“Mientras, por efecto de las leyes y de las costumbres, exista una condenación social que cree artificialmente, en plena civilización, infiernos; mientras el hombre sea degradado por el hambre, la mujer por la falta de amparo, el niño por la ignorancia; en una palabra, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, libros como éste podrán no ser inútiles.”
(Victor Hugo)
Llegué a las 10:00 am a su departamento, tal y como habíamos acordado. La idea era hacer una deriva, esa práctica de la contracultura francesa que consiste en explorar la ciudad intentando hackear los circuitos dominantes del flujo urbano. Recorrer las calles de París con un mapa de Londres en la mano, por ejemplo. Algo así queríamos, más de monos que de situacionistas. Yo fui el que lo propuso. Él es la única persona que me hubiese dicho que sí tan rápido sin pedir explicaciones. Decidimos construir un sistema aleatorio que no se sintiera del todo mecánico. Sin saberlo, seguíamos el consejo de Guy Debord: en una deriva el azar es importante, pero lo primordial es dejarse llevar por el flujo emocional de la ciudad. Algo con dados, pensamos. Que ciertas tiradas nos obligaran a ir en una u otra dirección, tomar o no una micro, entrar o no a un lugar. Las reglas las definiríamos ese mismo día. Propuse añadir un ingrediente especial: una dosis de alucinógenos. Uno punto cinco gramos, sugerí
—¿Por qué no dos? —Me respondió.
—Ya, dos. Nos vemos diez de la mañana en tu departamento.
Sí sé, hay que estar un poco cagado de la cabeza. Ya les dije que fue de puro monos. Ahí figuraba yo, entusiasmado y sin desayunar esperando que mi amigo abriera la puerta. Me recibió listo para la aventura. A las reglas ya conversadas, añadimos doce acciones del tipo “tomar la primera micro”, “detenerse en la primera plaza”, “subir o bajar a algún lugar”, “comprar algo de mil pesos”, “seguir la recomendación de un extraño”. Pesamos, repartimos e ingerimos nuestro factor sorpresa. Calculamos que el efecto empezaría en unos cuarenta o cincuenta minutos, lo suficiente para aclimatarnos al sistema. Nos preparamos para salir.
Sería un día largo.
*
—¿Qué hiciste el finde, amigo?
—Leer como si me pagaran.
—¿Qué estay leyendo?
—Los Miserables de Víctor Hugo. Llevo desde febrero intentando terminarla.
—¿Muy larga?
—Muchísimo. Y densa, empalagosa.
—¿Por qué?
—Tiene páginas y páginas dedicadas a explicar la batalla de Waterloo, reflexiones filosóficas, sermones cristianos, historia de Francia… bueno y entre medio de eso una trama muy melodramática, de folletín.
—Ya, pero ¿buena?
—Mmm… buena. Desgastante, pero buena.
—¿Y quiénes son los miserables?
Llevábamos ya unas cuantas tiradas. Todavía estábamos en terreno conocido. Yo ya empezaba a sentir esa ansiedad corporal, el hormigueo punzante del comienzo. Conocía esa sensación: es el preámbulo de un viaje exitoso, pero intenso. Miré el cronómetro. Treinta minutos.
—¿No te subió muy rápido?
—Estaba pensando lo mismo. Quizá porque no tomamos desayuno.
—Demás que sí.
Decidimos tirar nuestro primer dado de acción. El azar decidió hacernos comenzar con una de las opciones menos probables. Número tres: tomar la primera micro que pudiéramos ¿Por cuántas paradas? Dependería de los dados. Mientras esperamos en el paradero ya era evidente que la psicoscilibina estaba haciendo su efecto.
El rojo era más rojo.
El verde más verde.
Los autos dejaban una estela de movimiento.
El sonido de los neumáticos girando por el pavimento podía escucharse nítidamente con eco. Hay que tener mente para algo así. O estar un poco loco.
Llegó la micro, un gusano robótico enorme. Mi amigo pasó rápido; yo tuve problemas validando mi código QR en la entrada. Cuando lo miraba veía las líneas bailar, como si se tratase de un laberinto movedizo. Pude pasar y llegar al asiento. Era como despegar de un avión.
Santiago es un collage y las nuevas micros son un pedazo de un futuro lejano o acaso imposible. Tecnológicas y ecológicas, circulan silenciosamente por calles que bien podrían ser de los arrabales parisinos que describe Víctor Hugo, incluso peores: calles pobladas de una miseria que, de haberlas visto, quizá le habrían hecho escribir una obra nueva llamada Los miserabilísimos. Por esos lugares se mueve el transporte del futuro.
Ahí dentro iba yo, como en una pecera hermética. Veía el interior de la micro a través de un lente gran angular. Los primeros efectos alucinógenos se observan en silencio: la nueva perspectiva es demasiado anonadante. Por suerte era domingo y empezaba a salir el sol; hasta las personas más infelices se ven agradables en un día así. Lo íbamos a pasar bien, pensé.
—¿Cómo estay?
—Bien. Arriba de la pelota.
—Estoy pensando que quizá no estaba en el mejor momento emocional para hacer esto…
—¿Te sentís mal?
—No. Me dieron ganas de llorar.
—Llora no más po. Tranqui.
—Gracias. Lo bueno es que no me da vergüenza hacerlo frente a ti.
—Obvio que no. Tú tranqui. Si quieres nos devolvemos.
—¡No! Gracias. Solo necesito llorar un poco. Es parte de la experiencia. Es algo que yo quise hacer.
Y apoyó su cabeza en mi hombro. Somos amigos desde hace casi quince años, pero solo nos sentimos cómodos mostrándonos afecto hace poco. Nuestra amistad ha sido una sola gran conversación que empezó en la adolescencia y que todavía no termina. Siempre de música, de libros, de política, pero nunca de nosotros. Al menos así fue durante mucho tiempo hasta que uno de los dos, ya no recuerdo cuál, se empezó a tomar en serio la pregunta del saludo y en vez de decir que todo estaba bien, respondió: hoy no, me siento mal y necesito hablar con alguien de lo que me pasa. No hay cómo parar después de eso. El pacto se sella, la amistad cambia para siempre. Sabes que esa es la persona a la que puedes decirle todo, incluido lo mucho que lo quieres y lo admiras. Incluido lo que te falta.
Por eso no me preocupó que llorara. A muchas personas les pasa con una dosis como esa. Los alucinógenos intensifican las emociones y hacen fácil el tránsito de la euforia a la angustia existencial. No es lo mismo que un mal viaje.Querer llorar es distinto de pensar que vas a morir o que no podrás regresar a un estado mental normal. Mi amigo no estaba en un mal viaje, solo estaba triste.
—Ya, estoy mejor. Preguntémosle a los dados si nos tenemos que bajar en el próximo paradero.
Los dados dijeron que sí.
*
La idea era perdernos, pero el azar quiso que nos bajáramos en un lugar conocido para ambos: calle Curicó, cerca del Parque Bustamante. ¿Qué importaba? En ese estado todo parece como si lo vieras por primera vez. Caminamos un rato hasta que decidimos tirar un nuevo dado de acción. Resultado, detenernos en la primera plaza que viéramos. Seguimos caminando aleatoriamente.
—He pasado muchas veces por aquí y nunca me había fijado en esta plaza.
Era una gran banca circular en la que convergen varias calles. Una plaza-agujero, un lago urbano en el que desemboca el flujo de los transeúntes para revolverse y luego reorientarse hacia otras corrientes. La banca estaba vacía. Era como subirse a un tagadá descompuesto. El respaldo estaba cubierto por murales estilo Brigada Ramona Parra alusivos a cuadernos, libros y útiles escolares.
—¿Será una plaza con nombre?
—Ni idea. Igual parece importante.
—Me tinca que debe tener algo que ver con la educación.
—Yo igual. Una hueá con Gabriela Mistral me imagino.
—Demás que sí. Está bonita.
—Es muy amigable con el peatón, además.
Desde donde estábamos sentados se podía mirar a través de una calle peatonal que parecía infinita. Había mujeres ancianas sentadas en bancas, algunas solas y otras acompañadas probablemente por sus hijas. Eran las afueras de un centro de salud. Si se cambiaba el foco hacia el primer plano en vez del punto de fuga, se veía un edificio enorme, pintado de un rojo gastado. Otro retazo del collage santiaguino: parecía sacado de un documental de los años setenta.
—Me imagino a las familias jugando acá.
—¿Sí? Yo me imagino otra cosa. Un lugar un poco triste, solitario.
—¿Por qué?
—Siento que te vienes a sentar aquí después de recibir una mala noticia.
—No lo había pensado. Pero sí po, parece que es como un barrio de la salud. Está la Facultad de Medicina ahí, la urgencia, el laboratorio, el centro médico…
—Por eso lo decía.
Pensaba en cuando estábamos esperando a que muriera mi tío. Toda mi parentela reunida en la entrada del Hospital Salvador. La doctora avisó que pasaría en cualquier momento así que teníamos que turnarnos para despedirnos. Aunque él ya estuviese durmiendo, ella nos aseguró que todavía escuchaba. Salí a comprar algo para comer para los demás porque llevábamos horas ahí y nadie había almorzado. Fui al primer kiosko que había frente al hospital. Era un kiosko normal, con productos envasados. La calle era una calle normal, con tiendas y autos normales. Era muy deprimente. En un momento así uno necesita comida de verdad, algo como una marraqueta y un café en vaso de plumavit. Necesitas salir del hospital y no toparte con un taco o un montón de gente en un paradero. Es un lugar hostil, una calle estrecha. El mundo sigue como si nada mientras todas las personas a las que amas sufren un dolor innombrable. Tú mismo estás sufriendo e intentas no desmoronarte en medio de la calle.
—Me acordé de lo de mi tío. Me habría gustado estar en un lugar como este cuando pasó.
*
Mientras escribía esto busqué el lugar en internet. El lugar en el que estábamos se llama Plaza de Los Libros. Está en la intersección entre Marcoleta, Diagonal Paragüay y Lira. Según un comentario en Google Maps, le dicen así porque allí la dictadura realizó una quema de libros. Los murales buscan recordar ese momento oscuro. Encontré unas imágenes de archivo del reportaje que hizo la televisión pública francesa sobre el hecho.


Se trata del “Operativo San Borja” de 1973 en el que los militares sitiaron y allanaron el barrio residencial para encarcelar opositores y destruir libros, revistas y vinilos que hicieran alusión al marxismo. El reportaje muestra el lugar exacto en el que nos detuvimos, cuando todavía no tenía su característica banca. En los pisos más altos del edificio rojo que nos llamó la atención, la cámara enfoca los ventanales desde los que caen libros. Decenas de militares rodean el lugar. Se puede entrar, pero no salir, dice el narrador. Un civil se acerca a hablar con un militar y le da indicaciones sobre dónde se esconde un vecino sospechoso de ser comunista. La cámara capta la conversación a escasos metros. Un militar se acerca y le pide al equipo de prensa que no interrumpan el operativo. El periodista dice algo confuso en francés. El militar responde:
—Je parle un peu de française.
—Pouvez-vous nous expliquer l’opération?
—No.
El militar se queda mirando a la cámara con una sonrisa soberbia. El plano cambia a una montaña de libros ardiendo. Entre las cenizas, la cámara se acerca a la portada de un libro en el que todavía se lee “La commune de Paris”. Bajo las letras el dibujo de una barricada, ese invento francés al que Victor Hugo fue el primero en dedicar tantas páginas. El fuego de la ilustración se confunde con el fuego real que abrasa las hojas.
*
Había que seguir la aventura. Elegimos la siguiente calle al azar. Al salir de la plaza nos topamos con unas frazadas, unos cartones y un tarro oxidado sin etiqueta que descansaban en una parte de la banca. Pensar que esta es la casa de alguien, me dijo. Sentí una pena inmensa. Avanzamos por la calle de los hospitales y dimos un par de giros por indicación de los dados.
Seguir la indicación de un extraño.
Estábamos muy drogados y en ese estado es incómodo hablar con un desconocido. Las caras de las personas se pueden deformar de maneras realmente aterradoras. Entramos a un kiosko y le preguntamos al que parecía ser el dueño si podía recomendarnos un lugar bueno para almorzar. Fue un fracaso: era peruano y había llegado hace demasiado poco a la ciudad. Conozco solo del trabajo a la casa, nos dijo con un poco de incomodidad. Salimos decepcionados.
—¿Cómo se aborda a un extraño sin molestarlo?
—Difícil. Quizá se nos ocurre más adelante.
—Eso. No lo forcemos.
Nos fijamos en cómo los exteriores de los edificios sobresalen a las calles. En ese estado alterado, las figuras geométricas enfatizan su personalidad.
—Cuando uno ve un edificio tiene que fijarse en cómo conversa con la esquina.
—No lo había pensado nunca.
—Influye mucho en el peatón. Mira: ese borde de allá, el puntiagudo.
—Se ve tosco, amenazante.
—Exacto. Esa otra en cambio es más fluida, con curvas.
—Sí, dan ganas de pasar por ahí.
—O de quedarse.
Volvimos a toparnos con un conjunto de objetos similares a los de la plaza, esta vez justo debajo del balcón del primer piso de un departamento con aspecto de nuevo.
Silencio.
—Qué loco que el exceso de uno puede ser el hogar para otro.
Más adelante, frente a otro edificio residencial encontramos un frontis que estaba cubierto de lo que parecían esferas de concreto sumergidas en el piso.
Me quedé mirando.
—No entiendo estas hueás, pero se ven bonitas.
—Lo triste es la función que cumplen.
—¿Cómo así?
—Se llama arquitectura hostil. Están puestas para espantar a los vagabundos.
—Chuta.
—Y aún así no funcionan. Mira.
Otro hogar de cartón, lata y frazadas. A esa hora los vagabundos dejaban sus casas, las únicas pertenencias que tenían, para ir en busca de quién sabe qué.
Estábamos llegando a la Posta Central. Una reja abierta con una caseta de guardia daba a lo que parecía ser un patio interior del edificio. Tiramos los dados para saber si podíamos entrar y la respuesta fue que sí. Era una suerte de idilio en medio de la muerte, un paseo rodeado de vegetación y protegido por la sombra de los árboles. Algunas personas con trajes médicos fumaban sentadas en unas bancas.
De repente nos interceptó un guardia.
—¿Qué están haciendo aquí?
—Paseando.
—No se puede estar aquí.
—Disculpa, no sabíamos.
—Tienen que irse.
Nos fuimos un poco asustados. Nos habíamos metido en la zona de descanso de los trabajadores al parecer.
De repente me di cuenta:
—¡Hueón lo logramos! ¡Hablamos con un extraño y seguimos su recomendación!
No pudimos dejar de reírnos.
*
La siguiente indicación era entrar a un lugar. Encontramos un mall chino. Fue como entrar a una casa de ilusiones ópticas, llena de mercancías llamativas y colores metálicos. La estimulación sensorial era abrumadora. Ambos estábamos incómodos después de cinco minutos. Tiramos los dados para saber si debíamos comprar algo y la respuesta fue negativa. Salimos y recorrimos nuevamente el camino por el que veníamos, esta vez por la otra vereda.
Volvimos a tirar. Resultado: subir o bajar. Confiemos en que lo podremos resolver como lo del guardia, dije. Avanzamos. Nos topamos con un anciano durmiendo en la calle sin siquiera una manta.
—Me quedé pensando en lo que me preguntaste en el departamento.
—¿En qué?
—Lo de Los Miserables.
—Verdad po. No me contestaste.
—Ellos son los miserables. No es solo que les falte plata. Si yo me quedara sin plata, conozco a muchas personas que me darían un techo y un plato de comida. Son personas que no tienen absolutamente a nadie que les ofrezca el principio más básico de la interacción humana: la hospitalidad. De hecho, si lo miras bien no les falta nada.
—¿Cómo así?
—¿Qué les falta? ¿Un techo? Está lleno de hogares alrededor ¿Comida? Mira, ahí hay una tienda llena de comida. No les falta nada. Estamos en una sociedad rica, más rica que nunca. No hay nada que les falte. El problema es que preferiremos dejarlos morir de hambre o de frío antes que compartirles. Eso solo puede pasar en una ciudad: ninguna otra formación humana permitiría algo así. Eso no ha cambiado nada desde la época de Victor Hugo.
—¿Quienes son los miserables entonces? Pareciera que nosotros…
Entonces, frente a nuestros ojos, la imponente mole del Cerro Santa Lucía.
—¡Ahí hay que subir!
*
Solo llegamos hasta la falda del cerro porque nos topamos con una reja y en ese estado no daban ganas de ponerse a pensar en cómo atravesarla. Nos sentamos en una banca. Abajo la ciudad respiraba. Los semáforos marcaban el movimiento de las masas. Se veía como un pequeño sistema dinámico. Mi amigo empezó a llorar de nuevo.
Hablamos como nunca sobre el dolor, ese telón de fondo de nuestras conversaciones. Lo que está implícito en sus silencios o en las veces en que se muestra irritable. De eso que parece querer gritar cuando me abraza y me da las gracias después de una tarde juntos. Lo que se le queda en la garganta y se lleva de vuelta, tragando a la fuerza. No es que yo no lo haya querido escuchar, ni que él no confíe en mí. Simplemente hay algo que no encaja y se resiste a entrar en el flujo de la conversación. Pero sigue ahí: la herida silenciosa de la soledad.
—La gran fantasía neurótica es imaginar que el resto sí lo está pasando bien. Que la felicidad existe pero no es para nosotros.
—Sí…pero a veces cuesta tanto, tanto que piensas… ¿Todos estarán pasando por lo mismo? ¿Cómo lo hacen? ¿Tú no te sientes solo a veces?
—Muchas veces. Pero sé que no estoy solo.
—Yo también lo sé, pero… No sé, somos tan vulnerables.
—Sí …
Era su noche más oscura: el punto en el que el protagonista de la película lo pierde todo y llega a su punto más bajo. De allí en adelante las cosas solo pueden mejorar. Yo lo abrazaba.
—Es tan bonita la palabra esperanza, amigo. No hay que olvidarse nunca de ella. Es lo único que nos permite seguir.
—Te quiero mucho amigo.
—Yo también. Mucho.
Y nos quedamos un rato más allí en silencio.
*
Esperanza.
Der. de esperar.
- f. Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea.
*
¿Cuánto tiempo había pasado? No teníamos idea. Ninguno de los dos había querido mirar el celular. Ya habíamos pasado el momento más intenso. A diferencia de otras drogas, el descenso de los psicodélicos es suave y se suele vivir con tranquilidad más que con malestar. La experiencia es abrumadora y retornar a un estado normal se recibe como una buena noticia. Lo último en desaparecer en el caso de la psilocibina es la saturación del color, que se puede mantener hasta por seis horas. Los efectos más eufóricos desaparecen después de dos horas y media. Ambos teníamos apetito, lo cual también es un indicador de estar bajando; los hongos generan náuseas. No volvimos a tirar los dados: estábamos ya un poco cansados. Caminamos hacia el barrio Lastarria. Un anciano con una guitarra cantaba en una esquina: porque no nací pobre y siempre tuve / un miedo inconcebible a la pobreza. Terminó su canción, acomodó el sombrero con las monedas y empezó una nueva: frágil como un volantín / en los techos de barrancas. Es el niño Luchín, ícono de la pobreza rural. Nuestra versión del Gavroche urbano de Victor Hugo.
Caminamos. Nos detuvimos ante una pareja de ancianos bailando tango, también con un sombrero en el piso, frente al MAVI.
—Nunca he entrado a ese museo.
—Yo tampoco.
—¿Vamos?
*
Había que pagar una entrada de tres mil pesos. Nos sugirieron empezar el recorrido desde arriba así que así lo hicimos. En una sala oscura y solemne, diversos objetos pertenecientes a los pueblos indígenas se ofrecían a la mirada detrás de los vidrios.
—Qué increíble que podamos tener acceso a ver esto.
—Sí. Hay todo un mundo que ya no existe en estos objetos. Mirábamos una peineta.
—Una madre peinó a su hija con eso.
Salimos de allí y pasamos a la siguiente exposición, “Códigos populares”: una selección de obras que utilizaban o reflexionaban sobre la cultura popular. Harto pop art, colores pasteles y sátiras ácidas. Había una pintura que llamaba mucho la atención, “Naturaleza muerta” de Rodrigo Cabezas, en la que un envase de Pato Purific, un frasco de pastillas y un Tanax anti moscas aparecían transfigurados en: Pathos, Eros, Thanatos (dolor, placer y muerte). Todo encuadrado en una suerte de espejo roto. Junto a esta obra había una en la que un hombre solitario y con una máscara inexpresiva recorre las estanterías de un supermercado Lider en el que todos los objetos son exactamente iguales.

—Están choras.
—Sí. Aunque me pasa que no sé. Se nota demasiado la idea.
—¿Cómo así?
—No veo una experiencia en el lienzo, el trazo, sino una idea. Ya sé que nuestra sociedad reemplaza el dolor, el placer y la muerte por mercancías. Ya sé que el supermercado es el templo del capitalismo y que este nos hacer perder el rostro. Les compro la idea, pero no tienen nada de nuevo. Cualquiera que sepa pintar lo pudo haber pintado. En cambio esta de acá no, esta me gusta mucho más.
Era la imagen de un auto antiguo pintada solo con negro sobre un fondo color piel. La figura se difuminaba como si se tratase de un recuerdo que cuesta captar.
—No entiendo por qué te gusta.
—Quizá me recuerda a mi papá. Siempre me habla de que cuando era chico miraba el motor del auto junto con mi abuelo. Siento que es el recuerdo que tendría mi papá de su infancia.
—No lo habría pensado. No tengo esa relación con mi papá.
—En realidad no sé por qué me gusta. Ese es el misterio del buen arte quizá. Las dos obras de allá las entiendo bien, están bien ejecutadas. Esta no la entiendo y por eso me gusta tanto.
Última muestra. Una placa en la pared decía algo como “Premio Larraín Vial Arte Joven. Agradecemos a la empresa Larraín Vial Inversiones por su aporte a la cultura del país… Museo de Artes Visuales UC”.
—¿Cómo pueden financiar un museo sabiendo que existe toda la miseria que vimos en la calle?
—Es la gran contradicción del arte. Los principales financistas de la “alta cultura” son las grandes fortunas.
—Es grotesco.
—Sí.
—Gracias Larraín Vial por dejarnos disfrutar de la cultura y las artes.
—Amén.
Nos detuvimos un buen rato frente a una obra titulada “Retrato Familiar”. Con una técnica puntillista, mostraba en varios paneles una conversación de whatsapp de un grupo titulado “La Familia”. Se veían muchos mensajes de Mamá y de Papá. Saludos, ánimos, emojis de corazones. Solo uno del dueño del teléfono, probablemente el hijo.
—Cuánta soledad debe haber en esos emojis.
Pensé en mis papás, en los mensajes sin leer de mi mamá que suelo dejar durante el día. Pensé en lo solos que pueden llegar a sentirse, ahora que todos los pajaritos estamos volando del nido.
Lloré. Mi amigo me abrazó. Él también pensó en sus padres.
—Uno es tan ingrato a veces.
—Es difícil entender que ellos también necesitan que los cuidemos, porque siempre han sido ellos los que nos han cuidado. Desde chico nos hicieron sentir que somos lo más importante en nuestra relación y cuesta ver que ellos también tienen necesidad de nosotros.
*
Estábamos agotados.. El reloj marcaba las cuatro y media de la tarde. Habíamos caminado por al menos cinco horas. Fuimos a comer algo. Nos sentamos en silencio, cada uno procesando la experiencia.
—La pasé muy bien en realidad. Pese a lo intenso agradezco haber vivido esto contigo.
—Yo igual, amigo. Estoy muerto sí.
Nos pedimos un uber y cada uno se fue a su casa.
Mientras tomaba once con mi familia me llegó un mensaje al teléfono:
“Me acosté con mi papá a ver tele cuando llegué. Hace mucho no hacía esto. Muchas gracias por todo lo de hoy”.
No ha dejado de haber miseria e ignorancia en esta tierra. Libros como Los Miserables siguen siendo necesarios. Pero mientras haya amor, habrá esperanza.
O eso quiero creer.
*Crédito de portada: MAVI





