La agenda telefónica permanece en su puesto inamovible: a la derecha de la puerta de la entrada de la casa, sobre un mueble que aún sostiene el viejo teléfono gris de botones redondos, entregado por la extinta Compañía de Teléfonos de Chile, la CTC. En el mismo lugar descansan las Páginas Amarillas, que llegaban a cada vivienda del barrio con una infinidad de números que prometían solucionar problemas domésticos, desde destapadores de cañerías hasta el control de plagas imprevistas. El tiempo llenó sus páginas de nombres, direcciones, fechas, mensajes breves y de polvo. Está atiborrada de letras manuscritas trazadas con lápiz de distintos colores de tinta –negro, azul, rojo, verde–, de líneas gruesas hechas con lápices scripto o, incluso, con un plumón.
Esta libreta guardó una escritura cotidiana y apurada que, quizás, nunca pensó en ser leída. Como el recado escrito una tarde de un año indefinido, posterior a los 90, por Ana de las Mercedes Muñoz Álvarez para Daniel Darío Sepúlveda Bórquez: Pon la tetera, viejo chico, feo y lacho.
Su autora usó una página completa de la agenda y, posiblemente, la dejó sobre la mesa del comedor, donde él no pudiera ignorarla. El mensaje revelaba desavenencias acumuladas en sus casi 50 años de matrimonio, pero que, por ningún motivo, evitarían que tomaran once más allá de las 19:00 horas. Se sentarían en la mesa redonda, extensible para ocasiones festivas, y habitual refugio del gato de pelaje gris sedoso que solía mostrar su desagrado orinando a los visitantes no bienvenidos por debajo de la misma mesa. La once fue un hecho, y se repetiría cada día al ritmo de las manecillas del reloj análogo colgado en la pared principal de la casa. O, quizás, marcada por una carrera de caballos escuchada por la radio a pilas, en la que se apostaban los sueños de recuperar el doble de lo que la vida quitaba al terminar cada mes.
El mensaje se redactó en la casa de la calle Cochamó 814, Villa Robert Kennedy, Estación Central. Número de teléfono fijo: 7412400. Página 146.
***
Ana de las Mercedes no conoció el celular. En cambio, cuando escuchaba sonar el teléfono, corría desde alguna de las habitaciones hasta la entrada de la casa, de piso único, intentando llegar antes de que cortaran al otro lado de la línea. Si no alcanzaba, se quedaba allí unos minutos, esperando que insistieran. O gritaba:
—¡Contesta, viejo!
Pero de haberse quedado junto al aparato, con lápiz en mano, enfocaba la mirada a través de sus lentes gruesos para anotar algún recado que le dejaban: Llamar a Alicia o Llamar al nuevo número de casa de Daniel. O, también, alguno que no se podía pasar por alto: Ante cualquier cosa, llamar a FONO VIDA.
Dejar un recado escrito esperando que devolvieran la llamada era compartir el deseo de ser escuchado por otro; y la agenda telefónica, el lugar donde ese deseo se volvía palabra. Era, además, la vía más directa para transmitir los mensajes de llamadas de larga distancia que tenían prisa de llegar a su destinatario cuando no existía la instantaneidad que trajo el Internet en las aplicaciones para los celulares.
Durante los años 90, era frecuente que las casas contaran con un número de teléfono fijo. Esta lo tuvo desde 1988 hasta 2022: 34 años que quedaron escritos a mano en la agenda telefónica. Al finalizar ese año, y saliendo de una pandemia que hizo fundamental la comunicación a distancia, la Subsecretaría de Telecomunicaciones registró 1.210.507 teléfonos fijos en la Región Metropolitana. Sin embargo, el descenso que venía experimentando se siguió profundizando: desde esa fecha hasta marzo del año que corre, 269.322 teléfonos se dieron de baja y ya no superan el millón de artefactos.
***
En las páginas de la agenda hay esbozos de las primeras letras de una niña que recién aprendía a tomar el lápiz para escribir una y otra vez P – P – P PAM – PAME – PAMELA y su número de teléfono. O con la misma reiteración las palabras LUCHA LIBRE – LUCHA LIBRE – LUCHA LIBRE revelando su gusto por el programa noventero que transmitía La Red y, años más tarde, Chilevisión. También se cuela la letra estirada y frágil de un matrimonio envejecido, apuntando el contacto de quien les vendía los pañales para adultos, nombres de medicamentos y fechas de citas médicas.
¿Fue el primer intento de escritura de esa niña?
¿Fue también el último gesto manuscrito de esos abuelos?
***
Flor de Gorbea
Isabel Mankeo Urdiles, viuda de Orlando Álvarez. Vive en Quepe. Eduardo Robles, de Pitrufquén.
Tola, de Peñaflor.
Lidia Muñoz, de Llolleo.
En la agenda quedó trazada la historia de vida de una familia nacida por la migración campo-ciudad, a mediados del siglo XX. Ana de las Mercedes venía del campo de la zona central, de Cuncumén, una localidad rural pequeñita de la comuna de San Antonio, en Valparaíso. Allí trabajaban junto a su hermana Teodora Álvarez Muñoz, en el balneario de Santo Domingo, conocido por ser el sector donde veraneaban las familias santiaguinas de clases acomodadas. Con el canasto lleno de humitas aún tibias, se paseaban de punta a punta por la playa ofreciendo el sabor a choclo de la temporada.
Daniel Darío, en cambio, venía de tierras sureñas. Acostumbrado al frío de campo silvestre, creció en una casa de madera desde donde podía ver el volcán Villarrica. Gorbea y Pitrufquén, que en mapudungun significa “lugar de cenizas”, fueron los pueblos más cercanos al campo donde nació, en La Araucanía. Allí sintió estremecerse la tierra con el movimiento telúrico más grande en la historia de este país austral: el de 1960. Los siguientes, en marzo de 1985 y febrero de 2010, los vivió en la misma casa desde la que luego llamaría, ya en Santiago, a sus hermanas del sur.
Ambos llegaron a Santiago a trabajar: Ana de las Mercedes como trabajadora de casa particular y Daniel Darío como experto en trámites y papeleos de todo tipo en el Instituto de Salud Pública. Y aunque después de 30 años de trabajo se jubilaron, nunca realmente dejaron de hacerlo.
Transcurrían los años 70 y al matrimonio le entregaron un terreno en la comuna de Estación Central, al que le faltaba todo por hacer para que se convirtiera en una casa. Allí criaron a tres hijos. Pasó la dictadura, las largas filas para conseguir alimentos en la villa, las juntas clandestinas en la casa para jugar dominó por las tardes, las fiestas de toque a toque y llegó la democracia. La agenda llegó en esa fecha junto con el nuevo teléfono de la CTC.

En la villa, que por entonces comenzaba a poblarse, otras viviendas se construían lentamente en los patios de las casas principales. “Una platita extra”, dirían, “nunca viene mal”. Así, donde alguna vez hubo árboles frutales y patos criados en una piscina infantil, se impuso el cemento. Eran piezas estrechas, habitadas por familias jóvenes que esperaban el subsidio para sus propias casas, por estudiantes universitarios o por trabajadores. Una estudiante de La Ligua y su hermano cursaron toda su carrera en la Universidad de Santiago –casa de estudios pública ubicada en la misma comuna de Estación Central–, mientras vivían en una de esas pequeñas viviendas, construida por Daniel Darío. Y como esa casa no tenía línea telefónica, iban a la casa de adelante para recibir o hacer llamadas. En la agenda también quedaron registrados sus números:
Teléfono de los arrendatarios Yanina Fuenzalida
José Fuenzalida
Yonathan Arancibia, arrendatario
***
La agenda telefónica:
Un registro donde se depositan algunas de las incontables palabras que constituyen a cada persona.
Un archivo elocuente de quienes vivieron en una casa.
Un mapa sutil de afectos, de impostergables, de labores cotidianas. La posibilidad de un reencuentro.
***
La casa de Ana de las Mercedes y Daniel Darío se construyó con la sabiduría de quienes repararon las urgencias que aparecían en momentos inesperados o cuando la falla ya no podía esperar más. Todos fueron anotados por el reconocimiento al oficio al que dedicaron sus horas: Germán, el de las puertas; Pedro, el jardinero; Sergio, el soldador; Jaime, el de las luminarias. Pero también dejaron registrada la manera de nombrar que se hacía costumbre en el saludo cotidiano a través de la reja, cuando iban a la feria o llamaban a la parentela.
Óscar, el casero de los zapatos. Comadre Luz.
Consuegra Nora.
Señora Iris, llamar por los perros vagos. Consultorio de Chuchunco, ambulancia.
Los mensajes hacían que la llamada siguiera en movimiento. De lo contrario, Daniel Darío no habría seguido las instrucciones, anotadas con detalle, para visitar a José, un personaje del que la agenda no entrega más información, pero al que en dos ocasiones se indica cómo llegar a su residencia.
Ir por Pajaritos hasta Portales. Doblar en Portales hacia la derecha hasta calle Galaxia. Doblar una cuadra a la derecha de San José.
En la vejez de su matrimonio, ambos apuntaron reiterados contactos de hospitales, doctores, fechas de radioterapias. Un cáncer a la próstata se alojó en el cuerpo de Daniel. Las biopsias están listas, anotó en la agenda después de recibir una llamada sobre el examen de sus tejidos que fueron muestreados. También quedó registrado en sus páginas el momento en que solo uno de los dos empezó a contestar el teléfono y a poblar este ayudamemoria con su letra manuscrita.
Señor Daniel Navarrete, de los pañales de adulto. Número Hospital San Borja de Arriarán.
Número Hospital del Profesor.
Número Laboratorio Hospital Clínico UC. Patricia, la enfermera.
Número Parque del Sendero.
***
Después de 30 años, la niña que ensayaba sus primeras palabras, ahora una mujer, encontró la agenda telefónica. Su lectura la llenó de preguntas. Reconoció que cada uno de esos números significó un fragmento de la historia de sus abuelos, a quienes dejó de ver hace 20 años, cuando la enfermedad se los llevó lentamente, uno a uno. Vivieron más de siete décadas, migraron de región, construyeron una casa y tuvieron descendencia. Gracias a eso, ella estaba ahí, frente a esas hojas amarillentas. Las dudas le abrían la puerta a un mundo de otra época: otra forma de comunicarse, otros tipos de encuentros.
¿Quién vivía en la calle Galaxia?
¿Quién era la viuda que vivía en Quepe?
¿Germán, el de las puertas, qué puerta arregló en la casa?
¿En qué época llamaron a un jardinero? ¿Cuál fue la nueva imagen del jardín?
¿En qué momento de su vida anotaron los contactos que tenían que ver con su muerte?
Hojeó una y otra vez las páginas, sabiendo que los escritos guardaban algo más: como si, al tirar del hilo de un número de contacto, pudiera recuperarse una realidad que amenaza con desvanecerse. Eran apenas unas pocas palabras, pero aludían, nombraban y, al hacerlo, le devolvían un lugar a esa existencia.
***
La niña que alguna vez practicó sus primeras letras en la agenda telefónica, ahora una mujer, quiso saberlo todo sobre ese cuadernillo de apuntes. Se inscribió en un taller que se dictaría por primera vez, llamado ¿Qué historias cuenta tu archivo?, parte de las actividades de la Semana Internacional del Archivo. Una mañana lluviosa de la segunda semana de junio, salió de su casa con la curiosidad de quien está a punto de descubrir algo nuevo. Quizás la distancia con la que ahora miraba esa agenda la impulsaba a entender cómo había sido la vida de sus antecesores. Quería adentrarse en los recovecos de las pequeñas historias escondidas entre esos contactos y recados telefónicos que despertaban en su mente voces, imágenes y diálogos. Como un destello, volvió a ver a esa niña tomando el lápiz con fuerza para redondear las letras hasta convertirlas en una palabra. Y, también, cuando nadie podía, contestando el viejo teléfono de la CTC. Ese que todavía estaba allí, pero ya desconectado.
Llegó hasta el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, donde el equipo de Archivo esperaba en el subsuelo del edificio. Se notaba cierta preocupación: quizás no llegarían todos los anotados dada la intensidad de los chubascos de las últimas horas, en una ciudad no acostumbrada a ellos. Sin embargo, los que llegaron lo hicieron con la quietud de quienes buscaban algo más que refugio.
Alrededor de un mesón, cada participante presentó sus archivos. Ella acomodó la agenda telefónica junto a cartas, fotografías, un casete y la ecografía de un primer hijo. Dio el contexto de la agenda: el lugar del encuentro, las caligrafías que convergían en sus páginas, el antecedente de una familia que llegó en el siglo pasado a la ciudad a trabajar, las huellas de la escritura de una niña que notó una mujer.
Las monitoras revisaron sus hojas amarillentas y el lomo del encuadernado ya un poco desarmado. Una de ellas advirtió las manchas café oscuro estampadas en las esquinas inferiores de cada hoja, reflejo del movimiento de los dedos que durante tanto tiempo hicieron pasar las hojas. Se llevó los suyos a la punta de la lengua, insinuando que tal vez así, con un toque de saliva para darle fluidez, la grasa de la piel se transfirió al papel con cada roce al buscar un número o un espacio para escribir uno nuevo, desafiando el orden alfabético que imponía la propia agenda.


Le dieron posibilidades para repararla, pero también le dijeron algo importante: el deterioro tiene valor. Y quizá era necesario aprender a cuidar lo que ya estaba roto, buscando solo conservarlo. Le entregaron un manual para la preservación de archivos personales, donde se enseñaba a identificar la mejor herramienta para limpiarlos sin dañarlos. Ella deslizó una esponjita blanca por cada una de las hojas, sacando el polvo adherido al papel añoso. Le recordaron, por sobre todo, que en cada gesto de cuidado de su archivo también se escribía una historia mayor.
Al regresar a su casa, aprovechando una pausa que dio la lluvia esa mañana, anotó en un papel las medidas 22 de ancho x 16 de largo que tomó en la sesión del taller, junto con la nueva dirección del lugar donde ahora descansaría la agenda. Lo colocó en la primera página y la guardó entre sus libros.
El mensaje se redactó en el departamento 23A, de la Avenida Ejército Libertador 460, Barrio Ejército, Santiago. Año 2025. Sin número de teléfono fijo.
*Este texto fue finalista de la segunda edición del Premio Nuevas Plumas y puede ser encontrado en el libro homónimo de Berrinche Ediciones, con otras 14 crónicas.





