Túnel boca abajo

Cada vez que regreso reconozco esos ojos que no disimulan. Se mueven, parpadean rápido. Hay caras nuevas, paquetes turísticos, senderos de trekking, cabañas. Y, sin embargo, la historia sigue ahí. Inmune al sol, no logra secarse.

Veo en esas miradas gotitas de lástima, gotitas de curiosidad y gotitas de entusiasmo.

Quiero ponerlas en un vaso y tomarlas al seco.

*

Mi mamá no era de las que esperaban nada, así que cuando entré a la casa tampoco me estaba esperando a mí. La puerta siempre estaba abierta, como si viviera en Canadá o en un universo paralelo. Soltó un grito cuando me vio. Siempre me saludaba así, abría la boca y movía las manos como si estuviera llegando de sorpresa desde el otro lado del mundo. Por momentos me hacía sonreír hasta que empezaba con sus frases sueltas. Nunca vienes. Vine el verano pasado, mamá. El antepasado. No, el pasado. Nunca vienes. Estás tan cerca, a menos de dos horas. Tú tampoco vas a Santiago. Hija, nunca vienes. Estoy aquí, mamá.

Y ella retomó sus movimientos, mientras yo me sentaba en el sillón. Reconocí el olor a incienso, a velas, a cojines demasiado grandes. Mi madre hablaba mucho y eso me gustaba. Gesticulaba y se movía como si estuviera haciendo un espectáculo, una danza. Así resumía sus días. Sus cabañas estaban llenas, llenas de turistas. Mejor que nunca, tenía reservas para todo el año. Extrañaba la calma, la mística de un pueblito escondido. Pero tenía mucho que hacer, no se quejaba. Había conocido gente de todas partes del mundo, jóvenes con ganas de verlo todo. Se empapaba de esa energía, la rejuvenecía. Deberías viajar, Luna, dijo. Viajar por todo el mundo. Busqué mi celular, ya que no quería entrar tan pronto en esos temas.

Ella se detuvo, frunció el ceño. A mi madre no le gustaban los celulares, tenía uno, pero lo usaba poco. Tampoco le gustaban los computadores, los bancos, los colegios, las iglesias. Y así la lista seguía, interminable, se regeneraba como la cola de una lagartija. Pero ella no era rencorosa, pasó de tener las cejas muy juntas a formar una sonrisa infantil en pocos segundos.

–Casi se me olvida, tu regalo de cumpleaños.

Buscó algo en un canasto y se acercó. Me colgó una bufanda tejida de colores y la envolvió en mi cuello, escondiendo adentro unos mechones de pelo. La tejí pensando en ti, dijo.

–¿A qué viniste, Lunita?

La pregunta me revolvió el estómago y la bufanda me dio calor. Me demoré unos segundos en contestar.

–Quiero ver el pozo.

–¿Qué pozo? ¿El pozo, pozo? –dijo– con un movimiento de su mano derecha, como imitando a un mini clavadista.

Asentí y ella negó con la cabeza, suspirando. Dijo algo sobre el karma. Que debía aceptarlo, porque ya habían pasado quince años o más. Sin embargo, yo aprendí hace tiempo a ignorarla cada vez que esa palabra se colaba en una de nuestras conversaciones.

Además, yo estaba segura, quería ver el pozo.

El pozo, pozo. El hoyo donde caí.

*

Caer es como volar dentro de un túnel boca abajo. Las ramas abrazan hunden pinchan como agujas, dejan marcas de sangre en los rincones oscuros de mi cuerpo. Detrás de las rodillas en las plantas de los pies. La tierra busca raíces en mis orejas en mis oídos. Debo tener mucho miedo, pero todo pasa rápido, tanto que por un momento no sé si subo o bajo, si caigo o vuelo. A qué huele esto. Huele a costras en las rodillas y hojas que anidan en mi pelo. Mantengo la boca cerrada porque la tierra está esperando entrar y por dentro los gritos se dividen en pequeños pensamientos que luego se desvanecen. El aire forma filas, envuelve mi nariz. Estoy en un remolino de mugre color hoja color tierra color hormiga color miedo. Color de no ver. Color de estar cayendo en un agujero sin fondo. Y tantas preguntas. Pienso en mi mamá, debe estar limpiando la piscina, cantando y quejándose del calor. Quiero estar sumergida en el sonido de sus quejidos. Caigo y pienso también en la Kim. Y sudo porque venía corriendo como nunca he corrido. Muevo mis manos, intento aferrarme a las ramas filosas traicioneras sucias hasta que me detengo suspendida en un silencio decorado por una resolana de tierra. Y recién entonces puedo gritar.

*

Sigo a mi madre hacia la piscina, a pocos metros de su cabaña. ¿Qué se siente tener veintisiete?, me pregunta, queriendo cambiar de tema. No sé qué contestar. Me encojo de hombros y me suelto el pelo para peinarlo antes de volver a capturarlo. Ella se acerca, toma uno de los mechones casi blancos de mis puntas. Ya sé lo que está pensando. No le gusta que me lo tiña. Dice que debo abrazar mi naturaleza, mi pelo oscuro. Oscuro, pero orgulloso, eso suele decir.

–No todos podemos ser rubios –dice.

–Nadie es rubio en este pueblo, mamá.

–¿Y la Kimberly?

–Es gringa, no vale. Además, no vive acá.

Me siento en el borde y me subo los pantalones, meto los pies. Ella saca hojas con el colador de la cocina. Están mojadas y mudas.

Antes, hace muchos años, tuvimos un recogedor de verdad. Era celeste, tenía un mango de acero de más de dos metros. Fue Martín quien lo trajo. Dijo que se iba a encargar de la piscina, era su aporte por quedarse en una de nuestras cabañas por unos días. Tenía veintisiete. La edad del rock, decía y sacaba la lengua. Venía de un viaje por Asia y quería una vida sencilla, lejos de Santiago y de su familia. Cerca de la naturaleza, donde pudiera escalar.

Con la Kimberly lo observábamos desde nuestras reposeras. Mi mamá le llevaba limonada, le decía mi niño. Detenía las manos en sus pectorales, le pasaba los dedos por los rulos castaños y nosotras nos mirábamos con gestos de asco. Se encargó de la piscina, de los arreglos, de los baños. Unos días, unas semanas, unos meses. Durmió en su cabaña, en la mía, borracho en el pasto, en el sillón. Mi mamá reía. Me rejuvenece. Cuando ella no lo miraba, él se burlaba de nuestras barbies. Pendejas huecas. Y la Kim decidió que no, que, definitivamente, no le caía bien el roquero. Dijo roquero con sorna, sacando la lengua. Y yo decidí lo mismo. A mí tampoco me iba a caer bien.

–Volvió hace un mes, ¿sabías?

Había dejado de mover el colador y ahora me miraba con una media sonrisa. Saqué rápido los pies del agua, como si estuviera contaminada, y empecé a sondear el pasto buscando mis calcetines, mis zapatos. Una salida.

–Tuvo una niña preciosa, está contenta –añadió.

Me detuve con las rodillas aún dobladas, olvidando la búsqueda. Respiré.

–La Kim –dije– volviendo a poner mis pies en el agua. Me hubiera gustado que la piscina tuviera un montón de hielo que congelaran mis dedos, mis piernas y subieran así de a poco hasta llegar a mi cerebro.

–Preguntó por ti.

Apoyé la espalda sobre el pasto, las rodillas me tiraron, pero no me moví. El agua en los pies y el sol en la cara. Me tapé los ojos con las dos manos. Quise acordarme de lo obsesionadas que estábamos con el sol cuando teníamos doce. Vigilábamos las líneas del bronceado que se iban marcando en nuestros muslos a medida que avanzaba el verano. Las tocábamos, admirábamos, comparábamos. Ya desaparecidas de mi cuerpo, aún podía verlas con claridad si cerraba los ojos.

*

Crac. Crac. Crac. Crac. Crac. Crac. Crac.

*

Estos son algunos de los titulares de la época:

“Una niña sobrevive tras caer en un pozo de ocho metros de profundidad”.

“¡Manso porrazo! Niñita cae en pozo y sale viva”.

Y mi favorita:

“La historia de la niña que cayó”.

Este último habla sobre una niña completamente normal que fue a parar a un pozo por accidente. Tenía doce años y fue rescatada después de casi un día entero. Por fortuna, sólo tenía lesiones menores: una pierna quebrada, un brazo fracturado (el que menos usaba) y rasgaduras pequeñas repartidas por todo el cuerpo que pronto se convertirían en costras. Un experimentado escalador fue quien la encontró.

Lo que no me gustaba de esa nota era la palabra accidente. Yo no lo hubiera llamado un accidente. Otra cosa que tampoco me gustaba era que omitieran que la niña, fanática de Harry Potter, y que aún conservaba sus barbies, gritó de horror al ver a su rescatista. Luego se desmayó. Una reacción normal, explicaron. Seguramente, por el shock, aseguraron. Shock, shock, shock, repitieron.

*

Cuando mi mamá duerme siesta, salgo de la casa. Paso por la piscina, por las cabañas, saludo torpemente a los turistas. Debo ser la persona que peor saluda en este mundo. Entro al bosque y cuento los crujidos de las hojas bajo mis pies. Ese es el sonido. Crac, crac. Pienso en voz baja. El sonido de pisadas desesperadas. Avanzo despacio, pero avanzo. Debería estar por aquí. Un poco más allá, tal vez. No lo veo. Me hubiera gustado que la cabaña de mi madre hubiera estado repleta de hojas. Un suelo de hojas. Crac. Escucho que viene. Crac. Me escondo en el baño. Crac. Me escondo en el clóset. Crac. En la cocina, debajo de la mesa. Crac. Hay pocos lugares donde esconderse. Me tapo con los cojines. Crac, crac, crac. Las hojas avisan.

*

Yo no lo hubiera llamado un accidente. Lo hubiera llamado un escape. Eso, un escape.

*

Luna, Luna, Luna. Estaba cantando. Arrastraba la a como si quisiera raptarla. Luna, Luna, Luna, tú sabes que la quiero. Corría dando círculos alrededor de la piscina. Sus calzoncillos eran azules, mi pijama de niña, amarillo. Aún desde la puerta que daba al jardín, me refregué los ojos con las manos y él levantó la cerveza, mojándose el pelo, el pecho desnudo. Luna, Luna, Luna, yo sin su amor me muero. Miró hacia el cielo y yo también, aunque no tenía que hacerlo para saber que la luna ese día no había salido. Me muero, por ti mi amor. Debía ser a mí entonces a quién le cantaba hasta ponerse rojo del esfuerzo, como si quisiera perder su voz y luego quedarse con la mía.

*

La primera vez que vi a la Kimberly me quedé quieta, mis pies, dos estacas en el suelo. Ella venía con su mamá, una gringa igual de hippie que la mía que había instalado unos kayaks junto al río. Se habían hecho las mejores amigas como dos adolescentes que se huelen.

La Kimberly entró a mi jardín con una sonrisa grande y a mí me dieron ganas de usar su pelo dorado y lacio de resbalín. Hablaba un español que en ese momento me pareció normal, aunque era muy distinto al de su madre, que decía las erres como si estuviera borracha. Luego, me enteré que había crecido en distintos países de América Latina que parecían mucho más apetecibles que el mío, como Costa Rica, Argentina y Brasil. Me quedé quieta porque cuando la Kimberly me vio, sus pecas tomaron vida y la gente tan luminosa de mi colegio no solía entusiasmarse tanto al verme. Me llamo Kimberly, pero me dicen Kim, dijo, y sonreí. Te llamas igual que mi Barbie, le dije arrepintiéndome de haber abierto la boca. Se supone que a los once años ya éramos grandes para jugar con muñecas.

Ella soltó una risa y se puso a saltar sobre su puesto. Era la primera vez que presenciaba uno de sus bailes de festejo. Yo también tengo una Barbie y la amo, explicó. Levantó una ceja en un gesto que después trataría de imitar.

–Pero no tengo ningún Ken, porque odio a los hombres.

Yo tampoco tenía ningún Ken y desde ese día también empecé a decir que odiaba a los hombres.

*

Desisto por unos días. Desde la cabaña recelo al sol, estudio y leo. A veces escribo, mientras mi madre entra y sale dejando retazos de diálogos con los turistas en el aire. Toma sol en la piscina y se queja de que no la acompañe porque dice que estoy transparente. Esa palabra me gusta, imagino que mi piel se va aclarando hasta hacerse invisible.

Ahora, mi madre se sienta a la mesa y me observa. A ella no le gustan mis cuentos, pero igual me pide que se los lea. Dice que son oscuros, incomprensibles y fríos, que nunca terminan bien. Usa esas palabras, las enumera. Y siempre cree que me baso en la realidad al escribirlos, entonces, trata de escarbar para saber de dónde saqué esas ideas y me pregunta si me pasaron a mí o a alguna persona que conozco. Es ficción, mamá.

Me pide que le lea en voz alta lo que estoy trabajando y yo accedo porque sus reacciones siempre son útiles. Tomo las hojas impresas que traje en mi mochila. El cuento se llama Para tus batallas y leo unas páginas intentando captar sus reacciones. A ratos

suspira, a veces golpea la taza con las uñas. Al llegar a los últimos párrafos, acelero un poco la lectura y hablo más fuerte, queriendo terminar:

“Lo primero que perdió fueron las chalas. Pasó sin mirar junto al grupo que reía y aullaba, alumbrados por la luz de las motos. Le gritaron, le dijeron su nombre. Los ignoró, siguió adelante, con pasos cortos y rápidos. La alcanzaron, le pidieron que se quedara, que se tomara una cerveza. Sintió que alguien la seguía y abrió su navaja, sin mirarla, sin parar. Se resistió. Movió el cuerpo hacia adelante y hacia atrás. Cayó al suelo, su frente en la tierra, las rodillas. Las chalas volaron. El cuaderno de pájaros también, como si ellos hubieran cobrado vida y emprendido vuelo. Empuñó el cuchillo y se lo clavó en la carne. El hombre gritó. Le dijo loca. Loca y exagerada. Loca de mierda, solo te estaba invitando una cerveza. La sangre corrió por su brazo, por sus manos. Para tus batallas, recordó. Sintió que alguien recogía sus cosas del suelo y luego se alejaba. Ella se levantó, el cuchillo ensangrentado en la mano. Le dolían las rodillas. Siguió caminando, siguió por el atajo. No debería haber tomado el atajo. Camina por el pasto, la casa ya cerca. Las ventanas cerradas, las luces encendidas. Las estrellas arriba y el ruido de los grillos. Le dirán que el cuchillo, que ahora se mece sobre el río, es suyo. Que la sangre no es de ella. La mitad de las cosas que dirá no tendrán sentido. No se le entenderá. Balbuceará y después sus labios se apagarán con un gesto de culpa. No podrá explicarse, no querrá hacerlo. No tendrá importancia. Abre la puerta y su cartera se siente vacía, sin peso. Sus ojos se van al suelo para no mirar a sus padres, para no explicar nada”.

Siento la voz afónica cuando termino de leer. Acerco mi taza y tomo un sorbo de té, mientras examino la mirada de mi madre. A veces, me gustaría tragarme sus gestos para saborearlos.

–¿Y?

–La navaja se hundiría en el río, no se mecería. No me creí esa parte.

Reviso las hojas hasta llegar a ese párrafo y lo subrayo. Vuelvo a mirar a mi madre, pidiendo más información.

–¿Eso pasa aquí?

–Es ficción, mamá.

Se levanta y deja su taza sobre el lavadero, un movimiento que hace cada vez que quiere dar por terminada una conversación. Tuerce un poco la boca.

–Aquí no pasarían esas cosas

–Esas cosas pasan en todas partes –respondo, pero ella ya no escucha, va camino a la piscina.

La sigo con los ojos y luego tomo una de mis hojas, escribo un nuevo diálogo antes de soltar el lápiz.

*

Mi madre también escribía. Tenía pequeños cuadernos de cuero que compraba en la feria e iba dejando por la casa, en las carteras, en el auto. Siempre estaba buscando lápices. Decía que salían corriendo y se escondían de ella. Las manos manchadas con tinta, pero si le hubieran preguntado si escribía, ella hubiera dicho que no. Que solo le gustaba leer poemas porque no tenía la capacidad para concentrarse en nada más largo. Que nunca fue buena para redactar y que prefería dibujar a los pájaros que rondaban la casa. En sus cuadernos coleccionaba frases de poemas, palabras sueltas y canciones que mutilaba a su antojo para crear algo que se ajustara más a ella. Lo hacía por las noches, con la música fuerte que yo escuchaba desde mi pieza. Boleros. Reservaba estos momentos para la partida de sus novios, cuando concluían los períodos de felicidad histérica. Entonces se sentaba en el suelo, junto a la mesa de centro y se enfrascaba en la reconstrucción de todo lo que en esos días había guardado en sus cuadernos. Las desilusiones amorosas de mi madre eran tan habituales que eran parte de ella, como alguien que sufre de dolores de cabeza. Yo trataba de consolarla, le preparaba té y le pasaba las manos por el pelo, pero ella pedía estar sola. Yo imaginaba que todo lo que estaba sintiendo se deslizaba por sus brazos, hacia los dedos e impregnaba esos trazos. Después de unos días volvía a ser la misma.

*

Caí vestida con una polera de un troll de pelo fucsia y un reloj Casio de plástico con pequeñas estrellas que se iluminaban en la oscuridad. A medida que iba sumergiéndome, éstas comenzaron a brillar como si el cielo se hundiera conmigo. Pinches de mariposa a los dos lados del moño ajustado, zapatillas y calcetines blancos. La piel blanda, tostada y unas mejillas firmes que la gente me apretaba. 22 horas, 34 minutos y 20 segundos después, las zapatillas habían tomado su propio rumbo, arrastradas por las ramas. Los pinches quedaron atrás y el troll de la polera decapitado con una rasgadura a la altura del cuello. Ahora, me miro al espejo y no puedo ver un solo rincón de mi cuerpo que reconozca como blando. Los pómulos marcados y la piel traslúcida, como si desde ese día me hubiera vuelto alérgica al sol. El reloj Casio todavía lo tengo, está escondido en una caja debajo de mi cama en Santiago. A veces lo saco en medio de la noche y lo pongo cerca de una lámpara para que las estrellas vayan recuperando su luminosidad.

*

Al quinto día lo intento de nuevo. Me interno en el bosque caminando despacio, las hojas bajo mis pies crujen calladas, como haciendo silencio. No sé hacia dónde tengo que avanzar y mi madre no me acompaña. Está decidida a olvidar el pasado y defender el presente, quiere que yo haga lo mismo. Siento que los ojos se mueven, se posan sobre mí desde sus escondites en los árboles. Crac. Los oigo susurrar: la niña que cayó busca su agujero, busca su hoyo. Estás cerca, estás lejos, estás cerca. Frío, tibio, caliente. Veo las gotitas de lástima y las gotitas de curiosidad, pero esta vez las imagino amargas. Las hojas me avisan que no estoy sola. Escucho mi nombre y siento un pinchazo. No es miedo, más bien es una ola de reconocimiento que me recorre el cuerpo. Aun así, no logro voltearme. Me quedo quieta sobre el piso, aunque sé que no debería. Si no recuerdo mal, la Kim lograba depositar una llamita en mi estómago cada vez que aparecía.

Ella camina hasta ponerse frente a mí y por unos segundos me quedo callada. A primera vista, la Kim adulta se parece mucho a la niña, con el pelo liso y rubio, pecas y ojos azules

encendidos. Pero eso cambia cuando empiezo a notar las pequeñas manchas de sol que le recorren las mejillas, también porque carga entre sus brazos a una niña rolliza que emite sonidos y me observa con curiosidad. Lo único que se me ocurre decirle es un “hola”, que sale con el temor de alguien que se fue hace quince años sin despedirse. A pesar de todo, ella se me tira encima para apretarme entre sus brazos.

*

Ese verano estuvimos todos los días junto a la piscina. Cada una sobre una silla de playa y en una tercera, nuestras barbies: Kimberly y Clara. Ya no jugábamos con ellas, pero en honor a nuestro primer encuentro las poníamos a nuestro lado para completar el grupo. Mi barbie Kimberly era rubia y tenía anteojos de sol; Clara era de piel oscura y usaba una tenida deportiva. Se notaba que la habían traído de otro país. Nosotras, de carne y hueso, desaparecíamos detrás de los tomos de Harry Potter que íbamos acumulando y sólo hacíamos pausas para comentar algunos episodios, sobre todo la Kim, que me hacía reír cuando mezclaba dichos de distintas partes como madre mía, qué cagazo o chuta, qué quilombo.

Muchas veces, Martín aparecía sudado y, pasándose la mano por los rulos, hablaba de sus salidas al cerro, su conexión con los turistas y lo agradable que era estar lejos de la ciudad y de su padre. Decía que lo odiaba y que no quería saber nada de él ni de su vida vacía, pero cada vez que podía lo nombraba, contaba anécdotas y los ojos le brillaban un poco. Hacía pausas para mover los brazos, mientras sacaba las hojas de la piscina con el recogedor celeste, como si tuviera una audiencia. Nosotras tenemos la suerte de no tener papá, le decía

la Kim para hacerle entender que no le interesaban sus cuentos. Ella me recalcaba eso muy seguido: que éramos afortunadas por no conocer a nuestros padres y que estábamos destinadas a ser amigas, porque nadie más nos iba a entender. Al principio le di la razón, pero sin quererlo empecé a fantasear con esos tres hombres. Los imaginaba tomando café en silencio, sentados en una mesa donde sólo se admitían a padres ausentes. Cállate, gringa tonta, le contestaba él, y ella, imitando su tono de voz le decía exactamente lo mismo.

Martín ya empezaba a ser una presencia fija en la cabaña y a mi madre también le brillaban los ojos cuando él le prestaba atención. A mí siempre me daba consejos o instrucciones, pero en vez de ver amabilidad, sentía nerviosismo en sus ojos pardos.

–No deberían leer esa basura –dijo una vez apuntando nuestros libros con la barbilla.

–¿Por qué no? –le contestó la Kim, molesta, levantando una ceja.

–Porque es basura.

–¿Y qué deberíamos leer?

Martín entró a la casa trotando, una sonrisa de dientes blancos congelada en su rostro. Volvió casi enseguida con un libro amarillento. En la portada había dos hombres, uno con un brazo sobre los hombros del otro.

–En el camino, de Kerouac. Es la biblia, hasta tengo un párrafo aquí –dijo levantándose la camiseta para enseñarnos un tatuaje con letras ininteligibles, desgastado. A la Kim le dio mucha risa, comenzó a revolcarse en la silla de playa, mientras se llevaba las manos al pecho. Pero yo estaba mirando a Martín y su mirada que se oscurecía rápidamente.

–Préstamelo –le dije y ella dejó de reírse en seco.

Él estiró su brazo para pasármelo, pero en el último momento lo retiró con una risa áspera.

–Nah, son muy pendejas –dijo antes de entrar a la cabaña y volver a guardar el libro en un mueble junto a la entrada. Quedó camuflado entre las novelas que mi madre les ofrecía a los turistas, aunque nadie lo tomó y fue quedándose ahí, vigilándome cada vez que entraba a esa habitación.

*

Kim me suelta para presentarme a su hija, Sur. Habla muy rápido, me cuenta de sus viajes y de su madre, me dice que siempre me buscaba cuando volvía, que una vez incluso me llamó por teléfono a la casa de mi abuela, que me envió mails. No noto ningún tipo de resentimiento en su voz, habla simplemente como alguien que enumera hechos. Igual la corto con un perdón que sale un poco brusco de mi boca y ella se ríe haciendo un gesto con la mano: estás aquí, dice antes de empezar a caminar. Quiere saber de mis estudios, de mi vida en la ciudad, pero yo no soy capaz de concentrarme en eso.

–Quiero ver el hoyo donde me caí.

–Ya –contesta ella con una naturalidad que me da valentía.

–¿Sabes dónde está?

Kim mueve la cabeza con seguridad y emprende camino como si fuera la líder de una excursión. La veo avanzar con ese caminar un poco saltado, y si no fuera porque lleva a una niña envuelta en un fular, casi podría sentir que estamos volviendo al verano de nuestros doce.

*

Fingí que estaba en un sueño profundo cuando escuché desde el living el tocadiscos y su canto que se desparramaba por la casa. La madera avisó de sus pasos. Era uno de esos días. No eran tantos, pero se sentían como un peso que no te dejaba respirar. Luna, susurró. Luna, luna, luna. Se sentó en mi cama y acercó su nariz para olfatearme. Aspiró cerca de mi boca, yo hundí la cabeza sobre la almohada y él su cara debajo de mi brazo, en mi estómago, detrás de las rodillas, en la planta de los pies. Me puse de lado mirando hacia la pared, apreté los ojos, mientras escuchaba los olisqueos frenéticos de su nariz que me buscaba. Solo tenía que esperar el momento en el que se levantara para correr a la piscina. Cuando lo hizo entré a mi baño, la única habitación de la casa que tenía llave. Bloqueé la puerta con un mueble y me metí a la tina mientras escuchaba mi nombre entre aullidos.

*

El hoyo donde caí ya no existe. Me doy cuenta apenas la Kim detiene su caminata y apunta hacia el piso, donde veo una tapa de cemento enmarcada por raíces, hojas y tierra. Casi casi llegaste a la carretera, dice, apuntando hacia una vía cubierta por árboles. Me siento en el piso y miro a mi alrededor sintiendo un mareo que me nubla un poco la vista.

–Ayúdame a abrirlo –le digo– y ella deja de mecer a su hija para mirarme seria.

–Es imposible, Luna.

Me pongo de rodillas y empiezo a sacar las raíces y hojas que rodean el pozo. Escarbo sin pensar, mis uñas se llenan de tierra, oscurecen mis manos y el sudor me recorre la frente, la espalda baja. Trato de controlar la respiración cuando empiezo a jalar con ambas manos del cemento. Lo intento con toda mi fuerza, entre gruñidos que se me escapan. Me aferro a las orillas, se me resbalan. Estoy corriendo, doy zancadas, vuelo entre cada paso, hago crujir las hojas. La noche es oscura y caigo. Suelto el cemento y tomo aire. Al principio, la Kim sólo me mira, pero después se acerca para poner una mano sobre mi hombro, lo aprieta y me deja.

*

No salgo de la casa por varios días. Mi mamá intenta sacarme pidiéndome ayuda con los turistas, invitándome a caminar o al supermercado del centro. La Kim viene algunos días, pregunta por mí, pero yo me quedo en mi antigua habitación leyendo o mirando el techo desde la cama, que sigue siendo pequeña. Encuentro uno de los cuadernos de mi mamá, está escondido entre una pila de libros que nunca me llevé. Tengo que entornar los ojos para entender su caligrafía furiosa.

*

Una tarde, Kim aparece frente a mi puerta con una mochila en la espalda y una palanca de acero entre las manos. Vamos, me dice, y yo la sigo, poniéndome las zapatillas en el camino. Avanzo sin hablar y me concentro en escuchar sus pisadas. Cuando llegamos al hoyo, se arrodilla con seguridad, toma una pala pequeña de su mochila y empieza a sacar la tierra alrededor de la tapa de cemento. Murmura en distintos idiomas, concentrada. Yo la ayudo con mis manos, hago pausas para limpiarme el sudor de la frente. La Kim se levanta del suelo pasándose las manos por los pantalones y luego toma la palanca, que ubica en la abertura de la tapa. Me hace un gesto y me posiciono detrás de ella. Empujamos hacia abajo, jadeando y cuando la tapa empieza a ceder usamos toda la fuerza que nos queda para moverla hacia un lado. El pozo comienza a aparecer y con la Kim volvemos a empujar el cemento hasta que queda completamente al descubierto. Nos arrodillamos respirando fuerte.

*

Soñé que una babosa se apoderaba de mi cara. Subía por mi cuello dejando un rastro invisible, succionaba mis labios y entraba en mi boca, ahogándome de a poco. Bajaba por mi garganta entre la vibración de mis arcadas y se instalaba en mi estómago. Desde ese lugar, se fue quedando con todo mi interior, inundándome de babas que me inflaron los pulmones, la garganta. Cuando desperté, vestida sobre el sillón, vi unos ojos amarillos que se quedaban quietos. Muy abiertos, parecían suspendidos con vida propia sobre la alfombra y aprovechando el silencio, los empujé de una patada. Salí corriendo hacia el bosque.

*

Pongo mis manos en la orilla del pozo y asomo la cabeza. La Kim me sigue, su pelo le cae sobre los hombros. Nos quedamos unos segundos en silencio. El agujero negro donde caí, ahora parece menos aterrador que en mis recuerdos. Hay bolsas de supermercado, latas de bebida y basura colgando de sus ramas. Y desde nuestra posición, no se ve profundo, sino más bien contenedor, como un espacio repleto de obstáculos donde es imposible caer del todo. Trato de imaginar el fondo, de reconocer el remolino de mugre y hojas. Las ramas filosas, el olor a sangre. El vuelco en el estómago al volar. Recuerdo sus ojos en el bosque, sus ojos antes de sumergirme en esa oscuridad donde caí hasta quedar suspendida. Afino el oído para encontrarme con mi grito, pero lo único que veo es basura.

La Kim suspira, se endereza y me toma de un hombro obligándome a sacar mi mirada del pozo. Toma su mochila y saca dos barbies. Nuestras barbies. Me pasa a Kimberly, que sigue rubia y con anteojos de sol, aunque un poco más opaca. Clara ahora tiene el pelo corto. Te la llevé a la clínica, pero no la querías, tampoco verme, me dice entregándomela. Le paso las manos por el pelo a la muñeca intentando desenredar sus puntas de plástico. Le pido perdón a Kim por segunda vez, pero me corta.

–Tenías doce años.

–¿Se fue porque lo denunciaste?

Kim niega con la cabeza.

–Yo también tenía doce años. Fue ella.

*

En el cuaderno que encontré solo había uno de los poemas mutilados de mi madre. El resto de las páginas estaban en blanco. En una esquina ella había escrito el año –el mismo en que me fui– algo raro para alguien que no solía interesarse por registrar esas cosas.

Sábado fue,

Recuerdas el último abrazo

No te apures

El atardecer quieto

Me aburren tus miedos

Bailen, bailen

Y a ti mi intensidad

Él irá con otra por la eternidad

qué limpieza

o estamos perdidos

*

Los ojos de Kim resplandecen entre sus mejillas con tierra. En mi mente, el pozo se va limpiando, una espuma sube desde el fondo haciendo flotar la basura y la mugre. Las ramas brillan. Boto el aire sin darme cuenta de que no estaba respirando y ella relaja sus facciones, achica un poco la mirada.

–¿Las dejamos de guardianas? –pregunta y luego suelta una carcajada cuando yo le digo que sí.

Tomamos a nuestras barbies y las dejamos suspendidas sobre el agujero. Hasta luego, dice Kim. Cuenta hasta tres y las soltamos. Las muñecas caen y chocan antes de aterrizar, el fucsia de sus ropas no se pierde. Desde el fondo, se ven cómodas, como si siempre hubieran pertenecido a ese lugar. Las cubrimos con hojas y nos levantamos para empujar la tapa de cemento. Antes de cubrirlo del todo, nos detenemos a mirarlas. Kim les hace un gesto con la mano.

En nuestra caminata de regreso, nos damos cuenta de que estamos cubiertas de suciedad y eso le da mucha risa a Kim, que se carcajea tomándome del brazo. Me dejo arrastrar. Mi mamá nos espera junto a la piscina. Al vernos se levanta y camina hacia nosotras. No pregunta por qué estamos cubiertas de barro, o por qué llevamos una palanca de acero. Avanza con decisión hasta encontrarnos y cuando está lo suficientemente cerca, le paso los brazos por el cuello y apoyo mi nariz.

*

La Kim ya no toma sol como antes, me dice bebiendo un sorbo de cerveza y acomodándose en la reposera. Y a Sur, que duerme junto a mi madre dentro de la casa, la baña en protector solar. Por un momento cierra los ojos y levanta la barbilla, como recordando la postura veraniega de nuestra infancia. La luz de luna le alumbra las pecas.

Yo también estoy acostada sobre una silla de playa con los pies estirados y la botella de cerveza entre mis rodillas. Cierro los ojos y me río cuando Kim dice que la luna debe ser más saludable, yo le digo que no está nada mal. La piscina ilumina el pasto, el parlante y la silla vacía donde antes estaba sentada mi madre. El libro amarillo, abierto en la mitad, flota y yo imagino que las letras se comienzan a despegar esparciéndose por el agua. Pensé que se iba a hundir, me dice Kim siguiendo mi mirada, su comentario me hace sonreír.

Tenemos que aprovechar que estás aquí para hacer un paseo con la guagua –dice– y empieza a nombrar los lugares que deberíamos visitar las tres, todas las cosas que vamos a hacer. Que un poquito de sol me vendrá bien. Me mira buscando una confirmación y yo asiento con una sonrisa. La idea de volver a ser parte de un equipo me llena de una ligereza que sube desde mis pies como una ola y con ese impulso me levanto de la silla. Le digo a la Kim que me espere un poco. Entro a la cabaña intentando no hacer ruido, mi mamá, que teje en silencio junto a Sur, no nota mi presencia. Vuelvo con el colador de cocina hacia la piscina y me arrodillo junto al libro que se tambalea cerca de la orilla. Lo empujo hasta que comienza a hundirse con unas hojas que cayeron durante el día. Retrocedo unos pasos. Desde el agua, el rostro desfigurado de Kerouac nos devuelve la mirada.

ILUSTRACIONES POR MARA PARRA.

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