Estas piedras son nuestra pietà.
Raúl Zurita
Las órdenes eran dos: esconderse y taparse los oídos.
Los niños obedecieron a medias. Si no podían ver lo que ocurría, al menos iban a escucharlo. Primero, el aire se rasgó. Después, vino el estruendo. Una onda expansiva que se oía y se sentía en igual medida en el pecho, en las piernas, en todo el cuerpo. La montaña gritaba, botaba tierra, producía un eco casi eterno. Y luego, el zumbido agudo.
Sesenta y tres años después, Jessie Berg Costa alza las dos manos hacia sus oídos, como si reviviera el momento.
—Estábamos sordos, pero fascinados.
La polvoreada bajó de a poco. Hasta que la primera piedra se soltó.
La primera de siete.
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Instrucciones
Cada equipo, guiado por un elemento esencial –agua, piedra, aire o fuego– deberá seguir pistas y resolver desafíos con creatividad para resignificar colaborativamente la identidad del barrio.
Los equipos deberán resolver todos los desafíos que alcancen en una hora, respetando su orden numérico. El desafío número 10 es obligatorio. Si el tiempo es limitado, prioricen completarlo antes de finalizar el juego.
Los lugares nos hablan. ¿Escucharemos su llamado?
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Las paredes de su casa en La Reina están pobladas de cuadros, esculturas, arpilleras y fotografías. No hay dudas de que ahí el arte tiene un lugar especial.
—Soy la hija mayor de dos artistas.
Después, Jessie dice lo demás. Que tiene 69 años, cinco hijos y siete nietos, que estudió Secretariado Bilingüe en la Universidad Católica, una profesión que ya no existe, y luego Teología. Que es divorciada, pero que se volvió a casar no hace mucho tiempo con el arquitecto Juan Alonso. Que hoy se dedica a cuidar a su madre, la titulada en Artes Sara Costa (94).
También a mantener vivo el legado de su padre.
—Lo hago no por mí, ni por mi familia, sino por los investigadores y por la historia de la cultura de Chile —comenta.
Lorenzo Berg Salvo nació en Concepción en 1924, fue organizador de las primeras ferias de arte y artesanía del país, y uno de los creadores de la Galería Artesanal de Centros de Madres (CEMA). Se codeaba con los Parra, Nemesio Antúnez, José Balmes, Paul Hammer, Gregorio de la Fuente. Y lo principal: fue escultor.
Su taller era el útero de la casa. Estaba lleno de maquetas, planos, materiales. También muchas imágenes de Pedro Aguirre Cerda. Durante años, Jessie pensó que el expresidente era su tío, abuelo, primo o algún familiar lejano.
—Don Pedro esto, don Pedro aquello. Todo el día mi papá, mi mamá y sus amigos hablaban de él.
Su nombre estaba presente desde antes de su nacimiento: en 1953, Lorenzo Berg había ganado un concurso internacional para hacer un monumento al exmandatario. Durante algunos años, el proyecto fue pausado, lo que coincidió con una beca del British Council para que él estudiara en el extranjero.
Pero en 1960, cuando La Nación publicó el titular “Todo Chile se une ante la catástrofe nacional” y la prensa europea informó de los “devastadores” terremotos y maremotos de Valdivia, Lorenzo Berg tuvo una visión.
Las ruinas, el agua y la esperanza.
Regresó a Santiago sabiendo lo que haría.
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Proyecto de obra aprobado por unanimidad en Chile el 13 de julio de 1961 y exhibido en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro en octubre de ese mismo año:
Espejo de agua de 40 x 25 metros y 0,80 cm de altura.
Dentro del espejo hay siete bloques de granito que recuerdan las principales obras del gobierno: Defensa de la Raza, Corporación de Reconstrucción y Auxilio (Corfo), Pascua de los Niños Pobres, Educación, Límites de la Antártida, y el séptimo, dedicado al ex mandatario partiendo de un relieve, en la cabeza, para terminar en un inciso, con la figura de dos niños.
La escultura principal, ejecutada en cobre, de 13 metros de altura, una llama.

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Recién en 2009 el historiador Marcelo Mardones dimensionó la importancia de aquellas piedras por las que pasaba a menudo en el Parque Almagro.
Le llamaban la atención desde la niñez. Las asociaba a los menhires, esas piedras monumentales de culturas europeas como la celta, y que le eran familiares gracias a los cómics de Astérix y Obelix, de los que se consideraba fanático. Recordó que Obelix era, de hecho, constructor de menhires, e imaginó lo fantástico que hubiese sido ver a su personaje favorito en las calles de Santiago.
Conversando con su colega Simón Castillo, descubrió que la versión chilena de Obelix era Lorenzo Berg y que las rocas instaladas eran parte de un homenaje a Pedro Aguirre Cerda. Poco después, mientras ingresaba a su doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos, leyó La escultura en el campo expandido, de Rosalind Krauss, y descubrió el land art.
—Eso me hizo mirar la obra del Parque Almagro con otros ojos —recuerda Marcelo.
El land art fue uno de los grandes movimientos artísticos europeos, caracterizado por la creación de obras a gran escala utilizando elementos naturales. Pero nació a principios de 1970. Casi diez años después de la propuesta de Lorenzo Berg, la primera obra en Chile elaborada sin hacer una referencia figurativa al personaje, sino a su legado.
—Fue un adelantado para su época —dice Rodrigo Guendelman, quien desde hace más de una década promueve la cultura y el urbanismo de Santiago a través de su plataforma Santiago Adicto.
Lo comenta emocionado, pero con un dejo de lamento:
—El diseño original es una de las obras de espacio público más increíbles que hay en el país: tiene que ver con nuestro vínculo con la cordillera, con nuestra idiosincrasia, con nuestra identidad y está en pleno barrio cívico de Santiago… Y hoy su historia está casi perdida.


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Mensajes e imágenes rayadas en las siete piedras de Parque Almagro al 30 de junio de 2025:
Fuck
Gatitos
Contra los nazis
¡NO!
Chapa
Speed thriller
Out
Palestino, mi único amor
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El fotógrafo Futuro Berg creció en la casa de su abuela Sara. Siempre fueron muy cercanos. Ella le contaba todas las historias de Lorenzo, a quien él no conoció.
Desde un viaje en tren en Suecia, donde está terminando su magíster, Futuro dice que se sentía completamente abrumado por la cantidad de anécdotas de su tata, a tal punto que no dimensionaba la importancia de todas ellas.
Para él, su heroína era Sara. Sara, la mujer talentosa que dejó de lado el arte para criar a sus cinco hijos. Sara, la que apoyó a su abuelo en todos los momentos. Sara, a quien le sigue doliendo la historia de las piedras.
—Cuando era niño, a veces paseábamos por el centro y me decían “Esas son las piedras que puso tu abuelo”. Yo pensaba: “Okey”. Hoy sé que todos tienen una espina clavada porque nunca se terminó, pero yo soy menos purista: siento que es el reflejo de la falta de apertura mental que había en Chile.
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En 1962, empezaron las primeras trabas del proyecto.
En respuesta, Lorenzo decidió actuar por cuenta propia. Hacer caminos, reforzar puentes, talar bosques, construir terraplenes de carga… Todo lo necesario para extraer, cortar y trasladar los bloques de granito.
—Te quiero decir, para que entiendas el ambiente, todo era en función de esto: nosotros fuimos unos niños que crecimos alrededor del monumento —recuerda Jessie.
Así como otros niños iban a esquiar a la Cordillera o a la playa con sus familias, Jessie y su hermano Lorenzo (“Lori chico”) encontraban natural pasar el fin de semana en el roquedal de Montenegro en una carpa, mientras su padre buscaba las piedras.
—¡Todo era precario! Yo veo cómo mis hijos o mis nietos fueron scouts y me muero de la risa… Comparada con ellos, yo era como de la época de los romanos, no teníamos zapatos adecuados, nada.
Durante la semana, iban al colegio mientras él emprendía su búsqueda. En ese tiempo, Lorenzo adelgazó mucho: vivió a punta de charqui, pan amasado y una que otra ensalada de tomate. Fumaba todo el día y tomaba mucho café, al cual le echaba un poco de leche condensada para darse un gustito. Y luego buscaba. Sin parar.
Cuando sus hijos estaban con él, hacía que todo se transformara en un juego.
—Me decía: “A ver, tú, ayúdame, ¿por qué no buscas una piedra que tú encuentres que te signifique una montaña?”. Era bien inteligente para estimular nuestra imaginación y que no nos aburriéramos.
Como buen escultor, no era cualquier piedra que le servía. Él buscaba formas específicas, especiales, lindas, preciosas.
—Llegó a tanto que hasta el día de hoy yo estoy identificada con una de esas piedras. Yo digo que es mi piedra.
—¿Cuál de todas?
—Te la puedo mostrar en una foto.
Y lo hace. Se levanta, camina por el pasillo de su casa-museo y trae una caja llena de fotografías. Busca –como su padre en algún momento– hasta que la señala. Explica que es la más alta, que tiene lados que, sin que los intervinieran, parecen trabajados.
—Es, o al menos era, la más linda de todas —suspira.
Jessie sabe que fue espectadora privilegiada de una ceremonia casi sagrada: aquel año vio cómo un grupo de obreros, ayudantes y especialistas en dinamita movieron no solo una, sino siete piedras desde el roquedal de Montenegro hasta Santiago Centro.
Siete pedazos de la Cordillera de la Costa.
El más liviano, de 18 toneladas; el mayor, de 75.
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La familia Berg observa con aprehensión las noticias. En Teletrece informan que la comuna de Santiago Centro registra más reportes por ruido en espacios públicos que cualquier otra, y Parque Almagro es uno de los focos habituales: consumo de alcohol, drogas, música fuerte, basura y desórdenes tras fiestas clandestinas que llegan a reunir cientos de personas.
En ese escenario, como buen excarabinero, el alcalde Mario Desbordes anunció un plan para cerrar perimetralmente el parque.
—¡Un absurdo! —comenta, sin titubear, Jessie.
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En el día más helado del año, sale el sol. Pero de esos de invierno, que no calientan casi nada.
Todas las bancas alrededor de las piedras están ocupadas, como si algo atrajera a los visitantes. Un magnetismo oculto.
—¿Sabes la historia de estas piedras?
—No, pero me gusta venir acá a mirarlas. Lo hago todos los días —dice Rosa, vecina del Parque Almagro desde hace más de diez años, cuando migró a Santiago desde Talca—. Son como espíritus.
En otra banca, un señor llamado Miguel Ángel, que no entiende el motivo de mi sonrisa al pronunciar su nombre, y que afirma haber estudiado Historia “hace mucho tiempo” y hoy vivir en situación de calle, comenta:
—No creo que tengan una historia. O al menos no una importante. Si sí, tendrían alguna placa por acá, como en Cal y Canto, donde dicen que fue construido con piedras, ladrillos y una mezcla de cal y huevos.
—Esas piedras vienen de la Cordillera de la Costa…
—¡No te creo! ¿Y por qué no hay nada acá?
—…
—Ahora me gustan más.
—¿Por qué le gustan?
—Como que me teletransportan. No me vas a creer, pero a veces las veo y pienso que se ven distintas, van cambiando según la hora del día…
Un poco más allá, dos estudiantes de la Universidad Central dicen que tampoco conocen su historia:
—¿Pero te digo una cosa? A nadie le importa.
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—¡Traerlas a Santiago fue toda una hazaña! Te voy a decir cómo lo hizo el papá: pasó de noche las piedras, escondido, él con el conductor de un camión. Nadie sabía si el puente Pío Nono iba a resistir el peso del camión con las piedras. El papá cruzaba después de la medianoche el puente y yo creo que mi madre estaba rezando para que no se cayera y murieran aplastados.
El puente, claro está, resistió.
Gracias a la colaboración de los Ferrocarriles del Estado, los bloques pudieron ser colocados sobre sus respectivas bases de concreto. Para ello se utilizaron gatas, teclas y durmientes. A pesar de que muchos consideraban esta faena prácticamente imposible —debido a la falta de antecedentes en este tipo de trabajos—, se ejecutó con limpieza y una precisión notable: la coordinación silenciosa; el momento exacto en que encajaba en su base de concreto, sin margen de error.
Una vez apernados y fijados en su ubicación definitiva, los bloques fueron finalmente canteados, quedando listos para los últimos ajustes, de acuerdo con los detalles que Lorenzo había definido previamente en los cerros.
—Yo me preocupaba de que mi piedra quedara muy bien colocada. Obviamente a mí nadie me iba a hacer caso, pero me hacían el cuento de “sí, no te preocupes, va a quedar derechita, no le va a pasar nada a tu piedra”.
Jessie era una niña, pero sabía que aquello era importante. No solo por la escala de la piedra, alta como ninguna otra en el lugar, sino por la ubicación que tenía. En ese entonces, el Parque Almagro no tenía edificios, tampoco árboles. Solo el cielo abierto y ese vacío que le daba al monumento una presencia majestuosa.
—Ese momento para mí fue una emoción enorme. Sufro al ver hoy cómo lo rellenaron con pasto, cómo lo taparon con tierra. En ese entonces se alzaba solo, era lo más alto y lo más lindo del centro.


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En 1964, la Comisión Pro-Monumento informó a Lorenzo que debía suspender las obras. Para ese entonces ya había instalado las siete piedras y tallado parcialmente la cara de Pedro Aguirre Cerda. Faltaba terminar de construir el espejo de agua e instalar la llama simbólica.
La Comisión consideraba que era mejor reemplazar la llama por una escultura de mayor relieve del expresidente. Algo más explícito. Algo que los chilenos reconocieran fácilmente.
En 2025, esa escultura, a metros de las piedras, sigue ahí, al final del Paseo Bulnes. El rostro de Pedro Aguirre Cerda que Lorenzo empezó a hacer está completamente rayado de rojo.
Las piedras, a su vez, acumulan capas y capas de pintura.
Después de su monumento inconcluso, Lorenzo Berg no volvió a dedicarse a la escultura. Emprendió otros proyectos, principalmente asociados a las ferias de artesanos de Chile.
Falleció en 1984 de un paro cardíaco.
La escultura de la llama, que él había hecho con sus propias manos, sin ayudantes, fue colocada en su tumba. Y robada años más tarde. Hasta hoy se encuentra desaparecida.
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Raúl Zurita, en un acto del Consejo de Monumentos Nacionales:
El Monumento a don Pedro Aguirre Cerda de Lorenzo Berg es el único monumento de Chile que está a la altura de sus paisajes. El Monumento a don Pedro Aguirre Cerda de Lorenzo Berg es el único monumento de Chile que está a la altura de la muerte. Por eso son piedras. Irguiéndose entonces sobre el espejo de agua que las refleja, estas siete piedras reiteran ese día inmemorial, perdido en el fondo de lo humano, en que algo vio algo semejante a estas piedras y comprendió de golpe que seguirían allí cuando él no estuviera. Es el instante en que nace la muerte.
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Desde Suecia, aún sin llegar a su destino, Futuro recuerda la última vez que vino a Chile:
—Fue bien loco, porque tomé el metro y en la nueva estación Padre Almagro hay un mural donde aparecen las piedras. Llamé a mi abuela Sara para contarle y ella no sabía. Fue lindo, porque me sentí parte de ese lugar.
El mural al que se refiere Futuro es del artista Rodrigo Soto. Su título no podría ser más elocuente: “La historia de un barrio es la historia de un pueblo”.
***
Les digo que, si callan, las piedras hablarán.
Lucas 19, 40
A fines de 2025, Jessie cumple 70 años. Su familia está en varias partes del mundo. Les dijo que no le trajeran regalos, que no se complicaran con encargos ni con envoltorios brillantes. Solo quiere verlos juntos, a todos: hijos y nietos, en el mismo lugar, por un día.
—¿Qué te dijeron cuando comentaste tus planes?
—No les he dicho —se ríe—. Quiero que sea una sorpresa. No es solo para que lo vean. Es para que lo entiendan.
Ese día, quiere ir al centro y que todos jueguen Lo que el Bulnes se llevó, creado por Bárbara Chávez, María José García y Natalia Valdés, de la agencia de juegos patrimoniales Puebla.
Como la niña que fue buscando piedras junto a su padre, Jessie extiende las instrucciones del juego:
Término: al cabo de una hora, los cuatro equipos deben encontrarse en el lugar del último desafío (número 10).
Y lee el desafío 10:
—“En el centro del Parque Almagro se alzan las siete rocas del monumento inacabado en honor a Pedro Aguirre Cerda, diseñado por Lorenzo Berg en los años 1960. El desafío es completar la piedra inacabada: tómense una foto representando a los niños y niñas que debían acompañar al exmandatario en la obra original”.
Su plan es que caminen todos juntos por el Paseo Bulnes, ver a sus hijos y nietos tocar las piedras, mirar las cicatrices del monumento y decir:
—Esto lo hizo su bisabuelo. Esto lo dejaron incompleto. Esto lo seguimos peleando.
*ACUARELA DE PORTADA: GONZALO IBÁÑEZ; FOTOGRAFÍAS FACILITADAS POR LA FAMILIA BERG.
*Este texto fue finalista de la segunda edición del Premio Nuevas Plumas y puede ser encontrado en el libro homónimo de Berrinche Ediciones, con otras 14 crónicas.





