Ante todas las cosas, hay tres situaciones que siempre se cumplen en este hogar: las flores frescas en la mesa, la calefacción a tope en invierno y que él nunca está solo.
Han pasado 89 años desde que llegó a un país ajeno que ha hecho suyo. Vicente tiene los pies bien puestos en la tierra. Y la cabeza, a veces, busca hablar su lengua materna, sin encontrar las palabras precisas, pues se mueven, declinan y entonan distinto, como el oleaje del océano al cruzarlo.
Tras la desintegración de la ex-Yugoslavia, el territorio se dividió en seis estados soberanos: Bosnia y Herzegovina, Eslovenia, Macedonia del Norte, Montenegro, Serbia y Croacia. Vicente no se identifica con Yugoslavia en lo absoluto, y a través de escudos en las paredes y pinturas –una que resalta más que las otras–, se ve que su corazón yace en las tierras croatas. Viene de un estado ribereño, cerca del Mediterráneo.
—No migré de ninguna ciudad, sino de un pueblito pequeño, cerca de una ciudad llamada Split —comenta desde su sillón negro de gran respaldo.
Krćevo. Esa es la ciudad que habita, parcialmente, todos los días. Krćevo. Una ciudad de la cual hay limitada información en Internet, cuya población es menor que los cien habitantes, su principal ocupación es la agricultura, y nada más se sabe a través de ese canal. Krćevo, que de hecho es Veliko Krćevo, para no confundirla con un pueblo en Montenegro. Eso me lo corrige Wikipedia. Vicente repite un par de veces el nombre para que se entienda, pero no habla mucho más croata que eso, no a puertas abiertas.
—Las lenguas eslavas son más difíciles. Tienen lo que se llama ‘declinación’. Las palabras declinan. Cambian de significado, alternándose un poco su terminación o escritura. Los serbios tienen casi su idioma propio. Los eslovenos también. Hay muchos dialectos ahí —piensa en voz alta.
Le pido que me enseñe algo. Se ríe:
—¿Qué más te podría enseñar?
No habla croata con nadie, no estos días, pero desliza ciertas frases para que yo aprenda: “buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”, “hola” y “¿cómo estás?”. Pronuncia sin dudar las palabras en su idioma, y luego, en su otro idioma, hace lo mismo con las palabras que usa normalmente con sus hijas, con sus nietos, con sus cuidadoras, con los conserjes de su edificio.
Vuelvo a la división de los países. Es difícil verlo en una situación conflictiva con los vecinos, como algunos integrantes de la ex-Yugoslavia suelen hacer. Él no es del tipo conflictivo. Está recostado bajo una manta de diseños en blanco y negro, un vaso de jugo en una mesita de madera a un lado y El Mercurio en el otro. Su lucidez es envidiable.
***
Al frente está el televisor que muestra los cómputos de las preliminares del mundial de fútbol, sección europea. Al lado hay un cuadro colgado en la pared. El trazo es grueso y la embarcación con su vapor negro se abre paso en el oleaje casi turquesa, robándose la atención de manera inmediata, pese a estar en una esquina de la sala de estar y comedor.
—Tenía condiciones extraordinarias, la Cata, para la pintura. Ver eso es ver un barco navegando.
Vicente prefiere decir el nombre de su hija antes que el nombre de la nave marítima que está frente a él. Se logra distinguir en el camino del pincel una sola palabra escrita: Orazio.

El MS Orazio fue un transatlántico italiano del período de entreguerras. Fue construido en 1927 y su nombre se asemeja bastante a la palabra oración, pese a que la traducción españolizada solo indica un nombre de pila de varón, Horacio. Tenía capacidad para 640 pasajeros, con una tripulación de 200 personas. Junto con Virgilio, su buque gemelo, bautizados por los famosos poetas con el mismo nombre, trabajaron inicialmente en la línea Italia-Centroamérica. Tras la fusión con otras compañías en 1932, fue transferido a la línea Génova-Sudamérica.
Hay ciertos paralelos en esta embarcación y quien habita frente a él: nacen prácticamente pegados, con un año de diferencia, pero uno muere en un incendio debido a una explosión y el otro vive en una situación bastante cómoda. Al menos la mitad de él. Vicente Lausić Jurisić tiene un pie en un pueblito pequeño europeo, y otro en la enorme capital de Chile.
Llegó sin hablar ningún idioma de este territorio: español, castellano, chileno. Ya no habla croata, pero su memoria se mantiene pulcra, y si no recuerda, o si confunde algo, se puede creer que es hasta intencional.
—Ese cuadro es el barco en que me vine: Orazio —habla sin despegar la mirada del televisor, Croacia sigue ganando—. Estaba muy mala la vida en Europa, estaba muy pesada después de la Primera Guerra Mundial, que terminó en 1919. Quedó mucha pobreza, mucha miseria, entonces se produjo mucha emigración por causas de hambre. Quedó arrasado Europa con la guerra.
No parece estar afectado con los recuerdos de la guerra, su voz es neutra, algo carrasposa por una reciente gripe. Tampoco menciona los estragos que sucedieron más adelante en la historia europea. Sus hermanos vivieron, o mejor dicho, sobrevivieron a la guerra. El único que murió de su familia, por efectos colaterales del conflicto, fue un abuelo. De los seis hermanos, Vicente fue el único que se fue en el transatlántico. Él era el mayor.
De su primer –y único– matrimonio, descendieron cuatro hijas, y no tuvo un solo varón. Milena, Lorena, Catalina y María Cristina. Ellas son como una constante, rondando por su departamento al menos una vez a la semana, llevando flores –esta vez son bugambilias violetas–, encargándose de sus finanzas, del pago a la cuidadora de semana y a la de fin de semana, de las compras del supermercado, de que esté feliz. A medida que conversamos con Vicente, ellas llegan o se van. Pero siempre está, al menos una, entrando por la puerta cada día. Aunque Vicente se sienta solo a veces, “no tiene de qué quejarse”. Disfruta de conversar. Me invita a tomar té, pero debo retirarme, y es en ese momento cuando llega María Cristina, la más alta de las cuatro, pese a ser la más chica en edad. Entre ellas se parecen bastante físicamente, y sus edades difieren por poco. Tres de ellas viven en Santiago, una de ellas en Punta Arenas, también de la colonia croata.
Los días previos a cumplir 99 años volvemos a conversar. Solo pidió, como regalo, que se puedan juntar para compartir. Y, como arte de magia, sus hijas lo hicieron realidad: lo llevaron a festejar a la casa de una de ellas durante el fin de semana, que también calzó con el Día del Padre, le regalaron un álbum de fotos enorme que recorría gran parte de su vida, lo visitaron exhaustivamente la semana que siguió a esa.
En el álbum, se ve exactamente igual que en los años 80. Y hay fotos de joven, pero no muchas. Un eslabón perdido. Tampoco hay fechas: solo peinados y vestuario que uno puede imaginar que corresponden a cada época. Algunas están en blanco y negro, y luego empiezan, lentamente, a tomar más color. Hay más fotografías de los viajes, de la familia –siempre familia–, y una imagen con una mujer que, puedo intuir, es la madre de las cuatro mujeres que ese día están en un frenesí celebratorio.
Desde su asiento puede ver un calendario en el que salen sus cuatro hijas, dos a cada lado y él, por supuesto, en el centro. Vicente es el patriarca, el pegamento que une a la familia, el vecino ejemplar, el hijo ilustre, el padre y el abuelo, el chileno-croata. Frente a él también hay un retrato de dos jóvenes en trajes formales, ella de blanco, ambos ostensiblemente bellos y enamorados.
En otro marco, hay una niña y un adulto, su prima y su tío. Tengo que acercar el marco para que pueda adivinar quiénes son. Pero sabe que es su familia. Siempre sabe. Los nombres de sus tíos, los nombres de las ciudades, los nombres de sus hijas. Pero Vicente, antes de ser Vicente, era Vice, y antes de ser Vice –porque su nombre actual es una españolización de su nombre original– era Vicko, un diminutivo cariñoso que toda su familia le decía. Eran seis hermanos, dos hombres y cuatro mujeres. Los dejó a todos atrás, a excepción de un primo con el que viajó en el Orazio. ¿Cómo se habitan dos territorios? ¿Piensas en qué te estás perdiendo cuando no estás allá? ¿Piensas en por qué te quedaste acá? La guerra, claro, pero Vicente podría haber vuelto. Vacacionó meses allá cuando ya era Croacia, con algunas de sus hijas ya adultas, y podría haberse radicado de vuelta en Split, cerca de su pueblo. ¿Por qué no?
Abajo del cuadro del transatlántico hay una Biblia. La Biblia está abierta en la misma página cada vez que visito su departamento. Resurrección. No es una decisión casual, pues nada en estos muebles es casual.
—Ese es un recuerdo de mi señora —dice, seguida del nombre más importante que va a enunciar en toda la tarde: María Cristina Echavarría—. Esa Biblia estaba en una capilla, que estaba en el fundo del abuelo de mi señora.
Vicente señala un cuadro de ella a tonos suaves, verdes y terrosos, sobre el retrato de su tío Nicolás, quien lo adoptó acá en Chile. Ese cuadro es del fundo del que habla. Después de la muerte de su señora, décadas atrás, no se volvió a casar. Junto al cuadro del campo, está el escudo nacional de Croacia.
—De ahí viene esa Biblia —continúa—. Está en latín. Dice ‘domenica’, domingo.
Me cuenta que el texto sagrado fue rescatado antes de que la capilla se incendiara. Habla del gobierno de Allende. De la situación social que llevó a ese incendio. ¿Cuántos presidentes han pasado desde ese momento? Más de lo que puede contar. Él no cree que el comunismo sea bueno, porque ningún extremo es bueno, según señala con absoluta claridad. Y la Biblia sigue ahí, sin cambiar de página, jamás. Vicente, pese a venir de una tradición católica –como muchos croatas–, es agnóstico. Dice ser creyente, pero no tanto. Cree en su esposa, fallecida hace tantos años. Cree en su familia, en las visitas y muestras de afecto de sus cuatro hijas. Y cree en Croacia, por sobre todas las cosas. Pero se radicó acá. Vice, el pequeño niño, al llegar, no tenía cómo saber cómo pasaría sus últimos años.
—Solamente en cruzar el océano fueron cuatro días. En total fueron quince días, claro.
Su relato empieza a extenderse, pese a su tendencia a ser sucinto y, quizá, demasiado preciso. Empiezo a conocer a un hombre distinto, tal vez incluso a un niño.
—De Croacia fuimos en tren a Italia, hasta Génova, que ese era el puerto de la línea naviera, y ahí embarcamos en el Orazio, y partimos y atravesamos el Mediterráneo con escalas en Marsella, en Barcelona y en Cádiz. De Cádiz a América —cierra, consciente de que esta historia es, literalmente, de otra época.
Le pregunto si acaso recuerda cuándo llegó.
—No puedo especificar el día que llegué, no me da para tanto.
Pero sí le da. Continúa su relato:
—Yo me crié en el campo. Krćevo.
Pronuncia el nombre de su pueblo como si lo llevara alojado en sus huesos. Menciona a un par de familias que existían en la aldea que, como dice él, era puro campo. Los nombres y apellidos de esas familias resultan indescifrables en nuestro vocabulario, pero él pronuncia perfectamente sus nombres y luego se traslada al español con fluidez.
—Ahí tenían una escuela primaria. Yo me acuerdo que la profesora era profesora de todo.
Antes de sus estudios de pregrado de medicina, antes de ser Vicente, antes de ser lo que alguna vez fue, era un niño que a los cuatro meses de haber llegado a Chile lo enviaron a la escuela formal, bajo la tutela de sus tíos. Permanece cerca de su familia. Su núcleo. Su recordatorio de la patria que flamea con el viento de las guerras. Todavía no sabía hablar castellano, y sus primeras palabras las aprendió por su facultad para los idiomas.
—Tengo facilidades para cualquier idioma, así que eso es natural. Nací con eso. Todavía hablaba a tropezones, algunas palabras, pero aprendí rápido.
Vicente deja deslizar un dato importante que nos sitúa mejor en su historia: el mes que llegó y el mes que entró a estudiar. Llegó durante abril de 1936. Entró a estudiar en agosto del mismo año. Tenía dónde llegar. También tenía dónde volver, en el cobijo de sus hermanos y hermanas, pero decidió quedarse entre vidas ajenas.
Ninguna de las cuatro hijas aprendió el idioma de su padre. ¿Se transformó esa lengua materna? ¿Transmutó el croata al español? ¿El cabello oscuro y castaño de sus hijas es de madre o es de padre? La forma en que entran y salen del departamento, ¿era así de sociable Vice de niño, cuando todavía no era el médico traumatólogo que es hoy?
De pronto, sus palabras retoman el hilo sobre Orazio. La profesora, la única de la aldea, es quien lo acompañó en el muelle cuando embarcó en Génova hacia Chile.
—Danica, se llamaba, era muy simpática y me quería mucho. Se despidió y lloraba, la pobre, me fue a despedir —asegura.
No deja espacio para preguntar quién más lo fue a despedir, pero ahí está esa figura enterrada en el pasado. La profesora Danica recorre de un país a otro para despedirse del alumno favorito, como reclama ser recordado Vicente. Añade que ella podía jactarse de él, de sus conocimientos, porque era un ávido lector, y aún lo es. El Mercurio se apila con otras lecturas más en la mesa de café. Ya no lee mucho, a excepción del periódico que religiosamente le llega todas las mañanas y que le recogen por él. Después de leerlo, la cuidadora de turno lo deja en el reciclaje del edificio. No se acumulan. Lee sobre cómo Chile pierde un partido importante de las clasificatorias para el mundial. Perdimos contra Argentina.
—Somos buenos para el fútbol. No como Chile —dice, refiriéndose a nosotros, los croatas—. Estos gatos no le ganan a nadie. Es lógico que perdieran, nunca fueron famosos como futbolistas.
ESPN está sonando de fondo en el televisor. Su cuidadora de día de semana, una chica delgada, trigueña, que suspira cada cuantos minutos, seguramente por el calor del departamento –lleva solo una polera manga corta y unos pantalones delgados, en medio de un invierno cruento–, le sirve más jugo anaranjado en un vaso con relieve. A ratos acomoda las flores en la vasija del comedor. Ella es como un satélite. Está siempre ahí, sin que uno la vea.
Volvemos al Orazio, inevitablemente. ¿Quién más lo acompañó cuando el barco zarpó? ¿Cómo fue esa despedida? Si acaso fue cálida, o si fue puro llanto, no sabemos, porque Danica ya está muy lejos, en una aldea en otro continente, o como un recuerdo para sus múltiples alumnos. Danica es una mención muy breve, pero también es la historia completa de Vice. Del hombre en el que se transformaría. De la esposa que escogería. De las hijas que tendría. Todas ellas dedicadas a sus trabajos, pero sin descuidar a su padre, sin dejar de despedirse en el muelle, incluso cuando todavía no le ha llegado la hora.
No parece que Vicente se vaya de esta tierra pronto, pese a estar un año más cerca de su centenario. Han pasado 89 años desde que llegó a un país ajeno que ha hecho suyo. Pero, si es que se va, que sea con sus hijas despidiéndose, con sus amigos, sus cuidadoras, esa bella muchacha de blanco en la fotografía bicolor que se convertiría en su mayor amor, sus vecinos, sus pacientes y sus nietas y nietos, tal como se despidió la profesora en el país italiano: viendo el barco partir hacia otra tierra.
*Este texto fue finalista de la segunda edición del Premio Nuevas Plumas – Chile y puede ser encontrado, junto a las otras catorce crónicas reconocidas por el galardón, en un libro homónimo publicado por Berrinche.





