La noche santiaguina, las noches de techno, son un ecosistema complejo, de contradicciones y encuentros. Espacios que son, simultáneamente, una trampa de autodestrucción y un refugio de liberación política. La escena electrónica tiene la capacidad de generar lugares de desinhibición para los participantes de una fiesta. Se usa el bailar sola, moverse con el ritmo de la música sin reglas ni marcos de referencia. También el bailar con los ojos cerrados, hasta con lentes de sol para sumergirse en la oscuridad que genera la sensación de estar solo entre cuerpos y dejarse invadir sensorialmente por la música y las luces.
Estos espacios surgieron alrededor del mundo como los únicos santuarios donde comunidades disidentes podían expresar su identidad y su amor sin miedo a la persecución. «La música electrónica nació para acoger a la marginalidad», afirma, sin dudarlo, Delia.
Antes de los sintetizadores, los pendrives, y las mesas para mezclar, estaba Delia Derbyshire. Una matemática inglesa, pionera de las primeras versiones de música electrónica, que llevó la ingeniería al sonido y expandió la capacidad de las personas para entender este nuevo género. Delia Díaz Carstens se nombra a sí misma a partir de Delia Derbyshire, encontrando en ella no sólo una influencia musical, sino también una inspiración para expandir los límites.
Delia, 31, la reina vampira, reina de la noche, es más que una DJ; es una cronista, una teórica y la soberana indiscutible de un reino subterráneo que baila al ritmo del Teknotrans, el primer álbum de la artista que profundiza en un techno crudo y veloz, transmite oscuridad, rebeldía y disconformidad, con el sello apocalíptico que la caracteriza. Como productora y DJ, Delia, es una de las arquitectas del sonido que hoy domina el escenario.
La productora ha lanzado dos discos, Teknotrans Vol. 1 y Vol. 2, además de ser residente en la Fiesta Dame, una de las fiestas más importantes en la escena del techno en latinoamérica. A principios de 2025 Delia protagonizó un Boiler Room junto al DJ Galactxtx, un logro que pocos han alcanzado en Chile, y en julio del mismo año la artista se embarcó en su primera gira por Europa, con 10 fechas recorriendo cuatro países.
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Con su papá y su mamá, Moisés y Erika, y su hermano Caco, Delia creció en Pudahuel y luego en Maipú. Una niña matemática, una “cerebrita”, Delia no sabía cuál era el rumbo que tomaría su vida, pero por Erika entró a estudiar en la Universidad de Chile, “la universidad de los masones”, como dice ella. Se encontró en ese mundo de intelectuales, de personas con bagaje cultural en una maleta mucho más pesada que la suya. Aunque entró a la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU), siempre tuvo sus amistades con las personas de arte, las personas de diseño, “las personas más locas”, como diría ella, mentes creativas.
Fue en ese lugar —la Universidad de Chile— donde, a sus veinte años, Delia vivió un momento decisivo. En Juan Gómez Millas, que no era solo un campus: era un territorio en ebullición, especialmente en artes donde estudiaba entonces su primer pololo. Un espacio fuera de las normas de lo común, donde lo permitido parecía no tener bordes y donde, a esa edad, el mundo todavía se sentía como una maqueta para proyectar futuros posibles.
En ese contexto, entre conversaciones y días que se estiraban sin horario, ocurrió algo aparentemente simple, pero fundamental. Su pareja fue la primera persona en poner en palabras algo que Delia aún no terminaba de nombrar. “A ti te gusta la música”, le dijo. Ella respondió lo obvio: que a todo el mundo le gustaba. Pero él insistió, “tú escuchas la música de otra forma”.
No fue una epifanía grandilocuente, sino una frase precisa, dicha en el momento justo. Ahí, Delia entendió que aquello que la acompañaba desde siempre no era un pasatiempo más, sino una forma particular de habitar el mundo. Ese reconocimiento fue el impulso que terminó de empujarla a entregarse por completo a ese camino.
Delia no sólo escuchaba música, descubría nuevos artistas y nuevos sonidos. Memorizaba los años de lanzamiento, sellos discográficos y biografías de productores. Delia era una artista en transformación, y también una historiadora autodidacta.

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Delia no hace apologías por ser quien es ni por cómo es. Hablar con ella no es una experiencia lineal. Conversamos durante horas. Las ideas se encadenan unas con otras, avanzan, retroceden, se abren, se pierden y vuelven a cerrarse sin perder sentido.
Habla con suavidad, se ríe con facilidad, y no pierde el foco aunque el relato se expanda. Se sienta frente a mí, en el sillón, completamente relajada, segura de sí misma, como si el tiempo no la apurara nada.
No guarda secretos ni levanta defensas. Comparte sin juicios, con una honestidad que abre la puerta a conocerla de verdad: en su intimidad, en su trabajo, en su mente y también en su dolor.
"La música electrónica nació para acoger a la marginalidad"
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Tal vez el episodio menos conocido de la productora es aquel de profesora de historia. Entre 2020 y 2021 impartió clases de historia de la música electrónica, un proyecto que surgió de su propia investigación académica y su deseo de rescatar la memoria cultural del país. La base que la inspiró a dar sus clases fue su tesis universitaria titulada «Espacios para la Contracultura Musical Electrónica». Su motivación principal fue llenar un vacío documental, ya que, al investigar para su tesis, se dio cuenta de que no existían libros ni registros oficiales sobre la historia de la electrónica en el país.
“Éramos personas que íbamos a disfrutar de la música donde fuese: en casas, edificios abandonados, sitios eriazos. Si había buena música y buenos amigos, íbamos. (…) Sentí la necesidad de entender, analizar y registrar esta experiencia arquitectónica, para que sigan vivos en este documento los mejores años de mi vida”, escribió Delia en la introducción de su tesis.
Dado que «para que algo exista tiene que estar documentado» y en Chile no lo estaba, Delia utilizó el relato oral como metodología de investigación y enseñanza. En sus clases, la artista buscaba desmitificar la idea de que la electrónica llegó a Chile sólo en los años 90 con los exiliados. Revelaba que el primer colectivo de música electrónica en Sudamérica nació en Chile en 1956, el Taller Experimental del Sonido, que define como el primer antecedente de un laboratorio de este tipo en Latinoamérica. La artista sostiene firmemente que «la música electrónica es chilena desde el día uno», aunque el público general lo ignore.
“Al momento de pasar la investigación al caso de Santiago de Chile, me di cuenta de las inexistentes fuentes bibliográficas que existen sobre estas prácticas en Chile. La escena musical en la que yo me desenvuelvo está casi nulamente registrada y analizada por lo que me veo en la obligación de investigarla por mi propia cuenta. La fuente más práctica y confiable es el relato hablado de sus propios protagonistas” detalla el proyecto de título de Delia.
Para la DJ, dar estas clases era un acto de resistencia frente al vacío cultural provocado por el golpe de Estado, el cual, según ella, «mató toda la vanguardia» y dejó al pueblo sin memoria documentada.
Es desde ese lugar que explica que no es coincidencia que Chile hoy siga siendo un epicentro de creación de música electrónica, y Santiago una de las capitales del techno en Latinoamérica. Sus fiestas, reconocidas por su potencia sonora y su carga política, atraen a públicos internacionales y se han vuelto un referente regional.
Pero ese mundo de experimentación, resistencia disidente, y de liberación también carga con una decadencia importante. La mirada de Delia sobre la cultura de la droga en la escena es implacable. Describe la noche como una «trampa» donde los jóvenes «se hacen mierda», desmitificando el discurso de que es solo liberación a través del techno, también es oscuridad y abuso de sustancias sin regulación. Para ella, el público de los afters a las 6 de la mañana se reduce a una imagen desoladora: «Puros palitroques».
“Siento que ya a los 31 no quiero tocar en todos los after. La reina del after ya fui a los 20, estaba metida en todo. Yo les digo a los productores ‘por favor, póngame un horario de señora’. Lo que soy. (se ríe)”
Delia se mueve en el mundo de la música electrónica desde su época universitaria. “Yo sabía que existía la electrónica, para mí era súper underground. Y en primero y segundo año (de la carrera), como ya estaba en el centro, porque yo estudiaba ahí en metro Universidad Católica en la FAU, me quedaban todos los carretes cerca. Ahí empecé a conocer gente, empecé a conocer un piño que a todos les gustaba mezclar y vi que la vida nocturna siempre ha sido un poco para mí”.
Y aunque Delia se encuentra en casa en este nicho, reconoce que sumergiéndose durante diez años en él ha encontrado oscuridad y ruina. Ha visto cómo la noche toma niños que llegan limpios, y en este mundo se pierden completamente. Delia no habla desde la distancia. Ha vivido en carne propia una relación compleja con el consumo de sustancias, una experiencia que la lleva a interrogarse, a reconocer fragilidades y a nombrar su propia lucha. Sin cargar culpas sobre el techno, sí reconoce que estos ambientes pueden volverse voraces: espacios donde es fácil perderse, donde la noche es espesa y los caminos de salida no siempre son evidentes.
Mientras me cuenta de ese consumo problemático Delia está tranquila, comparte sus reflexiones y emociones al respecto permitiendo entrever que una sola cosa no la define ni avergüenza. En su historia e identidad esa mente creativa brilla más que las oscuridades que la matizan– cómo nos matizan a todxs.
Esta decadencia se manifiesta con mayor crudeza fuera de la capital. Dos anécdotas distintas de un mismo paso por Osorno ilustran la precariedad y la negligencia que ha presenciado en su trabajo. En ese viaje, al llegar a la casa del productor del evento donde tocaría más tarde, se encontró con un baño inundado, inmundo, inutilizable. Y consumo indiscriminado de cocaína en un ambiente de abandono. La pieza que le dieron era la de una niña, su almohada era una esponja dura y sus paredes estaban cubiertas de dibujos que delataban sus sueños. Indignada, confrontó al padre: «Tú tienes que formar un ambiente propicio para que tu hija pueda soñar y no escoja la mierda de tu amigos o la mierda que estás haciendo tú como papá en estos momentos».
Pero la desolación no terminó ahí. Tras tocar, se fue a otra casa con un grupo de punkis para evitar volver al primer lugar. Allí, el patrón de negligencia se repitió y tomó una forma aún más cruda: vio cómo otra niña pequeña bajaba a pedirle comida a su padre mientras este y sus amigos consumían drogas, escondiendo el «jale» de la vista de la pequeña. La experiencia la dejó con una sensación amarga sobre la escena, en especial fuera de Santiago: “Es tan decadente, huevón”.
Pero desde ese mismo lugar de participante y DJ experimentada, en agudo contraste con la oscuridad, Delia defiende la naturaleza inherentemente política y queer de la música electrónica. Sus raíces, explica, se funden en la necesidad de liberación de las comunidades negras, latinas y trans de Chicago y Detroit en los años 70 y 80.
En Santiago, ese epicentro de resistencia es «La Dame», una de las fiestas de techno más grandes y reconocidas de Latinoamérica. Delia la describe como una fiesta «posicionada políticamente», un bastión que acoge a la disidencia y se opone a la cultura de festivales más «hetero» y masculinos. Para ella, la música electrónica debe «acoger a todas las marginalidades», una creencia que alimenta su crítica a la cultura de exclusividad de clubes como el famoso Berghain en Berlín, cuya política de selección en la puerta le parece un vestigio obsoleto y contrario al espíritu original del movimiento. La fiesta, en su máxima expresión, es evasión y un acto político de existencia y comunidad.
En el núcleo de la identidad de Delia Díaz Carstens yace una identidad queer resistente, forjada en la intersección de clase, género y arte. Es un testimonio de resistencia personal que forma cada faceta de su vida y su trabajo. Delia se autodefine como una «trans punk», una identidad que es, en esencia, una declaración política. Encapsula su resistencia activa a las presiones normativas que enfrenta la comunidad trans, un rechazo a la idea de que la transición deba culminar obligatoriamente en intervenciones quirúrgicas como la feminización facial o la vaginoplastia. «Me gusta ser como una persona con pene, y ser trans y ser mujer», declara, abrazando una corporalidad que desafía un modelo estandarizado de la identidad trans. Subraya que su «brillo» nunca ha radicado en la belleza convencional, sino en su intelecto, su arte y su agudeza.

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La trayectoria de la vampira Delia es una metamorfosis. La joven «reina del after» que fue casi consumida por la noche ha evolucionado hacia una artista madura, se ha desarrollado como una historiadora rigurosa y una crítica cultural. Su voz resuena más allá de la pista de baile; documenta el pasado, cuestiona el presente y ayuda a sintonizar el futuro de la cultura underground en Chile. Su legado no está solo en los beats que mezcla, sino en la memoria que rescata y en la política de liberación que encarna, dejando su huella en el sonido y el alma de la noche santiaguina.
La productora espera lanzar un EP de estudio en febrero de este año. Mientras conversamos Delia me muestra su intimidad sin pelos en la lengua, entre los detalles que comparte me cuenta que la noche anterior durmió sin tomar pastillas para dormir, las que lleva usando bastante tiempo. Y en ese limbo sin estímulos aguardando que llegue el sueño sintió llegar la inspiración letras y melodías invadieron su mente. Se dio cuenta de que las pastillas bloquean su creatividad, “yo creo que las mentes de las personas son cómo una antena, y la inspiración, la creatividad te llega cómo un rayo” y para eso hay que tener “ las antenitas paradas”.
* FOTOGRAFÍAS DE JACINTA VELASCO GARCÍA.





