Mientras me seco el pelo, escucho la prueba de sonido; ya sé que hoy los artistas sorpresa serán Jowell y Randy. Vivo cerca del Estadio Nacional. Me encamino al concierto junto a mi amiga Lissette. Compramos las entradas hace meses. Las vestimentas de los asistentes son full Caribe o Isla de Pascua Style. Con flores plásticas en el pelo, ellas; la pava o sombrero jíbaro, ellos. Todos los Benitos pululan en medio de la oferta y festín del souvenir para no olvidar que allí algo sucederá. Puestos de stickers, imanes para el refrigerador, almohadones para los perros de la casa, servicio de trenzado y glitter, venta de parasoles de papel, abanicos. Pósters con Benito vestido a lo urbano, a lo cowboy, con gafas de trapero, con falda y escote en la espalda, vestido como mujer con tetas grandes, con sólo boxer y su notorio bulto, o con un recatado estilo salsero. La cervezas en lata, las poleras y cintillos piratas con logos de Debí Tirar Mas Fotos y del disco anterior Un Verano Sin Ti, abren paso a stands con marcos de fotos donde poner el rostro y dar cuenta que se estuvo aquí, justo abajo de las banderas y lienzos de Bancos y socios comerciales que atiborraron todo el frontis de este ex Centro de Detención, y Tortura, también Centro Deportivo, llamado Estadio Nacional Martínez Ocacio, perdón, digo Julio Martínez Prádanos. Cosas que pasan en el ce-ache-í.

El Conejo inaugura su 2026 en Santiago de Chile con salsa, bomba, plena, trap y reggaetón, justo luego de haber cerrado ocho fechas seguidas en Ciudad de México y abuenarse con J Balvin. Dos de las capitales latinoamericanas que más lo escuchan y conocen su trayectoria. Llegó en su avión privado, tirándole fotos al cielo rosado de Santiago, en un clima social y político de smog, incandescencia, agotamiento y cautela. Aterriza justo cuando la derecha y el fascismo local se sabe poderoso e impune: acaban de ganar las votaciones presidenciales con un alemán pinochetista, hijo de nazi y de apellido Kast. Con un Currículum Vitae más corto que el de Benito, el alemán pro Trump espejea algo de lo que hoy también se vive en Puerto Rico: la desconfianza profunda en las instituciones, una lucidez crítica respecto el poder, pero también una suerte de inacción comunitaria al vernos encajonados -allá y acá- en políticas que no le pertenecen al pueblo.
Al concierto venimos arrastrando todas las violencias posibles que la clase baja y media acumula. Y compartiendo la misma falta de aire, el pituco, la pelolaís, los cuicos de turno estrenan trencitas y bronceado veraniego. Los chilenos menos privilegiados y con conciencia social, aquellos que participamos del llamado Estallido Social de octubre del 2019, vemos en este artista urbano a un ‘cabro’ parecido a nosotros. Uno que participó de las protestas contra la corrupción de Ricky Roselló en julio del mismo año, en la Isla del Encanto. Aparecía como un ciudadano enfundado en cuello de tortuga y gafas de soldador futurista, levantando la bandera independentista junto a Residente, Ricky Martin, Ile y Dj Sinsuela. Un joven que, un año mas tarde lanzaría “Yo perreo sola” un single medianamente feminista y medianamente oportunista que le otorgó la categoría de “aliado”, “disidente”, “queer”. Estas dos últimas a mi parecer, son un poco mucho. Y escribí de eso aquí. Lo cito porque lo han usado mil: hasta Cazzú, para representar una mirada crítica sobre este hito musical.
A esta franja de 40º de calor, muy actualizada con la vida política, amorosa y musical del astro, llega BadBo para sostener la fiesta y la nostalgia de la generación pokemona y post, antes llamada el “futuro de Chile”. Ese que no llegó, pero que sí aconteció en la vida endeudada de estudiantes y adultos en formato reggaetón, como una cultura, estilo y práctica que alcanza a rozar la alegría y la evasión. Con el progreso atrasado y el perreo siempre a punto, el público se apostó para recibir a Young Cister, cantante chileno y telonero de la jornada, así como a la banda Chuwi, que abrieron los 30 shows del conejo en su Residencia en el Choliseo de PR y ahora su gira latinoamericana; misma performance que terminará en Bruselas antes del fin de año.
El Sol del Caribe
Brilla en mitad del escenario, tras haber aparecido por una escotilla automática. El griterío de 60 mil personas reverbera cuadras a la redonda. La rabia, el estress, la angustia, el cansancio, las horas de viaje de quienes vienen de regiones, las pellejerías personales y emocionales, todas juntas y revueltas se cuelan entre el humo, los focos de colores, y esta gigantesca y horizontal pantalla LED que simula la estética de una ‘movie’ de antaño. La imagen viene sostenida por Los Sobrinos, la banda de salsa, además de los crespos perfectos de un Bad Bunny cada vez más grande, más corpulento y más serio que la última vez. Lo veo como un punto y coma al borde del infinito, allá lejísimos. En realidad no veo casi nada. A saltos de coja, atisbo un resplandor y pienso, si acaso de eso se va tratar todo esto: de alcanzar a captar una huella de este instante esperado por meses, de este presente mínimo e irrelevante en la vida del cantante, pero que para la prole que estamos aquí es bastante significativo.
La última vez, lo contemplé aquí mismo, con su gira Un Verano Sin Ti World Hottest Tour (2022) volando por los aires en una isla plástica tecnicolor. Esta casi-adultez no lo apaga, no consigue anclarle en la sobriedad; lo que facilita su vigencia y el repliegue de las emociones propias y ajenas. Su encantamiento que nos hace perder el dominio sobre nuestra cadera y pies; parte la orquesta y vamos actualizando los primeros aprendizajes corporales que nos entregó la sociabilidad infantil. Aprendimos a bailar salsa con nuestras madres, tías y primas, quizá unos pocos padres. Enseñanzas que venían con consejos y promesas inclumplidas como el mérito, el sacrificio, la familia y la seguridad social, que este Chile descentrado y sin proyección, no supo atajar. Me sacude su entrada a escena. Es imposible no recordar el fulgor dorado de Michael Jackson de la gira Dangerous (1992-1993) –cuando Benito no había ni nacido– o del History World Tour (1996-1997). Esta es una cita luminiscente mas no sonora, que el rugido de los asistentes corrobora. Estamos ante el soberano de perreo, hoy reconocido por Revista Forbes (2023) como el rey del pop, con reggaetón y dembow. Lo que dio pie a una duda, una sospecha y un excelente punchline de “Nueva yol” hit del disco DTMF, que vinimos a gozar.
Aferrados al presente estamos los oficinistas, estudiantes, profesores, ingenieros, cuerpo médico, ladrones internacionales, traficantes, cesantes e influencers. Todos los aquí congregados configuramos la caja de resonancia del capitalismo, pero también la caja acústica de esta música del Caribe que amamos. Estamos aquí, padeciendo las piromanías de las empresas y de los soltados israelitas que vienen de vacaciones, mientras se nos quema el Biobío y la Patagonia argentina. Estamos aquí, al fondo a la derecha de ese continente llamado Latinoamérica, para corear canciones y dotarlas de un horizonte de sentido, con este “calor de respeto”, como bien describió el Sapo Concho.

Victor y Violeta
“El mejor de la nueva porque se crió en la vieja” proclama de sí mismo. Y la puesta en escena en efecto es vieja. Pero más vieja que la Old School del perreo. Se parece más bien a la de nuestro abuelos con ternos a lo oversize o a lo “heredado”. Pareciera mirarnos directo tras esas gafas de gángster o piloto pichicateado a lo Héctor Lavoe; los lentes de ese tío que se pinteaba para las fotos familiares y así, emperifollado era repasado y admirado en extensos álbumes rumeados fiesta tras fiesta. A punta de rulos engominados y dos aritos colgantes, la cosmética de este Adonis logra dar paso al mensaje.
Los Sobrinos, nos hacen saber que no andan de accesorio, sino que ellos escriben y envían la postal política: en específico su cuatrista José Eduardo Santana, quien homenajeó y tocó los acordes de “El derecho de vivir en Paz” de Victor Jara, “Gracias a la Vida” de Violeta Parra y “Te recuerdo amanda” de Jara, consecutivamente y en cada jornada. Emocionados hasta las lágrimas, quienes perdimos hace unas semanas ante el fascismo, intentamos contenernos. Les reconocemos como emisarios de un pueblo hermano en anhelos y opresiones. La música emerge como una expresión universal de la solidaridad y memoria colectiva, esa difícil de posturear. Siendo este gesto, uno que definitivamente engrandeció la propuesta y presentación de Benito. Pues si bien DTMF recupera y difunde a más no poder su música tradicional, éstos ritmos conviven, dialogan y abren paso a los himnos y tonadas que han forjado el carácter y la historia reciente de esta nación. Canciones que señalan la herida abierta de este patio trasero de EE.UU., que indican esa herida mal tratada y encarpetada como el pasto donde tarde, mal y nunca se juega fútbol. La hierba y juego que está bajo nuestros pies.
La aflicción familiar y la del desamor, se agita y canta en los mismos asientos desde donde muchos de los veinteañeros rebeldes de los 70’s y 80’s desaparecieron. Esta noche ex pokemones, ex pingüinos de la revolución dosmilera, ex flaites wuachiturros y fashion, además de unos pocos recién llegados, resignificamos “lo popular”, la rebeldía y la juventud. Aquellas fuerzas que le competen al pueblo y que se cruzan en un espectáculo comercial, masivo y producto de una eficiente estrategia de marketing. Pero nosotros, somos capaces de dialogar críticamente con todo esto, sin ingenuidad. La audiencia es activa y demandante con el Conejo.
La fiebre académica
Hoy por hoy, vivimos una fiebre intelectual y editorial sobre Bad Bunny desde, al menos, los últimos dos años. ¿De dónde sale tanto fan académico de este tipo? Este oportunismo conlleva al menos una ceguera y una trampa. La ceguera de creer que a través de su figura podemos explicarnos un mundo inaccesible incluso para el puertorriqueño. Así como la trampa de creer que es posible una explicación volviéndole una especie de dios de la disidencia, la resistencia y el subdesarrollo.
Le escribo a Susana Vargas Cervantes, profesora de Carleton University en Canadá e investigadora mexicana que escribió “Service Top, Bad Bunny: Mirando la estrella sin telescopio”, de las primeras que levantó texto y clases en pregrado sobre Benito. “En Canadá, cuando empecé a dar la clase llamada “Bad Bunny: descolonización, goce y resistencia”, que fue en 2022, muchos de mis estudiantes no lo conocían. Yo le doy clases a muchos estudiantes de China, Japón, Corea; a muchos estudiantes musulmanes también y no lo conocen. Un día, un estudiante escribió un ensayo al final que me pareció muy bonito, dijo: ‘Ay, yo, de tanto ver reggaetón en TikTok, pensé que era algo súper mainstream. Pero ahora me doy cuenta que es un movimiento político latinoamericano de autodeterminación’. Ahora todos se volvieron fans de Bad Bunny. Para la Palestinian Feminist Collective, el storytelling es una manera de resistencia. Entonces ellxs hilaron sobre cómo contar su historia desde el joy como resistencia e hicieron sus papers sobre este nuevo lazo de sur a sur: entre Palestina, Puerto Rico y Latinoamérica en general. Después también empiezan a aprender y llegan, por ejemplo, a Residente”. Me cuenta Susana.
En mi experiencia trabajando con adolescentes, me ha pasado más o menos, lo mismo. Por eso no puedo pasar por alto de que estamos hablamos de un hombre blanco nacido en el Caribe marrón; por lo pronto, heterosexual y uno que luego de ser “aliado”, igual llenó su escenario de la “casita” de mujeres jovencísimas con ojos saltones y faldas cortas. Mientras tanto, él se sienta en un peldaño y nos entrega una pantalla con vista a sus culos y piernas depiladas.
La figura de este ícono, desde esa perspectiva, también permite cierto blanqueamiento de la marginalidad y resistencia latinoamericana, caldo de cultivo para el onanismo y cierta deshonestidad intelectual. Precisamente porque el Benito reponedor de supermercado, jamás habría sido escuchado o interpretado, si no fuera por su extrema cercanía con el poder hegemónico e imperialista –Kardashians de por medio– y a su vez, por haber desertado de la misma Universidad. Por favor, reparemos en esto: este ídolo popular aprendió lo necesario y abandonó la academia para mejorar la fórmula del “ser quién es”. No le sirvió para más. Por eso le agradece a su público cautivo y fiel, a través de los géneros musicales con los que ha experimentado. Nos agradece por seguir aquí, a pesar de todas sus incoherencias, errores y groserías, disculpando y acompañando su transformación y progresiva madurez. Nos agradece por bancarlo en su complejidad, desidia, contradicciones y notorio vaciamiento emocional. Da las gracias mientras se entristece, a la par que se forra en shows y regalías. En el caso de Martínez Ocasio, no se trata de parecer sensible o emo. O de ser signo Piscis, como explica su astrológica fanáticada. Se trata de que ese nivel de exposición no es gratuito, tiene un costo altísimo. Sus erráticas decisiones así nos lo confirman.
El carácter del disco DTMF es también paradójico: apela a su biografía personal y a la historia de su pueblo. Se declara independentista, pero utiliza los mecanismos y plataformas globales e imperiales del mercado digital. Es anticolonial, sí; pero su tour exacerba la dependencia a los mecanismos de dominación de EE.UU. El disco y el personaje, en consecuencia, son hijos de su época pero que, no obstante, permiten correr la cortina del jolgorio y descubrir con crudeza que la historia del reggaetón es también una historia colonial. Una de resistencia política y policial, de migración, de trabajo forzado e informal. Bad Bunny vive y viene de una isla que es colonia gringa y que, por tanto, no puede decidir sobre sus propias políticas y administraciones internas. Viene de un archipiélago anexado bajo un poder que lo usa bajo un sentido extractivista y que irrespeta la historia local, los derechos adquiridos y las relaciones de cada comunidad y su territorio. De un poder que hoy incluso, se pasa por buena parte el derecho internacional.

Voy a llevarte pa’ PR
Hace algunas semanas, el 3 de enero, Trump bombardeó Venezuela y secuestró a su dictador Nicolás Maduro bajo el pretexto del resguardo de la democracia. Acá, la mayoría de la población migrante salió a festejar a lo grande a las calles y espacios públicos de la capital. En una euforia cercana a los mundiales de fútbol, donde alguien le gana a un otro, sin saber –o sabiéndolo soterradamente– que con esa intervención, su soberanía sería brutalmente pisoteada y sus recursos naturales saqueados. Así, el segundo gobierno del personaje naranja, llevaba el mismo “mensaje de Paz” que Israel lleva a Gaza. Para mi sorpresa y angustia de corazón reggaetonero, la más alta constelación de estrellas del perreo celebraron la intervención colonial, olvidándose de lo que ellos mismo han vivido en la Isla. Han celebrando el sometimiento de otros hermanos latinoamericanos, ya no a manos de su propia gente, sino a manos de un imperio que devora lo que encuentra: petróleo, comunidades, cuerpos y vidas que nada tienen que pagar ni deben. Corrí sólo con mis dedos a buscar a Residente y a Bad Bunny. Pero nada. Un silencio digital que, estoy segura, muchos avizoramos como una mala noticia, una desorientación de la brújula social y una pronta descomposición y crisis de su fan base. ¿A dónde quedaron los rebeldes y anticoloniales de la música urbana?
Además de su paso por Santiago, Bad Bunny será el artista principal del espectáculo del medio tiempo del Super Bowl LX el próximo 8 de febrero de 2026, lo que marca un momento histórico al ser el primer artista latino e hispanohablante encabezando este evento de alcance global. Su designación se convirtió en un punto de tensión política en Estados Unidos: Bad Bunny ha sido crítico abierto de las políticas de Donald Trump y de las redadas de inmigración del gobierno estadounidense, incluso ha evitado fechas de su gira por el territorio continental. Precisamente por temor a que agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) pudieran apuntar a sus fans indocumentados, además de criticar sus políticas migratorias en numerosas entrevistas y producciones artísticas. Recientemente se han visto posters del Sapo Concho, con consignas contra ICE como “Fuck ICE” y “Chinga la Migra”. Trump por su parte, no ha escatimado en criticar al conejo malo y a Green Day, artistas que compartirán el evento y ha declarado: “Estoy en contra de ellos. Creo que es una pésima elección. Lo único que hace es sembrar odio. Terrible”.
Sobre esta situación y desde PR, Nene Ghetto, historiador de reggaetón, género y sexualidad me señala: “Ayer aprobaron un proyecto de legislación que criminaliza el aborto y que pone en riesgo a las mujeres. Puerto Rico, ahora mismo, es una de las pocas jurisdicciones en todo Estados Unidos donde el aborto sigue siendo un derecho por ley. Sin embargo, la administración actual es demasiado pro Trump. Tanto así que han bienvenido la re-militarización de nuestro archipiélago, poniéndonos a nosotros en una posición vulnerable junto a nuestros compañeros y hermanos en patria de Venezuela y de Cuba. Esto está muy complejo. Y Bad Bunny no ha hablado sobre la militarización, no ha hablado sobre los ataques a la comunidad LGBT+. No ha hablado sobre los ataques anti-inmigrantes, fuera de no querer el hacer tour de DTMF en EE.UU. No ha hablado sobre los ataques a las mujeres, ni de lo que está pasando en Palestina fuera de una sola entrevista en Dubai (…) Hoy, básicamente ha dejado de abogar por las comunidades y pues, como dice Paulo Freire, cuando habla de “seductividad”… de que cuando tú te aproximas al poder, a la élite, ese poder causa que personas disidentes que caen en fama, terminen aguando sus mensajes, traicionando las causas que los llevó a ese lugar primeramente. Entonces, vemos que su mensaje de justicia social tiende a disminuir. Algunas personas verán su participación en el Half Time Show como un acto político. Y sí, lo es. Pero tampoco podemos ignorar de que su silencio en otros asuntos de importancia para su fanaticada en Puerto Rico –yo incluído– puede ser también una respuesta a los intereses que se mueven detrás de la música”.
120 o sin desplante no hay divo
El concierto de inicio a fin es sobre-estimulante, con información a borbotones, brinca de emoción tras otra y nos permite pequeños espacios de silencio donde el público se manifiesta mostrando sus pancartas, declarándole amor, registrando el momento, riéndo y también limpiándose las lágrimas. En uno de esos intervalos, la fanaticada eminentemente masculina pidió “120”, el hit trapero de su disco “El último tour del mundo” (2020), generándose un alto y ausencia por al menos 10 minutos. Fue bastante incómodo.
Martínez Ocasio se negó (con el dedo incluso) ante la petición. Detuvo a Los Pleneros de la Cresta –quienes ya habían comenzado a tocar “Café con Ron”–, mientras los chilenos hacían gala de lo que mejor sabe hacer: exigir. “Sí se puede”, agregaron. No sé por qué este momento no fue sorteado con maestría, pudiendo haber cantado a capella un par de frases y listo. Pero no. Martínez mantuvo silencio, el público se expresó, entró y se apagó la casita. Encendiéndose nuevamente el escenario principal. Sin él aparecer, lanzó al Estadio al silencio abismal de las pantallas. La pista de “Ojitos lindos” comenzó a sonar y todo el público presente la cantó a viva voz en un karaoke improvisado pero poderoso. Mis pelitos lo confirmaron. Por la mitad del hit, apareció con nuevo outfit. Aún así el público no lo insultó ni pifeo. Le permitió el desdén y menosprecio. Se lo aceptó porque aquí lo quieren. Pero todos fuimos conscientes de que asistimos a ver un espectáculo musical, más no una la gala de su temperamento. Ahora, tengo que reconocer que me gusta la idea de que un artista le ponga límites a su público, pero más me gusta la idea de un público empoderado respecto de la obra de un artista, pues en esa voluntad reinterpreta su repertorio y la narrativa de la noche, como también su relación con el Conejo Malo. ¿No se trataba el disco DTMF de respetar cuando se estaba en casa ajena? ¿De tomar una posición contra la dominación del poderoso? Ahora, ¿por qué Chile pidió esa canción y no otra?
Por ti me monto en el carro y meto ciento veinte
si me dice’ qué quiere’ de frente
me está’ tentando, tú ere’ una serpiente
psíquica, te metiste en mi mente (eh, eh)
por ti me voy en contra de la corriente (ah)
(…) ¿Bajarle yo? Nah, nunca se me va a ocurrir (no)
Bad Bunny en una pista e’ un Bugatti en un carril (uh-uh)
Es otra canción de automóvil, más. Una dedicada a una mujer a la que se desea pero no se ama o, al menos, no se le reconoce. Un tema que tampoco fue un himno, sino que operó como traslape entre la edad del conejo trapero y el reggaetonero, una canción que no viajó en su correspondiente tour por Latinoamérica, pero que, sin embargo, Chile ha atesorado en las niñeces y masculinidades de su público más joven. Ese que la coreó mientras aún estaba en la escuela. “120” representa un momento de su carrera que coincidió con la mayoría de edad de muchos varones presentes. Por eso, este impasse de Benito sigue siendo materia de discusión en las redes sociales, donde nos han caído las penas del infierno a los asistentes, e incluso se ha ninguneado a nuestra propia historia de música local. Simplemente por una canción que el boricua no supo sortear y por esta evidente convivencia de dos espíritus desde un origen: este es un concierto de resistencia en clave ultra-pop y bailable que anhela restituir un tejido social agotado, pero que –paralelamente– nos espeta un dejo antisocial y caprichoso colindante con una vanidad que solo el rey midas del perreo puede permitirse. Ese mismo que denunció la gentrificación caribeña y que nos trajo de tour su propia casita, posándose en mitad de la cancha –el sector más económico– donde ninguno de los ahí presentes tenemos siquiera acceso a nuestra casita propia.
Un perreo sucio en la casita
Bailo, canto y pienso lo que estoy viendo y sintiendo. Tengo al frente esta casa rosada con amarillo. Es una casa de muñecas caribeñas, una casa-escenario que forma parte del segundo respiro de su show, en el epicentro mismo de “lo popular” y “la calle”. Ahí las jóvenes se derriten en pilares y fricciones, para que Benito las mire a través de nuevos lentes de sol. Ojalá las toque o bien, sean enfocadas por sus cámaras y pantallas HD. La mayoría de las montadas ahí son influencers y las que no, lo parecen. Los menos, son músicos de cada país que asisten a “hangear” pero no a cantar. Chente Ydrach -el podcastero y standapero boricua- se preguntaba por qué no habían invitado a la casita a veteranos del género. Junto a su equipo conversaron y concordaron en que hay personas que invitas a cantar y otros, a los que simplemente llevas para mostrarse. La Junta, el programa de youtube/televisión de la productora High tiene un lema similar “Hay amigos para invitar a la tele y otros, para invitar a la casa”.
La casita, además de ser el símbolo de una denuncia social, es también una vitrina de popularidad y belleza hegemónica. Denuncia todo aquello que es norma y que está en peligro, así como aquello que se debe asegurar: el territorio, la juventud y la belleza femenina. Encarna el placer de habitar un espacio propio ante un sistema que engulle y acelera la destrucción de aquellas estéticas, valores y prácticas que son integradas por el capitalismo. La casita ha causado revuelo buscando democratizar el acceso al artista, que no sean siempre los más pudientes quienes estén cerca. Bad Bunny elige el techo de esta casa-escenografía para volcarse al perreo violento y con ello, hacer saltar por los aires cualquier posibilidad de seguir anotando ideas en mi celular.
No obstante, en ese afán de democratización, persiste el privilegio. Estamos cerca de él, pero no estamos en la casita. Vamos de visita en su show, a su casa, pero estamos del otro lado de la reja, sólo podemos entrar en su “intimidad” si Dios lo pelmite. Escuchamos la intro de “Safaera” con Jowell y Randy, y la convención de pokemones echa abajo el lugar. Bad Bunny se toca la entrepierna y afirma insistentemente sus shorts deportivos, extiende sus brazos mientras sujeta un vaso de plástico rojo –uno de fiesta gringa– y perrea solo, frente a la galería con ese empuje que limita al norte con el sexo con ropa y al sur, con un estadio completo. Cada movimiento hondo de su pelvis es celebrado con delirio. No sólo por ellas, también por ellos. Escucho muchas veces unos “te amo”, “cásate conmigo”, “mijito rico”, de los varones que llegaron de la mano o agarrados a las cintura de las chiquillas regias; de esos personajes invariablemente machos con trajes deportivos. El poder y la gloria masculina es altamente sexy para los cabros del trap que se identifican con él. Zigzageantemente aparecen en pantalla los rostros de las jóvenes que bailan a la entrada de la casita. La competencia por la atención se sigue del mejor rostro de calentura de la temporada. A mi, esto –quiero aclararlo– no me da vergüenza ajena. Más bien, lo celebro. Es de ese tipo de gestos del mismo y auténtico autor que entona el “si tu novio no mama el culo, pa’ eso que no mame”. Eminente clase de sexualidad consentida, generosa y justa para las estrechas mentes y esfuerzos de los varones latinoamericanos.

Una escuelita de música urbana
PR atraviesa hoy una disputa cultural profunda: mientras las comunidades luchan por el reconocimiento del reggaetón como Patrimonio Nacional –con más libros en español, cátedras universitarias, líneas de investigación y enseñanza escolar–, el alcalde Miguel A. Romero junto a Jowell, impulsa una escuela estadista del reggaetón. Un proyecto que promete “sacar a las juventudes de la calle” y profesionalizarlas en producción, composición y artes. Pero ¿no es acaso “la calle” el territorio originario del reggaetón?
La experiencia chilena con las “Escuelas de Rock” muestra cómo la institucionalización puede respaldar lo tradiciónal, pero también puede neutralizar la emergencia política del género. ¿Hasta qué punto una escuela de reggaetón, creada bajo políticas pro Trump, no traiciona su propia raiz? Más aún cuando artistas como Jowell, Randy, Baby Rasta y Gringo, J Álvarez, J Quiles, Anuel AA o Nicky Jam se han sentado a la mesa de ese poder que sostiene políticas anti-migrantes, anti-negros, anti-LGBT y anti-mujeres. Mismas comunidades que han sostenido sus carreras.
En esa perspectiva, una escuela nacida desde el borramiento histórico y el blanqueamiento moral del perreo se parece más a un nuevo dispositivo de censura, heredero del “Clean Lyrics” que en los 90’s persiguió al Underground. No es casual que el reggaetón dominante se vuelva cada vez más conservador, pro-estadidad y anti-feminista, cuando su ascendiente fue rebelde, disidente y anti-imperialista. Investigadores, mixtapes y barrios lo confirman.
No me pierdo: que Bad Bunny invite a Jowell y Randy es, sin duda, un hito. Un junte histórico que revela admiración, memoria generacional y una contradicción compartida: gozamos a los creadores del perreo sutro, que hoy estarían alineados con el colonialismo. En ese gesto reaparecen cuerpos, cabelleras escarmenadas, cámaras con flash colgando del cuello e himnos coreados por identidades normalizadas por la adultez. Así supimos que, juntos, seguimos saliendo a la calle finos y elegantes: no como sinónimos, sino como santo y seña.
El que perdiendo, gana
El contexto internacional de este tour está nublado por demandas legales que caen sobre el artista. La primera refiere a la misma “Casita” cuya construcción fue inspirada en la vivienda real de Román Carrasco de 84 años, oriundo de Humacao, quien alegó el uso indebido de su imagen, haber tenido una compensación injusta, la firma de contratos sin saber leer y todos los daños que conlleva el turismo concentrado en el frontis de residencia familiar. Su demanda fue por 6 millones de dólares y está en plena tramitación.
Pronto, en los días que llegaba a Santiago, Bad Bunny recibió una nueva demanda. Esta vez por 16 millones de dólares por parte de Tainaly Serrano, quien es la autora y voz de la frase “Mira puñeta, no me quiten el perreo” quien alegó el uso no consentido de su voz, habiendo sido registrado en una nota de Whatsapp y siendo utilizada sin su permiso en “EeO” (DTMF, 2025) y en “Sólo de mi” (X100pre, 2018). Y que alcancé a registrar.
Pero este tipo de situaciones no son noticia para BadBo. Hace apenas tres años su ex novia Carliz de la Cruz, la destinataria de la mayoría de sus canciones de desamor, lo demandó por 40 millones de dólares; también por el uso no autorizado de su voz con su frase “Bad Bunny Baby” en el single “Pa ti” (2017) y “2mil16” (Un Verano Sin Ti, 2022). Frase que habría grabado en el baño de una casa, pensándola para las canciones de un inicio de Benito, en plena era de Soundcloud, cuando las regalías eran aún inexistentes.
A esto, sumémosle un gran hito legal en el género urbano: la denuncia del 2022 que interpuso la rapera Missy Eliot por el uso no autorizado del sample de su hit “Get Ur Freak On” que fue la columna vertebral del éxito “Safaera” del Conejo. Demanda que hoy lo tiene cobrando apenas el 1% de las regalías, compartiéndolo junto a Jowell y Randy, y su equipo.
Pero Benito está aquí perreando feliz, tranquilo. Estamos bien. No se le mueve un crespo, ni pestañea. Con el sosiego de quien monta un show de casi tres horas comiendo chicle y dándose los gustos antes mencionados, pienso en la serenidad de quien amasa lo suficiente para que la ley no le toque o que, si le toca, no tenga los efectos devastadores que ejerce sobre los mortales. Así el panorama, su relato sobre la autenticidad y el derecho a transformarse son coherentes al desenfado de un Conejo que, aunque pierde, gana. Uno que cuenta con la operatividad de una justicia para millonarios y otra para pobres. Desigualdad y violencia estructural de Latinoamérica que justamente mantiene cárceles y centros de reclusión juvenil atestadas de oyentes y fanáticos del artista.

Intentamos irnos una canción antes de “EoO” –la última según el setlist– para poder tomar el metro que había alargado su horario por este mismo evento. Pero no pudimos, la masa de bailarines llegaba hasta las escaleras, camarines y escotillas. Agradecidas del guardia que fue a ordenar la cosa, pudimos salir de la boca de jarro en segundos. Enjaulada Avenida Grecia, intentamos caminar lo más rápido posible. Las parejas, padres y apoderados esperaban todos juntos armados de paciencia y teléfonos al oído. De frente vienen caminando rápido un par de ‘cabros’ vendiendo bebidas y aguas embotelladas, se hacen unas lucas para el verano. Le compramos una, mientras los Carabineros corren persiguiéndolos. Los que deberían haber estado perreando adentro, trabajaban afuera y están siendo arrestados por vender de forma ambulante. Los fuegos artificiales brillan y suenan desde el cielo enrarecido de esta noche caliente. Todo retumba. No sé si son petardos o tiros.
El conejo malo vino a Latinoamérica a tersiarse con todo este público –que somos nosotros–, el mismo que corre peligro a las afueras del Superbowl, que duerme en celdas hacinadas, que ha sido separado de su familia, que teme por su vida en territorio gringo. Vino, bailó y cantó, se empapó de Sur y Caribe, con esa carga viaja a este escenario tan codiciado por el hemisferio norte. Su medio tiempo concentrará toda esta carga social y política. Algo nuestro viaja con este galán que pasó a hacernos un cariño y un desplante, lanzándonos a esa mezcla gozosa que permite el reggaetón de todos los tiempos: perrear, pensar y llorar.
*FOTO DE PORTADA DE @_deyabeltran





