivimos. Daniela camina a mi lado y la veo entre deseo y estrés. Es tan raro, tan raro ese deseo que provoca la muerte. Daniela me parece la perfecta compañía. Una camiona de pelito rapado.
Encontramos una plazoleta y nos sentamos a fumar bajo la sombra de un quillay. Miro hacia arriba.
—En la casa de mi abuela había un árbol como este. Cuando había viento, me tiraba al pasto, levantaba las manos y jugaba a dominarlo. Pero no era un juego. El viento siempre iba a donde yo quería.
—Hay ciertos caminos que no pueden hacerse de vuelta —me dice Daniela.
—Lot y Edith, Orfeo y Eurídice. Siempre hay alguien que no puede evitar mirar atrás.
—Mira hacia atrás.
Estoy sola en una habitación brillante, alta. Mi abuela tiene veinte años y cuatro hijos. De noche domina el viento. Las hojas del quillay se mueven de izquierda a derecha como sus manos.
Mi abuela tiene cuarenta años y sale de la casa a descolgar la ropa del alambre que atraviesa el patio. Me dice que entre.
Vuelvo al presente con una mordida de Daniela en mi hombro. Pone su mano en mi pecho para ayudarme a respirar.
Tengo nueve años y espero que mi mamá vuelva del trabajo mientras mi abuelita me sirve la Once. ¿Mi papá? No sé. Corremos el mueble de la tele desde la pieza a la cocina para ver juntas la teleserie. Conversamos de historias de amor e intriga, de Herval Abreu y La Madrastra.
Abuelita, ¿quién mató a Patricia? No me oye. No importa. No hay que pedir perdón porque todo sigue en su lugar.
Hago descender mis brazos y veo a Daniela acercándose a darme un beso. Un mechón de pelo cae sobre su frente.
El viento mueve las cosas que puede mover.
Percibo a mi abuela como una sombra que atraviesa mi pelo. La saliva que cae de su boca, ella. Su pecho, sus brazos, sus ojos, que también van de afuera hacia adentro, a mí. Si me mira, no cierra los ojos. Si cierra los ojos, ignoro lo que mira.
Me suelto hacia atrás, levanto el brazo. Escucho un crujido, siento tierra sobre la cara. Qué absurdo, digo antes de ver el tronco del quillay partirse. Nos lanzamos pero quedamos atrapadas bajo unas ramas. Daniela se desmaya.
Veo a mi abuelita con sus pantalones negros y chaleco rojo grueso, de botones dorados en forma de flor. Su pelo aún gris. Y digo perdón abuelita…
—Lo entiendo —me dice, arrodillándose junto a mí para sacarme el pelo de la boca. —Son tus vivencias.
—Estoy desbordada —digo y veo que su mano cubre mis heridas, más allá de la piel.
*
La operación sale bien, y entro al pabellón mientras Daniela me espera afuera. Cada cama separada por una cortina. Me asomo a ver cuerpos entubados, pálidos. Y sombras, decenas de ellas, pendientes de mis pasos. En la última cama está mi abuela. Sus ojos blancos, el tubo adherido a su boca con cinta. Debajo de las frazadas la silueta de su cuerpo que se ha achicado. Acerco la nariz a su piel y trato de captar el olor de un cuerpo que muere, muy distinto a la densidad de sus perfumes y chalecos tejidos siempre con olor a casa, olor a cocina y olor a mujer.
Las sombras comienzan a salir, y yo me pregunto ¿cuándo fue la última vez que la vi caminar? No lo recuerdo, creo que nadie vive pensando que algo tan natural puede tener un fin. Y cuando miro hacia atrás, no veo semanas sino meses. Quizá si pudiera hablar no me parecería tan tremendo. Si ella tuviera la capacidad de hablar de su propia muerte. Su mirada está perdida. Le tomo la mano.





