Las nubes

El agua no cabía en sus ojos, se desbordaba. Si no miraba hacia abajo, desaparecían el bosque y los cerros; solo había celeste. Por eso se fue a vivir a la cueva. Ningún otro lugar ofrecía esas vistas del lago. Si le daban ganas, incluso podía ver el pueblo: era cosa de caminar unos pasos, hasta el barranco, y agachar la cabeza. A lo largo de la ribera, los techos y las calles perdían sus bordes como manchas de acuarela. Le costaba enfocar, pero, aunque le dolieran los ojos, jamás traicionaba su goce. Cada mañana observaba las cruces del cementerio en la colina del frente, muchos metros más abajo, apenas por encima de los árboles. Al caer la tarde, vigilaba los surcos que los barcos dibujaban en el agua. El lago se colmaba de brillo y él podía perderse en ese vaivén, encandilado, sin preocuparse de otra cosa. Lo mismo ocurría en las noches: gastaba horas y horas buscando los meteoros a lo largo del espacio. El paisaje era esa secuencia de colores que se alternaban afuera. Y pese a la monotonía, a la repetición inquebrantable de un sol tras otro, él siempre encontraba algún detalle, alguna variación del entorno que le cautivaba. Esta vez, gracias a esa luminosidad, el lago parecía fundirse con el cielo. Estaba seguro: no había horizonte. Ante sus ojos se dilataba un círculo de tintura azul, hipnótico y continuo. Ahí, en la cima más alta del valle, se reconoció minúsculo e imperceptible.

Doce, trece, catorce meses: ahora que lo pensaba, no estaba seguro, había perdido la costumbre de registrar el tiempo. La verdad, nunca le dio mucha importancia. En la ciudad llegaba atrasado a todas partes y, desde que vivía en la cueva, los días se le amontonaban unos sobre otros, como sedimentos. Recordaba el paso de las estaciones y el sabor vinagre de esa última primavera. Distinguía claramente el sonido de sus dientes rodando por el suelo. Se le venían a la cabeza las flores, la sed, los escalofríos, las ganas de acabar con todo. Y entre el sudor y los espasmos, el rostro de Luchi: la sorpresa de ver a su exmujer allí, ayudándolo. Recordaba eso, pero no las fechas. Desconfiaba de sí mismo y de su memoria. Prefería fijarse en la humedad, en el ciclo de la luna, en los distintos colores del musgo, a través de esos cambios distinguía los meses. Mientras buscaba la respuesta, observó que ya habían crecido las azucenas y sospechó que, por lo menos, se trataba de un año. Un año de abstinencia y constancia. En cuanto el sol golpeaba su cara, alisaba las frazadas sobre la tierra, tragaba lo que tuviera al alcance y salía a recibir el día. Allí, en el borde del barranco, a unos pasos del sendero que llevaba al pueblo, se dejaba abrazar por los vientos. Después sacudía los brazos, elevaba las rodillas hasta la altura del pecho, estiraba los dedos e intentaba tocar sus pies. Se había propuesto consagrar esa pauta, repetirla una y otra vez hasta que se volviera mecánica, por pequeña que fuera. Aunque se tratara de un artificio, él notaba los cambios: percibía la tranquilidad en el sueño y en el pensamiento. Las ideas ya no se empalmaban entre sí y la voluntad, siempre compleja, resultaba cada vez menos tediosa. La lectura también ayudaba. En general, observar, estirarse y caminar, cualquier actividad servía.

Antes de leer, sacó de su morral una botella de agua y alcanzó la pequeña toalla que yacía a un costado. La acercó a su nariz e inspiró, examinando. Cuatro días bajo el sol no bastaron: el olor a humedad persistía. Apestaba en realidad, así que ya no podía excusarse, tenía que ir donde Luchi, necesitaba lavar sus pantalones y al menos un chaleco. Casi toda su ropa estaba mugrienta, llena de astillas y restos de hojas. Sí, visitaría a Luchi antes de ir donde la viuda. No podía desperdiciar esa oferta: tan milagrosa como inesperada. Aunque tuviera que caminar más rápido, era mejor no arriesgarse. 

Desnudo y de cuclillas, mantuvo la toalla entre sus palmas. La embebió con agua y se la pasó por la cabeza, el pecho y el resto del cuerpo. Al terminar, la estrujó y la colocó en el suelo, bajo el sol. Se levantó y esperó con paciencia que el viento secara su cuerpo. Frente a la repisa, esas tablas que había acomodado entre las rocas, buscó qué ponerse, olfateando. Removió las bolsas y encontró, además de ropa, una manzana: se alegró de que el jugo fuera dulce y no agrio, y que la textura fuera tersa y no harinosa. La última vez que bajó al pueblo, trajo una bolsa con frutas y restos de pan. Cerca de la animita, a la sombra del nogal, los del pueblo solían dejarle un sinfín de cosas. Había latas y conservas, pero también verduras, frazadas y jabones. De vez en cuando muñecos o juguetes. Por lo general, solo se llevaba la comida y los libros, si es que había. Cuando no recolectaba él mismo las naranjas que crecían alrededor, comía solo lo que encontraba allí, en la animita. Obtener agua era fácil. La sacaba de las vertientes, de esas posas que interrumpían la colina y que, con su reflejo, parecían ensanchar el cielo.

Nunca derrochaba, se comía hasta las pepas. En sus dedos, no quedó más que la ramita, ese vínculo entre la manzana y el árbol. No hizo falta que buscara el frasco. Ahí estaba, en su lugar, al lado de los libros. Sacó una pastilla y la dividió con los dientes. Se había acostumbrado a tragarlas de forma automática, así que ni siquiera necesitó agua, solo inclinó la cabeza. Meticuloso, revisó el frasco. Aún quedaban diez y eso lo tranquilizaba. Si continuaba así, si tomaba solamente la mitad o incluso un tercio de la dosis, no tendría que volver tan pronto al hospital. En realidad, iba sólo cuando se le acababan. Detestaba ir al médico y que la gente se apartara de él en la sala de espera. Ya no soportaba la risa de los niños ni su impertinencia cuando le preguntaban por qué olía tan fuerte o por qué sus ropas estaban así, manchadas y andrajosas. En el mejor de los casos, los niños terminaban aburriéndose y lo dejaban en paz. Cuando ya no conseguía sacárselos de encima, les pedía que se alejaran y gritaba: ¡váyanse, ratas! Más de una vez se vio involucrado en peleas innecesarias, molestas, que terminaban con los padres gritando o levantándole la mano. Odiaba todo eso y la distancia, las dos horas de camino hacia la ciudad, arriba del bus, y los rostros quejumbrosos de los pasajeros cuando él pedía que lo llevaran gratis. Eso y las recriminaciones del neurólogo cuando él contestaba que no había asistido al control simplemente porque se le había olvidado. Porque no usaba reloj ni calendario. 

El viento trajo el olor de las azucenas. Sentado en la entrada de la cueva, deslizó sus dedos por el libro y lo abrió por la mitad, asegurándose de que la fotografía de Tito no cayera al piso. Era la única imagen que conservaba de él y por eso la utilizaba a diario, plastificada, para marcar las páginas. Retomó la lectura cuidando cada gesto; las hojas estaban manchadas y las esquinas lucían quebradizas, a punto de transformarse en polvo. El libro exigía una corporalidad medida, pero era legible. La tipografía no estaba borrosa y la encuadernación, con hilo, seguía firme. Tampoco faltaba ninguna página, ninguna ilustración; eso ya era un triunfo. Además, era su único libro de botánica. El resto eran novelas, poemarios, libros de cuentos y revistas de moda que había encontrado en la ribera, en la animita, en la arena o debajo de las sillas de playa. Su biblioteca crecía todos los veranos. Los turistas, siempre apurados, olvidaban libros, gafas y bolsos. Cada vez encontraba por lo menos tres toallas, cada vez, un sinfín de poleras. En cuanto a los libros, no tenía ninguna exigencia. Le daba exactamente igual el contenido o el formato. Si lo podía leer, lo recogía. Y así, con el tiempo, armó una pequeña colección, unos ochenta libros y unas veinte revistas que protegía como un tesoro. Para eso la repisa: para evitar que crecieran hongos. Y a pesar de la diversidad, no tenía otro manual de jardinería. De ahí que ese fuera importante, vital, a decir verdad, porque cuando le dijo a la viuda Laura que podía hacerse cargo de sus plantas, en realidad, no sabía nada.

Tras el tercer campanazo, percató su descuido. Ya era mediodía y sólo restaban algunas horas. Una sensación de urgencia lo invadió, contaminándolo de apuro. No estaba acostumbrado a la vertiginosidad, la había extirpado de su día a día, como un cáncer. Evitaba a toda costa esa exaltación, esa manera volátil de transitar las cosas. Sin embargo, por esta vez y como fuera, quería mantener ese trabajo. Estaba el tema de la plata, sí, tener algunos billetes a mano, pero también buscaba un acceso, una manera de volver al mundo. Tiempo atrás, mucho antes de estar sobrio, intentó destapar cañerías y limpiar pescados. No sin esfuerzo, terminó arruinando varios sifones y destrozando decenas de truchas. Los dedos le tiritaban, inútiles, y los ojos se le caían, pesados, imposibles de mantener abiertos. Los pescadores lo vetaron, y los lugareños ya no le confiaban ninguna labor, por pequeña que fuera. Desde entonces, se conformaba con lo que hallaba en la animita, en la orilla o en los basureros. A veces comía donde Luchi, pero él prefería limitar el contacto. No quería estropearlo ni sentir la mirada de los niños. Cuidaba ser discreto, casi invisible cuando se aparecía por la casa: pisaba con suavidad y rara vez hablaba. Siempre que utilizaba el lavadero, tendía su ropa en otro cordel y dejaba todo ordenado, tal como estaba. Pretendía no molestarla. Hacerle perder tiempo, en ningún caso. Él era consciente de su propio ritmo. Ya se había acostumbrado a vivir más lento, a comer día por medio, a respirar sin apuro. Luchi caminaba y hablaba rápido, criaba a los niños, trabajaba, iba y venía de la ciudad, hacía mil cosas. A ella siempre le preocupó la eficiencia y, cómo no, la puntualidad. Cuando se conocieron, esa tarde de otoño en el parque, en el centro de la ciudad, él llegó veinte minutos tarde y se excusó culpando al tráfico, a la oficina, al ruido. Ella curvó las cejas y le advirtió, con auténtico enfado, que no toleraría ningún descuido, jamás otra demora. 

La lista no era corta. Además de podar el pasto, tenía que abonar la tierra y sembrar pimientos, flores y hierbas frescas. Cosa rara: no se sentía tan perdido. En el libro encontró ilustraciones detalladas, paso a paso, que lo ayudarían a garantizar una germinación perfecta. Bastaba con vigilar la humedad y controlar las plagas, eso no sonaba difícil. En cambio, las condiciones de la viuda Laura sí lo tenían nervioso. La mujer le había dicho que por favor llegara antes de las tres, que jamás se fuera caída la noche y que, si era posible, evitara ser visto. A ella no le importaba, pero su vecina podía imaginar cualquier cosa. Podía decir, por ejemplo, que no respetaba el luto. Que no había esperado ni un mes y ya le estaba abriendo la cama a cualquiera. La viuda dijo las cosas sin preámbulos, tajante, mientras su hija jugaba con los pliegues de su falda. Él observó a la niña de pies a cabeza. La chica, perspicaz, lo miró de vuelta y se tapó la nariz con los dedos. Después, sacó la lengua y balbuceó algo incomprensible, apenas un sonido que él interpretó como un signo de desprecio. La viuda continuaba hablando, pero él la ignoraba, ¿cómo era posible que los niños de ahora fueran tan insolentes? Sin palabras, afirmó con la cabeza hasta que la viuda dejó de hablar. Solo retuvo esto: dada la situación, era mejor presentarse con ropa limpia. No fuera cosa que, además de las sospechas, lo vieran inmundo.  

Apurado, tomó el primer chaleco y pantalón que encontró en la repisa; por poco olvidó los fósforos y la bolsita de plástico. Guardó todo en el morral, incluido el libro, y salió. Sus movimientos no eran coherentes con el peso; iba liviano y aún así caminaba lento. La tierra estaba resbalosa y debía frenar cada tanto. Entonces, aprovechaba el descanso para observar el entorno. Sin lago, aquella no era la mejor vista, pero él disfrutaba esa sensación mágica, casi de ensueño, que experimentaba cuando se internaba en el bosque y atravesaba, poco a poco, un océano verde. Solo así, descendiendo, notaba ese efecto. Al momento de subir, en realidad, no reparaba en nada. A duras penas podía respirar. Hace ya cuatro primaveras que sentía su cuerpo débil. Antes iba y venía del pueblo cuantas veces fuera necesario. Sin dificultad acarreaba varias botellas y envases pesados, llenos de líquido. Casi diariamente, iba de bar en bar, se acercaba a las fogatas, conversaba con los turistas, a todos les pedía un trago, un poquito, el que sea. En esos días no distinguía sabores ni colores, no lograba entender si tenía calor o hambre, si deliraba o soñaba. Sentía que la cabeza se le llenaba de burbujas y así, en ese estado borroso, subía la pendiente. Muchas veces caminó gateando, desafiando la gravedad y la suerte. Arriba y abajo el cuerpo, y ojalá llegar entero. Ojalá, diosito llegar de una pieza y que no me venga el ataque. Que no me muerda la lengua y que no me caiga, como esa vez, cuando estrelló la cara en el suelo y se quebró algunos dientes, esa noche de fiebre y sed intensa, durante esa primavera, cuando apareció Luchi y le dijo que ya era suficiente. Que allí, en su casa, la que ambos construyeron, siempre tendría un techo y un plato de comida. Después de tantos años, para qué seguir así, sin hablarse.

A lo largo del camino, fue cortando flores, ramas y hojas. Con todo, hizo un ramo voluminoso lleno de tintes amarillos y violetas. Ya en la colina de enfrente, contempló el sol y dedujo que serían más de la una. No estaba seguro, claro, pero sabía que estaba atrasado: de eso no tenía dudas. Por lo mismo, no haría el paseo de siempre. Esta vez, no iría a las tumbas ni rezaría en la capilla. Lo que sí hizo fue dejar el ramo en la entrada del cementerio, bajo los pies de la virgen, y retomó el camino acelerando. Se internó, de a poco, en un túnel de sombras. La luz se colaba entre las ramas de los árboles y pintaba, sobre la tierra, innumerables círculos blancos. La composición lo atrapó de inmediato. Por un momento, pensó en las estrellas. 

Al poco andar, la primera colilla, después, una tras otra. Sacó la bolsita del morral y allí las fue guardando. Las podía fumar como estaban, pero prefería juntarlas para hacerse un cigarro. En eso pensaba cuando alzó la vista y notó, a lo lejos, el final del túnel. Luchi vivía más allá del bosque, en una casa donde solía crecer un pasto largo y diferentes helechos. A veces, la nostalgia tenía esa forma. Ya no percibía el olor a musgo, poco quedaba de esa atmósfera templada que los había seducido. Desde que se mudaron al pueblo y construyeron la casa, todo había cambiado. Se notaba en los árboles: arrinconados y delgados, replegándose. Él se lo había advertido. Después de comprar el terreno, le dijo a Luchi que ningún lugar permanecía igual, que tarde o temprano la ciudad los alcanzaría. Y así lo confirmaba cada vez que cruzaba el bosque. Lo que antes era una colina despoblada, ahora era un espacio loteado donde las casas florecían unas al lado de las otras. Recordó las vistas de ese primer verano, poco después del matrimonio, mientras él pintaba las puertas de amarillo y Luchi caminaba descalza. Los insectos flotaban en el aire y el pasto se dejaba peinar por el viento. Él la contempló y pensó que realmente era hermosa. Luchi, con sus pantalones violetas y ligeros, caminando bajo el sol. Siempre volvía a esa imagen: Luchi, con el pelo suelto, acariciándose la panza, redonda como una sandía. 

El sudor bajaba por su espalda. En la polera, justo en las axilas, se habían dibujado dos círculos negros. Jadeaba y su pulso estaba frenético, así caminaba. Se apoyó en las tablas y saltó la reja. Pese a la invasión de casas, todavía se podía observar el pueblo. Desde allí mismo distinguió el patio de la viuda Laura. Si restregaba la ropa rápido y se la ponía así, mojada, quizá podía llegar a tiempo, pensó. Solo tenía que aprovechar la pendiente. En el mejor de los casos, si corría sin pausa, sin miedo a tropezar, la ropa se secaría con el viento; se cobijó bajo esa esperanza y caminó hacia el lavadero, una casucha en el fondo del patio. Cauteloso, buscó en la repisa y en los cajones, pero no encontró el recipiente que usaba para lavar su ropa. No quería ocupar las cosas de Luchi, así que se acercó a la casa, varios pasos más allá, y tocó la puerta. Aguardó unos segundos antes volver a golpear, otra vez sin respuesta. No tenía sentido esperar, seguramente Luchi estaría en el trabajo y los niños en la escuela, quién sabe dónde estaría el esposo. Se acercó a la ventana para echar un vistazo. El sol caía impetuoso así que tuvo que hacerse sombra con ambas manos para ver a través del vidrio: estaba la repisa con algunas fotos de Tito y varios paisajes del bosque y la montaña. Abajo, dos retratos familiares de Luchi y los niños. Esos tres críos insoportables, feísimos, tan distintos a Luchi; eran puro padre. Y arriba de los retratos, el reloj amenazante. No solo estaba atrasado, sino que ya eran las cinco. De un momento a otro, sintió la boca seca, pastosa, y el cansancio volvió a conquistar sus piernas. Con todo lo que implicaba ese fracaso, giró hacia el lavadero y avanzó lento, intentando recuperar el aire. Al sentarse, no pudo evitar que la madera crujiera. En la entrada, en la escalinata, dejó caer su morral, desparramando las cosas. Hurgó en la bolsa y prendió la colilla más larga. Con el torso volteado hacia el lago, se dejó atrapar por el humo y sus espirales. Tantas veces lo mismo, pensó. La misma sensación de que todo florecía, menos él.

Pisó la colilla con la punta de su pie derecho y la giró hasta enterrarla. Después se acercó a las hortensias, lacias y marchitas, y decidió regarlas antes de regresar a la cueva. Buscó la manguera detrás del lavadero, la desenrolló y abrió el paso del agua. Mientras mojaba las raíces, advirtió la sombra de las nubes deslizándose en el pasto. Levantó el rostro para contemplar el cielo: había dos manchas blancas, difusas, sin mucha distancia entre una y otra. Parpadeó y sus rodillas flaquearon. Demoró un par de segundos antes de notar que la cara se le había girado hacia el suelo. Primero sintió una presión en la cabeza. Una especie de calambre detrás del oído que se extendió hasta sus ojos. El contorno de las cosas brillaba. Las manos se le endurecieron y la manguera cayó al suelo, junto con su cuerpo. El agua seguía fluyendo y comenzó a formar un charco cerca de su cabeza. En el reflejo, contempló el color azul acercándose a su boca. Un azul cerúleo parecido al color del lago, y recordó su demora cuando Tito se ahogaba en la ribera. También ese sobresalto, ese temblor que pronosticaba, de modo irreversible, que nada sería igual. Pudo ver los matices de la cueva, sus piedras rojas y los atardeceres. Y mientras convulsionaba, observó las burbujas que se formaban en el charco. El agua no cabía en su nariz, se resbalaba, corría hacia adentro. Todo ese cielo invadiendo sus pulmones. Todo ese verde y todo ese blanco. Pensó en Luchi por última vez, en su panza, en la luz que atrapaba su pelo.

*ILUSTRACIÓN DE MARA PARRA.

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