Bajó del cerro Monjas a comprar con unas luquitas en el bolsillo. Dio una vuelta a la plaza, mirando de reojo hacia los grupos vestidos con ropa deportiva, que fumaban y escuchaban reguetón. Buscó el contacto visual de cualquiera, pero ninguno respondió al hilo tirante de sus ojos. Hasta que un chiquillo en bicicleta le hizo un gesto con la mano, de barrer el aire con una cucharita. Ella negó. Él se llevó el pulgar y el índice apretados a los labios, aspirando aire. Ella asintió. Se acercaron. ¿Un gramo? Tengo cuatro mil. Y concluyó la transacción.
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