El destacado fotógrafo, quien el 7 de julio cumple 70 años, lleva medio siglo documentando las grietas y fracturas de una sociedad desigual. Sus imágenes bajo el régimen de Pinochet se volvieron emblemáticas, registrando las protestas y la represión. Paralelamente, en estos años, Hoppe ha efectuado un notable archivo de retratos que van desde Pedro Lemebel a Nicanor Parra, de Enrique Lihn a Elvira Hernández, de Jorge Teillier a Claudio Bertoni. Aquí, las historias detrás de esas imágenes.
Ha sido testigo de lo que ha ocurrido en el país en el último medio siglo. Sus imágenes lo confirman. La mayoría son documentos en blanco y negro capturados bajo la dictadura de Pinochet. Álvaro Hoppe Guiñez nació en Santiago el 7 de julio de 1956. Por estos días cumple 70 años. Le hubiese gustado ser profesor de historia, pero cree que con su labor de fotógrafo ha intentado ser un cronista del Chile de las últimas décadas.
Su mirada de testigo lo ha tenido cerca del miedo y la celebración, ha visto el dolor colectivo y los gestos humanos donde pervive el amor. Sus imágenes muestran las marcas y huellas de una sociedad desigual, la brutalidad del poder, la solidaridad y la violencia.
“Como operador se encuentra envuelto, por el curso de los acontecimientos”, apuntó Enrique Lihn en un texto de 1985 publicado en revista Cauce, “en escenas de violencia que podrían no respetar su integridad física. Para expresar esta situación, Hoppe acude a un procedimiento técnico: el uso de la baja velocidad, cuando las cosas ocurren rápidamente”.
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Desde inicios de los 80, Álvaro Hoppe integró la AFI (Asociación de Fotógrafos Independientes) y como reportero gráfico de la revista APSI (Agencia de Prensa de Servicios Internacionales) registró las protestas y la represión, la marginalidad y la rabia, la vida cotidiana arriba de una micro, las marchas de las y los trabajadores, y la labor de Mujeres por la Vida y el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo. Paralelamente, en su labor de reportero gráfico, fue efectuado un notable archivo de retratos a diversos artistas; sobre todo a poetas, narradoras y narradores.
Entre sus imágenes icónicas e imborrables, de esos años de dictadura, está el masivo funeral en Santiago del sacerdote asesinado por Carabineros, André Jarlán, en 1984; como del velorio y funeral de quien fue su amigo en un tiempo fugaz y triste, Rodrigo Rojas de Negri, un joven fotógrafo de 19 años, quemado por militares, en 1986.
“Nos podría haber pasado a cualquiera de nosotros. Luego de la muerte de Rodrigo, yo terminé yendo al psicólogo y al psiquiatra. Ese recuerdo me produce mucho dolor”, comenta Álvaro Hoppe, quien en más de una oportunidad fue amenazado y golpeado por agentes de la policía secreta de la dictadura. Pero su labor continuó.
Desde fines de los 80 hasta los 2000, ha trabajado en diversos diarios y revistas como Página Abierta, La Calabaza del Diablo, Mensaje, El Canelo, Rocinante, El Mostrador y La Nación Domingo. Fue en este último diario, a mediados de los 2000 cuando trabajamos juntos con Hoppe y efectuamos entrevistas a poetas como Claudio Bertoni y Gonzalo Millán.
“La fotografía me ha permitido conectarme con otros mundos, otras clases sociales y con el mundo interior, eso es muy importante. Y también con la ciudad y la caminata. Un fotógrafo debe ser lo más desprejuiciado posible. Debe pasar desapercibido. Me gusta que las fotos hablen más que uno”, señala Hoppe, quien pasó su infancia y adolescencia en una casa del barrio Bellavista, junto a su madre Enriqueta Camila y su papá, Carlos Emilio. Álvaro tiene dos hermanos, Marcela, educadora, y Alejandro, quien también es un reconocido fotógrafo que trabajó en medios como La Época, Qué Pasa y El Ciudadano. Existió otro hermano, Cristián, que murió.
“Mi padre venía de una familia aristócrata, de los Hoppe Sotomayor. Ellos vivían en el barrio Bellavista, en una casa heredada de mis abuelos, donde yo me crié. Mi mamá era oriunda de Chillán. Me crié entre Bellavista y Recoleta. El barrio a mí me marcó mucho”, cuenta Hoppe y precisa el vínculo con su padre: “Era un gran lector. Le gustaba consumir diarios y revistas. Le gustaba caminar, oír y observar, y yo lo acompañaba”.
El fotógrafo tiene dos hijos, Catalina, quien estudió diseño, y Juan Cristóbal, periodista que se dedica a la fotografía y es parte del colectivo Migrar Photo.

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Álvaro Hoppe estudió en el colegio Murialdo y en el Liceo 7. Siendo un veinteañero partió tomando fotos con una cámara marca Zenit. Ingresó, a fines de los 70 a la Escuela Foto Arte, pero a la par se puso a trabajar en una imprenta y no finalizó sus estudios de fotografía. Luego vivió junto al director de teatro Andrés Pérez y otros artistas, en una casa de la calle García Reyes, en el barrio Yungay.
Hoppe dice que sus grandes referentes han sido sus colegas y amigos de la AFI, entre ellos el fotógrafo y formador de generaciones, Juan Domingo Marinello –gracias a su gestión él fue alumno libre en su cátedra de Fotoperiodismo en la UC–, además de la fotógrafa estadounidense Susan Meiselas, quien propició la publicación del libro colectivo Chile desde adentro (1990).
Hoppe ha vivido lo que llama “la transición del blanco y negro al color”, también del negativo a lo digital, “de lo análogo al mundo virtual en el que hoy vivimos”, dice el autor del libro El ojo en la historia (2003), con textos de Gonzalo Leiva Quijada, y Plebiscito en Chile, 1988 (2020), edición a cargo de Alexis Díaz Belmar, cuyas imágenes se expusieron en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), el 2022.
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La primera vez que Álvaro Hoppe mostró alguna de sus fotos en el Museo Nacional de Bellas Artes fue gracias a Nemesio Antúnez y una iniciativa que se llamó Museo Abierto, en 1990. Este año, Hoppe regresó al Bellas Artes en la muestra colectiva Desbocadas. Yeguas del Apocalipsis. Allí estaban sus fotos tomadas a Francisco Casas, pero también a Pedro Lemebel, cronista que retrató en varias oportunidades.
Otra muestra colectiva, Aquí está mi cara, que se montó en Espacio Arrayán, los primeros meses de este año, exhibió varias imágenes de Hoppe a Lemebel. Incluso sus fotos han sido portadas de libros, como de Loca fuerte, retrato biográfico escrito por Óscar Contardo; Tu voz existe, de Jovana Skarmeta y Marcelo Simonetti y del libro póstumo de Lemebel, Mi amiga Gladys.
En su archivo de autoras y autores, Hoppe ha tenido la posibilidad de incluir a artistas de diferentes generaciones. Parte de su labor ha graficado algunas de las portadas de la colección Poesía de Ediciones UDP. Entre otras y otros, en su archivo están Pía Barros, Alfonso Alcalde, Gonzalo Rojas, José Ángel Cuevas, Juvencio Valle, Mauricio Redolés, Leonel Lienlaf, Diamela Eltit, Stella Díaz Varín, Manuel Silva Acevedo, Enrique Gómez Correa y Gonzalo Millán.
Acá, Hoppe hace una muestra y una breve selección e intenta, a través de los recuerdos —“La memoria es como un gran mosaico o una caja negra”, dice— reconstruir la historia detrás de las imágenes de retratos que efectuó a Nicanor Parra, Pedro Lemebel, Enrique Lihn, Elvira Hernández, Jorge Teillier y Claudio Bertoni.
Nicanor Parra: el profesor ante el público

Primero conoció a Violeta Parra. “Cuando era cabro chico, mi madre me llevaba a unas ferias populares que se hacían en el Parque Forestal. Allí vi y conocí por primera vez a Violeta Parra”, dice Álvaro Hoppe y comenta que su padre era un gran lector. “Por él conocí la obra de Nicanor”, agrega y detalla que asistió a una de las clases que el autor de Versos de salón realizaba en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, en Beauchef, en 1990. La cita ocurrió gracias a la gestión de Mauricio Redolés. Por entonces, ambos trabajaban en la revista Página Abierta.
“Lo que recuerdo es que Redolés iba a conversar con Nicanor y me pidió que lo acompañara. Yo estaba muy tímido frente a él y me dijo: ‘Hoppe, sea invisible. Tome fotos, pero sea invisible’. Fue una clase increíble que presencié. Parra frente al pizarrón y su público, los alumnos. Siempre provocando e incitando a pensar. En el pizarrón escribió: ‘VUELTA A LA DEMOCRACIA PARA QUÉ. ¿Para que se repita la película? NO’. Para mí fue mágico ese momento. Estaba en la sala, también, Erwin Díaz. Luego nos fuimos a almorzar cerca, donde siempre almorzaba y él seguía tomando apuntes”, señala Hoppe. Una de las fotos de esa secuencia, donde el antipoeta aparece escribiendo frente al pizarrón, es la portada del libro Discursos de sobremesa (2006).

Pedro Lemebel: radiante frente a un altar

“Siempre me sentí identificado con él. Con su forma de ser”, dice Hoppe, quien solía conversar con el escritor en las calles de la ciudad. “A Pedro le gustaba el barrio Bellavista y siempre nos veíamos por esas calles desde fines de los 80”, agrega el fotógrafo.
En la crónica Chocolate amargo, Lemebel comienza narrando un recorrido con Hoppe: “Paseando la tarde por Bellavista en compañía del fotógrafo Álvaro Hoppe, después de recorrer el tranco disparejo de sus veredas tibias por el relumbro añoso del ocaso, luego de evocar sin nostalgia el tiempo vertiginoso de los ochenta y la dictadura, cuando Hoppe sudaba la gota espesa del aire lacrimógeno sacando fotos en medio de la trifulca callejera”.
Se volvieron a encontrar en los 90, en la revista Página Abierta, donde Lemebel escribía crónicas y Hoppe tomaba fotos. “Fotografié a Pedro en varias ocasiones, tanto en las calles, en manifestaciones, en la Feria del Libro que se efectuaba en la Estación Mapocho, como en su hogar”, relata. Eran los años en que Lemebel vivía en la casa 4, de un cité ubicado en Dardignac 191, en Recoleta.
Fue en su territorio íntimo, donde Hoppe retrató a Lemebel vestido de rojo en una especie de altar frente a la virgen de Guadalupe. “Estoy casi seguro de que ese día Pedro daba a conocer el libro Tengo miedo torero, en el Salón de Honor del ex Congreso Nacional. Fue el año 2001. Luego me invitó a su casa, a la celebración por el libro. Es ahí donde ocurre la foto frente a la virgen de Guadalupe. Pedro estaba radiante”, dice Hoppe.
Pero hay otra escena clave que el fotógrafo capturó ese día, pocas horas antes, en el ex Congreso Nacional de la capital. Fue cuando Gladys Marín, la emblemática secretaria general del PC, se abraza y besa con Lemebel en la presentación de la única novela que publicó el autor. La imagen capturada por Hoppe es la portada del libro Mi amiga Gladys (2016).
Enrique Lihn: un poeta y un actor en acción

Dice que lo más seguro es que conoció a Enrique Lihn por la periodista Claudia Donoso, quien era la editora de Cultura en la revista APSI. “Lihn publicó un texto sobre mi fotografía, en 1985. A mí me marcó ese texto. Era muy agudo”, dice Hoppe quien un año después, en 1986, asistió a la casa de Lihn junto al escritor y periodista Pablo Azócar, quien lo entrevistaría para la revista APSI. Por esos días, Lihn vivía en el tercer piso de un departamento ubicado en la calle Passy 061. “El departamento quedaba entre Vicuña Mackenna y el Parque Bustamante. Recuerdo que Inés Paulino era quien hacia las fotos en la sección de cultura en el APSI. Pero ese día de la entrevista ella estaba haciendo otras cosas. Fue algo fortuito. Las sinergias de la vida. Por eso fui yo donde Lihn”, cuenta Hoppe, quien le tomó al poeta dos fotos reconocidas con el paso del tiempo.
La primera es la que grafica esta nota. Fue cuando Hoppe le dijo al autor de La pieza oscura que fuese a buscar una foto de su gusto. “Entonces Enrique fue a buscar esa imagen impresa que le había tomado Luis Poirot. Lihn parece que se ríe de su aspecto serio de esa imagen que tiene entre sus manos. A mí me interesaba el tema de los espejos: la foto de la foto. Yo quería volver después con la foto que le había tomado y hacerle otra foto”, dice Hoppe y agrega: “Una idea como el cuadro de Las meninas, de Velázquez”.
La otra imagen inolvidable de Lihn que Hoppe capturó ese día en calle Passy ocurrió de la siguiente manera: “Le pregunté qué cosas cotidianas le gustaba hacer. Me dijo: ‘Darle comida a las palomas’. ¡Entonces vamos!, le dije… Él era bien especial, era un actor en potencia. Y fue cuando se asomó por una ventana del departamento. Alimentó las palomas y por eso Lihn aparece retratado junto a una paloma”, señala Hoppe.
Lihn murió de un cáncer en julio de 1988. Un año antes, el fotógrafo junto a su hermano Alejandro retrataron al elenco de la obra La radio, donde actuaba Lihn. La imagen fue parte de los afiches promocionales de la obra de teatro La Cigarra, que se presentó en Seminario 141 – A, Providencia.
“No pude hacerle la foto con la foto que quería. A Enrique le dio cáncer. Recuerdo que después solo hablé por teléfono con él. Creo que me pidió naranjas. ‘Tráeme naranjas’, me dijo. Pero yo no quise invadir su espacio”, dice Hoppe, quien en una fotografía que circula en redes sociales -reunión de APSI– aparece al lado de un espejo. Están en un bar. Además, hay otras personas, entre ellas las fotógrafas Paz Errázuriz y Kena Loreninzi. Frente a él está Enrique Lihn.
Elvira Hernández: el misterio de la poesía detrás del vidrio

La conoce desde los años 80. “La primera vez que vi a Elvira fue a través de la revista APSI. Yo iba a tomar fotos a eventos literarios y me encontraba con ella. Debe haber sido el año 83, 84 y me regaló un libro fotocopiado acerca de la imagen visual y la fotografía. Muy interesante. Luego me regaló su libro La bandera de Chile y conversábamos… Después con los años hicimos con mi hermano Alejandro y Alexis Díaz una exposición, La Toma de las Banderas: Chile 1988-2014, inspirado también en su obra”, dice Hoppe, quien ha retratado a la poeta y Premio Nacional de Literatura tanto en su casa como en la calle. Ambos son usuarios del transporte público. “Hace algunas semanas me encontré con ella en la micro y le tomé dos o tres fotos. Luego se las envié por WhatsApp”, cuenta y pasa a narrar cómo sucedió la foto que grafica esta nota.
“Elvira tiene un rostro muy especial. Es sensible. La foto donde ella mira a través de una hoja de vidrio la hicimos jugando en su casa con unos espejos. Es muy poética”, afirma Hoppe de la imagen que fue usada en la portada del libro de Elvira Hernández, Seudoaraucana y Otras banderas (2017).
Otra imagen que retrató Hoppe a la poeta y que ilustra un libro es un fragmento de su rostro. Son sus ojos mirando por la reja de la entrada de su hogar y que grafica el título Estado de sitio (2020). “Siempre jugamos, yo le digo: quiero ser tu fotógrafo oficial”, cuenta Hoppe a quien la poeta le dedicó un poema. Se llama Lo que sigue, donde se refiere a “la bruma de la presencia”, a “tantas desconocidas banderas” y a “rostros interminables”.
Jorge Teillier: el guardián de La Unión Chica

Es una imagen emblemática. Debe ser la fotografía que más se ha reproducido asociada al nombre del poeta y autor de El árbol de la memoria. Es Jorge Teillier afuera del bar La Unión Chica, ubicada en calle Nueva York 11, en pleno centro de Santiago y frente a la Universidad de Chile, donde Teillier trabajó a cargo del Boletín de esa casa de estudios. Cuando Hoppe le tomó la foto que grafica esta nota, era dictadura y el poeta ya no trabajaba en la Universidad de Chile. Sin embargo, era asiduo a ese bar donde se reunía con sus amigos, entre otros, Rolando Cardenas, Aristóteles España, Stella Díaz Varín, Leonora Vicuña, Germán Arestizábal, Álvaro Ruiz y Lorenzo Peirano.
En la imagen, Teillier aparece de terno y corbata. Es 1985 y el poeta sostiene con su mano izquierda una bolsa plástica que contenía libros y, en ocasiones, también un sánguche. “Ese día Jorge estaba radiante. Estaba orgulloso. Estoy seguro, sí, creo estar seguro, de que en esa bolsa trasladaba copias de su nuevo libro”, dice el fotógrafo, quien recibió de Teillier un ejemplar recién publicado de Cartas para reinas de otras primaveras.
Hoppe le hizo otras fotos a Teillier. Acompañó a Jaime Valdivieso, quien entrevistó al poeta para la revista APSI. La conversación transcurrió en una clínica donde Teillier estaba rehabilitándose de su alcoholismo. Al fotógrafo no le gustó ese momento. “Teillier no estaba bien. Se estaba recuperando. Igual las fotos aparecieron en la revista”, dice Hoppe.
Claudio Bertoni: caminando junto al mar

Ocurrió en el verano del 2006. El poeta recién había cumplido 60 años. Con Álvaro Hoppe viajamos a Concón, a la cabaña donde Bertoni ha vivido desde hace medio siglo cuando llegó desde Europa, en 1976. La entrevista que yo haría junto a la compañía de Hoppe era para el suplemento cultural LCD, del diario La Nación Domingo. Entonces, mientras lo entrevistaba, Hoppe le tomó fotos -entre rumas de libros y objetos reciclados- al autor de obras como El cansador intrabajable y Sentado en la cuneta.
Bertoni hablando recostado en su cama. En plenitud. Y tras la entrevista, en un auto del diario, nos dirigimos desde Concón a Viña del Mar. Fue cuando, llegando al borde costero, Hoppe le dijo al chofer que se detuviera. Y Bertoni se bajó, caminó junto al mar, posó para la cámara con las olas del Pacífico de fondo.

“A Claudio lo conocí en diferentes épocas. En ese momento, en esa foto, él estaba full, con chaqueta, lentes oscuros, zapatillas… Había que hacer un escenario distinto al de su casa… Él me ayudó en esa foto. Fue generoso y cariñoso. Yo lo conocí mucho antes, en la casa de la Leonora Vicuña, en Santiago, en calle San Isidro. Claudio también iba a la AFI, en los 80. Recuerdo que muchas veces caminamos juntos por la ciudad… Una vez se ganó la beca Guggenheim y andaba con el cheque y yo le tomé una foto con el cheque. También recuerdo cuando yo recibí el premio Altazor, el 2004, y fue trasmitido por televisión y leí el poema de Bertoni, No estoy en el poder. Antes lo llamé para pedirle permiso para leerlo y lo escribí en un papel y lo leí: ‘No estoy en el poder estoy en el paradero / no estoy en el poder estoy en la micro…”, termina Hoppe.






1 comentario en “Más allá de la dictadura: la historia detrás de las fotos a escritores de Álvaro Hoppe”
Álvaro que extrañables el como, y circunstancia de tus fotos y toda la “Historia” que contiene cada momento Felicidades y sigue girando se necesitan mucha Creativodad y coherencia.