Nunca son solo palabras.
“Porque una palabra es mucho más que aliento intangible. Se clava, corta, acaricia, roza. Duele, marca, borra y, sobre todo, ve”, escribe Alia Trabucco Zerán en Las otras (Lumen, 2026), su más reciente libro.
En los catorce ensayos que lo componen, la autora de Limpia (2022), Las homicidas (2019) y La resta (2014) invita a los lectores a acompañarla en sus preguntas, reticencias y reflexiones sobre el lenguaje, la memoria, el feminismo, la imaginación política y las disputas narrativas que han modelado nuestras sociedades. Disputas tan diversas como la necesidad de crear conceptos como crímenes de lesa humanidad y genocidio tras la Segunda Guerra Mundial; de incorporar el femenino para referirse a abogadas; del uso actual de la letra E o la X para un lenguaje más inclusivo; e incluso del silencio gritante. “Algunas palabras son más peligrosas que otras. Palabras inflamables, prohibidas. Pero no basta decirlas para que exploten. Solo el silencio, el nuestro, es capaz de detonarlas”, sostiene en uno de los textos que indaga sobre los prejuicios.
Y mientras el libro insiste en que las palabras no solo describen el mundo, sino que lo construyen, lo dañan y lo desafían, también termina revelando algo más íntimo: la propia relación de Alia con la escritura. Las palabras se alzan insomnes, dice ella en un momento. “De eso se trata, en ocasiones, el ejercicio de la escritura. De no saber, de zigzaguear, de divagar, de explorar, de dudar, de imaginar, de interrogar, de escuchar, de afirmar y de negar. Y muchas veces, también, de herir”, redacta en otro pasaje de la obra.
En total, se podría decir que Las otras fue un trabajo de más de una década. “Por ejemplo, comencé a juntar material para escribir el ensayo sobre la capacidad que tiene el lenguaje de herir el año 2012, cuando comenzaba a debatirse en Estados Unidos el tema de los trigger warnings (estos signos de advertencia surgidos originalmente para no revictimizar a personas al verse expuestos a determinados contenidos), pero el ensayo titulado ‘Advertencia: Solo palabras’ lo escribí el 2025, tras una decena de intentos fallidos y más o menos una veintena de libros leídos sobre ese tema que me sigue causando fascinación”, comenta la autora.
Recién entre 2024 y 2025 se percató de que entre los distintos ensayos había “un arco, una preocupación común sobre las palabras y su potencia o impotencia”, entendió que tenía un libro entre manos. “Entonces reescribí, actualicé, intervine, edité, expandí, acorté. Pero más de la mitad de los textos son inéditos y precisamente surgieron entre el 2024 y el 2025. El único que quedó intacto es el ensayo sobre el covid, que escribí el 2020, estando enferma, y que trasluce la urgencia y extrañeza de ese momento”, detalla.
Esa fricción abierta entre preguntas, contradicciones y vacilaciones es un motor del libro, que demuestra que las palabras no son inocentes: “La ‘soberanía’ para justificar muros, zanjas y expulsiones ilegales. La ‘patria’ para esbozar una fantasía de homogeneidad bajo supuesto peligro. El ‘orden’ como principio supremo tanto en lo económico como en lo policial.Y la “seguridad”: esa promesa nacida del temor en estos tiempos de incertidumbre”, escribe en uno de los ensayos.
No es casual que una de las pensadoras que atraviesa el libro sea Judith Butler, cuando se pregunta: “¿Podría el lenguaje herirnos si no fuéramos, en cierto sentido, seres lingüísticos, que necesitan del lenguaje para existir? ¿Es nuestra vulnerabilidad ante el lenguaje una consecuencia de nuestra propia constitución?”.
—Hay una idea muy instalada de que las palabras son solo palabras, o que ciertos conflictos (como los que hemos estado viendo en el gobierno de José Antonio Kast) son meramente comunicacionales. Sin embargo, tu libro parece situarse más cerca de la idea de Judith Butler. ¿Cómo dialogas con esa tensión? ¿Qué crees que se invisibiliza y/o se busca cuando se minimiza el poder de las palabras?
—Creo que la ultraderecha, y aquí incluyo al gobierno de Kast, tiene extremadamente claro que el poder de las palabras es inmenso. Hace poco me enteré de que ya se recomienda, dentro del propio gobierno, dejar de usar el llamado “lenguaje inclusivo” (me refiero al uso del masculino y femenino, por ejemplo, decir “chilenos y chilenas”, no a la “e”) y recomiendan usar en su lugar el “masculino genérico”, es decir, que las mujeres ahora seamos llamadas “chilenos”, lo que ya ha hecho Kast en sus discursos. Esto es algo que también hizo Milei y Trump, yendo incluso más allá al prohibir otros términos en instituciones gubernamentales, tales como raza o género o trans o aborto o crisis climática. La disputa lingüística es política. Ellos lo saben tan bien como yo. Por eso es tan preocupante cierto abandono discursivo de parte de algunas izquierdas que parecen haber olvidado precisamente eso: que la disputa lingüística y discursiva es clave para el presente y el futuro.
—Así como nosotrxs, también las palabras y las visiones del mundo y de los procesos cambian con el paso del tiempo. ¿Cómo lidiaste con eso durante esta publicación? ¿Cómo dialogaste con tus propias versiones pasadas al momento de reunir estos ensayos? ¿Hubo fricción, distancia, o más bien continuidad?
—Hubo dos textos en particular que reescribí en varias ocasiones. El ensayo sobre feminismo, cuya primera versión salió en pleno mayo feminista, el 2018, y una serie de ensayos sobre el proceso constituyente que salieron en ese momento y que no solo actualicé, sino que transformé y retrabajé no solo conforme a los tiempos, sino a nuevas inquietudes. En esos dos procesos hubo fricción, sin duda, sobre todo por el tono entusiasta que suena “raro” en un contexto de hecatombe como el actual, y sin embargo precisamente esa fricción fue lo que me pareció interesante trabajar: ¿de qué modo en ese pasado reciente hay un futuro que hoy parece imposible o impensable, cuando solo unos años atrás era aún el futuro? Esas torsiones temporales —que en el pasado pueda latir un lenguaje para el futuro o que en el presente no haya más que cerrazón— me siguen pareciendo extrañas e interesantes. Y el proceso en sí, desde luego, fue muy distinto que con una novela, pero no tan distinto de otro libro de ensayos como Las homicidas. Diría que aquí, al haber un conjunto pero a la vez textos que funcionan de manera autónoma, la dificultad fue trazar un orden y darle coherencia al conjunto.
—¿Cómo percibes las palabras que pasan por tu cuerpo hasta llegar a las manos de tus lectorxs, como yo y tantxs otrxs? ¿Qué lugar ocupa esa dimensión en tu escritura?
—La escritura es siempre un acto del cuerpo. No solo en el sentido más obvio: la mano que toma el lápiz, los dedos que presionan las teclas, la espalda que se tensa, la sed, los ojos resecos, la voz que lee o repite, sino en un sentido más profundo: el pensamiento que está aquí plasmado, las preguntas e ideas de un ensayo como Las otras, están situadas, son pensamiento sensible, encarnado. Y solo tiene sentido en la medida que otro ser humano, tú, por ejemplo, das cabida en tu propio cuerpo (que sostiene páginas, lee, pestañea) a esas ideas y sensaciones, a esas emociones e incomodidades, a esas palabras que entonces pasan a afectarte también. Un libro cerrado es un objeto, solo abierto hace lo que vino a hacer.
—En el libro parece haber una especie de “genealogía del lenguaje” entre tú, tu madre (la periodista Faride Zerán), tu hija y la escritura, la lectura y las palabras en general. ¿Qué se transmite ahí y qué necesariamente se pierde o se reinventa en ese tránsito?
—No lo sé. Tal vez se transmite un ritmo, un ímpetu, una melodía. Porque las palabras siempre cambian, el lenguaje está vivo, se transforma y nos transforma también, entonces es difícil definir o enmarcar lo que está vivo y fluye de manera más descontrolada y libre.
—Se suele decir que la lectura, como una brújula, nos abre los caminos a lo desconocido. Pero también el lenguaje hace eso, como dejas entrever en los ensayos en los que comenta, por ejemplo, el nacimiento de expresiones para definir el horror. ¿Qué caminos dirías que el lenguaje ha abierto en nuestra sociedad? ¿Y para ti, personalmente, como escritora?
—Todos los caminos. Realmente creo que el lenguaje nos constituye, nos define, nos transforma y puede también transformar aquello que nos rodea. Entonces la imaginación que contiene la literatura puede siempre ser germinal de algo impredecible. Por otro lado, a nivel muy concreto, las palabras pueden cobijar o herir, acoger o dañar. Y para mí, primero como lectora y después como escritora, el lenguaje es libertad. O potencia, tal vez.
—En uno de los ensayos te preguntas si la imaginación puede reemplazar o no la justicia. En otro, invitas no solo a tener memoria, sino hacerla. En ese cruce, ¿qué puede y qué no puede hacer la ficción? ¿Dónde ves su potencia política o ética, y dónde sus límites cuando se enfrenta a lo real?
—No estoy segura, son preguntas muy difíciles que prefiero no responder de manera abstracta para no generalizar ni aparentar saber más que lo que sé. Si tomo como ejemplo la literatura chilena de postdictadura y la comparo con la argentina, veo en la argentina un humor y desenfado que a mi juicio no es solo atribuible a un “carácter” nacional argentino, sino a un contexto: a lo que hizo la justicia argentina en los tribunales. La justicia chilena fue lenta y muchas veces inexistente. El dictador chileno murió en su cama, en su casa. El dictador argentino murió en la cárcel. Eso, es decir, lo que ocurre en la justicia, tal vez impactó a la literatura, donde en el caso chileno hubo decenas de libros testimoniales, reportajes, crónicas que parecían intentar “hacer justicia” allí donde la justicia no actuó. Y ahí hay un gesto político, pero también una trampa. Porque ese rol, ese “hacer”, corresponde a los tribunales y contiene un peso discursivo que la literatura puede intentar pero se le escapa entre los dedos. Y además es un rol que no se le puede forzar porque su terreno es el de la libertad, el de la creación, el de lo simbólico y no es “hacer” justicia. Es una reflexión a la que regreso porque las interacciones entre el derecho y la literatura son fascinantes. El último libro de Phlippe Sands, Londres 38, revela una serie de hechos políticos y de delitos gravísimos que en realidad deberían haber sido revelados por los tribunales y que solo han regresado a los tribunales entre quienes lo intentan silenciar.

—Pensando en el feminismo, tan presente en tu obra y, también, en algunos de los ensayos: ¿Cómo este ha tensionado tu relación con el lenguaje? ¿Sientes que ha abierto nuevas formas de nombrar, o también ha evidenciado límites en las formas en que veníamos narrando?
—Creo que ha abierto, una y otra vez, nuevas formas de nombrar, de interactuar, de relacionarnos y también de ver. Y que ha sido tal su impacto que hoy asistimos a una restauración muy violenta de formas discursivas patriarcales que parecían en desuso.
—Justo mientras leía tu libro pasé por el GAM y me encontré con un afiche que dice «cultura para crear, imaginar, inventar el futuro». Asociando esto a lo que planteas sobre el lenguaje, pero también al contexto actual, que ningunea la cultura en Chile: ¿Nos estamos quedando sin imaginación para pensar otras formas de futuro o la imaginación se está desplazando hacia otros lugares?
—Creo que a veces se asocia la imaginación exclusivamente al futuro, pero que a veces hay que buscarla también en el pasado e incluso en el presente. Hay imaginación en los nuevos usos de la letra “E”, hay imaginación en el borrador de constitución del 2022, hay imaginación en las nuevas corporalidades queer, hay imaginación en las organizaciones sociales que resurgen, la hay también en la literatura de inicios del siglo veinte o anterior y no solo en las distopías actuales.
—Relacionado con lo anterior, muchas batallas que se están dando hoy son, justamente, en el ámbito de la narración. Pero las que se suponen ser nuevas narrativas en verdad no proponen nada nuevo, solo borran los avances anteriores que, bajo su visión, eran retrocesos. Entonces, si no crea nada nuevo, solo borra, elimina, tacha… ¿Qué hace la política? ¿Qué tipo de operación está ocurriendo ahí?
—En la última década hemos sido testigos de la reaparición de feminismos que han desnaturalizado la violencia y el acoso sexual, que han interrogado el lenguaje con el que nombramos el mundo y que también han cuestionado el borramiento de las mujeres en todos los planos. Es decir, un feminismo que ha intentado reponer palabras como igualdad, cuidados, comunidad, entre tantas otras. Pero a la vez estamos atravesando jun restauración conservadora y autoritaria que no solo tiene como objetivo reponer un orden jerárquico y desigual en materia de género, sino, como indica Butler, restaurar estructuras raciales de sometimiento e incluso un ordenamiento colonial, hoy encarnado en el discurso y el actuar de Trump que es sumamente explícito, y en Chile en el actuar de Kast. En Las otras pienso en esta restauración desde varios ámbitos, incluso a partir de la acusación de “woke” a los progresismos y del intento por reponer en el lenguaje una “incorrección política” que parecía desplazada o expirada. Son viejos discursos que han encontrado mucha resonancia y que hoy avanzan peligrosamente intentando retrocesos en derechos para las mujeres y las disidencias, entre otros grupos. De allí que siga tan porfiadamente creyendo en la disputa discursiva.
—¿Cómo entiendes ese vínculo entre narración y poder político? ¿Qué lugar queda para la creación de sentidos realmente nuevos?
—No me preocupa especialmente lo “nuevo”, pero sí lo “otro”. Porque lo “nuevo” puede ser simplemente la acumulación de ciertas repeticiones y normas. Pienso en los modos de operar de la inteligencia artificial, que precisamente “aprende” a partir de la norma, lo que se repite y entonces la desviación queda fuera de ese aprendizaje y de lo que después “dice”. Es algo indudablemente “nuevo” y sin embargo profundamente viejo. Entonces la creación de sentidos “otros”, tal vez pase por seguir en busca de miradas y subjetividades capaces de urdir sentidos más allá de esa norma, más allá de lo visible e incluso de lo que parece posible.
—Finalmente, en el libro aparece la escritura como un ejercicio atravesado por el no saber, más que por la certeza. Eso dialoga con lo que plantea Juan Villoro, cuando dice (lo parafraseo) que escribe no porque sabe, sino porque quiere saber. En tu caso, ¿qué lugar ocupa la incomodidad en tu proceso?
—Hubo sobre todo un ensayo, el que cierra Las otras, que me enseñó algo muy importante y que no había entendido. Yo llevaba más de diez años queriendo escribir ese texto sobre los trigger warnings y la corrección política y no me sentía capaz de escribirlo, me trababa, porque no tenía una posición “clara”. Es decir, pretendía saber antes de escribir, resolver si estaba a favor o en contra, y solo después escribir un ensayo o acaso una diatriba convincente para los demás. Y lo cierto es que solo pude escribir ese texto asumiendo mi no saber, mis preguntas, mis vaivenes. Y eso, que me resultó tremendamente incómodo, fue también liberador. No salí de esa escritura “sabiendo” ni con una posición “clara”, sino que entendí que el pensamiento sucedía precisamente ahí, en la escritura, en la fricción, en las preguntas, en el propio ensayo. Ahora, que estoy otra vez perdida en la escritura de una ficción salpicada de ensayo, trato de decirme lo mismo: que escribo porque no sé, para descubrir, pensar, crear, imaginar, fugarme, tal vez. Lo que no quita que en otros ensayos sí sepa exactamente lo que quiero decir, como sucede con el ensayo “Mil imágenes y una palabra: Palestina”. El ensayo es un género que permite esos dobleces.
*Obs: Así como la autora, en Abismo también nos preguntamos constantemente por el lenguaje. Por eso decidimos realizar esta entrevista utilizando la X del lenguaje inclusivo, aun cuando, como ocurre con toda transformación lingüística, todavía estemos aprendiendo a habitarla.
FOTOGRAFÍA DE PORTADA DE LORENA PALAVICINO.





