Hoy me levanté antes del amanecer porque un pájaro ronco vino en mi sueño a despertarme con la certeza de que en la 76 con la 34, justo debajo del único dogwood de la cuadra que ha florecido, había una moneda de mil dólares. Debe ser un cazabobos, pensé, pero qué más da ir a comprobar si ya estoy levantado; así que me bañé y salí a buscar eso. Ahí estaba la moneda de mil dólares, con el número de tres ceros como cara y la efigie del gobernante autoritario como sello. Lo hicieron a propósito, me di cuenta. Aunque recién acuñada, esta moneda la hicieron mal. ¿De qué vale entonces?
En ese momento salió el sol. Sentado ahí en la vereda me di cuenta que cara y sello dependía sólo de dónde pusiera las palabras y del juego en que participara. Así que elegí cambiarle la cara al sello y fui a tomar desayuno a la esquina hasta que abrieran el banco para cambiar esta moneda a efectivo. Mientras entraba por la puerta giratoria iba fantaseando con que si tendrían una bolsa corporativa discreta o si un pequeño maletín para llevarme mil dólares en billetes de un dólar. Cuando le entregué la moneda al cajero, se quedó mirándome fijo con una expresión que no pude leer de inmediato. Agachó la cabeza y comenzó a anotar algo en un papel. Me lo pasó por la ventanilla, se levantó y desapareció por el pasillo posterior.
“¿Por qué no sientes indignación?”, decía el papel.
Entonces entraron los agentes de la migra. Venían sin duda alertados por el banco, debido a la moneda de mil dólares.
Al correr como el animal arrinconado que era, al saltar sobre las mesas de cristal y quebrar los vidrios y lanzar los asientos y hacer girar las barras de metal, brincando sobre las astillas, agachándome al escuchar gritos, disparos, sirenas, silbatos, entre el barullo con los ladridos y bombas solo tenía una cosa en la cabeza: se quedaron con mi moneda y no estoy furioso. Desde el comienzo fue una trampa y no estoy furioso. Pero si no estoy furioso, de dónde me sale esta fuerza tremenda con que estoy escapando de la policía más poderosa del planeta. Pero si estuviera furioso por la moneda, por qué no estoy furioso de no ver a mi hijo, de que mi ex pareja me chantajee impidiéndome estar con él por el dinero que ella asegura que le debo cuando trabajo como un animal arrinconado para pagar lo que él necesita y más. Pero si no estoy furioso por no ver a mi hijo, será porque no quiero que él me vea furioso ni que me tenga miedo. Será que no quiero que mi hijo me vea ni quiero verlo porque me enfurece; por eso estoy furioso conmigo mismo.
Todo por una falsa moneda de mil dólares que todo el mundo sabe que no puede ser, pensé, trepado en el dogwood tan florecido que ya nadie podría encontrarme. Entonces vino el pájaro ronco a posarse en la rama frente a mí y habló: soy tu papá y tú eres mi papá. Yo soy una moneda y tú eres una moneda. Valemos lo mismo para quien sea que la use. Nadie es dueño de nada, ni siquiera de un sueño que te regala un cuento entero porque te indica qué hacer mañana temprano al despertar.
Ahí fue cuando abrí apenas un ojo, lo que sonó, sonó tan fuerte.





