Estoy de pie frente a la ventana de mi pieza y miro todo lo que se extiende ante mi vista. En primer plano me queda la camelia que, ahora que ha llegado la primavera, comienza a llenarse de rosetones fucsias; le siguen otros arbustos del patio, más allá el muro de la casa contigua, la casa de tablas azul profundo de la que a veces me invento historias, y finalmente, el cerro que termina de robarse mi atención.
Estoy de pie, entonces, frente a la ventana de mi pieza y miro el cerro que cierra el paisaje. No estoy segura de si pertenece al Parque Nacional Nonguén o es parte del cerro Caracol. En todo caso, no es importante. Es una elevación que tiene árboles en su falda, luego una especie de claro, hasta llegar a la cima cubierta de eucaliptos y algunos pinos. Es septiembre de 2025 y hace dos años y medio que vivo en Concepción, Chile.
Me extasío mirando ese cerro y de pronto es cualquier día anterior a 2023 y yo estoy en Rancho Mundito, en Cuba, observando desde el patio de la casa de mi abuela la loma en la que se alza el castillito, un antiguo fortín de piedra de los tiempos de la neocolonia, construido en plena década de 1940.

En la falda de la montaña hay una maraña de bejucos y palmas reales, luego una especie de claro, y finalmente la vegetación que apenas deja ver las ruinas. Tengo decenas de fotos de esa visual: en días nublados y en días con el cielo azul, limpísimo; en días de atardeceres suaves y con tonos rosas. Esa imagen, proyectada en mi mente, tiene el poder de tranquilizarme cuando estoy ansiosa, cuando estoy insomne, cuando necesito anclarme a algo conocido y familiar. Lo hizo en esos esos lunes de entrada al pase en el preuniversitario, en los que me sumergía en ella para poder conciliar el sueño. Y lo ha hecho tantas otras veces. Es una imagen bálsamo, una imagen puerto, una imagen hecha de tierra firme y troncos poderosos, que arropan, que consienten, que calman.
Salgo de ese ensimismamiento y vuelvo a este septiembre chileno. Cada vez que pase por la ventana abierta mi mente se confundirá durante algunos segundos. ¿Dónde estoy ahora? ¿Mirando hacia ese cerro en Concepción o contemplando por enésima vez la loma del castillito? Me daré cuenta, también, de que cada vez que necesite sentir el suelo bajo mis pies me pararé irremediablemente frente a esa ventana.
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Mi amiga Yaíma, cubana, trovadora, me contó de esa vez en 2018 que despertó en Mendoza, en medio de una gira que la llevaba por Argentina y Chile, y por un brevísimo lapso de tiempo no supo dónde se encontraba. Había cruzado la noche anterior la cordillera de los Andes de regreso de Santiago de Chile y habían sido días de tanto movimiento…
Imagino un desfase de la mente en esos casos, como si el cuerpo se desplazara primero y todo lo intangible después: el sentido de la orientación, los recuerdos, la capacidad de adaptarse, las emociones asociadas a los lugares. Todo va llegando de a poco, acumulándose en un cuerpo en tránsito. Como volver de un viaje interestelar. Como volver a asimilar la gravedad. Como si se hubiese viajado a millones de años luz de nuestro centro, de nuestro eje, de nuestro mismo ser. En escala de tiempo esos segundos son pocos, son efímeros. Una vuelve a sincronizar su sistema, su cuerpo y su mente. Pero ¿y si un día no? ¿y si finalmente quedara atrapada en ese limbo?
Quiero ponerle nombre a ese instante. Quiero pronunciar en voz alta esa palabra que designa la frontera entre el mundo de los sueños y la realidad. Investigo, leo. El sitio web de la clínica de la Universidad de Navarra me ilumina con “hipnopómpico”: el estado de transición entre el sueño y la vigilia que ocurre al despertar —si fuera al revés, si fuera el estado de tránsito entre la vigilia y el sueño, la puerta de entrada al dormir, sería “hipnagógico”—, y en el que pueden producirse alucinaciones, desorientación. La mayoría de las veces es algo común, otras, puede ser a raíz de estrés o trastornos del sueño.
Existe también ese fenómeno llamado desorientación espacial transitoria, producto de fatiga extrema. Leo que viajeros, turistas, migrantes pueden tener episodios parecidos. Leo que entre sus posibles causas está el hecho de que el cerebro guarda la memoria espacial de los lugares donde se ha estado anteriormente y, al despertar en nuevos entornos, la mente busca ubicar al cuerpo en los escenarios pasados.
A mí también me ha ocurrido después del sueño, pero no llego a superponer lugares. Esa transmutación me sobreviene siempre despierta, en el acto de contemplar. Noto que hay ahí una particularidad. A veces llega despacito y a veces es un chicotazo que alcanza a descolocarme. No encuentro, por ahora, un nombre específico. Quizás en eso radica su magia. En no poder nombrarse, en ese paladear lo desconocido y recibir en el cuerpo esa mezcla de nostalgia con curiosidad. Esa ola que te inunda de pronto y te lleva en un vértigo que contiene muchas cosas amalgamadas. ¿Soy presa de la desorientación? ¿Es solo una confusión pasajera? ¿Es casual o inconscientemente la ando buscando? Abraza tu niebla mental, me digo, ¡quién sabe qué mensajes trae con ella!
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Es viernes y camino rumbo a la carnicería Corral de Osorno en la esquina de Angol con Barros Arana. Bajé de la micro en la calle O`Higgins así que doblo en Angol, cruzo a la acera de enfrente y enfilo hacia mi objetivo. Noto un callejón hasta ahora desconocido y el edificio que me queda delante me trae recuerdos de otro sitio. Volteo para leer el nombre del callejón, Leonor Mascayano, y de repente ya no camino en Concepción, sola, hacia una carnicería, sino que estoy en Centro Habana, en alguna esquina de la calle San Miguel, que también podría ser Neptuno o Gervasio o San Rafael. Esas calles de aceras anchas y portalones que van de corrido entre las columnas gigantes de los edificios. Los edificios antiguos carcomidos por el salitre y la desidia. Los portalones que se aferran con su amplitud a un esplendor que ya nadie recuerda. La gente que va a destiempo, moviéndose como en una dimensión paralela a la ciudad añeja, al borde de la desmemoria. ¿Por qué estoy pensando en esto?
Regresaré a mirar con detenimiento esa esquina unos días después: es ese edificio de estilo ecléctico, con sus ventanales rectangulares, el trabajo de herrería en las rejas, ese edificio rayado por grafitis, gris y manchado. Ese edificio como desnudo, ese edificio de comienzos del siglo XX, ese edificio con una cafetería en los bajos que aquí se llama Tokio y que en La Habana pudiera ser La Guarida o Paladar San Cristóbal, el que me transporta de cuajo a otra ciudad. Es ese toldo rojo en la cafetería. Es esa gente que aguarda un bocado al paso. Es este caminar a destiempo. ¿Será por eso que casi puedo oler la brisa del mar?
Envuelta en esta niebla llego a la carnicería y la tengo todavía cuando compro y salgo y me adentro ahora en Barros Arana, en dirección a la plaza Independencia de Concepción. Cuando se viaja —ni qué decir cuando se emigra— no solo viaja el cuerpo, sino un entramado de afectos e historias pasadas, una cartografía de lugares recorridos que se proyectan en los nuevos afectos y en los nuevos lugares. Es por eso me digo, no es locura, ni tampoco tienes el don de la ubicuidad.
Así vamos yo y mi pensamiento durante dos cuadras y, cuando paso la calle Rengo, otra desorientación me sobreviene. Hay un café en el interior de un complejo de construcciones con el nombre Remodelación del Edificio Catedral, hace unos pocos días yo esperaba en otro costado, el que da al fondo de la Fuente Alemana y del Marbella, y me había fijado en ese local de mesas puestas hacia afuera y que ahora veo desde otro ángulo. Un espacio abierto entre edificaciones tapizadas en diminutos mosaicos azules, casi un patio interior, unas mesas dispuestas para el café, para la conversación, el encuentro. Solo que ahora, desde esta perspectiva, Concepción vuelve a mutar y se transforma en Córdoba, la de Argentina, y yo vuelvo a la calle Dean Funes y busco otra vez la librería Libros El Espejo para comprar El género negro, de Mempo Giardinelli. Esa parte de la calle Dean Funes que tiene la extrañeza de duplicarse, un trozo de calle que se bifurca, partido en dos por locales comerciales, pero que se nombra igual de un lado y del otro. Ahora, quizás, entiendo el porqué del nombre de la librería.
Y entonces aquí, parada en Barros Arana, entorpeciendo el tránsito de los caminantes, no lo asocio, pero en cuanto me siente a escribir más tarde recordaré que cuando estuve en Córdoba, durante un febrero asfixiante, el centro de esa ciudad me hacía pensar que estaba en Camagüey, y otra vez en Cuba.
Del centro de Córdoba con su manzana Jesuítica del siglo XVII, con esos monasterios levantados en rocas, con esas plazas de un tono entre el naranja y el ocre, al centro mismo de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey. De vuelta a la plaza de El Carmen, una explanada resguardada en cuadrilátero por otras edificaciones, la iglesia de fachada color mamey, esa plaza con los mismos tonos entre el ocre y el naranja.
Durante ese febrero, para referirme a Córdoba, el primer nombre que me venía a la lengua era ese, Camagüey. En ese momento no le di mucha importancia. Ahora casi puedo trazar la línea de sentido: Barros Arana, Dean Funes, Camagüey. Concepción. Córdoba. Cuba. Como si pudiera en efecto, trasladarme de un sitio a otro sin moverme. Empiezo a regodearme en esta sensación.


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En julio de 2025 cursé un taller sobre escritura y migración. Era común que en los ejercicios de escritura aparecieran estas escenas donde un lugar remitía a otro, como si la vida fuera ese constante habitar de mundos paralelos. Quizás porque aprendemos a convivir con lo nuevo basado en lo que ya conocemos, porque las cosas no existen si no es en relación a otras cosas. Porque así duele menos la distancia. Para combatir, con la persistencia, el olvido.
La profesora dice que este recurso retórico se llama proyección de lugar y que es común en las escrituras migrantes porque es común entre las personas que migran. Hay algo como de magia en ese poder estar —y no estar— en varios sitios al mismo tiempo. Desde esa tarde de julio comienzo a tomar notas de todas las veces que recuerdo que me ha pasado.
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La voluntad de autoconocimiento me lleva más lejos: no es solo con los lugares. Me doy cuenta de que también proyecto con las personas: encuentro parecidos en mis amigas de la universidad con mis amigas del preuniversitario, en las amigas y amigos que vinieron después con esas anteriores. Hay patrones específicos de personalidad que veo que se repiten en otras. La manera de sonreír, algunos gestos que asemejan facciones conocidas. La manera de enfrentar una determinada situación. La entonación, incluso, de algunas frases. Incluso la forma de voltear la mirada.
Lo hago también con las comidas: llegando a Chile una mermelada de higos me llevó a los boniatillos con regusto a limón que hacía mi abuela cuando yo era niña. Me sucede también con algunos olores. Durante algunos años usamos en mi casa algunos productos de la marca Heno de Pravia: un jabón verde oliva, una colonia de tapa amarilla. Luego desaparecieron del mercado cubano. Hace poco entro al baño de una amiga, aquí, en Concepción y uso su jabón de manos, blanco lechoso. Le pregunto cuál es. Que uno de esos del super dice, que el Ballerina de lavanda, ese. Me extasío en ese aroma que para mí es Heno de Pravia. Olor a infancia. Poderoso olor.
Superpongo otras experiencias, sí, solo que con los lugares es más evidente y mucho más continuo.
Cuando lo conocí, Valparaíso me llevó a la bohemia de La Habana. Esos colores por todas partes. Ese olor mezcla de salitre y humanidad. Esa energía vital que desborda. Esa ciudad que no duerme. Justo como La Habana de mi universidad.
Hace poco una calle de Talcahuano me empujó a la calle Belascoain, también en la capital cubana. Algo había de construcciones decadentes y escombros rozando la acera. Algo de Puerto Fuy me recordó este mismo julio a Topes de Collantes, que está en el centro de Cuba. El clima de montaña, las vías que se abren en lo alto, el verde intenso que se desparrama en el paisaje. El olor del viento filtrado por los árboles.


Otra vez, en la ciudad de Paraná, juré estar caminando por Santa Clara. Por las veredas estrechas de aquel tramo, las casas pareadas y sin portal, recortadas contra un mediodía de mucho sol y tráfico en una avenida secundaria.
Salí de Cuba en 2023 y he visto un poco de Chile y Argentina. Es la memoria afectiva la que me hace encontrar parecidos con lo que yo conozco. Me consuelo en eso. No estás loca, me digo. Ni tampoco, recuerda, tienes el don de la ubicuidad. Hay quien proyectará su propia cartografía. ¿Se tratará de esto el duelo migratorio? Es la nostalgia, me digo. Debe ser eso, pero ¿y si vivir fuera un perpetuo atravesar de portales de tiempo y de espacio?
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Termino de escribir esto en la Caleta Grande de Cocholgüe, en el territorio que abarca el gran Concepción. Desde aquí escucho el golpear de las olas contra las rocas. Puedo ver el mar también. Hoy que hay un sol más bien tímido, tiene un azul grisáceo. Ya es abril de 2026. Regresé hace poco de un viaje a Cuba. Para ser honesta con el autoconocimiento debo decir que no, que al revés no me pasa: no tuve ni una desorientación espacial en cinco meses. Pero ya que estoy de vuelta, he empezado a proyectar en mi mente, cada tanto, la imagen de la loma del castillito.
Y ahora que estoy frente al mar, debo apuntar otra cosa: hay algo, eso sí, que no he logrado encontrar nunca en este sur del mundo. Con el mar no. Con el mar no me pasa. El Pacífico nunca me ha recordado a los mares de Cuba.
*FOTOGRAFÍAS DE MAIRYN ARTEAGA DÍAZ






2 comentarios en “Persistencia de los lugares”
💛✨💛
Hermoso relato…
Nunca emigré, pero sí me ha pasado, al volver de un viaje, de despertarme en medio de la noche y quedarme por segundos tratando de entender cómo llegué a mi casa, si yo estaba en otro lugar…
Mi mamá usaba el jabón Heno de Pravia y, si tengo la suerte de encontrar uno hoy día, olerlo con los ojos cerrados es un viaje a la infancia. También soy de asociar a personas del presente con las del pasado, como si mis amigas de la infancia o adolescencia tuvieran su versión en la actualidad.
Y me ha pasado de ir a lugares por primera vez y sentir que llegaba a un hogar conocido, como por ejemplo en Potosí, Quito, y Valparaíso… Recuerdo cuando fui por primera vez a Valparaíso, me generó una nostalgia de mundos que aún no conocía pero que sabía que estaban en algún lugar, como La Habana.
Viajé con tu texto. Y viajé por Latinoamérica, que es un hogar dentro del cual caben muchos hogares, y por el que siempre siento mucha nostalgia. Nostalgia de los países que me enamoraron y de los que aún no conozco, nostalgia de los pasados un poco más amables que supimos tener y de un futuro anhelado, nostalgias de un sentir latinoamericano que se reconoce en las calles de sus distintas ciudades y que espero no desaparezca, más bien se fortalezca.
Como dije al principio, nunca emigré, y entiendo que ese es otro sentimiento, pero tu texto me transportó y despertó todos estos pensamientos y sensaciones. Pienso que si me tocara emigrar, desearía que fuera a un país hermano, en donde pudiéramos toparnos con esos portales que mencionás, pasadizos mágicos.