Siempre me he considerado un bicho de ciudad. La urbe, los edificios, el movimiento, el ruido, marcan mis recuerdos. Cuando visito mi ciudad original, encuentro pedacitos de memoria que se tocan: hay recuerdos míos regados por muchos de sus rincones, veo marcas repartidas de lo que eran sus calles cuando las paseaba en mi infancia y adolescencia. Tijuana es vertiginosa, sus cambios y movimientos nunca se detienen, ha vivido en metamorfosis desde que tengo memoria. Un barrio que apareció de repente, los restaurantes, la ciudad creciendo en todas las direcciones. Pero algo queda de eso que fuimos tanto ella como yo. Algo queda.
En sus rincones están mis caminatas eternas y la frustración de sentirme atrapada. También está el descubrimiento, el deseo, la búsqueda, la intuición. Las visitas a sus pocas librerías, mis primeros besos, mis primeros novios. Las peleas con mi padre, el anhelo de ser libre. La persona que fui antes de ser esa persona que sabía tan poco y tenía tanto miedo, pero lo enfrentaba con arrojo. Quizás en la suma de mis rechazos y deseos me fui formando; a través de mi vida eso se movía y se sigue moviendo hasta hoy. Siempre que regreso, en ese caos, en ese espíritu que la ciudad tiene, me vuelvo a encontrar y reconocer, vuelvo a ver lo que me hizo ser quien soy.
Sus paisajes no son de esa belleza típica que sorprende por su armonía o por la paz que transmite, en una primera impresión es difícil ver sus encantos. Es una ciudad que se ha construido a partir de necesidades inmediatas, no de una larga planeación urbana. Nadie se ocupó de imaginar la ciudad, porque ya estaba construyéndose. Y está el lugar que ocupa: esa línea entre dos países tan contrastantes, separados por mucho más que la lengua, que aun teniendo una historia en común, no se terminan de caer bien, como a veces pasa con los vecinos.
Esa línea separa dos visiones completamente distintas de la vida y del mundo. A la vez, existe una transculturación que va mucho más allá de un simple cruce de necesidades. Algo en común surge en los dos lados de la frontera, porque aun siendo agua y aceite, desde la frontera la visión es distinta a la de cualquier otra ciudad. “Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, decía una frase, que ahora llega a mi memoria desde no sé dónde, atravesando no sé cuántos años. Crecí en esta ciudad que parece estar lejos de México, su vida cotidiana está inmersa en un país que es su opuesto, no solo en su carácter, lengua e historia, sino en la manera en que está construida y las mentes de quienes viven ahí. Hay un sentido de resiliencia que habita en sus calles, atestadas de migrantes que vienen de todas partes, que llegan con la intención de cruzar al otro lado, algo que los hace pasar por encima de cualquier obstáculo. Gente huyendo de la pobreza, la violencia, la miseria. Niños viajando solos, familias completas, mujeres con niños, mujeres solas, hombres solos. Miles de historias distintas que a veces encuentran el empujón que necesitan para seguir su viaje, y otras se detienen para convertirse en parte del paisaje humano. Crecí viendo ese paisaje, que ha ido cambiando porque el muro es cada vez más grande, las restricciones cada vez más agresivas, pero la desesperación y el deseo de salir adelante sigue marcando las expresiones de quienes pasan por aquí.
El mar es nuestro entorno, pero no somos playeros. Mi madre no ha aprendido a nadar, y yo me pongo a temblar cuando entro. Lo mismo mi hermana, quien me pregunta: “¿A ti te pone nerviosa?” A veces sospecho que íbamos todos los años a San Felipe solo porque era donde encontrábamos un mar tranquilo, suave, tibio. Recuerdo las lunadas de mi adolescencia. Esas fiestas de cumpleaños en la playa, la luna mirándonos, el agua de mar cantando, las caras alrededor de la fogata, iguales frente a esa luz tenue, nosotros lindos, pequeños. Me costaba trabajo integrarme a los grupos, pero en esas noches estábamos todos bonitos, esa luz nos hermanaba. ¿Alguien sacaba una guitarra? Me parece que sí, mirábamos el fuego, el alcohol pasando de mano en mano a escondidas; en esa luz suave había mucha posibilidad. Mi deseo de que alguien se fijara en mí, aunque al mismo tiempo mi rechazo por ese deseo. Una adolescente “rarotonga” (como me decía mi hermana cariñosamente), ilusionada y expectante. En movimiento como el agua.
Pero el mar del Pacífico es frío y el agua en Tijuana está un poco contaminada. La playa en Tijuana no es como la de Río de Janeiro, siempre llena. Aquí la gente no sale de su casa en chanclas y una toalla para meterse a todas horas. Es agua marco, nos acompaña durante el día y su sonido está presente por la noche, pero es poca la gente que entra en ella. No es un mar metido en nuestra vida cotidiana, nos acompaña en los días húmedos, en la neblina que a veces invade nuestras mañanas, en la comida, en el olor, en los cambios de clima, en las caminatas por Playas de Tijuana. El agua siempre cerca, el marco de nuestra vida. Está presente en todos mis recuerdos.
Me fui muy chica de la frontera, pero siento que la llevé conmigo. Sin darme cuenta siempre he cargado una línea invisible que me divide. Una cicatriz latente que no desaparece, no solo es una marca, sino un dolor. En realidad, si lo miro todo está lleno de líneas, de diferencias que conviven contradictoriamente en casi todas las personas. Heriberto Yépez habla sobre la frontera no como un lugar de hibridación y convivencia, esa en donde se piensa que todo lo que existe en una frontera convive con alegría, sino como un lugar lleno de tensión y opuestos que se enfrentan. Me gusta esa mirada porque siento que la llevo en mi carácter, en mi manera de enfrentarme a casi todo lo que me encuentro. Y cuando me fui de mi ciudad, me llevé esa mirada conmigo. Una línea que separa mis contradicciones y que es parte de mi carácter.
Encontrarme en un lugar, después cambiar.
Cuando estoy en la tranquilidad necesito movimiento: si estoy demasiado conforme, busco cosas que me superen y sacudan. Cuando me conecto en un estilo, después quiero contrastarlo con otro muy distinto. Cada vez que escribo una canción quiero olvidar la que hice antes, porque la siento como una carga, algo que me puede hacer caer en la inercia.
Muchas veces me he preguntado si Tijuana es siempre el mismo lugar. Un lugar que me llama cuando sueño. Saboreo sus comidas, el acento de mi madre, de mis tías, el polvo que se ve por sus esquinas, las huellas de su uso y de su abandono. Y me encuentro con que después de irme, cuando pienso en mi lugar —¿cuál es ese lugar?— siempre imagino esta ciudad.

*Este texto, titulado originalmente «Urbana», es parte del libro «Norteña», publicado en 2026 por La Pollera Ediciones.






1 comentario en “Un bicho de ciudad”
Muy bueno lo publicado. Quedé con ganas de seguir leyendola, compartiendo sus hallazgos y territorios. La voy a buscar hasta que la encuentre!