La revolución cultural de Marjane Satrapi

La partida de la brillante artista gráfica y cineasta Marjane Satrapi nos deja un vacío difícil de llenar. Con apenas 56 años, se ha apagado una voz incombustible y cuyo legado solo creció desde que publicó su primera novela gráfica “Persépolis” y se estrenó en Cannes su filme homónimo. Su obra conjunta refleja la enorme valía de su mundo creativo, que ha seguido esa difusa línea entre la brutal tragedia y la necesaria comedia para soportar el peso de la existencia, dice Ernesto Garratt en este ensayo.

Marjane Satrapi solía decir que “no hay arma más subversiva que la risa” hasta que murió de tristeza hace apenas unos días porque no soportaba vivir sin el amor de su vida: Matías Rippa, fallecido de una enfermedad terminal el año pasado. Marjane Satrapi pasó todo un año sin municiones para querer seguir viviendo. Quedó desprovista de su arma más poderosa. Sin embargo, en 2007, cuando estaba saltando a la fama mundial con la presentación de su cinta Persépolis en el Festival de Cannes, escuché como periodista testigo de su propia boca esa frase-mantra. 

“No hay arma más subversiva que la risa, no hay arma más subversiva que la risa, no hay arma más subversiva que la risa”.

Marjane Satrapi la dijo varias veces a lo largo del certamen. En la conferencia de prensa de presentación de Persépolis, en las entrevistas con la prensa acreditada en UniFrance. En algún Q&A tras la proyección de su debut como directora, justamente la adaptación de su homónima y fabulosa auto-ficción Persépolis: una novela gráfica que muestra de manera trágica, pero a la vez sumamente humana y con enormes afluentes humorísticos, la caída del mundo de la niña iraní protagonista, la propia Marjane en el Teherán bajo la amenaza de una brutal teocracia y la consabida intolerancia a las libertades individuales. Claro, después pasamos a su adolescencia y juventud y su escape -y aún con pasajes más trágicos- a la vida del exilio en París. 

Marjane Satrapi pudo haber escogido relatar un cuento triste, con violines de fondo y pudo haber elegido ser una vístima para construir su propia auto-ficción. Pero optó por el camino más difícil. El de la complejidad de los grises. No todo es blanco y negro, pese a que tanto cómic como adaptación fílmica manda el blanco y el negro. 

Marjane Satrapi, para empezar, se ríe al igual que los chilenos lo hacemos de nuestras tragedias, con enormes cuotas de comedia absurda. Usa los estereotipos y los convierte en recursos estilísticos y narrativos universales para que los “no iraníes”, occidentales, asiáticos, latinos, africanos, etc. tengamos las herramientas para comprender y empatizar con una joven que quiere ser libre, escuchar a Iron Maiden, bailar a Michael Jackson, andar sin velo y fumar libremente sin tener que pedirle permiso a un “hermano de la fe”.

Tinta negra cargada de rabia, feminismo y comedia negra, no sino, para introducirnos a mundo nuevo y desconocido… Pero tan familiar. 

—Cuando escribí los cómics, los escribí no solo en francés, sino que también los pensé en francés. Porque esos cómics no estaban dirigidos en absoluto al público iraní, —recordaba en vida Marjane Satrapi en Cannes sobre el origen de su Persépolis. 

Y seguía explicándonos su explicación personal no en persa, sino que en un francés perfecto: 

—Son (unos cómics) demasiado didácticos, explico demasiadas cosas. ¿Qué es una cámara nupcial? ¿Qué es el Año Nuevo? Los iraníes ya saben todo eso. Así que si hubiera querido escribir un libro para los iraníes, habría escrito otro libro, sin todas esas explicaciones. Pero precisamente para ponerme en el lugar de quien no lo conoce, quien cree que mi padre monta en camello y tiene 15 mujeres, etc., para ponerme en su lugar, tenía que conseguir pensar como esa persona. Y el lenguaje no es solo una alineación de palabras. Uno habla como piensa. Y por tanto, un idioma es también una forma de pensar. Así que para meterme en la piel de esa persona, tuve que pensar en su lugar. En francés, pues.

***

Aunque es injusto comprimir todo el legado artístico de Marjane Satrapi solo en Persépolis, su obra magna (¿pero quién sabe qué arte supremo hubiera hecho con más años de vida?), por lo menos sirve como ruta biográfica medianamente confiable (es al fin y al cabo una auto-ficción) con tal de comprender su condición de no pertenencia constante. De estar y no estar al mismo tiempo. De ser parte de y, por el contrario, no. De ser francesa en Irán. Y de ser iraní en Francia. Entonces, exilio forzado, nostalgia, desesperanza se mezclan en el caso de Marjane Satrapi en un cóctel vital con el goce, la fiesta, la música y el amor. Qué más humano. Qué más transgresor para los regímenes autoritarios que buscan oscurecer las destellos individuales como los de Marjane Satrapi.

Pero brillar así, fuerte, intenso, nítido, tiene un costo enorme. Y el co-director de Persépolis,  Vincent Paronnaud, vio la sombra oscura que deja el destello tras de sí. La película de hecho empieza distinto al cómic. Vemos a Marjane, animada en colores, haciendo fila para tomar un vuelo a casa desde Orly. Pero no tiene ni ticket ni lo necesario para regresar. Entonces desde ese comienzo en colores la historia se vuelve un flashback claroscuro a los recuerdos en su amada madre patria. 

—La idea para ese inicio vino de mí, pero no del todo, —recordaba Vincent Paronnaud— ya que Marjane me contó un día que había estado en el aeropuerto de Orly y había pasado el día allí. Había ido hasta la sala de embarque. Evidentemente, no pudo tomar el avión porque no tenía billete. Así que pasó el día en Orly, llorando, como suele hacer Marjane también. Y entonces me lo contó, y al elaborar el guion, pensamos que quizás sería una buena idea añadir eso al cómic por una razón: en relación con el distanciamiento y la distancia que tomábamos respecto al cómic, que era algo muy inmediato. Como comenzamos a escribir el guion, queríamos aportar también un poco de distancia. El lado de «historia verdadera» lo intentamos también evacuar… 

Y siempre con la talla en la punta de la lengua, Marjane Satrapi metió la cuchara explicando las nuevas secuencias a color en la cinta: 

—Y también para que no nos llamaran daneses del movimiento Dogma, o sea rígidos, fue que pusimos esas secuencias en color. Lo que nos permite decir que es una película en color de 1h35, donde 1h32 son un flashback en blanco y negro. Sigue siendo una película en color.

***

La impresión que me dio entrevistar a esta artista de marca mayor fue un enorme y salvaje talento. Inclasificable. Impredecible. Innato. Hizo una de las novelas gráficas más influyentes del siglo 21 sin siquiera considerarse una artista del bande dessinée (“a lo más uno de mis grandes referentes fue Maus de Art Spiegelman, pero no me sentí al inicio parte de ese mundo”, dijo sobre el tema); co-dirigió una de las mejores cintas presentadas y premiadas en la historia de Cannes sin haber hecho nunca antes un largometraje (“llegué de manera casi fortuita al cine”) y su arte gráfico y su cine posterior, especialmente su cine, es tan distinto un título del otro pese a compartir los mismos principios sembrados en Persépolis: feminismo, irreverencia, provocación. Puro rock & roll. 

Pollo con ciruelas de 2011 y de nuevo co-dirigido con Vincent Paronnaud, por ejemplo, un exquisito live-action basado en su propia novela gráfica del mismo título, sigue las ganas de no vivir de un pariente de la autora. La historia narra los ocho últimos días de un célebre intérprete de tar, el laúd tradicional iraní. Después de que su esposa destruye su instrumento durante una pelea conyugal, Nasser Ali, el protagonista, comprende que no tiene ningún deseo de buscar uno nuevo. Lo que busca, en cambio, es la muerte. Y así, desde su cama, espera. Lo que sigue es un recorrido no lineal por su memoria: amores imposibles, decisiones que marcaron su destino, los hijos que lo miran sin entenderlo, la figura de Azrael —el ángel de la muerte— que aparece con una normalidad casi cómica. Satrapi construye ese tránsito con la misma lógica visual de sus cómics: el blanco y negro que irrumpe en color cuando los recuerdos lo exigen, la mezcla de lo fantástico y lo cotidiano, el humor negro que suaviza lo que de otro modo sería insoportable.

El sino imposible de llenar cualquier vacío existencial sigue con un nuevo registro fílmico: más salvaje, de guerrilla, de parte de Marjane Satrapi justo al año siguiente y sin la co-autoría de Vincent Paronnaud. Se trata de La bande des Jotas, protagonizada por la propia Satrapi en compañía del amor de su vida: Matías Rippa. Su apoyo. Su esposo. Su pareja durante más de 30 años de relación. La bande des Jotas es una historia criminal. Una confusión de equipaje en el aeropuerto une las vidas de dos amigos que se preparan para un torneo de bádminton con una mujer que huye de una banda que mató a su hermana.

Fue la primera y última vez que marido y mujer actuaron en pantalla. Rippa se luce actuando a sus anchas en el mundo absurdo creado por su esposa. Y Satrapi disfruta como niña un juego divertido y cómico de enredos y slaptick o comedia física. 

Chistosa. Libre. Despeinada. La bande des Jotas tiene ese absurdo tan Satrapi pero elevado al cubo y que intentó poner de nuevo en valor en su traspaso al cine gringo con The voices, de 2014. ¿Le resultó? Yo creo que sí y eso pese al insoportable Ryan Reynolds. The voices, con el sobreactuado canadiense, no es un texto original de Satrapi pero por lo menos posee ese caos que despeina y provoca. La excusa sobre un psicópata que escucha cómo sus mascotan le ordenan asesinar y decapitar mujeres es usado por Satrapi para 1) arriesgarse a ir a una zona nueva y trabajar para un ser como Reynolds y 2) pese a eso mantener la integridad artística y seguir apostando a la incomodidad del riesgo.

Qué decir de Radioactive, de 2019 y su personal pero impersonal biopic de Marie Curie con Rosamund Pike. Un encargo eficiente y didáctico que traduce al lenguaje de las masas los logros de la científica e investigadora doblemente ganadora del Premio Nobel. Si Satrapi tradujo Irán para los franceses con Persépolis, con Radioactive tradujo a Marie Curie al mundo machista en el que vivimos. 

No podemos obviar sus novelas gráficas como Bordados; una preciosa visita al mundo femenino de su propia familia. Bello. Delicado. 

Pero su última película, Paradis Paris, de 2024, fue el inicio del fin. Fue volver a esa matriz más espontánea, sin jefes respirando en la nuca. Fue reconocer de nuevo su ADN humano y artístico esta vez a través de una historia coral de diversos anti-héroes y anti-heroínas encarados por la muerte. Amenazados por ella, por su llegada y finalmente destruidos tras su paso. Monica Bellucci, Eduardo Noriega, Rosy de Palma, entre otros, fueron el elenco multinacional de este bello y último delirio. Tristemente durante la cocina de este filme catártico su esposo, que ejercía de productor ejecutivo, habría sido diagnosticado con el mal terminal que finalmente acabó con su vida.


Paradis París se ríe de la muerte. Fuerte. Insolente. Irreverente. Pero cuando después solo queda el rastro del ser querido que ya no está, el juego pareció acabarse para Satrapi. La cámara de municiones de su “arma más subversiva”, la risa, se quedó vacía. 

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