Alaska Infinita: la transparencia por sobre la fragilidad

Al fondo del Café Literario de Ñuñoa, sobre una mesa pequeña cubierta de rosas, girasoles y otras flores, descansa una fotografía. Es la del yayu de María Paz Serra Nieto —así le llamaba a Enrique, en catalán, como le enseñó su Iaia Rosa—. Él no pudo estar esa noche de abril, pero de alguna forma presenció el lanzamiento del libro. 

Unas cincuenta personas se acomodaron en el café, mucho más de lo que esperaba Alaska Infinita — seudónimo que utiliza Maria Paz (29). Cristóbal, su hermano mayor, tomó la guitarra. Su hermana menor, Martina, tiene el micrófono. Juntos cantaron un conjunto de canciones elegidas por Alaska, entre ellas «Adiós» de Gustavo Cerati, la misma que abre el primer poema del libro como epígrafe: Separarse de la especie por algo superior, no es soberbia, es amor. Su amiga Francisca Herrera —actriz, docente, y hoy también su community manager— se paró frente al público y leyó en voz alta uno de sus poemas, al igual que su mejor amiga Antonia Martínez. Ambas ayudaron a Alaska en la firma de ejemplares. Su iaia y sus tías habían preparado las tablas para el picoteo y brindis que se realizó una vez terminada la lectura de poemas. Amigos y familiares estaban ahí, cada uno colaborando desde su lugar.

La ayuda no es solo un detalle de seres queridos, es, también, una necesidad.

María Paz llegó al mundo antes de tiempo, a los cinco meses. Su nacimiento prematuro trajo consigo complicaciones en su desarrollo motor que la acompañan hasta hoy. Se desplaza en silla de ruedas, toma agua con bombilla, necesita asistencia para ir al baño. Ha pasado por múltiples operaciones, por la Teletón, por la experiencia cotidiana de habitar un cuerpo que el mundo no siempre comprende. Esa distancia entre lo que la carne puede y lo que el alma desea atraviesa su libro entero. Se trata de un poemario autogestionado y publicado por Palabra Editorial, en el que Alaska trabajó durante cinco años.  

—Como el cristal, sí somos transparentes, porque no ocultamos nada. Pero eso no es fragilidad. Es otra cosa —dice Alaska en referencia al título del libro: No somos de cristal.

Desde hace años, explica, circula la idea de que su generación es frágil, sensible hasta el extremo, incapaz de tolerar la incomodidad. Son «de cristal», se dice. Pero ella optó por tomar esa frase y cambiar su foco. Tampoco ella es “de cristal”. 

La introducción lo deja claro desde el principio: «Esto no es un libro de autoayuda. No estoy tratando de ayudar, estoy tratando de sobrevivir. Por eso no es necesario que entiendas ni que aprendas algo cuando acabes de leer esto. Puede que necesitemos un abrazo.» Y más adelante: «El dolor no enseña, no fortalece. Muy a menudo y para la mayoría de la gente, el dolor solo crece.» 

No hay promesa de redención, ni arco narrativo donde el sufrimiento se transforma en fortaleza. Solo alguien que escribe para sobrevivir y que se niega a disimular el precio de existir como ella existe.

“…me es imposible pensar en mi alma como ave ansiosa por volar / y mi cuerpo una jaula que se lo impide. / Observo a la gente bailar / y moverse de forma natural. / Que daría yo por caminar, / pasear y arrancarme donde quiera / sin límites”, escribe María Paz. 

***

Esa sinceridad que se lee en las primeras páginas de su libro es también lo que la llevó a la literatura cuando era una niña. 

La literatura le ofreció mundos a los que podía acceder sin que su cuerpo fuera un obstáculo. A los 15 años llegó Crepúsculo y descubrió que leer podía ser entretenido; luego El diario de Ana Frank le mostró que podía ser también devastador. Y sin embargo, esa relación tiene sus propias contradicciones: Te amo literatura, compañera en esta infinita soledad, escribe. Y también: Te amo y me inundas de pánico. Nunca seré suficiente para ti, mi amor. 

También de la literatura heredó su seudónimo. Este tiene dos capas. La primera viene de Buscando a Alaska, de John Green: el personaje de Alaska Young, con su intensidad y su búsqueda de ese «gran quizá» que no se conforma con la superficie. La segunda es más íntima: María Paz tuvo un perro de raza Alaska Malamute, de esos con una energía que parece comprenderte. Cuando él murió, justo había terminado el libro. El seudónimo nació para honrar ambas presencias: la literaria y la espiritual. Alaska como lugar inhóspito y sin embargo fascinante. Infinita porque no tiene fondo.

—Desde muy chica he tenido consciencia de que soy diferente, y eso me hizo muy consciente también de mis heridas. La lectura intensificó todo eso. Los libros no solo me acompañaban: también me hacían pensar más, cuestionarme más y observar el mundo desde otros lugares —afirma. 

La adolescencia la fue sumergiendo cada vez más en esa identidad y en las lecturas. Alejandra Pizarnik, Gabriela Mistral, Elvira Sastre, Teresa Wilms Montt, Virginia Woolf convivían con Federico García Lorca y William Shakespeare, quienes han sido sus “favoritos desde siempre”.  “Hay algo en la intensidad emocional y teatral de ambos que me atraviesa muchísimo”, añade. 

Con los años, la conciencia de ser diferente se agudizó. Llegaron los pololeos, las fiestas, los carretes de fin de semana, y María Paz muchas veces no participaba. 

“Mi vida nunca fue normal. / No fui la borracha de la fiesta, / no llegué tarde a casa. / Nadie me sacó a bailar… / ¿puedo preguntar por qué?” , destaca en su poema “Firework”. 

Esas experiencias que para otros son anécdotas para ella son ausencias. El amor romántico también tiene su lugar en el libro, con el mismo tono agridulce. «Murió de cursi» abre con un epígrafe de Madame Bovary sobre las palabras pasión y embriaguez que tan hermosas le habían parecido en los libros, y cierra así: Érase una vez una princesa nostálgica, / amante del amor, la poesía. / Del drama y del pop. / Su amor no llega todavía. / Es que la gente se deja llevar / por la portada del libro. La portada del libro: lo que se ve antes de leer. Una persona en silla de ruedas sabe exactamente lo que significa que alguien decida no abrir las páginas.

—¿Qué tipo de preguntas existenciales aún te haces? 

—Creo que las mismas preguntas que atraviesan mi poesía, ¿no? Esa necesidad constante de preguntarme si algún día voy a aceptarme completa o si siempre voy a estar mirando primero mis defectos. También me cuestiono mucho si algún día podré entender la sensibilidad como un don y no solamente como algo que duele o que te deja más expuesta frente al mundo.

Pero la adultez recrudeció esos cuestionamientos. Las crisis de pánico se instalaron. ¿Cómo vivo sin desear ser otra?, pregunta en «La danza de la ansiedad». 

***

La universidad fue, en sus palabras, el lugar donde más se ha sentido incluida. En la Universidad de los Andes —donde se licenció en literatura y realizó un diplomado en estudios teatrales con la guía de su mentora Paula Baldwin— sus compañeros se apasionaban por lo mismo que ella. Se devoraban los libros, se hacían las mismas preguntas. Por primera vez no se sentía rara: era, simplemente, una más. Pero la pandemia arrasó con eso. Las clases telemáticas eran más fáciles en términos de desplazamiento, pero lo que perdió fue exactamente lo que más valoraba, la comunidad. Luego llegó el duelo de terminar la carrera, de despedirse de un lugar donde por fin se sintió en casa.

En casa, mientras tanto, pasaban otras cosas. Su madre, Marcela, fue diagnosticada con un cáncer de mama del cual ya se recuperó. También sobre esto María Paz escribe en el poema “Mamá no soy yo”, unas pocas líneas en las que se lee el peso de alguien que ha dependido de su madre toda la vida y que de repente la ve vulnerable: 

Tengo un nudo en la garganta; un nudo enredado de gritos no gritados, pero todo este inhumano esfuerzo por vivir, por vivir feliz comenzó por ti 

(…) 

Mamá escucha: cada suspiro es por estar bien contigo, / todo es por ti. 

Y luego, en 2024, murió el yayu, quien le había pedido insistentemente que terminara la obra. 

Yayu, es egoísta pedirte que vuelvas / —aunque sí me lo he preguntado. / ¿Por qué no me llevaste? / Tanto que te gustaba que escribiera cualquier cuestión. / «Usted tiene corazón de poeta», me decías. 

El yayu, desde su altar de flores instalado en el Café Literario de Ñuñoa, pudo verla terminada.

***

El libro tiene una arquitectura musical: cada poema abre con un epígrafe de canción o de poesía, y al final hay un código QR que lleva a una playlist con Dani Ride —el favorito de la autora—, Taylor Swift, Cerati, Julieta Venegas. La música, como la escritura, siempre fue una compañera y una forma de ponerle nombre a las emociones más difíciles. 

Eso es lo que hace No somos de cristal. Nombrar. Preguntar ¿puedo preguntar por qué? aunque no haya respuesta. Decir ¿cómo vivo sin desear ser otra? sin esperar a que nadie resuelva la pregunta. 

Alaska Infinita lleva años siendo transparente en el papel. Ahora, en esa tarde de abril, con la compañía de sus seres queridos, quienes ponen voz a las palabras que ella escribió, recuerda:

—No somos de cristal, pero igual nos rompemos. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo que trae enseñar

Hace unas semanas despedíamos a una amiga profesora que dejaba de dedicarse a la docencia para entrar en otros proyectos. Celebramos la valentía que implica

Leer más »

Condenados

El Plan de Lectura del Gobierno de Shile tiene una instancia que a mí como escritor me gusta mucho. No sé a quién se le

Leer más »
Ir al contenido