En la ciudad y los campos chilenos, durante años se celebró un ritual para despedir a los niños y las niñas que morían tempranamente. Se le conoció como el velorio del angelito. Un símbolo del Chile profundo y remoto que hoy revive, a partir del hallazgo de dos trajes con alas, en el Museo de la Iglesia San Francisco.
A fines de los 90, Manuel Concha tenía poco más de veinte años y regresaba del Cusco luego de cursar una beca de formación para restauradores de Latinoamérica. Como esa beca había sido patrocinada por la Orden Franciscana, volvió a trabajar en el inventario y el catálogo del Museo de la Iglesia de San Francisco, en el corazón de la Alameda. Estaba revisando una cajonería —ciento por ciento de caoba— del siglo XIX que estaba en la sacristía y en donde se guardaban los textiles litúrgicos cuando encontró unos trajes de angelito, hechos de seda, adornados con pedrería y bisutería, que contaban además con un par de alas. El hallazgo le provocó un subidón de adrenalina y supo de inmediato a qué correspondían esos vestuarios.
Lo sabía porque a mediados de los ochenta, en los días en que vacacionaba en la casa de su abuela, en la provincia de Cardenal Caro, Manuel fue a la casa de su tío, quien era el carpintero del pueblo de La Estrella. Con apenas ocho años, le sorprendió verlo en plena faena, labrando unas tablitas que luego pintó de blanco y, más tarde, adquirieron la forma de un pequeño ataúd. «Mi tío me dijo que era para un niño que había muerto hacía poco. Recuerdo que al día siguiente acompañé a mis padres al velorio y vi al angelito sentado, con un traje muy parecido al que años más tarde encontré en la cajonería de la sacristía».
Conocido como el velorio del angelito, esta práctica funeraria destinada a los niños que morían a temprana edad fue traída por los españoles a América en los días de la conquista. Pero fue precisamente a fines del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX cuando se convirtió en un ritual recurrente en nuestro país, a consecuencia del crecimiento de la población y los problemas sanitarios que derivaron en altas tasas de mortandad infantil.
El ritual tenía una doble finalidad. Por un lado, ayudar a que el angelito llegara de manera pronta al cielo. Por lo mismo, en estos velorios estaba prohibido llorar, ya que las lágrimas derramadas mojaban las alas del angelito, impidiéndole alzar el vuelo. Por otro lado, era la forma que tenían las familias o la comunidad de elevar a Dios su acción de gracias por haberles bendecido con un angelito, un ser libre de pecado, quien los cuidaría desde el cielo.
Treinta y cinco años después del día en que Manuel Concha encontró esos trajes en la sacristía, volvió a trabajar como restaurador al Museo de la Iglesia San Francisco y una de las primeras cosas que hizo fue revisar si aún seguían existiendo esos trajes de angelito. Encontró tres, dos de ellos en muy buen estado. Entonces, junto al equipo del museo, comenzó a investigar si había piezas parecidas en otras casas franciscanas, en otras iglesias y museos.
—Ahí nos dimos cuenta de que este conjunto de piezas es único, no existe otro igual. El hecho de que estuvieran guardados en la cajonería de la sacristía también ayudó a su conservación. Son trajes que pertencieron a la orden o a alguna comunidad afín y que eran facilitados para que las familias que habían perdido a una hija o a un hijo y que no contaban con los medios para comprar o confeccionar un traje pudieran usarlos en los velorios. Las estimaciones que hemos hecho es que esos trajes datan de fines del siglo XVIII. Y de acuerdo a las medidas, fueron hechos para niños o niñas de entre dos y cuatro años.
El hallazgo de esos trajes y la existencia de una pintura que detalla un velorio del angelito, los llevó a pensar en la posibilidad de exponer estos materiales a la comunidad. Y luego de hacer una investigación conjunta con la Escuela de Historia de la Universidad Finis Terrae y recopilar otras piezas afines montaron la muestra «Un último arrullo», que se presenta en la sala Guardianía del Museo San Francisco y que estará abierta a público hasta el 17 de enero de 2026.
El canto a lo divino
En el sitio Memoria Chilena se detalla que la denominación de angelito era dada a los niños que fallecían antes de cumplir los tres años, aunque en ocasiones la práctica se ejecutaba con niños de hasta siete años. La ceremonia en cuestión se articulaba a partir «del constante rezo del rosario y cánticos piadosos, acompañado de cena de medianoche, ingesta de licor conocido como ‘gloriao’ (nombre que dice relación con la gloria del niño al ir al cielo), y quema de incienso».
Había también una mesa de los santos, donde eran dispuestas distintas imágenes religiosas. Además, se prendía una sola vela rodeada de flores blancas, y se construía un altar donde, muchas veces, se instalaba el cadáver del niño muerto disfrazado como ángel: vestido con una túnica blanca adornada con lazos celestes y, algunas veces, con unas alitas para ayudarle en su viaje celestial. «En ocasiones se instala el cuerpo del niño sentado o de pie, con las manitos juntas apretando un ramo de flores blancas. La jornada es acompañada de rezos, cánticos y, ocasionalmente, un baile conocido como balambo», dice el sitio.
Así, confluían en esta celebración la devoción popular, la religiosidad, la poesía y el canto. De hecho, entendiendo que no se podía llorar, los cantores a lo divino jugaban un rol fundamental como una forma de aplacar el dolor con su arte, pero también para allanar el camino del angelito en su viaje al cielo. Inspiradas en las sagradas escrituras, los cantores no solo tenían por objeto atenuar la tristeza con su canto, también buscaban que los deudos y la comunidad toda abrazara la experiencia de la muerte de manera mucho más amigable y fraterna.


—Lo que busca el cantor a lo divino es dar consuelo a través de la música y de la poesía, pero siempre con doctrina —cuenta María Jesús Rodríguez (36), cantora a lo divino—. Con el mayor de los respetos, el consuelo que puede brindarse en una prédica no tiene la misma fuerza que el que ofrece el cantor, porque gracias al canto y a la poesía ese consuelo llega al alma de la madre. Y cuando hablo de la doctrina, quiero decir que en los versos uno le explica a la madre que hay otra vida, que está la gloria, que está el cielo, y que este angelito que asciende va a poder hacer algo por la familia desde un plano mucho más potente, desde la vida eterna.
En ocasiones se daban cita más de un cantor a lo divino y entre todos «animaban» el velorio. Dentro de los fundamentos del canto había dos tipos de versos clave —cada uno tenía una estructura de cuatro décimas y una despedida—: el por salutación y el por despedimento.
—El hombre campesino es muy respetuoso, por lo que cuando un cantor o cantora a lo divino llegaba a cantar en un velorio lo primero que hacía era saludar. Saludaba a todo y a todos porque, al fin y al cabo, estaba entrando en un terreno muy íntimo. Entonces podía decir: ¡Saludo a la hermosa mesa de diferentes colores, saludo al arco de flores de los pies a la cabeza! Esos versos por salutación duraban cuatro décimas y una despedida. Y al final se cantaba el verso por despedimento, que es el que canta el angelito por boca del cantor, y, como su nombre lo dice, es la despedida del angelito antes de iniciar su camino al cielo —cuenta María Jesús.
De cine y literatura
En la película Largo viaje, del director chileno Patricio Kaulen, se recrea un velorio del angelito. Estrenada en 1967, cuenta la historia de un niño que tras la muerte de su hermano recién nacido, recorre los barrios pobres de Santiago con las alitas de cartón que se le desprendieron durante el velatorio a su hermanito muerto.
En el velorio, a falta de un cantor hay tres, el vino y la comida sobran, y hasta cueca bailan, mientras las mujeres mayores se ocupan de los rezos y los niños participan del ceremonial comunitario. Desde un pequeño altar, sentado en una silla, está el angelito con su traje y sus alas atrayendo las miradas. En un momento, con la tristeza viva, el niño le pregunta a su abuelo por qué su hermanito no se quedó, por qué se fue. Y él le responde «porque tenía que irse pal cielo». «Como los angelitos», inquiere el niño. «Claro, como los angelitos». «¿Y cómo se va ir pal cielo?». «Pa eso tiene sus alitas», contesta el abuelo.
Por lo mismo, el niño correrá por las calles de Santiago con las alitas a cuestas con la intención de devolvérselas a su hermanito muerto para que pueda llegar al cielo.
Así como el cine, la literatura también tomó como motivo inspiracional este rito del Chile profundo. Mariano Latorre ambienta parte de la trama de la novela «Zurzulita» (1920) en un velorio de angelito en medio del campo chileno; en tanto Baldomero Lillo, célebre por sus cuentos referidos al oficio del minero, publicará, el mismo año, un cuento que lleva por nombre «El angelito». En él, hace una descripción del traje que resulta muy similar a los que están expuestos en la muestra «El último arrullo». Dice así: «Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, encima de la blanca mortaja, adornada con cuentas de vidrio, cintas y dibujos hechos con finas hojas de papel metálico llamado esmalte. Aunque la tela por el prolongado uso ostentaba un tinte amarillento, la funeraria prenda era el orgullo de El Chispa y la admiración de todos por la verdad y riqueza de sus ornamentos».
Tal como se señala en el libro/catálogo de la muestra «Un último arrullo», acorde a este relato «la utilización de un traje distinto con el que era velado el infante en su casa, y que era propiedad de un tercero (fuera este un individuo o una comunidad), estaba asociado a una tradición que cayó en desuso a finales del siglo XIX, junto con las prohibiciones en torno al arriendo y exhibición de cadáveres infantiles con fines comerciales». Cito el cuento de Lillo: «Cuando moría en la montaña un niño de corta edad, sus padres lo llevaban a casa del El Chispa, quien mediante el pago de algunas monedas quedaba dueño del cadáver hasta el instante del entierro, que tenía lugar tres o cuatro días después del fallecimiento».
Y se agrega un dato que fue confirmado, en 1896, por el belga Gustave Verniory, autor de «Diez años en la Araucanía», en relación a que al día siguiente de la celebración en la casa, los padres «para recuperar los gastos, arrendarán el muertito, a un cantinero que organizará una nueva velada».
La muestra
En el libro/catálogo de la muestra hay una descripción acabada de los dos trajes hallados en la sacristía: «Entre sus similitudes podemos señalar su fabricación a mano en seda tipo satén y tafetán color crema, forrados con algodón, estilo similar al imperio, pero con el talle alargado. En dicha confección se observa el aprovechamiento al máximo de los materiales más costosos, como la tela exterior, empleando retazos, paneles y diferentes telas para darles forma. En ambos casos los corpiños están entallados y pinzados; las faldas son de media pierna, paneladas, plisadas en el delantero y fruncidas en la espalda y con un ruedo amplio con mayor volumen en la cola, para acentuar una cintura angosta».
Si bien la muestra «Un último arrullo» tiene en los trajes un foco importante, a ellos se suma el hallazgo de un cuadro que registra el mismo ritual. Encontrado en las dependencias del propio convento franciscano, es una pintura que data del año 1846, obra del pintor quiteño Antonio Ávila, avecindado en ese entonces en Chile. Seguramente por encargo, Ávila retrató el cuerpo sin vida de Juan Franco Sánchez Fresno, quien falleció el 6 de mayo de 1846, a la edad de ocho meses, según reza una inscripción manuscrita que se ubica al costado izquierdo de la tela.


—Teniendo los trajes y la pintura, lo que tratamos de montar como muestra fue la atmósfera de un velorio de angelito. De alguna, manera quisimos que quien visite la muestra tenga la sensación de que entra a la habitación donde es velado el niño —explica Manuel Concha—. Tenemos además una sillita de paja que debe tener al menos cien años, ¿quién nos dice que en esa misma sillita no pudo haber sido usada en un velorio de angelito? Agregamos también una imagen tipo de la Virgen, que solía usarse en estos rituales, y los candelabros funerarios de convento. También está en exhibición una cámara minutera que era la que se ocupaba en ese entonces, en los inicios de la fotografía para retratar a los angelitos, y junto a ella varias fotografías que nos compartieron personas que participaron alguna vez de estas ceremonias. Los asistentes podrán ver también un bracero, alrededor del cual se ubicaban las personas para capear el frío nocturno.
Pero, volviendo a los trajes, ¿cuál es el origen de ellos?, ¿cómo llegaron a la cajonería de la sacristía donde los encontró el restaurador Manuel Concha? La respuesta está dada en las consideraciones finales de la investigación conjunta del equipo del Museo San Francisco y la Escuela de Historia de la Universidad Finis Terrae: «Si bien el convento de la Alameda no cumplía todas las funciones propias de una parroquia, sí se han documentado extensos entierros de nonatos y neonatos en la zona de influencia franciscana en La Cañada, como el cementerio de infantes descubierto bajo el presbiterio de la antigua Iglesia de San Diego, al costado del Archivo Bello de la Universidad de Chile. Por tanto, es muy posible que sean las comunidades religiosas asociadas a San Francisco las responsables del origen de estas piezas».
La misma investigación, impresa en el libro/catálogo de la muestra agrega: «Estos trajes corresponden a objetos que no fueron diseñados para ser observados en una vitrina, muy por el contrario, son el último arrullo de una familia que despide a sus hijos, y los transfigura –mediante puntadas, cantos, caldos y baratijas– en el ángel que responderá sus plegarias».
Un último arrullo que, tal como dijo Violeta Parra, consumará el vuelo final de esa criatura pura e inocente:
Ya se va para los cielos
ese querido angelito
a rogar por sus abuelos
por sus padres y hermanitos.
Cuando se muera la carne
el alma busca su sitio
adentro de una amapola
o dentro de un pajarito.





