Retratista de la memoria de un país que tiende a olvidar, a sus 85 años el fotógrafo se declara un “cesante permanente”. Vive de sus talleres, lidia con el rechazo de los fondos públicos y con el destino incierto de un archivo de imágenes icónicas y otras que —asegura— jamás mostrará. Desde la intimidad de su hogar, cuestiona la vigencia del retrato presidencial, la épica de un presente inestable y vuelve sobre una certeza que lo persigue: que su obra será redescubierta solo cuando él ya no esté.
Primera parte. Una manera de estar vivo
El 13 de diciembre pasado, el día en que cumplió 85 años, Luis Poirot se paró frente a más de un centenar de personas que llenaban una sala de cine en Ñuñoa. Acababa de terminar la función de Poirot, el último testigo, el documental del catalán Francesc Relea que recorre su vida y su obra, recientemente estrenado en el Festival de Málaga, en España.
Pero lo más revelador no ocurrió en la pantalla, sino después, cuando se encendieron las luces y el público se quedó a oírlo. Hubo saludos, comentarios y un micrófono que corría entre las butacas para las preguntas: algunas pendientes sobre la película, otras atravesadas por la coyuntura. Faltaban tres días para la segunda vuelta presidencial en la que sería electo José Antonio Kast.
—Se vienen tiempos extraños, oscuros, difíciles –dijo Poirot.
Como muchos, ya temía lo que podía ocurrir. El avance de la ultraderecha era evidente y, a esas alturas, el panorama parecía irreversible. La suya no era una opinión improvisada ante la insistencia de una mujer que le pidió tomar postura, sino la certeza incómoda y resignada de quien ha visto suficiente.
Otra consulta derivó en algo más íntimo: Poirot contó que estuvo a punto de dejar la fotografía. Llevaba tiempo sin tomar la cámara y un día pensó que ya no más, que era momento de retirarse.
Ese día —recuerda ahora— necesitaba decirlo.
Entonces surgió el encargo de un nuevo retrato. Pudo ser uno más entre los miles de su archivo, pero este capturó su atención: el publicista Raúl Menjíbar, dueño de la agencia Porta, quería actualizar su portafolio y bien pudo optar por la rapidez funcional de un fotógrafo digital. En lugar de eso, pensó en él: un retratista análogo, devoto del blanco y negro, que ha sabido documentar el poder y la cultura de un país que ya no es el mismo.



Desde expresidentes como Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, hasta Patricio Aylwin —de quien realizó el retrato oficial— y Ricardo Lagos, Poirot ha inmortalizado parte fundamental de la memoria visual de Chile. Su lente también fotografió a figuras clave de la escena cultural: Pablo Neruda, Nicanor Parra, Víctor Jara, Raúl Zurita e Isabel Allende, entre tantos otros.
Registró, además, uno de los periodos más luminosos del teatro chileno, a mediados de los sesenta, pero su obra no elude las sombras de la historia reciente. Retrató al dictador Augusto Pinochet y tomó algunas de las primeras imágenes de La Moneda tras el bombardeo del 11 de septiembre de 1973.
—“Yo quiero lo tuyo”, me dijo este publicista. “Quiero tu mano en el retrato”. Ahí me sentí de nuevo fotógrafo —dice Poirot.
El gesto genuino de ese encargo lo volvió a situar. Pero él tampoco era el mismo. Justo antes de eso hubo un corte. Un derrumbe íntimo que todavía está procesando.
—Estaba en el suelo. No tenía ganas de nada. Dije: a lo mejor esto se acaba aquí.
“También ocurre que estoy viejo. Me cuesta caminar, me canso y estoy medio sordo. Pero la cabeza sigue funcionando. Doy clases sin apuntes, tengo buena memoria, afortunadamente. Además, soy diabético y he sobrevivido a varias otras cosas: a un infarto que en su momento no supe que tuve, a tres bypass y a un cáncer agresivo en el lagrimal”, cuenta Poirot.
Este último se manifestó en sus años en Bruselas, Bélgica, mientras era agregado cultural del gobierno de Ricardo Lagos, entre 2001 y 2006. Tras varios exámenes, el diagnóstico fue rotundo: perdería el ojo izquierdo. Sin embargo, Poirot buscó una última carta y viajó a Miami para someterse a una cirugía extrema donde le extrajeron el ojo para limpiar el tumor y luego lo volvieron a colocar.
La recuperación tardó. Poirot pasó tres o cuatro días en cuidados intensivos y luego cerca de diez más hospitalizado antes de irse de alta a la casa de su hermano Carlos Miguel, ingeniero de sonido radicado hace años en Estados Unidos. Hasta ese momento, todo seguía en suspenso. El médico fue claro: la cirugía había resultado, pero el alcance era incierto.
—Yo no le creía. Pensaba que me habían sacado el ojo. Metía la mano por debajo del parche y la enfermera me decía: ‘sí, sí tiene el ojo’ —recuerda.
Tuvo sesiones diarias de radiación durante dos meses. “El procedimiento era milimétrico. Me metían en una camilla metálica y me ponían piezas de plomo en los ojos, un tubo para respirar. Yo no veía nada, pero percibía una luz azul”.
Ya más recuperado, vino lo más difícil: retomar todo lo que la enfermedad había postergado. Fue otro momento en su vida en que pensó que todo se acababa ahí. Incluso la fotografía.
“Fernanda —Larraín, también fotógrafa, su pareja por años y madre de dos de sus hijas, Aurora y Julieta— siempre dice que la muerte ya no quiere nada conmigo. Que tengo que puro dedicarme a vivir”, dice Poirot.
—Ella siempre ha sabido que a mí lo único que me levantaba el ánimo es la fotografía. Para mí, es una manera de estar vivo. Entonces, mientras me recuperaba de la radio, me dijo: saca fotos, Lucho, sácame fotos a mí. Y empecé a fotografiarla obsesivamente. Me distraía, me ordenaba, me sacaba de la cabeza todo lo demás. Era una forma de volver cuando todo estaba en duda. Fue lo único que me sostuvo.


Segunda parte. De todo aquello que se alimenta el olvido
Luis Poirot combate el silencio de los días en un luminoso departamento de Providencia. En esas paredes cuelgan retazos de una vida: fotos de su autoría y de otros; retratos de Fernanda y de sus hijas; detalles de flores —de la serie Ephemera (2014), convertida en libro hace dos años— y también imágenes tomadas por su amigo Sergio Larraín, el fotógrafo chileno más universal.
Por las tardes, cuando el sol cruza el living y cae sobre su escritorio, Poirot toma su cámara y se retrata. Lo hace desde joven, más por oficio que por vanidad. En los últimos años, lo ha hecho incluso con su teléfono.
Ahora muestra una de sus «selfies» más recientes: siempre en blanco y negro, contraste duro, el gesto fruncido en su rostro.
—Yo me miro poco al espejo. Siempre me he encontrado feo, así que no tengo interés en verme. Me acepto como soy. Perdí el pelo, perdí muchas cosas… no me hago ilusiones. Es lo que es nomás.
Se ríe.
—Me hago autorretratos por algo práctico: había que terminar el rollo y el que estaba a mano era yo. Es un entrenamiento. Como Rembrandt, que antes de un encargo probaba con él mismo. Uno es la víctima que tiene más cerca.


A mediados de este año, Poirot tendrá que dejar ese lugar donde ha vivido las últimas dos décadas. El dueño venderá el departamento y debe entregarlo.
Apunta un librero.
—¿Viste la cantidad de libros que hay ahí? En total, en este departamento debe haber unos dos mil libros de fotografía. ¿Qué biblioteca, qué universidad tiene eso? Ninguna. Además, es una biblioteca viva. Estos libros se abren, se consultan todo el tiempo. Imagínate meter todo eso en cajas.
Pero la mudanza es lo de menos, dice Poirot.
—Yo vivo de los talleres que doy aquí mismo, en este espacio íntimo. Y disfruto mucho haciendo clases: es una inyección de energía, un intercambio necesario para alguien de mi edad con gente más joven. Pero, la verdad es que yo soy un cesante permanente. Empiezo el mes sin saber cómo voy a llegar al final, como le pasa a medio Chile.
“Entre el arriendo y la vida, no alcanza. No tengo jubilación. No tengo seguro médico. Tampoco nunca me he ganado un Fondart. Me he presentado muchas veces y nada. Deben creer que por ser viejo no necesito ayuda, y es todo lo contrario”, agrega.
Solo una fotógrafa ha obtenido el Premio Nacional de Artes Plásticas en su historia: Paz Errázuriz, en 2017. Poirot, en cambio, ha recibido reconocimientos como el Premio a la Trayectoria Antonio Quintana —otorgado por el Ministerio de las Culturas en 2016— y ha expuesto en espacios como el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro Cultural La Moneda. Pero este portazo institucional lo lee como un síntoma de algo más: un sistema y un medio con los que ya no sintoniza.



Recuerda con una calma herida la evaluación del último proyecto que postuló hace dos años al Fondart de su serie de escritores chilenos. La observación de los evaluadores fue un portazo en seco: “Decían que editar un libro de retratos no aportaba, que no era creación”, recuerda Poirot.
—Como si retratar no fuera crear… —murmura para sí—.
“Hoy se premia más lo conceptual y la urgencia. Lo mío es de largo aliento, de esperar a que la luz caiga donde debe. Estoy convencido de que habrá más interés en mi trabajo cuando yo me muera. Se lo digo a mis hijas —ambas menores de 20 años—: ustedes van a ver lo que yo no. El interés en mi trabajo”.
En tiempos en que la imagen vuelve a ponerse en duda —entre la proliferación de inteligencias artificiales y los relatos distorsionados que circulan en las redes—, para Poirot sus negativos son más que obra: son memoria. No hay romanticismo en sus palabras.
—El archivo no es un tesoro, es un problema físico y económico —dice—. Son cajas que ocupan espacio, que requieren clima, que exigen una limpieza que el Estado no quiere pagar.
“Hace unos días estuve pensando que a lo mejor vendo una parte de mi archivo. Una universidad sería el mejor lugar”, cuenta Poirot. “Es lo que les va quedar a mis hijas cuando yo no esté y tampoco puedo obligar a Fernanda que sea mi albacea. Por esa razón, lo estoy evaluando”.
Pero ese posible desprendimiento del archivo convive con otra lógica, más rígida y personal, que no admite negociación: si una foto no le gusta, simplemente no existe. Nadie la verá.
“Yo soy el primer juez”, dice Poirot.

Le pasó cuando fotografió a Nicanor Parra a los cien años. Hizo la sesión, pero algo no cerró para él: “A mí no me gustó porque él me impuso qué foto quería y yo no estaba de acuerdo —cuenta—. Saqué la foto por cortesía pero no se la voy a mostrar a nadie nunca porque es la foto de él, no es mía”.
Aplicó la misma regla con Gabriel Boric, aunque por razones distintas. Fue durante la campaña. Poirot pidió fotografiarlo en su taller, a solas, en sus propios términos. Boric candidato aceptó todo. Se dejó dirigir. Pero el resultado nuevamente no lo convenció. “No me gustó por mí, no por él. No estaba en mi día”, recuerda. Desde el comando del ahora expresidente insistieron en ver las imágenes. No hubo caso. “Si a mí no me gusta, yo no lo muestro. Nunca”.
Aunque hay un vacío que le duele más que cualquier «error» técnico: el no haber fotografiado a Violeta Parra. Pese a que su padre era íntimo de la artista en París —»eran uña y mugre», recuerda—, jamás se atrevió a retratarla. «Era tan fuerte que yo me asusté. Me intimidó. Dije: esta señora me va a decir ‘pituco mierda, anda para allá’. Pude, tuve oportunidad, pero siempre me intimidó. Es la deuda que yo siento que tendré por siempre».
Tercera parte. La ética del lente
—No. No hubiese aceptado hacer la foto oficial de Kast —asegura Luis Poirot.
Su negativa no es caprichosa. Responde más bien a una ética y una forma de entender el oficio que viene de antes. “El retrato es un pacto de confianza”, dice.
El primer presidente que retrató fue Eduardo Frei Montalva. Corría 1969, el último año de su gobierno, y Poirot era todavía un fotógrafo novato cuando le ofrecieron hacer un retrato en color del mandatario. En ese tiempo, trabajar el color no era tanto un dilema estético sino un problema técnico y económico. “Era caro, complejo, poco habitual —recuerda Poirot— y el fotógrafo oficial de los presidentes de la primera mitad del siglo XX, Jorge Opazo, no lo trabajaba”.
—Fui a Chile Films y arrendé focos de cine, un grupo electrógeno, maquinistas, operadores de cine… Llegamos con dos camiones a La Moneda.
Entraron por el patio de los Cañones con un despliegue cinematográfico para iluminar el gabinete presidencial de caoba al estilo de un club inglés, que hoy ya no existe. Poirot pasó horas en la noche corrigiendo el color en el laboratorio para lograr la única copia de la imagen que hoy sobrevive en la Fundación Frei.
Con Salvador Allende fue distinto. Poirot pasó del despliegue técnico a la confianza personal y el registro íntimo. Lo siguió durante su tercera campaña y entró a La Moneda no como funcionario, sino como el fotógrafo en quien el presidente confiaba cuando quería algo «de verdad».
Lo recuerda en una escena imborrable.
—Un día Allende me dijo: “Venga, quiero pedirle algo. Hay un pintor ruso que me ha hecho un óleo. Es espantoso” —cuenta, riéndose—. Y me decía en voz baja: “Menos mal que este gallo no nos entiende, pero puta que es malo el cuadro”.
Poirot fotografió el cuadro y al presidente junto al pintor, registro de un momento surrealista antes del quiebre. Para él, esa era la esencia de su relación con Allende: “Estar ahí, detrás de él, capturando la humanidad y no la vanidad del presidente”.
Tras el Golpe de Estado, Poirot se enfrentó a un dilema distinto: participar o no en la construcción de la imagen del dictador Augusto Pinochet. Llegó a fotografiarlo, pero algo no le cerró desde el inicio.
Al verlo, sintió que ya había una puesta en escena definida. Una especie de “máscara” ensayada —dice—, la de un “abuelito bondadoso” que sus asesores buscaban instalar.
—Yo no se la compré —recuerda.
No quiso ser parte de esa operación. El retrato oficial terminó en manos de René Combeau, aunque el más difundido —con lentes oscuros y de brazos cruzados— lo tomó el neerlandés Chas Gerretsen.
El encargo más importante para Poirot llegó en 1990, con Patricio Aylwin. Era el primer retrato oficial tras la dictadura y, para el ya experimentado fotógrafo que era a esas alturas, la pregunta no era solo cómo hacerlo, sino desde dónde.
—Presidente, le dije, lo que nosotros buscamos en usted es un padre —recuerda—. Venimos de un período cargado de símbolos de poder: medallas, condecoraciones. En usted lo que vamos a querer ver es la mirada.
Aylwin lo entendió rápido. Donde hubo más resistencia fue en su entorno. “Me costó superar las opiniones de los asesores”, dice Poirot. La discusión no era menor: el fotógrafo quería sacar la banda presidencial. No le interesaba perpetuar esa imagen.
Finalmente, se impuso. Y la foto se hizo sin banda. Aylwin aparece sentado, con una lapicera y un papel. “Cuando ya estábamos listos, me pidió que le tomara una más con la banda. Sus amigos y la familia se la pedían. Por supuesto que la hicimos y él después la repartió entre sus cercanos”, recuerda.
En su penúltimo día de mandato, Poirot también retrató a Ricardo Lagos de forma más cercana y en confianza. Para él, esa imagen no es la del poder en ejercicio, sino la de su reverso.
—Se la tomé el día antes de entregar la banda presidencial. Es el presidente cesante —dice el fotógrafo—. Ya ni tiene secretaria; tiene que contestar él mismo el teléfono porque nadie lo hace por él. Hay una pena ahí, la de quien deja eso. Lagos es un estadista, con fallas como todos, pero un estadista sin ninguna duda.
Desde entonces, Poirot mira con creciente desconfianza la tradición del retrato presidencial. Le incomoda ese gesto, casi monárquico, que subyace ahí.


—Hoy día el retrato oficial es absolutamente inútil y un gasto superfluo. Cuando la imagen de los presidentes circula en todas partes, es simplemente inútil y un acto de vanidad personal. Entonces, no, no habría hecho la foto de Kast. Y menos ahora.
“Yo me pregunto: ¿cuál es el legado que recibió Kast de su padre nazi? Yo recibí este legado de mi padre: el amor por la libertad, el ser coherente con las cosas que uno cree que son justas, aunque no sean convenientes para uno. El padre de él llegó arrancando a Chile sin comparecer ante los Aliados y fue cómplice de abusos durante la dictadura. Estamos muy lejos de compartir algo él y yo”.
Su mirada sobre el presente y el Chile de los últimos años es sombría. Aun así, Poirot volvió a salir a la calle con su cámara durante las protestas de 2019. Ahí —dice, mientras sorteaba bombas lacrimógenas y registraba a un conjunto de cuerda frente a la Biblioteca Nacional— sintió algo que no experimentaba desde los años de la UP.
—A mí ni siquiera me gusta el nombre estallido. Yo creo que fue un momento muy importante en Chile, por eso salí a la calle. Volví a sentir esa hermandad, esa solidaridad que yo había vivido en la época de la Unidad Popular. Éramos todos hermanos en ese momento. Estábamos buscando un país mejor. El poder estaba en la calle porque la sociedad política no sabía cómo reaccionar. La toma de la Bastilla debe haber sido eso.
—¿Te defraudó todo lo que pasó después? Dos propuestas constitucionales y una oportunidad desperdiciada.
—No el estallido ni la rebelión. Me defraudaron los dirigentes políticos que no supieron leer eso y no lo supieron conducir. Esa fue la oportunidad perdida. Yo creo que los dos sectores, derecha e izquierda, pacificaron el proceso para desarticular la calle y que ellos pudieran manejarlo. La calle pedía otra cosa. Y yo creo que la gente lo sigue pidiendo.
Poirot vaticina un ciclo de conflicto y resistencia en lo más próximo: “Yo creo que en dos años más estaremos nuevamente en la calle. Este gobierno que tenemos ahora va a impulsar contrarreformas que la gente no va a soportar. Nos va a llevar a un punto en que las instituciones tampoco van a dar respuesta y a nosotros, los ciudadanos, no nos va a quedar más que salir a protestar. Y ellos saben que lo único que les queda es una represión muy violenta. Yo, en la medida de mi fuerza, voy a salir a la calle”.
—¿Qué opinión tienes de lo que fue el gobierno de Boric? ¿Cuánto atendió a la ciudadanía y a esas demandas de la calle que, en buena parte, lo llevaron a ser presidente?
—Yo respeto mucho a Boric, como ser humano y como presidente. Yo creo que él hizo lo que pudo mal acompañado. La gente que integró el gobierno fueron los incapaces. Hicieron todos los desastres posibles y él pagó el precio de ser fiel con ellos, con su generación. Él fue coherente, pero estaba solo en eso.
“Boric tuvo como presidente una posición ética en las relaciones internacionales, contra las posibles conveniencias. A mí me representó eso. Todo lo contrario de Kast y la sumisión humillante que ya se ve ante Estados Unidos. Bajo una óptica de posible racionalidad, se humilla. O sea, ese viaje a Miami, por favor. Necesitamos un presidente a la altura, no un groupie”.
—¿Llamará al expresidente Boric para repetir el retrato que no salió bien?
—Ahora que tiene el tiempo, quizás lo haga. Lo voy a invitar a tomar un café y le voy a decir: ‘Presidente, en cuatro años más, porque doy firmado que va a volver, yo le hago el retrato presidencial’. Y ya tengo una idea de cómo hay que hacerlo.

FOTOGRAFÍAS DE JORGE PARRA – MIGRAR PHOTO PARA REVISTA ABISMO






6 comentarios en “Luis Poirot: “Habrá más interés en mi trabajo cuando yo me muera””
Notable!
Un grande Luis Poirot. Qué bueno saber de él.
Poirot es un fotógrafo extraordinario, como es posible que arriende un depto y además se lo pidan para venderlo. Es una injusticia que no le hayan dado el Premio Nacional de Arte. Y el colmo que tenga estos problemas cuando ha registrado la memoria de Chile como nadie. El Ministerio de Educación tampoco ha ayudado. Sus libros debieran ser parte del programa curricular de básica y media. La U Diego Portales podría comprar el archivo porque trabajan muy bien sus colecciones. Mientras agradeceríamos di reeditan sus libros. El de Neruda es maravilloso. Saludos cordiales a un Maestro que es un orgullo para Chile.
Poirot es un fotógrafo extraordinario, como es posible que arriende un depto y además se lo pidan para venderlo. Es una injusticia que no le hayan dado el Premio Nacional de Arte. Y el colmo que tenga estos problemas cuando ha registrado la memoria de Chile como nadie. El Ministerio de Educación tampoco ha ayudado. Sus libros debieran ser parte del programa curricular de básica y media. La U Diego Portales podría comprar el archivo porque trabajan muy bien sus colecciones. Mientras agradeceríamos si reeditan sus libros. El de Neruda es maravilloso. Saludos cordiales a un Maestro que es un orgullo para Chile.
Pienso, me gusta la fotografía tanto como a este grande, pero no tengo las herramientas ni su experiencia técnica. Ahora de adulto vivo en la ciudad de Nueva York, donde todo es tan fotografiable, pero cuando era chico, en Santiago, recuerdo que mi papá me hablaba de Poirot cuando íbamos al pueblito de Los Dominicos a tomar once y nos encontrábamos con un taller fotográfico que, si la memoria no me falla, era de él, de Poirot. Me parece que le hacía clases de publicidad en la USACH. En un momento en que pareciera que la tecnología de lo audiovisual está desplazando al reportaje leído, estos textos son como encontrarte con un recuerdo valioso que había quedado extraviado en un cajón de la casa y que al verlo de nuevo te alegra el día. Me encantó, muchas gracias.
Doy las gracias a los fotógrafos y en particular a Luis Poirot. Sentirse fascinado es una cosa grata, y eso me ocurre cuando experimento sus fotografías. Gracias por esta entrevista, que ayuda en el gran retrato de Poirot que seguiremos construyendo .