El jueves de esta semana pisaron el Teatro Caupolicán por segunda vez para presentarse como teloneros en el sideshow de Interpol. La primera vez fue cuando acompañaron a De Saloon, banda chilena de los 90’, en el backstage en diciembre del año pasado. Mañana los cinco integrantes de la joven banda Anttonias por fin harán sonar las cajas que acompañan el escenario alternativo del festival Lollapalooza.
I need to be myself,
I can’t be no one else.
Supersonic – Oasis
La tarde que re-grabaron “Deja Vu” en el estudio, Diego Sanzana Llerena (22), el guitarrista de la banda de indie rock Anttonias, estaba ensimismado. Últimamente ha estado así: empecinado con un sonido. Esa tarde del viernes 7 de noviembre, Diego estaba sentado frente al computador; a su lado izquierdo tenía a Antonia Holzapfel (19), rostro y vocalista de la banda; y a su lado derecho a Heartgaze, el productor argentino que contrató Lotus y que ha trabajado con Akriila; los dos miraban la pantalla. Por su lado, Antonia buscaba con la mirada complicidad entre sus compañeros de banda, pero Diego no miraba a nadie, ni siquiera a la pantalla del monitor. Veía un punto fijo desconocido, en realidad, Diego no veía nada.
Es alto, esbelto y de tez morena. Tiene el pelo negro y corto a tijeretazos, al estilo mod. En ocasiones, lo complementa con las clásicas cazadoras deportivas de Adidas que los hermanos Gallagher, de la banda inglesa Oasis, solían vestir en los noventa. Hay días en los que retrocede un par de décadas vistiendo botas de cuero, jeans acampanados y poleras semi ajustadas que apenas le cubren el ombligo y, si hace frío, lo complementa con una chaqueta de cuero o de mezclilla, luciendo igual que el músico estadounidense Bob Dylan. Usa anillos, tiene 16 tatuajes y cuatro piercings: dos en la oreja, en la ceja y en la nariz.
De piernas cruzadas, inclinándose hacia adelante con la uña del pulgar derecho en la boca, escuchaba con atención el nuevo single que aún no publican oficialmente; los protagonistas son la voz etérea de Antonia con la guitarra acústica de Diego. El resto de sus colegas; Agustín Plaza (21), el baterista; Óscar Concha (24), el guitarrista; y Felipe (22), su hermano gemelo y bajista; disfrutaron el resultado dejando entrever sonrisas de agrado, pero Diego parecía ser el único reacio a sucumbir ante la satisfacción.
—El Diego es hueviado, es preocupado por todo, el hueón se preocupa por el mínimo detalle de todo. Mañoso pero es buena persona —dijo su hermano Felipe—.
—Hay temporadas —respondió Agustín—.
—Sí, va como por temporadas. No sé cómo va a ser la próxima —sostuvo Óscar—.
—En realidad lo que más marca la temporada de cada uno es el perfeccionismo. La búsqueda de un sonido perfecto —replicó Agustín—.

El pasado 17 de agosto, diez días antes de la publicación de su primer álbum, el medio El PUClítico publicó en Instagram un carrusel con una serie de extractos de entrevistas que les hicieron a distintas bandas chilenas, dentro de ellas, estaba Anttonias. La entrevista la dio Felipe y lo que dijo marcó para siempre a la banda: “Nos gustaría que se forme una identidad nacional sobre la música que sale acá. Toda esa parte de la cultura nacional chilena se ha perdido, y es importante para que el nuevo rock chileno nazca y surja. No puede ser que Los Bunkers y Los Tres hayan tenido que volver para afirmar que hoy hay rock chileno”.
Ninguno de ellos estaba preparado para lo que estaba por catapultar esa declaración. Diego dice que siempre insistió en que tenían que “mantenerse bajo perfil”, pero ese estilo tajante y la seguridad en sí mismos se terminó transformando en el sello de la joven banda. Pese a eso, asegura que, de alguna manera, la única forma de que los tomaran en cuenta era mantener esa mística “creyéndose el cuento” y “vendiendo humo”; así fue como en tan solo siete meses fueron contactados por Lotus, puestos en el line-up del festival Lollapalooza 2026, produjeron su primer álbum y se convirtieron en una de las bandas más comentadas del momento.
El proyecto aún no les deja grandes ingresos, por lo que para poder costearse sus gastos, Diego Sanzana trabaja donde puede, en ocasiones lo hace en una cafetería y lava autos en la Ciudad Satélite de Maipú, donde vive con sus padres y su hermano Felipe.
—Es una buena pega, sabí, me gusta lavar loza, de verdad que me relaja. Aparte que, cuando me da hambre, aprovecho de comerme las sobras… De verdad.
—¿Pero de verdad?
—Sí, de verdad… Ese es mi dato freak.
Aun así, él aún no entiende el porqué de tanto odio: “Me molesta cuando nos llaman ‘cuicos’. Creo que es más que nada desinformación. No saben nada de nosotros”. Creció en un entorno donde las drogas y la delincuencia eran parte de su círculo externo. Cuando eran pequeños se relacionaban con jóvenes que venían de entornos precarizados; Diego dice que no sabía qué hacía ni por qué se juntaba con ellos pero así solía ser su vida, y ellos eran parte de ésta.
Su padre, Nelson Sanzana, quien trabaja como colectivero en Maipú, asegura que los educó para aceptar a todo ser humano: “Yo crecí en una población. Cuando eran niños yo los llevaba a jugar a la pelota a las poblas para que conocieran a sus vecinos, para que conocieran la realidad. Yo les decía ‘hijo, este marihuanero, borracho, ese hombre que busca en la basura, estos señores que toman en las plazas son personas igual que tú y merecen respeto’”.
Estudió la enseñanza básica en el colegio Luis Pasteur, de Padre Hurtado, donde trabaja su mamá, Pamela Llerena, educadora de párvulos. Terminó la educación media en el Colegio Polivalente Don Orione de Cerrillos en el que se especializó en mecánica industrial junto a su hermano.
Nunca tuvo muy buenas notas, exceptuando por Historia. Tras salir del liceo, empezó a trabajar en la fábrica de cristalería Cristal Chile. Fue en ese lugar que se dio cuenta de que quería hacer algo más con su vida. Diego no quería una vida convencional. Con lo que juntó trabajando pudo comprar su primera guitarra eléctrica: “Comencé tocando en los típicos carretes familiares, puta, aprovechando que a toda mi familia le gustaba como esa onda”.
—Cuando le dije a mi papá: “No voy a estudiar; me voy a dedicar a la banda”, lo primero que me dijo fue: “Hueón, o trabajan y se dedican cien por ciento a la banda o no”.
Diego dice que creció en libertad. Sus padres siempre los dejaron a él y a sus tres hermanos ser libres, no los obligaban a estudiar, pero nunca estuvieron solos:
—Una vez el Diego cuando tenía 17 años me dijo “papá, yo no te siento como mi papá, te siento como mi amigo, es raro, no te veo como papá”; yo le dije que escuchar algo así me hacía sentir el más feliz del mundo porque yo soy así con ellos, los dejo libres, eso sí, que nunca se olviden que yo soy el papá y que yo pongo las reglas —dice su padre, quien los acompaña a todos los conciertos—.
Si no era la música, era la historia: “Yo quería ser profe de Historia, era la materia que me salvó siempre el promedio. Me encanta ver Santiago centro y pensar en los tajamares que había antes, en cómo se construyó el puente Cal y Canto, esas cosas”, dice, mientras exhibe su mano tatuada con la fecha de nacimiento de José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez: 1785.
Es 31 de octubre y afuera del café But first, coffe del Barrio Lastarria llueve mientras Diego mira fijamente hacia la pared al tratar de recordar el último discurso de Manuel Rodríguez, o al menos, el de la serie de ficción Héroes: La Gloria tiene su precio (2009).
Endereza la espalda, se lleva el índice entre el labio y el mentón y comienza a recitar de corrido. Esta vez mira hacia el cielo.
—“Si en esta hora adversa, no somos capaces de cuidar a nuestras familias, que vengan mil años de esclavitud para Chile. Es por eso que no somos dignos de la libertad. Seis mil leones vienen contra nosotros. Que vengan 10 mil, que vengan 20 mil. La sangre les beba y el corazón les parta. Todo aquel que sea capaz de deportar un alma o de cargar un cuchillo será un miliciano de la patria. Porque en esta ciudad del fin del mundo somos 50 mil almas que lucharán hasta la muerte por la libertad”. Y de ahí se tira el típico: “Aún tenemos patria, ciudadanos, aún tenemos patria…”.
—¿Cómo te lo aprendiste?
—No sé. Tanto que lo vi, me lo aprendí.

«Monito saltarín»
Desde el momento en que Diego sube al escenario, se transforma. Ese joven nervioso que se cruza de brazos y mira de reojo cuando se siente observado, queda abajo. Cuando entra en escena es imparable. Su energía desborda su metro cuadrado. Mueve la cabeza al son de su propio sonido; brinca, gira, canta y baila. “Ahí arriba esos dos parecen monos saltarines”, dice el resto de la banda sobre los gemelos Sanzana.
Estar ahí arriba le hace sentir que valió la pena arriesgarlo todo.
—No tenía nada que perder —dice mirando hacia el frente con cierta nostalgia—.
“Siempre quise tener una banda, pero era un sueño lejano”. Cuando estaba en el colegio, sus notas eran bajas. Siempre quedaban él y su hermano sin grupo de trabajo porque el estigma hacia ellos era alto. Estaban por salir de cuarto medio y no tenían idea de lo que querían hacer con sus vidas, así fue como a los 18 años aprendió a tocar guitarra al mismo tiempo que Felipe aprendió a tocar el bajo eléctrico. Era ganar o perder, y ellos iban por lo primero.
El punto de no retorno fue el documental de Oasis Supersonic (2016), una banda que hasta el día de hoy representa lo que siente al tocar junto a su hermano. Ver ese largometraje gatilló algo en él:
—Me vi tan reflejado en Oasis: dos hermanos clase media; y como me había ido mal en el colegio, me sentí un fracasado, hueón. Sentía como que estaba pagando algo.
Es por esto que las ganas de tener una banda no se pueden explicar sin la figura de su hermano Felipe, quien en una fiesta conoció a Óscar y al notar que ambos compartían gustos musicales, lo invitó a su casa a tocar. Empezaron ensayando en la habitación de Diego junto a Antonia. Sus influencias iban desde The Stone Roses y Fontaines D.C. a Silvio Rodríguez y Gustavo Cerati. Luego conocieron a Agustín y de esa forma comenzó Anttonias.
El primer disco, Anttonias, se transformó en una pequeña odisea que los llevó a firmar con Lotus Récords. Todo comenzó luego de publicar su primer video musical del single “Atado a tu sentimiento” en abril de este año, que rápidamente comenzó a subir en visitas. A eso se sumó el tiktoker estadounidense Troaveworld, que publicó un video recomendando a la banda: “Anttonias captura perfectamente el aura legendaria de las bandas de los noventa”, decía. Los números seguían creciendo mientras comenzaban a llegar las ofertas de productoras, dentro de ellas, Lotus, la encargada de organizar el festival Lollapalooza y trabajar con artistas chilenos de renombre; el pez era gordo.
Lo meditaron, no mucho, pero debían decidir entre las opciones que tenían. Al escoger a Lotus ya sabían que los llevarían a Lollapalooza. Antes de eso, en enero, grabaron el disco en Buenos Aires y lo publicaron en agosto junto con el video musical. Esto sucedió después de que los contactaran desde Romaphonic Studios, donde artistas como Fito Páez, Rata Blanca y Andrés Calamaro han grabado. El productor fue Nico Resnikoff, de apellido judío-eslavo, por lo que en redes sociales no tardaron en tildarlos de sionistas y asumir que habían firmado con Lotus para ir al festival gracias a sus nexos con la industria, acusando un supuesto industry plant. El mito hizo tal eco que hoy son reconocidos dentro de la escena por eso. Lo que no sabía el resto era que para poder viajar y costear la grabación tuvieron que pedirle ayuda al municipio de Padre Hurtado, domicilio de Antonia y lugar donde vivía la abuela de Diego y Felipe.
El debut solitario del quinteto fue en el Club Subterráneo de Providencia, un escenario frecuentado por bandas de la escena, tales como Candelabro, Niños del cerro, The Lullabies y Estoy bien. Esa noche fue “una demostración de energía, euforia y atrevimiento que solo vino a realzar el exitoso momento que vive la agrupación nacional” para Fernando Vilches, fundador de Batiscafo, un medio independiente de música. No fue el único, el medio Arder coincide en que la performance “dejó en claro que Anttonias avanza con paso firme y una identidad cada vez más definida, dejando expectativas altas para su presentación en Lollapalooza Chile 2026”.
—Fue increíble. Superó todas mis expectativas —aseguró el baterista de la banda previo a una tocata en Onaciú, un bar de Recoleta—.
Pese a todo, al terminar, Antonia sintió que el audio de esa pequeña sala ubicada en Loreto 460 fue mejor que el del club de Providencia. No fue la única, Diego también tuvo reparos:
—Hubo hartos detalles. De partida tocamos con un ampli que no conocíamos. En medio del show el Óscar apretó unos pedales y el sonido fue totalmente distinto. Son errores que no podemos cometer de nuevo. En volá nos ganó un poco la euforia, porque igual pa’ mi subte fue la raja, pero son cosas que me dejan pensando.

La caída
Es 15 de noviembre y las luces se ensartan entremedio de ellos en el escenario de Casa FECh, cerca de Plaza Italia. Antonia ya se quitó el abrigo negro de cuero y Diego toca sin pudor —y sin polera—. Todos entraron en calor, todos están en la misma tónica. Son pasadas las nueve y media y la noche está por concluir con un broche de oro. Anttonias está arriba del escenario y sus integrantes lucen llenos de confianza. Todos corean “Mariposas”. Alzan los brazos al ritmo de la balada. Todo va de maravilla. Están por terminar, llevan 32 minutos en el escenario. Ahora viene la última canción. Comienza a sonar la guitarra disruptiva junto a la batería y el bajo. Todo va bien. De un momento a otro alguien prende una bengala con un keffiyeh en la cabeza corriendo entre la multitud. “Esa bengala la mufó”, dijo una fan luego de que todo se viniera abajo. Literalmente.
Esa noche en RockxPalestina todo lo que podía salir mal, salió mal. Media hora antes, la expectativa era alta, las personas esperaban con ansias a Anttonias, que iba a tocar al final del show. Según Drusil, un sonidista que ha trabajado con ellos en varios conciertos, la presión sobre ellos era demasiada. Luego de la declaración que dio Felipe y los mitos en torno a sus supuestos contactos sionistas, sentían que cualquier cosa podía pasar estando arriba del escenario.
A las nueve menos quince aún faltan veinte minutos para que toquen. En el escenario se presentan Scott y Los Pelmazos al mismo tiempo que Óscar hace un ademán sutil con el índice: “Oye. Pasó algo. Cacha que cuando el Diego y el Pipe estaban en el segundo piso, un hueón gritó ‘Anttonias sionistas’”.
Al empezar el show, todo está saliendo mejor de lo que pensaban. En el público ya comienzan a aparecer rostros familiares; algunos fans que van donde ellos toquen. Suenan los primeros compases de la última canción de la noche: “Cuerpo eterno”. El público está enloquecido con las guitarras distorsionadas estilo garage punk de Óscar y Diego. Atrás está Agustín en la batería sin aprensiones; se apropiaron del escenario. Antonia no alcanza a pronunciar el primer verso cuando de repente un destello rojo aparece entre la multitud y comienza a correr entre nosotros. De un momento a otro dejan de tocar. Antonia y Felipe desaparecen. El escenario cedió con ellos dos sobre la tabla puesta encima de una estructura simple.
—¡Se cayó el escenario! —se escucha gritar a alguien detrás—.
El show se acabó.

Gallagher-Sanzana
Antes que Noel y Liam Gallagher estuvo John Lydon y Sid Vicious. Al primero que le mostró su cresta punk fue a su padre. Cuando Diego tenía trece años se peinó, se hizo un mohicano y salió a la calle: “¿Vas a salir así?”, le preguntó su mamá; “Sí mamá, voy a salir así”, contestó él. Pero en cierta forma no quería revelarse contra sus padres, quería revelarse contra el mundo.
—A mí me cargaba todo el sonido popero. Me cargaba la música comercial. O sea, todos sabemos que los Sex Pistols eran un invento, pero tampoco venían de un sonido comercial que estaba en los setenta. Rompieron todo el esquema del rock psicodélico, entonces pa’ mí los pankis eran hueones con convicciones reales y con música real. Pa’ mí la música tenía que tener un sonido, tenía que gritar algo sí o sí.
Para Diego no se trataba de complejidad sonora, sino de una actitud. Al mismo tiempo que One Direction sonaba en los estéreos, bandas como The Clash y Ramones marcaron su pre adolescencia por su sonido y lírica. El punk era un eco en su pecho: “Me hacía sentir eufórico, imparable, me quitaba la vergüenza. Aunque era tímido nunca me gustó pasar desapercibido. Siempre me gustó llamar la atención de una manera especial, no ser alguien común, siempre quise ser diferente en algo”.
No fue amor a primera vista, digerir a Oasis fue algo paulatino; Fiskales Ad-Hok, Los KK, Los Miserables, Gufi, blink-182, NOFX, Pennywise, MXPX, Fugazi y Descendents fueron agrupaciones que a través del punk melódico lo llevaron a un día en particular. Luego de años odiando el pop mainstream, el uso de las casacas Adidas en lugar de las chaquetas de cuero, la ausencia de púas y el britpop, una emisora lo cambió de parecer.
Probablemente no era primera vez que escuchaba “Supersonic” de Oasis pero sí fue la primera vez que le resonó. Estaban escuchando radio en el auto de su padre cuando tocaron la canción: “No sé qué hueá me hizo tanto sentido escucharla, pero después no me la podía sacar de la cabeza, hueón. Con el Felipe llegamos altiro a buscarla en YouTube”.
El 19 de noviembre fue el mejor día de su vida, eso dice él. Cuando los hermanos Gallagher pisaron el escenario de Estadio Nacional para cantar “Hello”, Diego y Felipe llevaban horas sentados en el gran coliseo bajo el sol. Una semana antes enfrentaba el duelo de no poder ver a la banda que lo movió hacia su carrera porque el portal de tickets y la enorme fila virtual llena de fans hambrientos no les dieron tregua a sus ganas de ver a Oasis en vivo. Pero como Diego no estaba dispuesto a abandonar su sueño, consiguió trabajo junto a su hermano vendiendo comestibles en el estadio.
Apuntando hacia los pies con la cámara de su celular capturó la prueba de sonido; eso fue todo lo que necesitó escuchar para abandonar su puesto de trabajo y plantarse más de cuatro horas para esperar a la banda británica.
—Es una hueá que todavía no logro dimensionar; vi a Oasis en vivo.
Cade vez menos…
—Creo que hay una cosa que define muy bien al Diego, y es que es prácticamente quien mueve a la banda. Él es clave en las relaciones sociales de Anttonias—cuenta Fernando Vilches, quien en varias oportunidades ha compartido espacios de la escena musical con el grupo—.
Quién diría que ese joven tímido que era incapaz de hablarle a las niñas de su edad hoy toca en medianos escenarios rumbo a uno más grande; el del Lollapalooza. Quién podría imaginar que el mismo Diego Sanzana que en cuarto medio no tenía idea de qué hacer el resto de su vida hoy sabe perfectamente que quiere dedicarse a la música. Es un hombre de pocas certezas. Dice que es imposible interceder por su propio futuro, pero hay algo que está determinado a seguir buscando:
—Siento que por fin estoy llegando al sonido que siempre quise. Por fin sueno como el panki que quería ser cuando era cabro chico —expresa—.
Después de todo y a pesar de eso, dice que aún no logra disfrutar un logro de Anttonias. Ya sea por su autocriticismo o su disconformidad, Diego siente que le faltan matices y atmósferas: “Está cerca, falta poquito para lograrlo”.






